Salud 🩺
Covid-19: la letalidad ya es del 2% en la Argentina
En tanto, la ocupación de camas de cuidados intensivos, más allá de la dolencia que explique la internación del paciente, a nivel nacional promedia el 57,7%, mientras que en el AMBA llega al 68,2%.
El Ministerio de Salud informó esta mañana 66 nuevos fallecimientos por coronavirus en el país, lo que elevó a 6.114 la cifra de muertos desde marzo pasado, con una tasa de mortalidad de 133 personas cada millón de habitantes y un índice de letalidad de 2% sobre los casos confirmados.
En el reporte oficial se indicó, además, que fueron 6.840 los positivos de Covid-19 que se reportaron ayer en la Argentina y 305.966 el total de infectados hasta el momento, con una incidencia de 674 casos por cada 100.000.
El número de casos de coronavirus de la última semana arroja que hubo un promedio de 5.460 por jornada.
Al respecto, la secretaria de Acceso a la Salud, Carla Vizzotti, señaló que «el número (de contagios) aportado por provincias por fuera del Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA) sigue siendo importante» y «sostenida», y explicó que ayer Córdoba sumó 227 nuevos casos, mientras que Jujuy, 218; Santa Fe, 129; y Mendoza, 124.
Como contrapartida, se informó que Formosa y San Juan no reportan casos de coronavirus desde hace más de 14 días.
Un total de 1.799 personas cursan la enfermedad en unidades de terapia intensiva en todo el país, el 77,4% de ellos en establecimientos de la Ciudad y de la Provincia de Buenos Aires.
A la fecha, el total de altas es de 228.725, lo que representa el 74,7% de los casos confirmados.
La ocupación de camas de cuidados intensivos, más allá de la dolencia que explique la internación del paciente, a nivel nacional promedia el 57,7%, mientras que en el AMBA llega al 68,2%.
Al respecto, Vizzotti estimó que la ocupación de estas plazas de atención crítica se debe comparar con la población del lugar y con la fortaleza del sistema de salud local.
La situación en Jujuy
La última información disponible señala que 86 pacientes se encuentran internados en terapia Intensiva por coronavirus en Córdoba, 68 en Mendoza, 44 en Santa Fe y 30 en Jujuy.
Esa provincia del noroeste genera «preocupación» por un «aumento muy importante de casos en corto tiempo» lo que deriva en «una tensión importante del sistema», según subrayó Vizzotti.
Se recomienda a la población «que minimice la circulación» y «extreme el cuidado» de las medidas de aislamiento.
Por ello, un equipo del Ministerio de Salud se encuentra asesorando a las autoridades locales, y se recomienda a la población «que minimice la circulación» y «extreme el cuidado» de las medidas de aislamiento.
Desde el último reporte emitido, se registró la muerte de 37 varones y 29 mujeres, 49 con residencia en la provincia de Buenos Aires, 11 de la Ciudad de Buenos Aires, 3 en Mendoza, 1 en Neuquén, 1 en Entre Ríos y 1 en Río Negro.
Del total de casos confirmados en la Argentina desde la llegada al país de la pandemia, 1.161 (0,4%) son importados, 77.895 (25,5%) son contactos estrechos de casos confirmados, 185.880 (60,8%) son casos de circulación comunitaria y el resto se encuentra en investigación epidemiológica.
Ayer fueron realizadas 18.037 nuevas muestras y desde el inicio del brote se realizaron 1.012.979 pruebas diagnósticas para esta enfermedad, lo que equivale a 22.323,7 muestras por millón de habitantes.
El reporte del martes
Por la mañana del martes se registraron 63 nuevos fallecidos: 40 hombres, 29 residentes en PBA; 7 en la Ciudad de Buenos Aires (CABA); uno en Chaco; dos en Jujuy y uno en Neuquén. Y 23 mujeres: 15 residentes en la provincia de Buenos Aires; cinco en CABA; una en Formosa, Salta y Jujuy.
Hasta el lunes habían sido realizadas 13.483 nuevas muestras y desde el inicio del brote se realizaron 994.942 pruebas diagnósticas para esta enfermedad. Hasta esta martes el total de altas era de 223.531 personas.
Diversos especialistas alertaron sobre la posibilidad de que la marcha haya sido un foco de contagio y el jefe de Gabinete, Santiago Cafiero, le pidió “perdón” a los trabajadores de la salud por “no haber logrado evitar” la marcha.
La cartera sanitaria indicó que son 1.799 los internados en unidades de terapia intensiva, con un porcentaje de ocupación de camas de adultos de 57,7% en el país y del 68,2% en la Área Metropolitana Buenos Aires.
Precisamente, el presidente Alberto Fernández había anunciado a fines de la semana pasada la extensión del aislamiento en el Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA) hasta el próximo 30 de agosto.
Esta nueva etapa de la lucha contra el coronavirus incluyó la vuelta a fase 1 en varias provincias del interior del país donde hubo un mayor crecimiento de casos, mientras que en la Ciudad y el Conurbano se está haciendo foco en seguir evitando las reuniones sociales y respetar el DISPO.
Análisis
La culpa es nuestra: cómo la ciencia y los medios siguen apuntando a las madres cuando se habla de autismo
Cómo se envidencia en la nota de análisis de Clarin, rara vez se pregunta «¿qué hizo el padre?».
Machismo en la ciencia: el cuerpo materno como el repositorio de los riesgos para la descendencia
Un estudio publicado en el British Medical Journal sobre exposición laboral tóxica y autismo fue reencuadrado mediáticamente en clave de culpa materna. Una tradición que la ciencia superó, pero el machismo resiste.
Un estudio reciente de investigadores de la Escuela de Salud Pública Johns Hopkins y de la Universidad de Harvard, publicado en el British Medical Journal (The BMJ), analizó 1.702 casos de niños diagnosticados con trastorno del espectro autista (TEA) en Dinamarca entre 1973 y 2012.
Sus conclusiones son técnicas, acotadas y explícitas: las madres que trabajan en entornos con exposición frecuente a sustancias tóxicas (plomo, solventes, gases de escape, derivados de combustibles) o con niveles elevados de estrés laboral crónico tienen mayor probabilidad de tener hijos con TEA. Las profesiones identificadas incluyen transporte terrestre, defensa militar y administración pública.
Lo que el estudio dice, con precisión, es que ciertas condiciones laborales tóxicas afectan el neurodesarrollo fetal. Lo que ciertos medios transmitieron, en cambio, fue otra cosa: que el problema son las profesiones de las madres. Que el problema, una vez más, son ellas.
El regreso de la «madre culpable»: una historia que no termina
La narrativa que conecta al autismo con la conducta materna tiene una historia larga y vergonzosa. A mediados del siglo XX, el psiquiatra Bruno Bettelheim popularizó el concepto de la «madre nevera» (refrigerator mother), según el cual la frialdad emocional de las madres era la causa del autismo en sus hijos. La teoría fue desacreditada décadas después por la propia comunidad científica, pero el daño en miles de familias, y especialmente en miles de mujeres que cargaron durante años con una culpa que no les correspondía, fue irreparable.
Hoy, la ciencia acumulada es contundente en la dirección opuesta. Un estudio financiado por el Instituto Nacional de Salud Infantil y Desarrollo Humano de los Estados Unidos (NICHD), que involucró a casi 2 millones de participantes, determinó que los factores genéticos hereditarios representan aproximadamente el 80,8% del riesgo de TEA, mientras que los llamados «efectos parentales maternos» representan entre el 0,4% y el 1,6% del riesgo, una cifra considerada estadísticamente insignificante por los propios autores. Ese mismo estudio advirtió, además, que no analizó los factores paternos, como la edad del padre, que la literatura científica también asocia con el riesgo de autismo.
La entidad Autismo España, en su portal institucional, señala que la investigación apunta a una «tasa aproximada de recurrencia del 20% en las familias» con un componente genético complejo y aún no completamente dilucidado. La organización también documenta que en los últimos años creció el diagnóstico de padres y madres después de que sus hijos fueran diagnosticados, lo que refuerza el peso de la herencia biológica compartida.
Lo que el estudio realmente dice (y lo que el titular omitió)
La investigación publicada en The BMJ no estudia si las madres trabajan o no. Estudia la exposición a agentes tóxicos y el estrés como factores de riesgo ambientales en el desarrollo fetal. La diferencia no es semántica: es política.
Afirmar que «las profesiones de las madres» tienen un «patrón común» en casos de autismo, sin contextualizar que lo que se mide es la exposición a plomo, solventes industriales, gases de escape y estrés crónico, es construir un titular que, deliberada o negligentemente, pone el foco en quién trabaja y no en qué condiciones laborales son toleradas por el Estado y los empleadores. Es trasladar la responsabilidad de una falla sistémica (la falta de regulación de ambientes laborales tóxicos) a las mujeres que los habitan.
Los propios investigadores del estudio son explícitos: el hallazgo requiere «investigar más en profundidad sobre las exposiciones laborales» y su relación con el neurodesarrollo, «usando metodologías que aborden estas exposiciones de manera específica y temporal». Es decir, la conclusión científica apunta a la regulación laboral y a la salud ocupacional, no a la maternidad como variable de riesgo en sí misma.
El doble estándar: padres invisibles, madres sospechosas
El sesgo de género en la investigación científica sobre autismo no es nuevo. La pregunta «¿qué hizo la madre?» estructura buena parte del campo desde sus orígenes, mientras que la pregunta «¿qué hizo el padre?» rara vez se formula con igual insistencia.
Sin embargo, la evidencia científica disponible indica que la edad paterna avanzada es también un factor de riesgo documentado para el TEA, asociado a mutaciones de novo en el esperma. Investigaciones publicadas en la revista Science, con datos de 2.600 familias, identificaron variantes genéticas raras heredadas paternamente como factores relevantes en el espectro autista.
El estudio de The BMJ, significativamente, no analizó las ocupaciones paternas. Esta asimetría metodológica no es neutral: refleja un sesgo histórico en la construcción de las preguntas científicas, que tiende a ver al cuerpo materno como el repositorio de los riesgos para la descendencia y al cuerpo paterno como un dato secundario.
Discapacidad en la Era Milei: un gobierno que recorta, criminaliza y señala
La circulación de este tipo de narrativas no ocurre en el vacío. En la Argentina de Javier Milei, el Estado retrocedió de manera sistemática sobre las políticas de discapacidad. La Agencia Nacional de Discapacidad (ANDIS), creada para centralizar y garantizar derechos, fue disuelta en diciembre de 2025 mediante el Decreto 942/2025 y reconvertida en una Secretaría de menor rango bajo la órbita del Ministerio de Salud, movimiento que más de 400 organizaciones de personas con discapacidad y de derechos humanos calificaron como un «retroceso al modelo médico-rehabilitador» y un abandono del modelo social de la discapacidad.
El ajuste fue contundente: los $30 mil millones de presupuesto que tenía la ANDIS fueron redirigidos al Tesoro al momento de la disolución, según denunció la diputada peronista Roxana Monzón en la Cámara de Diputados de la Nación. La Justicia federal declaró inconstitucional parte de la reestructuración, pero el Gobierno apeló y, a mayo de 2026, solo reglamentó ocho artículos de la ley de emergencia en discapacidad, dejando diecisiete sin aplicar.
En ese marco, el gobierno impulsó además una nueva normativa presentada bajo el título «Contra el Fraude de Pensiones por Invalidez», que restringe los criterios de acceso a las pensiones y habilita suspensiones preventivas ante cualquier inconsistencia detectada.
Organizaciones como la Asociación Civil por la Igualdad y la Justicia (ACIJ) documentaron que el relato oficial sobre el crecimiento «injustificado» de las pensiones por discapacidad utilizó datos manipulados para justificar el recorte, según publicó la propia ACIJ en su portal institucional.
Es en este contexto donde adquiere una dimensión adicional la circulación de estudios presentados de forma sesgada: cuando el Estado abandona a las familias que conviven con el autismo y recorta los apoyos que necesitan, resulta funcional instalar la idea de que el problema tiene nombre de mujer y que la solución está en las decisiones individuales de las madres, no en las políticas públicas ausentes.
Machismo de guardapolvo blanco
Culpar a las mujeres que trabajan por la condición neurológica de sus hijos no es ciencia: es ideología con bata blanca. Es el mismo mecanismo que durante décadas señaló a las madres que trabajaban fuera del hogar como responsables de los problemas emocionales de sus hijos, que culpó a las mujeres que no amamantaron, que patologizó a las que estudian, a las que tienen proyectos propios, a las que no se «sacrifican» en silencio.
La ciencia del neurodesarrollo lleva décadas construyendo una imagen cada vez más compleja del autismo: multicausal, con fuerte base genética, mediada por factores ambientales que incluyen desde la edad paterna hasta la exposición a pesticidas, desde infecciones durante el embarazo hasta complicaciones perinatales. En ese cuadro multifactorial, la ocupación laboral de la madre es, según el propio consenso científico, un factor menor y circunscripto a condiciones de exposición tóxica específicas, no al hecho de trabajar.
Presentarlo de otro modo no es divulgación científica. Es misoginia con estadísticas.
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