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Cultura

Muscari: “La llegada de mi hijo organizó un montón mis prioridades”

José María Muscari vuelve con Perdida Mente a la calle Corrientes, en el Multiteatro, a partir del 8 de noviembre.  

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Por Andrea Reyes

En diálogo con El Argentino, el autor y director teatral abre su corazón y cuenta cómo lo interpela en su historia personal la obra Perdida Mente, pero además confiesa en qué momento de su vida le llegó la paternidad. 

Perdida Mente cumplió tres años en escena, en medio de una gira nacional que no para de agotar funciones, y se prepara para regresar a la calle Corrientes, en el Multiteatro, a partir del 8 de noviembre.  

Esta comedia exitosa, protagonizada por Ana María Picchio, Leonor Benedetto, Iliana Calabró, Emilia Mazer y Mirta Wons, ahonda desde el humor sobre el deterioro cognitivo, el Alzheimer, vuelve con todo de la mano del autor y director teatral, José María Muscari. 

En un mano a mano, Muscari se sinceró con El Argentinosobre la obra y dijo: “Estoy muy emocionado, por la permanencia de Perdida Mente en la calle Corrientes: primero viene Brujas, después Toc Toc y ahí seguimos nosotros, lo cual es todo un hito. Pero, por el otro lado, las chicas actualmente están desarrollando una gira impresionante a nivel nacional. En cada lugar que se presentan, se agotan localidades, se agregan funciones, el público las ovaciona de pie. Termina la función y ola de amor de la gente de cada uno de los pueblos que visitamos, diciéndome la alegría que significa para ellos que un espectáculo de esta característica y calidad llegue al interior”.   

-¿Te esperabas este éxito con la obra?

La verdad es que estoy re-contento y sorprendido, porque uno siempre hace las cosas para que te vayan bien, pero nunca imaginas que una obra pueda durar tres años. Así que estoy feliz, agradecido, conmovido y súper comprometido.

Si bien la obra cuenta el vínculo de una madre con su hija, su hermana, su mejor amiga y su mucama, una de las cosas que creo la convirtió en un éxito, es que no es una obra de mujeres para mujeres. No habla de mujeres, habla de personas. Por eso, creo que la obra tiene algo que identifica a cualquier persona, más allá de su género. 

-¿Por qué un elenco íntegro de mujeres?

No es anecdótico que sean cinco mujeres, sino que es algo estratégico porque a mí me gusta trabajar con mujeres, y me llevo mucho mejor artísticamente con las actrices que con los actores, porque siento que entienden más rápidamente lo que yo quiero que suceda en el escenario. 

-¿Cómo te interpela en lo personal Perdida Mente?

-Yo siento que uno como autor y director, siempre está escribiendo o dirigiendo sobre las cosas que te pasan. Entonces, en este caso que yo tengo la doble posibilidad de dirigir un texto que escribí junto con Mariela Asencio y me genera algo extraordinario, que es la posibilidad de poder dialogar con mi propia madre, las abuelas de mi familia, con mi propia paternidad. 

Así que todo el tiempo la obra a mí me dialoga con mi propia historia, mi propia familia, con mi abuelo, que tuvo Alzheimer, con cómo funciona mi cabeza, la cabeza de mi hijo, de mi madre, de mis tías. 

-¿Cómo estás llevando la paternidad y en qué momento de tu vida te llegó?

-La verdad que estoy chocho. La paternidad me llegó en el momento que me tenía que llegar, con las obras maduradas y ya en escena que yo tenía que acompañar, como Sex y PerdidaMente.

De hecho, cuando adopté a Lucio, durante un tiempo no hice nada nuevo, ahora particularmente sí estoy por estrenar un espectáculo nuevo como “Irreverentes” y hace muy poquito estrené “Muscari in da haus” que son unas escenas a puertas cerradas que yo protagonizo, con una parte mía que el público no conoce tanto que es más de speaker, de orador. 

Pero la verdad es que Lucio llegó en un momento donde pude dedicarme a la paternidad mientras acompañaba el periplo de Perdida Mente que no paró. Está hace tres años, de hecho, es la primera obra de teatro mía que Lucio vio. Así que es una obra que va a quedar para siempre tanto en él como en mí. 

-¿Qué te está enseñando tu hijo? 

-Un montón de cosas, pero en particular me está enseñando algo con el tiempo, y eso está buenísimo. Si bien Lucio nació en Buenos Aires, él vivió mucho tiempo en Corrientes y volvió acá con mi adopción.

Por ejemplo, me doy cuenta que a veces vamos por la calle y yo voy como muy apurado, a pesar que no estamos llegando tarde a ningún lugar, mientras que él va mucho más tranquilo. Y sin decirme nada, me está diciendo: “Pará viejo, a dónde vas tan acelerado, no hay nada por lo que correr”.

Obviamente, la llegada de mi hijo organizó un montón mis prioridades, si bien el trabajo sigue siendo una parte muy importante de lo que hago, ya no me hago tanto problema por cosas que, en otro momento, quizás, podrían ser muy importantes, pero hoy para mí ya no lo son. La llegada de un hijo organiza todo eso. 

-¿Te genera miedos la paternidad?

-No, no soy un padre miedoso. No tengo miedo y tampoco quiero criarlo con miedos. Sí hay momentos en que tengo mis contradicciones: que sí está bien o está mal lo que hago, lo que le digo, lo que le señalo, en qué cosas soy estricto y en cuáles soy demasiado abierto.

Pero la verdad es que me siento bastante confiado como padre y en cómo va el vínculo. Llevamos muy poco tiempo juntos para nuestras vidas, en diciembre va a ser un año, teniendo en cuenta que antes hubo 47 años que él no estuvo en mi vida y 15 años que yo no estuve en la suya. Así que tenemos mucho tiempo para construir. 

 

 

Cultura

Por qué los millennials compran experiencias y la Generación Z invierte en identidad digital

Análisis sobre por qué los millennials priorizan la compra de experiencias mientras la Generación Z invierte en identidad digital, presencia en línea y pertenencia comunitaria.

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El consumo dejó de organizarse solo alrededor de objetos físicos. Durante décadas, comprar significaba adquirir algo que podía guardarse, usarse o mostrar en espacios materiales. Hoy, el valor también se construye en viajes, conciertos, cursos, eventos, perfiles, avatares, skins, suscripciones, comunidades y archivos digitales. En ese cambio, millennials y Generación Z muestran prioridades distintas: unos tienden a valorar la experiencia vivida; otros, la identidad proyectada en entornos digitales.

La diferencia no significa que los millennials ignoren lo digital ni que la Generación Z rechace las experiencias físicas. Se trata de énfasis culturales. En un entorno donde conviven redes, videojuegos, plataformas de ocio, compras integradas, apuestas y sitios como https://casino-jugabet.cl/, el consumo ya no se limita a poseer: también sirve para narrarse, participar y ocupar un lugar dentro de comunidades conectadas.

La experiencia como respuesta millennial

Los millennials crecieron en un periodo marcado por cambios económicos, digitalización progresiva y cuestionamiento de la propiedad tradicional. Para muchos, comprar una casa, formar patrimonio o acceder a ciertos bienes materiales resultó más difícil que para generaciones anteriores. En ese contexto, las experiencias ganaron valor: viajar, comer fuera, asistir a eventos, aprender algo o compartir una actividad se convirtió en una forma de construir memoria.

Comprar una experiencia ofrece algo que un objeto no siempre entrega: una historia. Un viaje puede contarse, una cena puede recordarse, un concierto puede compartirse y una actividad puede integrarse en la identidad personal. Para los millennials, la experiencia funciona como capital biográfico. No solo se vive; se convierte en parte del relato de vida.

También hay una dimensión de tiempo. Muchos millennials entraron en la adultez con jornadas extensas, presión laboral y saturación digital. Por eso, pagar por una experiencia puede sentirse como una forma de recuperar control sobre el propio tiempo. No se compra solo entretenimiento; se compra una pausa, una salida o una sensación de avance personal.

La Generación Z y la identidad como presencia

La Generación Z se formó en un entorno donde la identidad digital no es secundaria. Perfiles, nombres de usuario, fotos, avatares, listas, clips, objetos virtuales y comunidades en línea forman parte de la vida social. Para esta generación, invertir en identidad digital no parece raro, porque gran parte de la interacción ocurre en espacios mediados por pantallas.

Una compra digital puede cumplir funciones similares a una prenda, un accesorio o una entrada a un evento. Una skin, una suscripción, una herramienta de edición, una insignia o un objeto virtual permite decir algo: qué se valora, a qué comunidad se pertenece, qué humor se comparte o qué estética se adopta.

La identidad digital también es más flexible que la física. Puede cambiar rápido, adaptarse a plataformas distintas y responder a tendencias. La Generación Z entiende esa flexibilidad como parte del juego social. No siempre busca una identidad fija, sino una identidad editable.

De tener cosas a mostrar señales

Tanto millennials como Generación Z participan en una economía de señales. La diferencia está en el soporte. El millennial puede usar una experiencia para comunicar apertura, gusto, cultura o estilo de vida. La Generación Z puede usar elementos digitales para comunicar pertenencia, habilidad, sensibilidad estética o conocimiento de una comunidad.

En ambos casos, el consumo se vuelve lenguaje. Una persona no compra solo por utilidad, sino por lo que esa compra permite expresar. La experiencia millennial se muestra en fotos, relatos y recuerdos. La identidad digital zoomer se muestra en perfiles, avatares, clips y presencia constante.

Esto no debe leerse como superficialidad. Las señales sociales siempre han existido. Lo nuevo es que ahora circulan con más velocidad y en más espacios. La validación no ocurre solo en reuniones físicas, sino también en chats, plataformas, juegos y redes.

Economía, acceso y prioridades

Las condiciones económicas también influyen. Muchos millennials aprendieron a valorar experiencias porque ciertos bienes duraderos parecían menos accesibles o menos prioritarios. Al mismo tiempo, las plataformas de viaje, eventos y servicios bajo demanda hicieron que la experiencia fuera más fácil de comprar y compartir.

La Generación Z, por su parte, entra al consumo en un entorno donde los bienes digitales son normales. Comprar dentro de una aplicación, pagar por una función, mejorar un perfil o adquirir un objeto virtual forma parte de la rutina. Además, muchas compras digitales tienen precios menores que grandes experiencias físicas, aunque su acumulación pueda ser significativa.

Esto produce una lógica de microinversión identitaria. Pequeñas compras permiten ajustar cómo se aparece ante otros. El gasto no siempre busca duración; busca relevancia en un contexto concreto.

Comunidad y pertenencia

La comunidad es central en ambos modelos. Los millennials suelen comprar experiencias que pueden compartirse con amigos, pareja o familia. El valor aumenta cuando la experiencia se vive con otros o cuando se convierte en memoria común.

La Generación Z invierte en identidad digital porque muchas comunidades funcionan en línea. Un objeto virtual, una estética de perfil o una suscripción puede abrir acceso, reconocimiento o conversación. La pertenencia no depende solo de estar presente, sino de dominar códigos internos.

En este sentido, la identidad digital no es una fantasía separada de la vida real. Es una extensión de relaciones, gustos y posiciones sociales. Para quienes pasan parte importante de su sociabilidad en entornos digitales, invertir allí tiene sentido.

Riesgos de ambos modelos

Comprar experiencias puede convertirse en presión por vivir siempre algo memorable. Viajes, eventos y salidas pueden transformarse en obligación de producir contenido o demostrar una vida activa. La experiencia pierde valor si se vive más para mostrarla que para disfrutarla.

Invertir en identidad digital también tiene riesgos. Los objetos virtuales dependen de plataformas, reglas y cuentas. Además, la búsqueda constante de actualización puede generar gasto impulsivo y ansiedad por quedar fuera de una tendencia.

Ambos modelos muestran que el consumo contemporáneo está ligado a reconocimiento. La pregunta no es solo qué se compra, sino qué necesidad social o emocional intenta cubrir esa compra.

Una diferencia de entorno, no de esencia

Millennials y Generación Z no consumen de formas opuestas. Ambos buscan identidad, pertenencia y sentido. Los millennials tienden a encontrarlo en experiencias que producen memoria. La Generación Z lo encuentra con frecuencia en herramientas digitales que producen presencia.

La diferencia central está en el escenario donde cada generación aprendió a relacionarse. Para unos, la experiencia física fue una respuesta al exceso de objetos y a la incertidumbre económica. Para otros, la identidad digital es una respuesta a una vida social distribuida entre plataformas. En ambos casos, el consumo dejó de ser posesión simple y se volvió construcción de relato.

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