Cultura
Paula Vázquez: “Haber descubierto el deseo de la maternidad es un bien en sí mismo”
El relato de la escritora sobre cómo desentrañó y encontró el deseo de tener un hijo y sobre el poder transformador de la literatura.
Por Ana Clara Pérez Cotten
Con puentes que conectan España y Argentina, la vida profesional con el deseo de maternidad y la búsqueda y la pérdida, la escritora Paula Vázquez construye en “La librería y la diosa” un relato sobre cómo desentrañó y encontró el deseo de tener un hijo y sobre el poder transformador de la literatura.
Escritora, librera y cofundadora de la librería Lata Peinada que difunde la literatura latinoamericana en España, abogada y directora de Asuntos Culturales en Cancillería durante los últimos dos años, Vázquez hace de “La librería y la diosa” (Lumen) un relato del camino que recorrió hasta convertirse en madre, pero también un acercamiento al detrás de escena de su rol como librera bajo la premisa de advertir todo el trabajo que hay detrás de la literatura y, además, una suerte de tratado sobre la cerámica que funciona como una reivindicación de lo manual y lo artesanal.
Autora del libro de cuentos “La suerte de las mujeres” (Los Años Luz, 2017), en “Las estrellas”, su primera novela publicada en 2019 por Mansalva, contó la enfermedad de su madre y lo días de duelo tras su muerte para hacer lugar, inmediatamente, a un relato luminoso y profundo sobre el vínculo y sobre cómo la vida se abre camino. En “La librería y la diosa”, en cambio, aparece la intención -velada primero y manifiesta después- de descubrir el deseo de maternidad y de transitar aquello con una pulsión alegre y vital.
“Hasta aquella mañana de primavera en la casa de Mishal, sentía que mi deseo de maternidad era algo privado, individual, que debía resguardar del mundo como una semilla en el corazón del sueño”, descubre la autora en “La librería y la diosa” y va más allá: “Después de haber nombrado mis embarazos, las pérdidas, el latido anhelado, el latido apagado, mientras todas teníamos las manos dispuestas como instrumentos para nuestro fruto, sentí el punto de un zurcido común, la iluminación del lugar preciso en que mi vida se tocaba con otras vidas, la revelación de una verdad profunda: que toda la experiencia de individualidad es secundaria y que, debajo de ella, más allá, hay otro nivel, más hondo, que es el de la unidad”.
El relato articula las pérdidas gestacionales, las clases de cerámica, la fundación de Lata Peinada y la literatura. ¿Cuándo supiste que en el entramado de todas esas historias se configuraba la unidad de una novela?
-Paula Vázquez: Fue difícil al principio encontrar ese punto de almohadillado. “La librería y la diosa” nació como una especie de diario que yo llevaba en mi computadora, en un registro de presente continuo. Iba dejando rastro del proceso de la búsqueda y de las pérdidas; y se convirtió, en definitiva, en un diario de pérdidas. Recuerdo que tenía cierto miedo de llevar ese registro. Por un lado, creo profundamente en el poder que tiene la escritura, en el poder de las palabras para transformar. Pero también sé que hay algo oracular en la escritura, un poder de fijación de la palabra. Entonces, en un momento dudaba sobre si estaba bien de algún modo llevar este registro de la pérdidas porque tenía un poco de miedo de que eso me dejara como en un punto de fijación. En aquel momento, habitaba una incertidumbre total sobre la situación y no sabía si mi deseo de maternidad (al menos de forma biológica) iba a tener un “final feliz”. Ni siquiera sabía qué me pasaba, si tenía algún impedimento biológico…aunque yo siempre supe que nada suele ser totalmente orgánico. Por eso, el proceso de escritura fue también un modo de indagar en cuáles eran esas causas que llevaban a la interrupción. Con el correr de los meses aparecieron otros elementos como la cerámica, un ancla con el presente; en esa sintonía pude conectarme con otra búsqueda: la del deseo de la maternidad. Y ahí me di cuenta de que quería registrar el deseo de maternidad, algo que a mí me costó mucho encontrar adentro. Haber descubierto el deseo de la maternidad es un bien en sí mismo. Por eso, e independientemente de qué pasara con la realización de ese deseo y de qué modo, intenté que la búsqueda fuera luminosa en sí misma. Una pasión alegre asociada a lo bueno y no tanto a todo lo doloroso que suponen las pérdidas. El inicio del texto está cifrado entre esas emociones, después apareció la cerámica y quedé embarazada de Valentín. Se representó algo de lo artesanal, las manos sobre una materia y en el libro eso aparece como metáforas bastante obvias sobre lo que fue eso proceso para mí. Mientras yo estaba viviéndolo, nada me parecía obvio, y el vínculo entre ambas cosas me alumbró el camino. Empecé a hacer una especie de investigación sobre la cerámica para conocer más sobre ese instrumento poderoso que me había ayudado a transformarme.
-T. “Mi deseo de ser madre es un bien en sí mismo. Quiero consagrar el deseo como el inicio, como algo gozoso. Y quiero desterrar la idea de que debe ser absoluto”, escribís. ¿Cómo llegaste a esa percepción?
-P.V.: Tuve que permitirme desaprender la idea de que la completitud de la mujer radica en si es madre o no; esa idea genera mucha tristeza y mucha frustración. Me enfrentaba a un proceso en donde la maternidad no se me estaba haciendo sencilla. Entonces entendí que tenía que intentar desacoplar lo que era mi búsqueda de la maternidad y el haber encontrado dentro mío ese deseo de otra cuestión que era si eventualmente yo iba a poder ser madre o no, y de qué modo. Tuve que romper esa lógica, que es absolutamente patriarcal y capitalista: las mujeres como reproductoras y continuadoras de ciertas garantías para el sistema. Es ese mismo planteo el que puede hacer que muchas mujeres, ante la imposibilidad, se sientan falladas.
-T.: También ensayás una mirada crítica sobre el impacto que tuvo en vos cierto discurso feminista más dogmático respecto de ese deseo de maternidad.
-P.V.: Sí, es mi posición personal y es importante aclarar que manifiesto esto desde mi perspectiva bastante particular: una mujer blanca, heterosexual, profesional y con una vida masomenos resuelta en lo económico. Hecha esta salvedad, creo que los feminismos ganaron para mi generación el derecho de no ser madres, de quebrar el mandato tradicional sobre qué se esperaba de nosotras. Sin embargo, no hemos logrado todavía construir las herramientas para habilitar y para descubrir el deseo de maternidad cuando eso no aparece con tanta claridad. ¿Cómo habilitar ese deseo sin que esté reñido con vivir una vida feminista, no? Si hasta hay cierta literatura que infantiliza el deseo de las mujeres que decidimos ser madres y estoy hablando específicamente de “Contra los hijos” de Lina Meruane, una escritora brillante que hace una crítica muy precisa y certera respecto de la reproducción del mandato patriarcal. Pero creo que peca con alguna simplificación: ¿Quienes decidimos ser madres sucumbimos necesariamente a un mandato? En adelante, los feminismos tienen el desafío de reivindicar el deseo de la maternidad en el marco de una vida feminista. Y para eso, la lucha debe apuntar a la agenda de cuidados en el plano estatal pero también, puertas adentro, a la distribución de los cuidados entre los distintos integrantes de la familia. Y obviamente, a garantizar el derecho de los niños a la cuota alimentaria. El goce de la maternidad no puede ser solamente un ejercicio para las mujeres privilegiadas que tenemos recursos para pagar por esas tareas de cuidado y apostar a un desarrollo profesional paralelo.
-T.: El breve tratado sobre cerámica que cobija el libro es también una reflexión sobre la experiencia corporal, el rol de la materia. ¿Habías reparado en algo de esto antes?
P.V.: No, recién apareció con mucha claridad durante el taller. Fue una aparición, en el sentido literal de la palabra. Jamás había hecho algo que tuviera que ver con la destreza de las manos, con el uso de instrumentos, no sé ni pintar ni dibujar. El juego era algo bastante clausurado en mi vida y reapareció con la maternidad
Conocí a Mishal, mi maestra de cerámica, porque un día fui a comprarle unas piezas, entré a su casa que también es su taller y descubrí un jardín maravilloso. Algo me sedujo. Me contó que daba clases, eso me quedó picando y en un tramo de la pandemia con cierto espacio vacante le escribí para empezar. Me acerqué a una forma de hacer distinta. El trabajo con las manos, la conversación con otras mujeres, los tiempos de horneado y la posibilidad de que la pieza se rompa en el horno me conectaron con un proceso que me conectó con una parte de mí que tenía adormilada.
-T.: Los lectores idealizan un poco la vida y rutinas de los libreros. En el libro, das cuenta del engranaje que tuviste que generar junto a tu socio para que Lata Peinada funcione e incluso advertir sobre un trabajo muy corporal en tanto implica trasladar, levantar cajas, trepar para alcanzar libros. ¿Cómo entendés tu rol de librera?
-P.V.: Ser librero es un trabajo y ese esfuerzo cotidiano y lo que cuesta poner una librería en pie creo que es algo que cruza al libro. Está muy vinculado a cómo la literatura entró en mi vida. Yo no crecí en una casa donde hubiese una gran biblioteca. Ni grande ni chica, no había. Entonces, la literatura venía desde afuera y me conectaba con otra vida posible por fuera del núcleo originario familiar y social. La literatura me permitió acceder a una porción más grande del mundo. Y para eso, sí, tuve que poner mucho trabajo y mucho esfuerzo. Ser librero está lejos del ideal romántico y es algo que siempre tengo presente cuando incorporamos gente en Lata Peinada, buscamos lectores sí, pero con mucha capacidad de trabajo porque ser librero lejos está de tener más tiempo para leer.
Es muy físico, implica apilar y mover cajas y trepar. Los libros te van rodeando y de pronto tenés que poder responder a esa cuestión tan material que también tiene un plano rutinario de planillas de Excel y contabilidad. Concurren el trabajo físico, el trabajo administrativo y la atención al público que, en nuestro caso, porque nosotros no vendemos libros que se venden solos, implican una conversación con el cliente.
Y, sin dudas, lo que me mantiene muy enganchada con el proyecto es que me interpela a pensar creativamente: ¿Cómo hago para conseguir algo con estos recursos? En eso, coincide con la política. No son espacios clausurados, circulan problemas e ideas y son proyectos muy vivos.
Cultura
Por qué los millennials compran experiencias y la Generación Z invierte en identidad digital
Análisis sobre por qué los millennials priorizan la compra de experiencias mientras la Generación Z invierte en identidad digital, presencia en línea y pertenencia comunitaria.
El consumo dejó de organizarse solo alrededor de objetos físicos. Durante décadas, comprar significaba adquirir algo que podía guardarse, usarse o mostrar en espacios materiales. Hoy, el valor también se construye en viajes, conciertos, cursos, eventos, perfiles, avatares, skins, suscripciones, comunidades y archivos digitales. En ese cambio, millennials y Generación Z muestran prioridades distintas: unos tienden a valorar la experiencia vivida; otros, la identidad proyectada en entornos digitales.
La diferencia no significa que los millennials ignoren lo digital ni que la Generación Z rechace las experiencias físicas. Se trata de énfasis culturales. En un entorno donde conviven redes, videojuegos, plataformas de ocio, compras integradas, apuestas y sitios como https://casino-jugabet.cl/, el consumo ya no se limita a poseer: también sirve para narrarse, participar y ocupar un lugar dentro de comunidades conectadas.
La experiencia como respuesta millennial
Los millennials crecieron en un periodo marcado por cambios económicos, digitalización progresiva y cuestionamiento de la propiedad tradicional. Para muchos, comprar una casa, formar patrimonio o acceder a ciertos bienes materiales resultó más difícil que para generaciones anteriores. En ese contexto, las experiencias ganaron valor: viajar, comer fuera, asistir a eventos, aprender algo o compartir una actividad se convirtió en una forma de construir memoria.
Comprar una experiencia ofrece algo que un objeto no siempre entrega: una historia. Un viaje puede contarse, una cena puede recordarse, un concierto puede compartirse y una actividad puede integrarse en la identidad personal. Para los millennials, la experiencia funciona como capital biográfico. No solo se vive; se convierte en parte del relato de vida.
También hay una dimensión de tiempo. Muchos millennials entraron en la adultez con jornadas extensas, presión laboral y saturación digital. Por eso, pagar por una experiencia puede sentirse como una forma de recuperar control sobre el propio tiempo. No se compra solo entretenimiento; se compra una pausa, una salida o una sensación de avance personal.
La Generación Z y la identidad como presencia
La Generación Z se formó en un entorno donde la identidad digital no es secundaria. Perfiles, nombres de usuario, fotos, avatares, listas, clips, objetos virtuales y comunidades en línea forman parte de la vida social. Para esta generación, invertir en identidad digital no parece raro, porque gran parte de la interacción ocurre en espacios mediados por pantallas.
Una compra digital puede cumplir funciones similares a una prenda, un accesorio o una entrada a un evento. Una skin, una suscripción, una herramienta de edición, una insignia o un objeto virtual permite decir algo: qué se valora, a qué comunidad se pertenece, qué humor se comparte o qué estética se adopta.
La identidad digital también es más flexible que la física. Puede cambiar rápido, adaptarse a plataformas distintas y responder a tendencias. La Generación Z entiende esa flexibilidad como parte del juego social. No siempre busca una identidad fija, sino una identidad editable.
De tener cosas a mostrar señales
Tanto millennials como Generación Z participan en una economía de señales. La diferencia está en el soporte. El millennial puede usar una experiencia para comunicar apertura, gusto, cultura o estilo de vida. La Generación Z puede usar elementos digitales para comunicar pertenencia, habilidad, sensibilidad estética o conocimiento de una comunidad.
En ambos casos, el consumo se vuelve lenguaje. Una persona no compra solo por utilidad, sino por lo que esa compra permite expresar. La experiencia millennial se muestra en fotos, relatos y recuerdos. La identidad digital zoomer se muestra en perfiles, avatares, clips y presencia constante.
Esto no debe leerse como superficialidad. Las señales sociales siempre han existido. Lo nuevo es que ahora circulan con más velocidad y en más espacios. La validación no ocurre solo en reuniones físicas, sino también en chats, plataformas, juegos y redes.
Economía, acceso y prioridades
Las condiciones económicas también influyen. Muchos millennials aprendieron a valorar experiencias porque ciertos bienes duraderos parecían menos accesibles o menos prioritarios. Al mismo tiempo, las plataformas de viaje, eventos y servicios bajo demanda hicieron que la experiencia fuera más fácil de comprar y compartir.
La Generación Z, por su parte, entra al consumo en un entorno donde los bienes digitales son normales. Comprar dentro de una aplicación, pagar por una función, mejorar un perfil o adquirir un objeto virtual forma parte de la rutina. Además, muchas compras digitales tienen precios menores que grandes experiencias físicas, aunque su acumulación pueda ser significativa.
Esto produce una lógica de microinversión identitaria. Pequeñas compras permiten ajustar cómo se aparece ante otros. El gasto no siempre busca duración; busca relevancia en un contexto concreto.
Comunidad y pertenencia
La comunidad es central en ambos modelos. Los millennials suelen comprar experiencias que pueden compartirse con amigos, pareja o familia. El valor aumenta cuando la experiencia se vive con otros o cuando se convierte en memoria común.
La Generación Z invierte en identidad digital porque muchas comunidades funcionan en línea. Un objeto virtual, una estética de perfil o una suscripción puede abrir acceso, reconocimiento o conversación. La pertenencia no depende solo de estar presente, sino de dominar códigos internos.
En este sentido, la identidad digital no es una fantasía separada de la vida real. Es una extensión de relaciones, gustos y posiciones sociales. Para quienes pasan parte importante de su sociabilidad en entornos digitales, invertir allí tiene sentido.
Riesgos de ambos modelos
Comprar experiencias puede convertirse en presión por vivir siempre algo memorable. Viajes, eventos y salidas pueden transformarse en obligación de producir contenido o demostrar una vida activa. La experiencia pierde valor si se vive más para mostrarla que para disfrutarla.
Invertir en identidad digital también tiene riesgos. Los objetos virtuales dependen de plataformas, reglas y cuentas. Además, la búsqueda constante de actualización puede generar gasto impulsivo y ansiedad por quedar fuera de una tendencia.
Ambos modelos muestran que el consumo contemporáneo está ligado a reconocimiento. La pregunta no es solo qué se compra, sino qué necesidad social o emocional intenta cubrir esa compra.
Una diferencia de entorno, no de esencia
Millennials y Generación Z no consumen de formas opuestas. Ambos buscan identidad, pertenencia y sentido. Los millennials tienden a encontrarlo en experiencias que producen memoria. La Generación Z lo encuentra con frecuencia en herramientas digitales que producen presencia.
La diferencia central está en el escenario donde cada generación aprendió a relacionarse. Para unos, la experiencia física fue una respuesta al exceso de objetos y a la incertidumbre económica. Para otros, la identidad digital es una respuesta a una vida social distribuida entre plataformas. En ambos casos, el consumo dejó de ser posesión simple y se volvió construcción de relato.
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