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Terrorismo de Estado: piden profundizar investigación en el Caso Martínez

Reclaman que se investigue el rol de del actual fiscal general Fabián Fernández Garello en el crimen de la delegada sindical Ana María Martínez.

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La militante política y delegada sindical Ana María Martínez fue secuestrada y asesinada por un grupo de tareas de la dictadura cívico militar en febrero de 1982, dos meses antes de la Guerra de Malvinas, por lo que es considerada una de las últimas víctimas del Terrorismo de Estado, y a 40 años de su muerte una comisión de familiares y amigos reclama que se investigue el rol que pudo haber tenido en ese hecho el actual fiscal general de Mar del Plata, Fabián Fernández Garello.

El funcionario judicial integraba por entonces la Dirección de Inteligencia de la Policía de la Provincia de Buenos Aires (Dippba) con el rol de oficial subinspector y su nombre figura en documentos del organismo que hoy son administrados por la Comisión Provincial de la Memoria (CPM).

Según pudo establecer el personal de CPM, en esos materiales se consigna que el actual fiscal general de Mar del Plata había realizado tareas de espionaje político e infiltración en agrupaciones sindicales y organismos de derechos humanos entre 1981 y 1982.

Al momento de su secuestro, Ana María Martínez tenía 31 años y trabajaba en la fábrica de autopartes DEA ubicada en el partido de Vicente López; estaba embarazada de tres meses y formaba parte del Partido Socialista de los Trabajadores (PST).

El 4 de febrero de 1982, Ana María, marplatense de nacimiento, fue raptada en horas de la noche en la localidad de Villa de Mayo, en la zona noroeste del Gran Buenos Aires, luego de salir de su casa para hacer una compra. La abordó por la calle un hombre corpulento y rubio que la subió a un Ford Falcon, según relataron vecinos que presenciaron el hecho.

Siete días después, el 11 de febrero, el cuerpo de la militante fue encontrado semienterrado por unos niños que jugaban cerca del canal Villanueva, en el Dique Luján, partido de Escobar.

En 2012, cuando los procesos de lesa humanidad estaban encaminados y en marcha, Carmen Metrovich, la cuñada de Ana María, formó una Comisión de Familiares y Amigos de la militante para iniciar una investigación judicial.

Durante meses, Carmen y un grupo de compañeros llevaron a cabo una pesquisa por las calles de Villa de Mayo, donde hablaron con los vecinos y recabaron testimonios que les permitieron abrir una acción legal para que el hecho se investigara como delito de lesa humanidad.

Con el patrocinio del abogado Pablo Llonto, la comisión pudo establecer que en los archivos de la Dippba había informaciones sobre seguimientos de inteligencia a Ana María Martínez y a otros militantes del PST.

Tras un largo recorrido judicial, los represores Jorge Norberto Apa, Jefe del Destacamento de Inteligencia 201 de Campo de Mayo, y Guillermo Raúl Pascual Muñoz, jefe del Departamento Personal (G-1) del Estado Mayor del Comando de Institutos Militares que operaban en Campo de Mayo, fueron condenados a prisión perpetua en diciembre de 2018 por el Tribunal Oral Federal (TOF) 5 de San Martín.

En ese fallo, que aún no está firme, los magistrados dejaron abierto el camino para que se investigara la participación en el secuestro de militantes que tuvieron los agentes de la Dippba, entre ellos Fernández Garello, quien a principios de los años ’80 revistaba en la delegación San Martín de esa estructura.

Carmen, impulsora histórica de esta causa, murió el año pasado, pero sus compañeros continúan con el reclamo de Justicia para que se avance sobre los agentes de la dependencia policial bonaerense, disuelta en 1998.

«Fue una gran luchadora y comenzó este camino que nosotros tratamos de seguir. Queremos que se avance sobre la Dippba y se esclarezca la función que tuvo Fernández Garello», señaló a Télam Alfredo Caceres, de profesión docente, y también integrante de la Comisión Ana María Martínez.

En 2016, la Comisión Provincial por la Memoria presentó una denuncia sobre el rol que ejerció Fernández Garello como agente de inteligencia en el caso de Ana María como también en el secuestro y tortura de tres militantes del Partido Comunista, Jorge Oscar Bulacios, Ernesto Ramón Duarte y José Rolando Seitor, victimizados en 1981.

Fernández Garello resultó procesado en la causa que se siguió por el cautiverio que sufrieron estos tres militantes y en agosto de 2020 la jueza federal de San Martín Alicia Vence cerró la instrucción por esos hechos y elevó el expediente a juicio oral y público.

En la causa también están imputados los exagentes Hugo Tresguerras y Daniel Ríos, los miembros de la Brigada de Investigaciones de Caseros Guillermo Orstein, Ricardo Coronel y Hugo Cammarota, al igual que el exjefe del destacamento de inteligencia 201 del Ejército Jorge Apa, condenado en otras causas de lesa humanidad.

Pero un mes después, y en función de una intervención extraordinaria, la Sala II de la Cámara de Casación Penal revocó el procesamiento del funcionario judicial y ordenó que la instrucción volviera a foja cero, una decisión que la Comisión Provincial de la Memoria apeló ante la Corte Suprema.

En paralelo, en el caso de Ana María Martínez, desde la querella y la fiscalía se solicitaron pedidos de detención e indagatorias sobre agentes de la Dippba, y en los requerimientos se menciona la participación de Fernández Garello en los hechos, pero hasta ahora no hubo avances significativos en el expediente a cargo de Vence.

«La pandemia de coronavirus y los fallos que hubo en la causa de los tres militantes hicieron que todo se demore en la causa de Ana María», confiaron a esta agencia fuentes allegadas al Poder Judicial.

En tanto, en la Legislatura de la provincia de Buenos Aires, el fiscal marplatense logró salir indemne de los pedidos de destitución que fueron presentados en el Jurado de Enjuiciamiento, al fracasar por falta de quórum la realización de las audiencias en las que se debían analizar los pedidos de juicio político.

Incluso el procurador general bonaerense, Julio Conte Grand, intervino en más de una oportunidad para favorecer a Fernández Garello.

El jefe de los fiscales de la provincia archivó en su momento un trámite disciplinario y presentó luego un dictamen ante el Jurado de Enjuiciamiento en el que cuestionaba las acusaciones que motivan el pedido de remoción.

«Estamos a la espera de que en los próximos días se sortee otro jurado para que se analice el caso. Creemos que con todas las acusaciones que existen, Fernández Garello no puede estar en la Justicia. Al menos debería ser suspendido», remarcó a Télam Federico Schmeigel, integrante de la Comisión Provincial por la Memoria que impulsa el juicio político para el integrante del Ministerio Público bonaerense.

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A 71 años del bombardeo a Plaza de Mayo: la masacre impune que sigue sin condena

El 16 de junio de 1955, aviones de la Aviación Naval y la Fuerza Aérea lanzaron 14 toneladas de bombas sobre la Plaza de Mayo en un intento de magnicidio contra Juan Domingo Perón. Más de 350 civiles murieron. A 71 años, la masacre permanece impune y el odio político que la impulsó sigue mutando de forma.

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A 71 años: el bombardeo a Plaza de Mayo de 1955 que dejó más de 350 muertos y sigue impune.

El 16 de junio de 1955, aviones de la Aviación Naval y la Fuerza Aérea lanzaron 14 toneladas de bombas sobre la Plaza de Mayo en un intento de magnicidio contra Juan Domingo Perón. Más de 350 civiles murieron y alrededor de 2.000 resultaron heridos. A 71 años, la masacre permanece impune y el odio político que la impulsó sigue mutando de forma: donde antes caían bombas, hoy caen sentencias judiciales fabricadas a medida.

El día que las Fuerzas Armadas atacaron al pueblo

El jueves 16 de junio de 1955 amaneció como un día de confrontación abierta entre el gobierno de Juan Domingo Perón y sectores del establishment eclesiástico, militar y empresarial que buscaban su caída. A media mañana, decenas de aviones de la Aviación Naval y parte de la Fuerza Aérea despegaron con un objetivo preciso: asesinar al presidente constitucional y derrocar el gobierno peronista.

Las bombas cayeron sobre la Plaza de Mayo y las calles aledañas. Las aeronaves, que llevaban inscripta la leyenda «Cristo vence» como símbolo de la alianza entre el catolicismo conservador y los sectores golpistas, atacaron sin distinción a los civiles congregados. Uno de los proyectiles impactó directamente contra un trolebús repleto de pasajeros. El saldo de la masacre fue de más de 350 muertos y cerca de 2.000 heridos, en lo que representó el mayor ataque armado a la población civil en suelo argentino hasta entonces.

Perón se refugió en el Edificio Libertador. Las tropas leales al Gobierno frenaron el alzamiento esa misma tarde. Los golpistas que no lograron escapar fueron sometidos a consejos de guerra, pero los principales responsables se exiliaron en Uruguay, donde el presidente Luis Batlle les otorgó asilo político. Entre los implicados en los hechos de aquella jornada figuraba un joven oficial, Eduardo Emilio Massera, quien años después encabezaría uno de los comandos de la dictadura genocida de 1976.

El contexto político: lo que no podían ganar en las urnas

El ataque del 16 de junio no fue un hecho aislado. Se inscribió en una estrategia política de sectores que comprendían que el peronismo era imbatible en elecciones libres. En 1954, el oficialismo había obtenido el 62,54% de los votos, consolidando una base popular que ninguna fuerza opositora podía erosionar por vías democráticas. A esa fortaleza electoral se sumaba una distribución del ingreso sin precedentes en América Latina: bajo la gestión peronista, los trabajadores alcanzaron una participación de alrededor del 53% en el PBI, un dato que irritaba profundamente a las élites económicas tradicionales.

El conflicto con la Iglesia Católica, desatado tras la sanción de la ley de divorcio y la eliminación de la educación religiosa en las escuelas públicas, les proveyó a los sectores conservadores una coartada moral para acelerar el camino del golpe. La masacre del 16 de junio fue la primera expresión de esa alianza entre el poder económico concentrado, la jerarquía eclesiástica y fracciones de las Fuerzas Armadas.

La impunidad como política de Estado

El bombardeo fracasó como golpe de Estado en junio, pero logró su objetivo tres meses después. El 16 de septiembre de 1955 la autodenominada Revolución Libertadora derrocó a Perón, quien partió al exilio y no regresaría al país hasta 1973, luego de 18 años de proscripción. Los crímenes cometidos el 16 de junio nunca fueron juzgados con la profundidad que merecían. La masacre permaneció impune, borrada del relato hegemónico durante décadas, mientras se amplificaba mediáticamente la reacción espontánea de militantes que indignados incendiaron algunas iglesias aquella misma noche.

La Revolución Libertadora proscribió al peronismo, persiguió a sus militantes y sindicalistas, fusiló opositores en los basurales de José León Suárez y firmó el primer acuerdo con el Fondo Monetario Internacional en la historia argentina. El ciclo de violencia política inaugurado aquel 16 de junio no se cerró en 1955: se prolongó, con diferentes intensidades y métodos, durante décadas.

71 años después: la misma matriz, distintas herramientas

A 71 años del bombardeo, el odio al peronismo sigue vigente aunque ya no cae desde el cielo en forma de bombas. Opera hoy en los tribunales, en los sets de televisión, en los escritorios de jueces funcionales al poder económico. La condena a Cristina Fernández de Kirchner en la causa Vialidad, en diciembre de 2022, debe leerse en esa continuidad histórica: una proscripción no por medios militares, sino judiciales; no con aviones, sino con sentencias diseñadas sin pruebas directas. Tal como señalaron organismos de derechos humanos y juristas de distintas corrientes, la instrucción de esa causa estuvo plagada de arbitrariedades, escuchas ilegales, filtraciones mediáticas y operaciones de prensa.

Esta estrategia de persecución jurídica a líderes populares, conocida como lawfare, combina jueces, grandes medios de comunicación y servicios de inteligencia para desacreditar e inhabilitar políticamente a quienes representan al campo nacional y popular. El mecanismo fue reconocido y analizado por decenas de organizaciones de derechos humanos, académicos y juristas en Argentina y en el mundo. No es una teoría conspirativa; es una metodología documentada.

En 1955, sectores de la Sociedad Rural, la jerarquía eclesiástica y fracciones castrenses empujaron el golpe. Hoy son grupos mediáticos concentrados, grandes poderes económicos y una parte del Poder Judicial quienes reproducen esa misma lógica. El objetivo tampoco cambió: restaurar un orden donde el mercado imponga las reglas y el Estado abandone toda función redistributiva. En 1955 se habló del «tirano prófugo». Hoy se construye la figura de la «jefa de una asociación ilícita». La estigmatización es una constante que atraviesa décadas y adapta su lenguaje a cada época.

La resistencia como hilo histórico

El intento de asesinar a Perón fracasó, pero logró su proscripción por 18 años. La condena judicial a Cristina, en 2022, no pudo borrarla del escenario político. En ambos casos, la resistencia popular fue la respuesta. Los hijos de los fusilados de José León Suárez militaron en unidades básicas. Las Madres de Plaza de Mayo, cuyo origen como movimiento de lucha está indisolublemente ligado a las consecuencias políticas del ciclo abierto en 1955, marcharon durante décadas reclamando Memoria, Verdad y Justicia. Y las nuevas generaciones reconocen en esa historia una continuidad que ninguna sentencia ni ninguna bomba logró interrumpir.

Recordar el bombardeo del 16 de junio de 1955, a 71 años de aquella masacre impune, no es un ejercicio nostálgico. Es comprender que los mismos intereses que ordenaron lanzar bombas sobre trabajadores siguen operando, con otras herramientas y otros actores, contra cualquier proyecto político que coloque al pueblo en el centro de las decisiones.

Puntos clave

  • El 16 de junio de 1955, aviones de la Aviación Naval y la Fuerza Aérea bombardearon la Plaza de Mayo con más de 14 toneladas de explosivos, dejando más de 350 muertos y alrededor de 2.000 heridos.
  • El ataque buscó asesinar al presidente constitucional Juan Domingo Perón, quien había sido reelecto en 1954 con el 62,54% de los votos; fracasó ese día, pero derivó en el golpe de la Revolución Libertadora tres meses después.
  • Los responsables de la masacre nunca enfrentaron una condena proporcional a sus crímenes; el bombardeo permanece impune 71 años después.
  • El odio político al peronismo adopta hoy la forma del lawfare: persecución judicial, mediática y de inteligencia contra líderes populares como Cristina Fernández de Kirchner, con métodos distintos pero idéntica matriz.
  • La resistencia popular frente a cada intento de proscripción es el hilo histórico que conecta las generaciones de 1955 con las actuales.
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