Opinión
El abismo neofascista y el desafío democrático
No hubo fraude, ni engaño, ni embuste en la oferta reaccionaria.
Por Oscar González*
Compelidos por el irrefrenable deseo de que “haya un cambio”, millones de ciudadanos, desencantados y escépticos, optaron por entregarse al león. Ahora, la alegórica bestia está descuartizándolo todo. Pero muchos, y muchas (aunque ellas menos) todavía no despiertan del sueño profundo en que transcurren sus pequeñas y sombrías vidas, cada vez más pobres y marginados, en un país que le es cada vez más ajeno.
Alucinados por el espejismo de ese “cambio”, azuzados por las redes cloacales, los pregoneros a sueldo y los demás mercachifles de la información, les creyeron a los agoreros de la democracia, de sus formas y de su modelo de representación –arcaico, imperfecto, desgastado-, quienes lograron el objetivo de hacer virar, camino de la paradójica novedad de volver atrás. Y por ese desfiladero se llegó al abismo al que nos asomamos hoy.
No hubo fraude, ni engaño, ni embuste en la oferta reaccionaria. Se prometió salir del purgatorio de las necesidades insatisfechas y las justas demandas pendientes por el camino de un infierno purificador donde, al menos, el padecimiento sería universal y el estropicio llegaría a todos. Pero más que nadie sufriría la casta, el fantasmal sinónimo hallado para definir a la política y sus protagonistas, sean gobernantes u opositores.
Implícito el concepto freudiano de que el odio es más viejo que el amor, la ira por las penurias pasadas y presentes se encaminó por el atajo de la furia: el otro es el enemigo y el prójimo no importa. Fue así como el rencor se impuso y el resto de la sociedad, otros millones de ciudadanos y ciudadanas ajenas a aquella febril demonización de la política, del Estado y de las instituciones, quedó pasmado por la deriva que terminó asumiendo la realidad. Y no atina a reaccionar huérfana de una opción o una vía de escape, un itinerario alternativo que lo saque de este horroroso presente.
El extravío se impuso en todos los niveles gubernamentales, colonizados por una legión de ejecutivos de empresas sin experiencia alguna en el manejo de lo público ( ámbito que además detestan), que iniciaron una purga de personal, degollaron los presupuestos sociales, diseñaron un completo plan de desmembramiento de las áreas y funciones estatales, propiciando la cesión de la soberanía nacional, el remate de los bienes comunes, el sometimiento a tribunales internacionales salvajes y la supeditación a un “orden” global dominado por la nueva oligarquía mundial, imperio supraestatal que desplaza, y reemplaza, todos los consensos preexistentes que, aunque frágiles, se proponen garantizar cierta coexistencia entre las naciones y la preservación de la naturaleza y la vida humana en el mundo.
Pero como el argumento de que pague y sufra la casta se desmoronó rápidamente por la obvia recomposición de los acuerdos y transas de políticos y empresarios, se insiste en el artificio discursivo según el cual, todos los males de la sociedad tienen que ver con un presunto predominio de las ideas “socialistas” y de justicia social.
Presentado con ánimo descalificador, el socialismo se torna así en el adversario a combatir, el enemigo siniestro, oculto y voraz que impide con sus ideas “colectivistas” la felicidad del individuo aislado, al que se supone libre. Una identificación perfectamente afín al rol atribuido en su momento a los judíos por el régimen nazi.
Así el listado de improperios asignados al socialismo por el discurso mileísta parte de lo escatológico, se lo califica de “excremento” y desde las madrigueras donde operan sus trolls, se inundan las redes de injurias y difamación contra gobiernos y gobernantes que, aun distantes de todo sesgo socialista, osan sin embargo desplegar políticas públicas inclusivas o progresistas. El caso de Lula en Brasil. Petro en Colombia, Lopez Obrador en México o Sánchez en España.
En este estado de cosas, cuando la moneda de la historia aun está en el aire y el país no es todavía puro escombro, queda el desafío, y la responsabilidad, de reaccionar para construir un dispositivo político, cultural y social para repeler la emboscada neofascista, reconstruir al socialismo, agrupar al progresismo, recomponer el movimiento popular y, cuanto antes, ofrecer una alternativa de poder que propicie una democracia participativa que permita celebrar un nuevo contrato social de convivencia ciudadana y progreso colectivo.
*Miembro de la Confederación Socialista
Elecciones
¿Qué significa ser leales?: el pueblo vuelve a salir a buscar su propia historia
A 81 años de la jornada que parió al peronismo, el Día de la Lealtad llega con Cristina presa, un Gobierno que desprecia al Congreso y a la Justicia, y un feminismo que eligió la Ciudad de Buenos Aires para su Encuentro de 2027. La lealtad hoy tiene un nombre: organizarse para que Milei pierda.
El 17 de octubre de 1945, miles de trabajadores y trabajadoras cruzaron el Riachuelo, se lavaron los pies en las fuentes de la Plaza de Mayo y torcieron el rumbo de un país que hasta entonces decidía sin ellos.
No esperaron que nadie les concediera nada. Ese día el pueblo dejó de esperar y salió a buscar su propia historia. Ochenta y un años después, la fecha vuelve a interpelarnos con una pregunta urgente: qué significa ser leales cuando la democracia, los derechos y la propia identidad popular están bajo ataque.

Este Día de la Lealtad no es uno más. Llega con Cristina Fernández de Kirchner, dos veces presidenta de la Nación, cumpliendo prisión domiciliaria tras una condena que representa el fruto más acabado del lawfare de Comodoro Py; con un Gobierno nacional que gobierna por decreto y desprecia la división de poderes; y a menos de un año de unas elecciones presidenciales que definirán si la Argentina sigue por el camino del ajuste, el odio y la crueldad, o si recupera un horizonte de justicia social.
Una lealtad que se conjuga en presente
Este sábado, en el Polideportivo Juan Domingo Perón de González Catán, en La Matanza, el gobernador bonaerense Axel Kicillof encabezó el acto central del PJ provincial junto a la vicegobernadora Verónica Magario y el intendente Fernando Espinoza. “Acá estamos, querían callarnos y acá estamos, recordando a Evita y Perón en La Matanza, que es la capital del peronismo”, dijo ante la multitud.
El gobernador recordó que aquella gesta “le dio voz a los que no tenían voz, les dio derechos y participación política a los que estaban marginados y excluidos”, sostuvo que Cristina “está injustamente presa por defender nuestras banderas” y planteó el desafío que atraviesa a todo el campo popular: “La lealtad con el pueblo es construir una alternativa que el año que viene termine con esta pesadilla que nos gobierna”. También dejó una definición que debería ordenar el debate de los próximos meses: “Sin justicia social no hay libertad verdadera: hay privilegios, hay explotación y desigualdad. Eso no es libertad”.
Un Gobierno que no respeta la democracia
Desde el primer día, Javier Milei eligió gobernar contra las instituciones. Inauguró su gestión con el DNU 70/2023, un megadecreto que pretendió derogar y modificar centenares de normas sin pasar por el Congreso.

Intentó designar por decreto a dos jueces de la Corte Suprema, Ariel Lijo y Manuel García Mansilla, salteando el acuerdo del Senado, que finalmente rechazó ambos pliegos en abril de 2025.
Vetó la ley de financiamiento universitario y la emergencia en discapacidad, y obligó al Poder Legislativo a insistir con dos tercios para defender lo que la sociedad ya había defendido en las calles.
Llamó al Congreso “nido de ratas” y llegó a decir que “no odiamos lo suficiente a los periodistas”.
No se trata de exabruptos aislados, sino de un método: degradar a los otros poderes para concentrar el poder en uno solo. Cuando un presidente trata al Parlamento como un estorbo, a la Justicia como una herramienta y a la prensa crítica como un enemigo, lo que está en juego no es una gestión de gobierno, sino la propia arquitectura republicana que tanto dicen defender quienes lo votaron por odio al peronismo.


El odio como herramienta, el antiperonismo como tradición
El antiperonismo no nació con Milei. Tiene una genealogía sangrienta: el bombardeo a la Plaza de Mayo en junio de 1955, el golpe de septiembre de ese año, el decreto 4161 de 1956 que prohibió siquiera pronunciar el nombre de Perón y dieciocho años de proscripción del movimiento mayoritario del país. Cada vez que las élites no pudieron derrotar al peronismo en las urnas, intentaron borrarlo por la fuerza, por decreto o por los tribunales.
Lo nuevo es la escala y el tono. El discurso libertario convirtió el odio en política de Estado: contra los “kukas”, contra los “zurdos”, contra las feministas, contra la diversidad, contra los trabajadores estatales y los jubilados que reclaman. Ese clima no es inocuo. En septiembre de 2022, Cristina sobrevivió a un intento de asesinato frente a su casa, porque el arma no se disparó. Las palabras que deshumanizan preparan el terreno para la violencia que mata, y una democracia que naturaliza el odio termina pagando ese precio.
Las mujeres y disidencias van al centro del poder
Hace apenas cinco días, el 12 de octubre, terminó en Córdoba el 39° Encuentro Plurinacional de Mujeres, Lesbianas, Travestis, Trans, Bisexuales, Intersexuales y No Binaries, con más de 150.000 participantes y un centenar de talleres. En el acto de cierre, por decisión unánime, la Ciudad Autónoma de Buenos Aires fue elegida como sede del 40° Encuentro en 2027. No es un dato menor: el primer Encuentro Nacional de Mujeres se realizó en esa misma ciudad en 1986. Cuatro décadas después, el feminismo vuelve al lugar donde nació, en pleno año electoral, para hacerse oír frente a la Casa Rosada.
La ministra de Mujeres bonaerense, Estela Díaz, lo resumió así: “Es una demostración de que se puede convivir en un espacio con sectores con los que se tienen muchísimas diferencias, construyendo una fuerza para confrontar electoralmente en el 2027”. Esa es exactamente la lección que el campo popular necesita aprender: la unidad en la diversidad no es una consigna, es una condición para ganar.
Las razones para movilizarse sobran. Este Gobierno desmanteló el Ministerio de las Mujeres, Géneros y Diversidad, su ministro de Justicia anunció la intención de eliminar la figura de femicidio del Código Penal y el propio Presidente utilizó el escenario de Davos para atacar al feminismo y a la diversidad, lo que provocó la masiva Marcha Federal Antifascista y Antirracista de febrero de 2025. Para nosotras, el ajuste no es una abstracción macroeconómica: es menos asistencia a víctimas de violencia, menos políticas de cuidado y más trabajo no remunerado sobre las mismas espaldas.
Evita lo entendió antes que nadie. Fue ella quien impulsó el voto femenino en 1947 y organizó a las mujeres como sujeto político con voz propia. El feminismo popular argentino, del Ni Una Menos a la Marea Verde, es heredero de esa tradición. No hay 17 de Octubre sin las mujeres en la Plaza.
2027: la lealtad es organizarse
Decirlo con claridad no es una provocación, es una responsabilidad democrática: Milei tiene que perder en 2027. No por revancha, sino porque un proyecto que desprecia la división de poderes, persigue a opositores, insulta a periodistas, ajusta sobre jubilados, universidades y personas con discapacidad, y convierte el odio en programa de gobierno es incompatible con la Argentina que soñaron quienes se movilizaron aquel 17 de octubre.
Pero la derrota del proyecto libertario no vendrá sola. Exige un peronismo que deje atrás sus internas, que escuche a los movimientos sociales, a los sindicatos, a las juventudes y al feminismo, y que vuelva a ofrecer un horizonte de futuro y no solo una defensa del pasado. La lealtad no es nostalgia: es la decisión colectiva de no volver a esperar que otros escriban nuestra historia. Como en 1945, el pueblo tendrá que salir a buscarla.
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