Ciencia 🧬
Sexo en parejas estables: la ciencia derriba mitos y revela por qué la pasión perdura más de lo que se cree
Contrario a la creencia popular, estudios revelan que las personas en relaciones consolidadas tienen una vida sexual más activa que los solteros. Claves como la comunicación explícita y el afecto diario son fundamentales para mantener el deseo a largo plazo.
Las parejas estables y el sexo: la ciencia confirma que la pasión puede perdurar
Durante años se instaló la creencia de que las personas solteras viven una vida sexual más intensa y que la pasión en las relaciones largas inevitablemente se apaga. Sin embargo, la evidencia científica y los datos de múltiples estudios no solo contradicen este mito, sino que revelan que las parejas consolidadas tienen, en promedio, más relaciones sexuales.
Una investigación de la Universidad Estatal de Michigan reveló que las personas casadas suelen ser más felices que las solteras. En línea con esto, el XI Barómetro de Control «Los españoles y el sexo» confirmó que también tienen más sexo. Según este relevamiento, el 62% de las personas con pareja estable afirma mantener relaciones cada dos o tres días, mientras que solo el 13% de los solteros declara la misma frecuencia. Además, el 70,5% de los comprometidos dice tener sexo al menos una vez por semana, frente a un escaso 20% de los solteros.
Estos datos rompen con el estereotipo del “soltero libre y fogoso”. El amor estable, lejos de apagar el deseo, parece ser un motor que lo mantiene activo cuando la pareja se cuida, comunica y preserva la intimidad.
La pasión se transforma, no desaparece
A medida que una relación se consolida, el deseo suele transformarse. “La oxitocina, la llamada hormona del amor, gana terreno”, explica la psicóloga y psicoterapeuta Andrea Seiferth. “Las hormonas del vínculo atenúan las hormonas sexuales, por lo que el deseo y la frecuencia disminuyen. Es algo que las parejas deben saber”.
Este cambio, aclara la experta, no implica el fin de la sexualidad, sino una evolución hacia una conexión más profunda y emocional. Para mantener viva la pasión en esta nueva etapa, Seiferth destaca la importancia de la comunicación sincera: “¿Qué me gusta? ¿Qué te gusta? ¿Qué disfrutamos los dos? Para que un diálogo así tenga éxito, es fundamental comprender la propia sexualidad”.
Del afecto cotidiano al deseo: consejos prácticos
La psicoterapeuta Andrea Seiferth subraya un problema común en parejas con dificultades: “apenas se tocan en el día a día”. La falta de gestos simples como abrazos, besos o caricias genera una distancia emocional y física que dificulta la intimidad. “Y luego llega el fin de semana y se supone que hay que tener sexo. Eso es como saltar desde una torre de diez metros”, grafica.
Para evitar este salto al vacío y cultivar la conexión, los expertos recomiendan incorporar hábitos concretos:
- Fomentar el contacto físico no sexual: gestos como tomarse de la mano, un abrazo espontáneo al llegar a casa o caricias mientras ven televisión refuerzan el vínculo y actúan como puente hacia la intimidad. Expertos como el psicólogo John Gottman sugieren prácticas como el “beso de seis segundos” diario para mantener la conexión.
- Comunicación explícita y sin juicios: en lugar de esperar que el otro adivine, es clave expresar los deseos de forma clara y positiva. Utilizar frases en primera persona como “Yo disfruto cuando…” en lugar de reclamos como “Tú nunca haces…”, facilita un diálogo abierto y sin culpas.
- Agendar la intimidad: aunque suene poco espontáneo, planificar encuentros sexuales puede ser una herramienta poderosa para parejas con agendas ocupadas. Lejos de ser una obligación, es una forma de priorizar el vínculo y construir anticipación y deseo.
- Compartir nuevas experiencias: realizar actividades novedosas juntos, desde una clase de cocina hasta una escapada de fin de semana, saca a la pareja de la rutina. Según especialistas como la terapeuta Esther Perel, la novedad y la aventura fuera del dormitorio son clave para reavivar la chispa erótica.
Sexo y afecto a cualquier edad
La conexión entre el deseo y el afecto se mantiene incluso en edades avanzadas. Un estudio realizado por los sociólogos Pepper Schwartz y James Witte, entre más de 8.000 personas mayores de 50 años, mostró que el 31% de las parejas mantiene relaciones sexuales semanalmente, y que la frecuencia disminuye muy poco con el tiempo.
Incluso entre los mayores de 70 años, un trabajo publicado en la revista científica Archives of Sexual Behavior observó que el 33% de los hombres y el 36% de las mujeres sexualmente activas mantienen relaciones al menos dos veces por mes. La edad, por lo tanto, no apaga el deseo: lo redefine, anclándolo aún más en la calidad del vínculo afectivo.
Ciencia 🧬
Pagan insumos con su sueldo para diagnosticar a niños: la cara del cientificidio libertario
Investigadoras de la UBA y el Conicet desarrollan un análisis para detectar trastornos del neurodesarrollo en la infancia, que hoy requieren estudios genéticos de hasta 2.000 dólares. El proyecto avanza, pero su directora advierte que, si el ajuste sigue, el laboratorio tendrá que cerrar.
«Si esto sigue así, lamentablemente vamos a tener que cerrar». La advertencia no proviene de una pyme asfixiada por la recesión, sino de la directora de un laboratorio público que trabaja en un análisis de sangre capaz de acelerar el diagnóstico de trastornos del neurodesarrollo en niños. Mientras la ciencia argentina produce avances con impacto directo en la salud de la infancia, el ajuste del Gobierno de Javier Milei la empuja al borde del cierre.
La investigación está a cargo de Verónica Báez, responsable del Laboratorio de Sinapsis y Neurobiología Celular del Instituto de Biología Celular y Neurociencia, y es encabezada por la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad de Buenos Aires (UBA) y el Conicet. El desarrollo ya obtuvo resultados positivos en animales y hoy atraviesa la etapa de recolección de muestras en personas voluntarias.
Un diagnóstico caro y a prueba y error
Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), los trastornos del neurodesarrollo son condiciones que alteran la conducta y el pensamiento durante los primeros años de vida, y que pueden dificultar la comprensión de conceptos, la realización de movimientos o la interacción con otras personas. Entre los más frecuentes figuran el TDAH, el trastorno del espectro autista, la discapacidad intelectual y los trastornos motores, del aprendizaje y del lenguaje.
La Argentina no cuenta con cifras oficiales sobre cuántos niños tienen condiciones del neurodesarrollo. Como referencia, los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos estiman que alrededor de uno de cada seis chicos de entre 3 y 17 años presenta algún trastorno de este tipo.
En el país, estos cuadros suelen agruparse bajo el amplio paraguas de los trastornos generalizados del desarrollo (TGD), y el tratamiento se organiza muchas veces por ensayo y error: kinesiología ante problemas motrices, psicopedagogía ante dificultades de aprendizaje, anticonvulsivos ante episodios convulsivos. «Cuando uno diagnostica por sintomatología, a veces puede no ser exacto«, explicó Báez.
La confirmación hoy depende de la secuenciación de ADN. «La secuenciación cuesta entre u$s1.000 y u$s2.000, dependiendo del tamaño de la secuencia a analizar. Para muchas familias es caro», señaló la investigadora. El acceso a un diagnóstico preciso queda así condicionado por la capacidad de pago de cada familia.
Cómo funciona el análisis
El eje del proyecto es la búsqueda de biomarcadores en sangre asociados a fallas en los receptores NMDA, proteínas clave en la comunicación entre neuronas y en la plasticidad cerebral, que también están presentes en otras partes del cuerpo. «Vimos en ratas que a nivel del sistema nervioso central hay ciertas cosas que cambian cuando estos receptores NMDA fallan. Ahora vemos que en la sangre por ahí también fallan de la misma manera y podemos ver las mismas cosas», detalló Báez.
La prueba requeriría una muestra de apenas 5 mililitros de sangre. Aunque la presencia de estas proteínas en el torrente sanguíneo es mucho menor que en el cerebro, el equipo busca confirmar si su medición permite detectar y diagnosticar el trastorno. En esta etapa, el objetivo es establecer los valores normales en personas sanas para luego compararlos con muestras de niños con alguna condición del neurodesarrollo.
«Estamos sacando muestras de personas voluntarias, pero atrás de eso hay un proceso ético que se tiene que evaluar y el cual tiene que estar rigurosamente controlado», aclaró Martina Piñeiro, estudiante de Medicina e integrante del equipo.
Sin atajos: los plazos y el foco en la infancia
Báez fue prudente con los tiempos. «Estaría buenísimo poder dar esperanza e ir más rápido, pero no. Estamos lejos porque lo queremos hacer bien para que llegue lo mejor posible a la gente que lo necesita», sostuvo, y relató: «Es terrible cuando una familia nos escribe y nos dice ‘te presto a mi hijo para que lo metas en este ensayo'».
La investigadora explicó por qué el test apunta a los chicos y no a los adultos: el sistema nervioso activa mecanismos compensatorios cuando algo falla en su desarrollo, de modo que muchas personas con retrasos madurativos en la infancia llegan a la adultez sin signos evidentes. Por eso, la detección temprana es la ventana en la que el análisis puede cambiar el rumbo de un tratamiento.
Poner plata del sueldo para sostener el laboratorio
El costado más crudo del proyecto es financiero. «Tenemos mucha menos plata. Seguimos trabajando y colaboramos con gente de afuera, pero se está haciendo muy difícil porque la cantidad de dinero que teníamos para trabajar pasó a ser muy poca», describió Báez. Y fue más allá: «Muchos estamos poniendo plata de nuestro sueldo para mantener algunas cosas del laboratorio. Los insumos son muy caros».
La científica recurrió a un término que ya forma parte del vocabulario de la comunidad académica: «Llamamos ‘cientificidio’ porque mucha gente cerró su laboratorio o algunos juntaron laboratorios para trabajar entre dos como si fuera uno solo». Que investigadores del Conicet financien con su salario los insumos de un proyecto de salud infantil retrata el nivel de abandono del Estado nacional sobre el sistema científico.
«Los problemas de un país los tiene que resolver el país y no gente de afuera. Si no podemos preguntarnos las cosas ni contestarlas, ¿quién lo hará por nosotros?», planteó Báez. La pregunta conecta con una discusión de fondo sobre soberanía científica: sin financiamiento público, el conocimiento que necesita la salud argentina depende de voluntades individuales o de la cooperación externa.
La otra fuga: los jóvenes que miran al exterior
El ajuste también pone en riesgo a la próxima generación de investigadores. Lucía Moreno, estudiante de Biotecnología e integrante del equipo, admitió que evalúa continuar su carrera fuera del país. «Es muy gratificante todo lo que se puede llegar a lograr, pero la situación de hoy en día también hace cuestionárselo más a fondo e intentar pensar si se puede subsistir y de qué forma«, dijo. Cada joven formada en la universidad pública que se va es una inversión del país que termina aprovechada por otros.
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