Salud 🩺
Vizzotti: brote de dengue encuentra un sistema sanitario «fortalecido»
El brote de dengue que se registra sobre todo en las provincias del centro y norte del país, «implica un esfuerzo enorme para el sistema, pero que hoy tiene equipos de salud nacionales, provinciales y municipales que ya se conocen muchísimo», remarcó Vizzotti.
La ministra de Salud, Carla Vizzotti, afirmó este miércoles que el brote de dengue «encuentra un sistema de salud fortalecido luego de atravesar una pandemia», al participar de la inauguración de un tomógrafo de última generación en el Hospital Centenario de la ciudad de Rosario, junto a su par santafesina, Sonia Martorano.
El brote de dengue que se registra sobre todo en las provincias del centro y norte del país, «implica un esfuerzo enorme para el sistema, pero que hoy tiene equipos de salud nacionales, provinciales y municipales que ya se conocen muchísimo», remarcó Vizzotti.
En ese sentido, indicó que para el control del dengue «se ponen en marcha inmediatamente las redes que se generaron en la pandemia para avanzar en las medidas en el terreno».
«Es un sistema de salud fortalecido que está dando respuestas al dengue después de la pandemia, de la viruela símica, de la hepatitis fulminante, la gripe aviar, el brote de Legionella en Tucumán, entre otras», afirmó.
En esa línea, resaltó que es «muy importante transmitirle a la población la importancia de la consulta precoz porque muchas veces se subestiman los síntomas».
«Cuando baja la fiebre las personas creen que (la enfermedad) ya pasó y en las 48 horas post descenso de la temperatura puede ser que se den complicaciones», alertó, y llamó a la población a acercarse a ante signos de alarma en su salud, «sobre todo a las personas mayores de 60 años, en niños, personas con inmunocompromiso y personas gestantes».
«Por eso -continuó- pedimos no subestimar ningún síntoma, sobre todo, sabiendo que vivimos en un área donde está circulando el dengue que prestemos atención a síntomas como la fiebre, el dolor de cabeza, muscular, atrás de los ojos, dolor abdominal, náuseas o vómitos».
«La recomendación es recurrir al sistema de salud para evaluar y recibir la mejor atención y seguir generando medidas de cuidado intradomiciliario para disminuir la proliferación de las larvas y la picadura» del mosquito aedes aegypti, que es el vector de la enfermedad, especificó.
Por su parte, la ministra de Salud de Santa Fe, Sonia Martorano, indicó que «en Santa Fe estamos en una curva ascendente alcanzando los 9.000 casos de dengue», que responde a un acrecentamiento real de casos, pero también a una «mejora en el registro de los mismos mediante la digitalización de las notificaciones en el sistema nacional de vigilancia que se reforzó durante la experiencia de la pandemia» de coronavirus.
Gracias a esto, «contamos con números reales y con mapas dinámicos geolocalizados que garantizan no tener subregistros y que mejoran la manera de actuar en el territorio», explicó.
Ambas funcionarias hicieron esas declaraciones al inaugurar esta tarde, en Rosario, un tomógrafo de última generación en el Hospital Provincial Centenario, una institución sanitaria de gran importancia en la que se realizan trasplantes y se atiende alta complejidad.
«Tengo la alegría de estar acá inaugurando este tomógrafo, que es parte de una estrategia nacional para acercar la salud a la población, con 44.000 millones de pesos en geógrafos, resonadores, tomógrafos, ambulancias, almacenes de vacunas», indicó Vizzotti.
«Estas obras buscan poner en valor la salud pública para ofrecer lo mejor y la última tecnología a la población», agregó.
En esa línea, Martorano dijo que «tener un nuevo tomógrafo genera mejoría en los tiempos, en la resolución de imágenes, en el tipo de estudios que podemos realizar y todo eso, accesible en un lugar público» .
«Esto habla de una mirada que tenemos de la salud pública que es del mejor nivel para toda la gente», resaltó, y agradeció a la ministra Vizzotti, «que siempre está con nosotros, las 24 horas todos los días del año con el teléfono, con la ayuda, el acompañamiento con los equipos nacionales con una mirada de una salud integrada articulada y con una mirada federal».
Ciencia 🧬
Pagan insumos con su sueldo para diagnosticar a niños: la cara del cientificidio libertario
Investigadoras de la UBA y el Conicet desarrollan un análisis para detectar trastornos del neurodesarrollo en la infancia, que hoy requieren estudios genéticos de hasta 2.000 dólares. El proyecto avanza, pero su directora advierte que, si el ajuste sigue, el laboratorio tendrá que cerrar.
«Si esto sigue así, lamentablemente vamos a tener que cerrar». La advertencia no proviene de una pyme asfixiada por la recesión, sino de la directora de un laboratorio público que trabaja en un análisis de sangre capaz de acelerar el diagnóstico de trastornos del neurodesarrollo en niños. Mientras la ciencia argentina produce avances con impacto directo en la salud de la infancia, el ajuste del Gobierno de Javier Milei la empuja al borde del cierre.
La investigación está a cargo de Verónica Báez, responsable del Laboratorio de Sinapsis y Neurobiología Celular del Instituto de Biología Celular y Neurociencia, y es encabezada por la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad de Buenos Aires (UBA) y el Conicet. El desarrollo ya obtuvo resultados positivos en animales y hoy atraviesa la etapa de recolección de muestras en personas voluntarias.
Un diagnóstico caro y a prueba y error
Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), los trastornos del neurodesarrollo son condiciones que alteran la conducta y el pensamiento durante los primeros años de vida, y que pueden dificultar la comprensión de conceptos, la realización de movimientos o la interacción con otras personas. Entre los más frecuentes figuran el TDAH, el trastorno del espectro autista, la discapacidad intelectual y los trastornos motores, del aprendizaje y del lenguaje.
La Argentina no cuenta con cifras oficiales sobre cuántos niños tienen condiciones del neurodesarrollo. Como referencia, los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos estiman que alrededor de uno de cada seis chicos de entre 3 y 17 años presenta algún trastorno de este tipo.
En el país, estos cuadros suelen agruparse bajo el amplio paraguas de los trastornos generalizados del desarrollo (TGD), y el tratamiento se organiza muchas veces por ensayo y error: kinesiología ante problemas motrices, psicopedagogía ante dificultades de aprendizaje, anticonvulsivos ante episodios convulsivos. «Cuando uno diagnostica por sintomatología, a veces puede no ser exacto«, explicó Báez.
La confirmación hoy depende de la secuenciación de ADN. «La secuenciación cuesta entre u$s1.000 y u$s2.000, dependiendo del tamaño de la secuencia a analizar. Para muchas familias es caro», señaló la investigadora. El acceso a un diagnóstico preciso queda así condicionado por la capacidad de pago de cada familia.
Cómo funciona el análisis
El eje del proyecto es la búsqueda de biomarcadores en sangre asociados a fallas en los receptores NMDA, proteínas clave en la comunicación entre neuronas y en la plasticidad cerebral, que también están presentes en otras partes del cuerpo. «Vimos en ratas que a nivel del sistema nervioso central hay ciertas cosas que cambian cuando estos receptores NMDA fallan. Ahora vemos que en la sangre por ahí también fallan de la misma manera y podemos ver las mismas cosas», detalló Báez.
La prueba requeriría una muestra de apenas 5 mililitros de sangre. Aunque la presencia de estas proteínas en el torrente sanguíneo es mucho menor que en el cerebro, el equipo busca confirmar si su medición permite detectar y diagnosticar el trastorno. En esta etapa, el objetivo es establecer los valores normales en personas sanas para luego compararlos con muestras de niños con alguna condición del neurodesarrollo.
«Estamos sacando muestras de personas voluntarias, pero atrás de eso hay un proceso ético que se tiene que evaluar y el cual tiene que estar rigurosamente controlado», aclaró Martina Piñeiro, estudiante de Medicina e integrante del equipo.
Sin atajos: los plazos y el foco en la infancia
Báez fue prudente con los tiempos. «Estaría buenísimo poder dar esperanza e ir más rápido, pero no. Estamos lejos porque lo queremos hacer bien para que llegue lo mejor posible a la gente que lo necesita», sostuvo, y relató: «Es terrible cuando una familia nos escribe y nos dice ‘te presto a mi hijo para que lo metas en este ensayo'».
La investigadora explicó por qué el test apunta a los chicos y no a los adultos: el sistema nervioso activa mecanismos compensatorios cuando algo falla en su desarrollo, de modo que muchas personas con retrasos madurativos en la infancia llegan a la adultez sin signos evidentes. Por eso, la detección temprana es la ventana en la que el análisis puede cambiar el rumbo de un tratamiento.
Poner plata del sueldo para sostener el laboratorio
El costado más crudo del proyecto es financiero. «Tenemos mucha menos plata. Seguimos trabajando y colaboramos con gente de afuera, pero se está haciendo muy difícil porque la cantidad de dinero que teníamos para trabajar pasó a ser muy poca», describió Báez. Y fue más allá: «Muchos estamos poniendo plata de nuestro sueldo para mantener algunas cosas del laboratorio. Los insumos son muy caros».
La científica recurrió a un término que ya forma parte del vocabulario de la comunidad académica: «Llamamos ‘cientificidio’ porque mucha gente cerró su laboratorio o algunos juntaron laboratorios para trabajar entre dos como si fuera uno solo». Que investigadores del Conicet financien con su salario los insumos de un proyecto de salud infantil retrata el nivel de abandono del Estado nacional sobre el sistema científico.
«Los problemas de un país los tiene que resolver el país y no gente de afuera. Si no podemos preguntarnos las cosas ni contestarlas, ¿quién lo hará por nosotros?», planteó Báez. La pregunta conecta con una discusión de fondo sobre soberanía científica: sin financiamiento público, el conocimiento que necesita la salud argentina depende de voluntades individuales o de la cooperación externa.
La otra fuga: los jóvenes que miran al exterior
El ajuste también pone en riesgo a la próxima generación de investigadores. Lucía Moreno, estudiante de Biotecnología e integrante del equipo, admitió que evalúa continuar su carrera fuera del país. «Es muy gratificante todo lo que se puede llegar a lograr, pero la situación de hoy en día también hace cuestionárselo más a fondo e intentar pensar si se puede subsistir y de qué forma«, dijo. Cada joven formada en la universidad pública que se va es una inversión del país que termina aprovechada por otros.
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