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Cultura

La Asociación de Mánagers Musicales respondió a los ataques de Milei a la cultura

En su mensaje, la asociación exigió «respeto y apoyo» al sector, al considerar que «desde hace dos meses, toda la cadena de trabajo que rodea a la música en vivo está sufriendo diferentes ataques por parte de diversos funcionarios del gobierno entrante».

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La Asociación Civil de Mánagers Musicales Argentinos publicó este martes un comunicado en respuesta a los cuestionamientos provenientes del Gobierno nacional a la actividad de esa industria, luego de las publicaciones compartidas por el presidente Javier Milei en la red social X de cara a la última edición del Cosquín, al considerar que «el desprecio injustificado al sector sólo perjudica» a esta comunidad y a su «invaluable contribución cultural y económica».

Titulado «Basta de agraviar a la música en vivo y sus trabajadores», el texto fue compartido por la organización a dos días de que finalizara el mencionado y tradicional encuentro que se realizó este fin de semana pasado en el Aeródromo del Valle de Santa María de Punilla, en Córdoba.

En su mensaje, la asociación exigió «respeto y apoyo» al sector, al considerar que «desde hace dos meses, toda la cadena de trabajo que rodea a la música en vivo está sufriendo diferentes ataques por parte de diversos funcionarios del gobierno entrante».

«Lo curioso es que los ataques han sido generados desde todos los ángulos posibles, en un comienzo queriendo desprestigiar la opinión política de grandes artistas nacionales, luego con un proyecto de ley que pretende desconocer a la música como industria, y por último cuestionando las inversiones privadas en el sector», agregó.

En ese sentido, desde la agrupación de mánagers se preguntaron: «¿Qué culpa tienen la música en vivo y sus trabajadores sobre el rumbo de la economía? ¿Cuál es el objetivo del presidente cuando cuestiona la inversión de un festival privado como Cosquín Rock? ¿Acaso quiere distraer la atención de la gente de los problemas reales? ¿Acaso al presidente le molesta que trabajemos?».

«La música en vivo asume constantemente riesgos; anunciando, vendiendo y produciendo shows con muchos meses de anticipación sin saber cómo evolucionarán los costos, los que hace mucho tiempo dejaron de ser previsibles. La música en vivo es cultura, trabajo y dignidad. Genera puestos de trabajo que impactan de forma considerable en el PBI: Es imperativo que se reconozca y respalde el trabajo de quienes formamos parte de esta industria, y que se nos trate con el respeto y consideración que merecemos como actores clave en el desarrollo cultural y social del país», finalizaron desde la Asociación.

El último sábado 10, cuando daba inicio el festival, Milei -que luego apuntó mediante republicaciones contra la cantante Lali Espósito en la tribuna adquirida por el magnate Elon Musk- compartió un posteo de un usuario anónimo (bajo el nombre «El Pregonero») que expresaba: «El Cosquín Rock cuesta 4 millones de dólares hacerlo. Quien lo financia?”.

La adhesión del mandatorio a aquella opinión provocó la reacción del empresario y creador del Cosquín Rock, José Palazzo, quien también en la ex Twitter le respondió que el evento se lleva a cabo «hace 24 años empresarios privados, con entradas y marcas privadas y esfuerzos personales».

«Además se realiza en Paraguay, Uruguay, Chile, México, EEUU y España. Acá los artistas están en libertad, quédese tranquilo», cerró Palazzo.

Cultura

Por qué los millennials compran experiencias y la Generación Z invierte en identidad digital

Análisis sobre por qué los millennials priorizan la compra de experiencias mientras la Generación Z invierte en identidad digital, presencia en línea y pertenencia comunitaria.

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El consumo dejó de organizarse solo alrededor de objetos físicos. Durante décadas, comprar significaba adquirir algo que podía guardarse, usarse o mostrar en espacios materiales. Hoy, el valor también se construye en viajes, conciertos, cursos, eventos, perfiles, avatares, skins, suscripciones, comunidades y archivos digitales. En ese cambio, millennials y Generación Z muestran prioridades distintas: unos tienden a valorar la experiencia vivida; otros, la identidad proyectada en entornos digitales.

La diferencia no significa que los millennials ignoren lo digital ni que la Generación Z rechace las experiencias físicas. Se trata de énfasis culturales. En un entorno donde conviven redes, videojuegos, plataformas de ocio, compras integradas, apuestas y sitios como https://casino-jugabet.cl/, el consumo ya no se limita a poseer: también sirve para narrarse, participar y ocupar un lugar dentro de comunidades conectadas.

La experiencia como respuesta millennial

Los millennials crecieron en un periodo marcado por cambios económicos, digitalización progresiva y cuestionamiento de la propiedad tradicional. Para muchos, comprar una casa, formar patrimonio o acceder a ciertos bienes materiales resultó más difícil que para generaciones anteriores. En ese contexto, las experiencias ganaron valor: viajar, comer fuera, asistir a eventos, aprender algo o compartir una actividad se convirtió en una forma de construir memoria.

Comprar una experiencia ofrece algo que un objeto no siempre entrega: una historia. Un viaje puede contarse, una cena puede recordarse, un concierto puede compartirse y una actividad puede integrarse en la identidad personal. Para los millennials, la experiencia funciona como capital biográfico. No solo se vive; se convierte en parte del relato de vida.

También hay una dimensión de tiempo. Muchos millennials entraron en la adultez con jornadas extensas, presión laboral y saturación digital. Por eso, pagar por una experiencia puede sentirse como una forma de recuperar control sobre el propio tiempo. No se compra solo entretenimiento; se compra una pausa, una salida o una sensación de avance personal.

La Generación Z y la identidad como presencia

La Generación Z se formó en un entorno donde la identidad digital no es secundaria. Perfiles, nombres de usuario, fotos, avatares, listas, clips, objetos virtuales y comunidades en línea forman parte de la vida social. Para esta generación, invertir en identidad digital no parece raro, porque gran parte de la interacción ocurre en espacios mediados por pantallas.

Una compra digital puede cumplir funciones similares a una prenda, un accesorio o una entrada a un evento. Una skin, una suscripción, una herramienta de edición, una insignia o un objeto virtual permite decir algo: qué se valora, a qué comunidad se pertenece, qué humor se comparte o qué estética se adopta.

La identidad digital también es más flexible que la física. Puede cambiar rápido, adaptarse a plataformas distintas y responder a tendencias. La Generación Z entiende esa flexibilidad como parte del juego social. No siempre busca una identidad fija, sino una identidad editable.

De tener cosas a mostrar señales

Tanto millennials como Generación Z participan en una economía de señales. La diferencia está en el soporte. El millennial puede usar una experiencia para comunicar apertura, gusto, cultura o estilo de vida. La Generación Z puede usar elementos digitales para comunicar pertenencia, habilidad, sensibilidad estética o conocimiento de una comunidad.

En ambos casos, el consumo se vuelve lenguaje. Una persona no compra solo por utilidad, sino por lo que esa compra permite expresar. La experiencia millennial se muestra en fotos, relatos y recuerdos. La identidad digital zoomer se muestra en perfiles, avatares, clips y presencia constante.

Esto no debe leerse como superficialidad. Las señales sociales siempre han existido. Lo nuevo es que ahora circulan con más velocidad y en más espacios. La validación no ocurre solo en reuniones físicas, sino también en chats, plataformas, juegos y redes.

Economía, acceso y prioridades

Las condiciones económicas también influyen. Muchos millennials aprendieron a valorar experiencias porque ciertos bienes duraderos parecían menos accesibles o menos prioritarios. Al mismo tiempo, las plataformas de viaje, eventos y servicios bajo demanda hicieron que la experiencia fuera más fácil de comprar y compartir.

La Generación Z, por su parte, entra al consumo en un entorno donde los bienes digitales son normales. Comprar dentro de una aplicación, pagar por una función, mejorar un perfil o adquirir un objeto virtual forma parte de la rutina. Además, muchas compras digitales tienen precios menores que grandes experiencias físicas, aunque su acumulación pueda ser significativa.

Esto produce una lógica de microinversión identitaria. Pequeñas compras permiten ajustar cómo se aparece ante otros. El gasto no siempre busca duración; busca relevancia en un contexto concreto.

Comunidad y pertenencia

La comunidad es central en ambos modelos. Los millennials suelen comprar experiencias que pueden compartirse con amigos, pareja o familia. El valor aumenta cuando la experiencia se vive con otros o cuando se convierte en memoria común.

La Generación Z invierte en identidad digital porque muchas comunidades funcionan en línea. Un objeto virtual, una estética de perfil o una suscripción puede abrir acceso, reconocimiento o conversación. La pertenencia no depende solo de estar presente, sino de dominar códigos internos.

En este sentido, la identidad digital no es una fantasía separada de la vida real. Es una extensión de relaciones, gustos y posiciones sociales. Para quienes pasan parte importante de su sociabilidad en entornos digitales, invertir allí tiene sentido.

Riesgos de ambos modelos

Comprar experiencias puede convertirse en presión por vivir siempre algo memorable. Viajes, eventos y salidas pueden transformarse en obligación de producir contenido o demostrar una vida activa. La experiencia pierde valor si se vive más para mostrarla que para disfrutarla.

Invertir en identidad digital también tiene riesgos. Los objetos virtuales dependen de plataformas, reglas y cuentas. Además, la búsqueda constante de actualización puede generar gasto impulsivo y ansiedad por quedar fuera de una tendencia.

Ambos modelos muestran que el consumo contemporáneo está ligado a reconocimiento. La pregunta no es solo qué se compra, sino qué necesidad social o emocional intenta cubrir esa compra.

Una diferencia de entorno, no de esencia

Millennials y Generación Z no consumen de formas opuestas. Ambos buscan identidad, pertenencia y sentido. Los millennials tienden a encontrarlo en experiencias que producen memoria. La Generación Z lo encuentra con frecuencia en herramientas digitales que producen presencia.

La diferencia central está en el escenario donde cada generación aprendió a relacionarse. Para unos, la experiencia física fue una respuesta al exceso de objetos y a la incertidumbre económica. Para otros, la identidad digital es una respuesta a una vida social distribuida entre plataformas. En ambos casos, el consumo dejó de ser posesión simple y se volvió construcción de relato.

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