Cultura
Muestra “Retratos-Recuerdos” de Víctor Dabove en Morón
Se abrirá mañana en el Honorable Concejo Deliberante de Morón, la muestra “Retratos-Recuerdos” de Víctor Dabove
Por Claudia Ainchil
“Retratos y recuerdos son para mí lo mismo. Un retrato es la convergencia de varias memorias en cada gesto, pliegue y mirada”. La muestra se abrirá mañana en el Honorable Concejo Deliberante de Morón, en Brown 910, a las 18.00 hs.
“Creo que no se puede establecer un orden lineal en mi trabajo visual –expresa Víctor Dabove–. ‘Retratos-Recuerdos’ en su mayoría fueron realizados en la pandemia, de la cual dudo absolutamente. No obstante, fue una oportunidad para ver el simulacro de una implosión del poder mundial. Y un delicioso delirio de vulgaridades apocalípticas como así también de ingenuidades utópicas a lo Zizek. Por supuesto me gustó la visión pesimista de Houellebecq vaticinando que después de la pandemia estaríamos peor y agregaría, más mediocres que antes”.

¿Cuántos cuadros forman parte de la muestra, cómo surgieron?
“Los retratos que expondré, alrededor de 15, una parte representan a mis hijas y otra a amigas y amigos, se suma a esto imágenes quizá tenebrosas o de mucho caos. No sé bien por qué. A veces retomo ámbitos que había dejado arrumbados en la memoria. En otros momentos, me gusta homenajear a pintores del pasado como Hans Holbein, el joven como se ve en el retrato de Ana Bolena, mi nieta Erika, mi hija menor Lucía o mi hermana”.
“La pintura y el dibujo son para mí, una gran entretención, no como sinónimo de juego o esparcimiento, sino como el mejor espacio lúdico. Lo mismo siento en la música a partir de mi formación como violinista. Mi pintura muchas veces es una suerte de sinestesia de los sonidos y viceversa”, agrega Víctor. “Mi pintura es una narrativa, una novela que se va armando y cada capítulo, una obra. No creo en la pintura como pintura autosuficiente. Odio la plasticidad y la arrogancia de una supuesta soltura. En definición, lo que importa son las ideas llevadas a la materia. Y aunque parezca contradictorio, casi detesto el arte conceptual porque en este ámbito se presume de ideas y críticas valiéndose de la intertextualidad cultural”, especificó.
“Muchas veces me preguntan cómo surge una obra.
«Yo creo –cuenta– que es la angustia y la sensación de vacío existencial lo que me hace volver a emerger y nadar encontrando resultados que enuncian ideas, son como disparadores”.
¿La música, el cine, cómo los relacionás con la pintura?
“El arte nace en mí desde la infancia porque tuve una familia de artistas y escritores. Pero mucho después me di cuenta de que realmente era lo mío. Creo que todas las actividades artísticas son una sola. El cine, el teatro, la música, la literatura y la pintura son distintas maneras de manifestar El Ser o ¡La Nada!”.
“Mi formación fue diversa. Unos años en lo que era Bellas Artes Manuel Belgrano. Otros años en el Conservatorio. Muchas visitas a museos, muchos libros de arte y literatura. Mucho cine y teatro. Curiosidad por la antropología, y obviamente la filosofía como punto de ruptura y autointerpelación. Por último, como referencia biográfica sólo diré que nací en Morón. Estudié poco y casi no viajé. Ya en mis comienzos por el mundo, dudaba mucho de lo que creía ver y cuando me sentía seguro de un camino a seguir, acababa muy frustrado. Hoy elijo dudar y rebosar de enorme ignorancia de todo. Un beso erótico es un milagro del que no dudo”, concluye Víctor.
Cultura
Por qué los millennials compran experiencias y la Generación Z invierte en identidad digital
Análisis sobre por qué los millennials priorizan la compra de experiencias mientras la Generación Z invierte en identidad digital, presencia en línea y pertenencia comunitaria.
El consumo dejó de organizarse solo alrededor de objetos físicos. Durante décadas, comprar significaba adquirir algo que podía guardarse, usarse o mostrar en espacios materiales. Hoy, el valor también se construye en viajes, conciertos, cursos, eventos, perfiles, avatares, skins, suscripciones, comunidades y archivos digitales. En ese cambio, millennials y Generación Z muestran prioridades distintas: unos tienden a valorar la experiencia vivida; otros, la identidad proyectada en entornos digitales.
La diferencia no significa que los millennials ignoren lo digital ni que la Generación Z rechace las experiencias físicas. Se trata de énfasis culturales. En un entorno donde conviven redes, videojuegos, plataformas de ocio, compras integradas, apuestas y sitios como https://casino-jugabet.cl/, el consumo ya no se limita a poseer: también sirve para narrarse, participar y ocupar un lugar dentro de comunidades conectadas.
La experiencia como respuesta millennial
Los millennials crecieron en un periodo marcado por cambios económicos, digitalización progresiva y cuestionamiento de la propiedad tradicional. Para muchos, comprar una casa, formar patrimonio o acceder a ciertos bienes materiales resultó más difícil que para generaciones anteriores. En ese contexto, las experiencias ganaron valor: viajar, comer fuera, asistir a eventos, aprender algo o compartir una actividad se convirtió en una forma de construir memoria.
Comprar una experiencia ofrece algo que un objeto no siempre entrega: una historia. Un viaje puede contarse, una cena puede recordarse, un concierto puede compartirse y una actividad puede integrarse en la identidad personal. Para los millennials, la experiencia funciona como capital biográfico. No solo se vive; se convierte en parte del relato de vida.
También hay una dimensión de tiempo. Muchos millennials entraron en la adultez con jornadas extensas, presión laboral y saturación digital. Por eso, pagar por una experiencia puede sentirse como una forma de recuperar control sobre el propio tiempo. No se compra solo entretenimiento; se compra una pausa, una salida o una sensación de avance personal.
La Generación Z y la identidad como presencia
La Generación Z se formó en un entorno donde la identidad digital no es secundaria. Perfiles, nombres de usuario, fotos, avatares, listas, clips, objetos virtuales y comunidades en línea forman parte de la vida social. Para esta generación, invertir en identidad digital no parece raro, porque gran parte de la interacción ocurre en espacios mediados por pantallas.
Una compra digital puede cumplir funciones similares a una prenda, un accesorio o una entrada a un evento. Una skin, una suscripción, una herramienta de edición, una insignia o un objeto virtual permite decir algo: qué se valora, a qué comunidad se pertenece, qué humor se comparte o qué estética se adopta.
La identidad digital también es más flexible que la física. Puede cambiar rápido, adaptarse a plataformas distintas y responder a tendencias. La Generación Z entiende esa flexibilidad como parte del juego social. No siempre busca una identidad fija, sino una identidad editable.
De tener cosas a mostrar señales
Tanto millennials como Generación Z participan en una economía de señales. La diferencia está en el soporte. El millennial puede usar una experiencia para comunicar apertura, gusto, cultura o estilo de vida. La Generación Z puede usar elementos digitales para comunicar pertenencia, habilidad, sensibilidad estética o conocimiento de una comunidad.
En ambos casos, el consumo se vuelve lenguaje. Una persona no compra solo por utilidad, sino por lo que esa compra permite expresar. La experiencia millennial se muestra en fotos, relatos y recuerdos. La identidad digital zoomer se muestra en perfiles, avatares, clips y presencia constante.
Esto no debe leerse como superficialidad. Las señales sociales siempre han existido. Lo nuevo es que ahora circulan con más velocidad y en más espacios. La validación no ocurre solo en reuniones físicas, sino también en chats, plataformas, juegos y redes.
Economía, acceso y prioridades
Las condiciones económicas también influyen. Muchos millennials aprendieron a valorar experiencias porque ciertos bienes duraderos parecían menos accesibles o menos prioritarios. Al mismo tiempo, las plataformas de viaje, eventos y servicios bajo demanda hicieron que la experiencia fuera más fácil de comprar y compartir.
La Generación Z, por su parte, entra al consumo en un entorno donde los bienes digitales son normales. Comprar dentro de una aplicación, pagar por una función, mejorar un perfil o adquirir un objeto virtual forma parte de la rutina. Además, muchas compras digitales tienen precios menores que grandes experiencias físicas, aunque su acumulación pueda ser significativa.
Esto produce una lógica de microinversión identitaria. Pequeñas compras permiten ajustar cómo se aparece ante otros. El gasto no siempre busca duración; busca relevancia en un contexto concreto.
Comunidad y pertenencia
La comunidad es central en ambos modelos. Los millennials suelen comprar experiencias que pueden compartirse con amigos, pareja o familia. El valor aumenta cuando la experiencia se vive con otros o cuando se convierte en memoria común.
La Generación Z invierte en identidad digital porque muchas comunidades funcionan en línea. Un objeto virtual, una estética de perfil o una suscripción puede abrir acceso, reconocimiento o conversación. La pertenencia no depende solo de estar presente, sino de dominar códigos internos.
En este sentido, la identidad digital no es una fantasía separada de la vida real. Es una extensión de relaciones, gustos y posiciones sociales. Para quienes pasan parte importante de su sociabilidad en entornos digitales, invertir allí tiene sentido.
Riesgos de ambos modelos
Comprar experiencias puede convertirse en presión por vivir siempre algo memorable. Viajes, eventos y salidas pueden transformarse en obligación de producir contenido o demostrar una vida activa. La experiencia pierde valor si se vive más para mostrarla que para disfrutarla.
Invertir en identidad digital también tiene riesgos. Los objetos virtuales dependen de plataformas, reglas y cuentas. Además, la búsqueda constante de actualización puede generar gasto impulsivo y ansiedad por quedar fuera de una tendencia.
Ambos modelos muestran que el consumo contemporáneo está ligado a reconocimiento. La pregunta no es solo qué se compra, sino qué necesidad social o emocional intenta cubrir esa compra.
Una diferencia de entorno, no de esencia
Millennials y Generación Z no consumen de formas opuestas. Ambos buscan identidad, pertenencia y sentido. Los millennials tienden a encontrarlo en experiencias que producen memoria. La Generación Z lo encuentra con frecuencia en herramientas digitales que producen presencia.
La diferencia central está en el escenario donde cada generación aprendió a relacionarse. Para unos, la experiencia física fue una respuesta al exceso de objetos y a la incertidumbre económica. Para otros, la identidad digital es una respuesta a una vida social distribuida entre plataformas. En ambos casos, el consumo dejó de ser posesión simple y se volvió construcción de relato.
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