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La vida después de Diego

El 25 de noviembre de 2020 murió D10S en la desmesura de un encierro planetario, porque todo en él siempre fue desmesurado. Y su vida nos pasó por delante de los ojos, como si también fuésemos a morir nosotros.

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El 25 de noviembre de 2020 murió D10S en la desmesura de un encierro planetario, porque todo en él siempre fue desmesurado. Y su vida nos pasó por delante de los ojos, como si también fuésemos a morir nosotros.

Por Julio Boccalatte

Dos palabras como dos trenes desbocados yendo al choque, finalmente inevitables, hace exactamente un año: murió Diego. Hay palabras que cuando se juntan o chocan de frente provocan un terremoto colosal en algún lado. Murió Diego fue una bomba en el corazón que él mismo nos había regado de toda felicidad posible y, más allá de las fronteras, en el alma y la memoria de la Patria que en cualquier idioma lo amaba y lo sigue amando.

El ejercicio recurrente de decirlo, de escribirlo o de pensarlo (o sea la amenaza de tantas veces anteriores, Cuba, Punta del Este, Buenos Aires), ni siquiera alcanzó para amortiguar el golpe. Tal vez, al revés que en la leyenda de Bloody Mary, debimos haber dicho «murió Diego» tres veces frente al espejo como conjuro. O tal vez, como la fábula del pastor y las ovejas, nos ilusionamos por un rato con que fuera de nuevo una mentira, un chiste malo.

Pero no. Esta vez era en serio.

–Seba, ¿es posta?

–Así es.

Y unos segundos después.

–Falleció.

Eso fue todo. No hacía falta más. Falleció, nos dijo Seba, jefe de prensa de Diego, como si quisiera, con la formalidad, hacernos y hacerse a sí mismo más digerible o más distante o más ajena la noticia. Hay palabras que tienen la capacidad de anestesiarnos, que nos permiten convivir con las tragedias sin volvernos locos. Lo que fallece queda lejos, apenas nos conmueve.

Pero Diego murió porque los amores mueren, las pasiones mueren, esas muertes que nos duelen en rincones del cuerpo que no tienen nombre.

El 25 de noviembre de 2020 murió Diego en la desmesura de un encierro planetario, porque todo en Diego siempre fue desmesurado. Y su vida nos pasó por delante de los ojos, como si también -y un poco así sucedió- fuésemos a morir nosotros.

¿Qué habrá pasado por delante de los ojos de Diego?

En una villa nació, «quiero jugar en Primera y jugar el Mundial», 20 de octubre de 1976, Argentinos, selección juvenil, Boca Juniors, España 82, Barcelona, Napoli, la mano de Dios, el gol del siglo, barrilete cósmico, Nápoles te ama pero Italia es nuestra patria, y todo el mundo cantó Maradó Maradó, me cortaron las piernas, te lo juro por las nenas, cambio en Boca sale Maradona entra Riquelme, se le escapó la tortuga, la pelota no se mancha, la tenés adentro, si yo fuera Maradona viviría como él.

Sabíamos que algún día deberíamos contar esta tristeza, pero nunca pudimos haber imaginado que fuera así, aislados, amenazados por un virus asesino, trabajo remoto, grupo de whastapp, vos esto, vos lo aquello, yo estoy cerca yo más lejos, esa cosa impersonal y fría de la virtualidad mientras un dolor inexplicable nos empujaba el cielo hacia abajo y se cocinaba a fuego lento la rebeldía popular del día siguiente en la Casa Rosada.

Porque no se puede ser feliz en soledad, como dijo Leonardo Favio, pero tampoco es posible atajar solos las tristezas que van al ángulo.

«Murió el fútbol», resumió ese mismo día el periodista Horacio Pagani, mientras la conmoción se replicaba en los medios del mundo entero. «Es como si se hubiese muerto un familiar de todos», acertó alguien por la tele. En la era de la fugacidad parecían pulverizarse las medidas convencionales del tiempo. Y otra desmesura: la belleza multiplicada en el recuerdo.

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«No sé por qué farsa de profesionalismo digo Maradona cuando mi corazón destrozado dice Diego», escribió Juan José Becerra.

«Eras un lujo, Diego, y un zarpe. Un pliegue de la vida dura que albergaba la fiesta y se aferraba ahí, porque cuánto cuesta vivir, Diego, y cuánto morir y cuánto tocar el cielo con las manos y que se te llene todo de caranchos», escribió Gabriela Cabezón Cámara.

«Yo me robaría el cajón de Maradona/ saldría en un carro de botellero/ como los que había en mi barrio/ cuando chica./ O mejor en el carro de Pascualito/ que pasaba por el frente/ de la casa de mi nona./ Me robaría al Diego/ para pasearlo por todos los barrios de pibes pobres/ por todos los bordes/ de los bordes», escribió Liliana Campazzo.

El 25 de noviembre de 2020 murió Dios, o el más humano de los dioses según Galeano, la historia desbordando de su propio cauce igual que todas las vidas que vivió le desbordaban el cuerpo; y a la vez murió un hombre un padre un hijo un hermano, para cada uno de nosotros un tesoro íntimo, otro granito de arena en el desierto interminable de la soledad y la tristeza; lo infinito y lo efímero; lo enorme y lo pequeño; como ese haiku de Borges: ¿Es un imperio/ esa luz que se apaga/ o una luciérnaga?

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Chiquitazo: flojo empate de Boca ante Central Córdoba

Chiquito Romero volvió a convertirse en héroe y atajó un penal. Pudo haber sido derrota del xeneize.

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Boca Juniors fue ligeramente superior en el juego pero no pudo con Central Córdoba de Santiago del Estero, con el que empató sin goles, al cabo de la segunda fecha del torneo de la Liga Profesional de fútbol (LPF).

En la Bombonera, el último campeón del fútbol argentino ofreció una imagen que fue de mayor a menor y fue víctima de su escasa eficacia, especialmente en los 45 minutos iniciales.

Sin embargo, el elenco visitante, dirigido por Leonardo Madelón, dispuso de la oportunidad más clara para quedarse con el triunfo, a los 20 minutos del complemento, cuando el delantero Facundo Castelli ejecutó un tiro penal que contuvo el arquero Sergio «Chiquito» Romero, tras una infracción que el propio exgolero de Manchester United le cometió al centroatacante que viene de Estudiantes de Caseros.

El pueblo xeneize reclamaba una mejor prestación para los conducidos por el DT Hugo Ibarra, luego de un exiguo 1-0 ante Atlético Tucumán el pasado fin de semana.

Lo mejor del elenco xeneize se dio en el primer período, cuando el paraguayo Oscar Romero se juntaba con Guillermo «Pol» Fernández y Alan Varela para manejar los hilos en el medio y los tres buscaban habilitar al veloz Sebastián Villa para «moverle el árbol» a Marcos Ledesma.

Ese primer tiempo tuvo un desarrollo entretenido, con Boca moviéndose mejor y siendo superior. Central Córdoba se paro con el clásico esquema de dos líneas de cuatro bien definidas y arriba dejó a los solitarios Gamba y Castelli.

Esta vez el bicampeón tuvo el juego que se le pedía desde las tribunas, pero no pudo festejar el desequilibrio.

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La primera llegada fue a los 12 minutos, cuando Villa desbordó por izquierda y lanzó un centro que conectó Orsini de cabeza, apenas desviado.

A los 15m., una contra bien llevada por Oscar Romero, de taco desde el medio de la cancha, derivó en pared con Advíncula, quien habilitó a Ramírez y el ex San Lorenzo la cedió a Villa, que volvió a dejar solo a Orsini. El remate del exdelantero de Lanús fue despejado con los pies por el guardavallas Ledesma.

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Seguía el asedio de los locales y a los 21m., un desborde de Villa (imparable en ese primer tiempo para su marcador Blasi) terminó en un centro atrás que recibió Oscar Romero, quien remató con tanta mala suerte que rebotó en su compañero Orsini y se fue afuera.

Los visitantes eran meros espectadores en medio del dominio xeneize y su primera llegada se dio a los 32m., con un disparo de Pereyra, que contuvo dos veces el arquero Sergio Romero.

Tres minutos más tarde, el equipo «ferroviario» tuvo una clarísima, con un disparo desde fuera del área de Marcelo Benitez, desde 30 metros, que fue desviado al córner por el guardavallas local.

Después Boca tuvo otras dos situaciones para ponerse en ventaja pero ni Orsini ni Villa pudieron conectar.

En la parte final bajó ostensiblemente el nivel del conjunto local y, de a poco, Central Cordoba le fue perdiendo el respeto y se animó.

Así, a los 19m., en una contra armada por Ciro Rius por derecha, la cesión al medio para Castelli puso al delantero cara a cara con ‘Chiquito’ Romero. El guardavallas derribó al delantero dentro del área y el árbitro Merlos sancionó la pena máxima.

La ejecución, a cargo de Castelli, fue hacia el poste derecho, pero el arquero xeneize se dirigió hacia ese sector y paró el remate con su mano y sus pies, para ahogar el grito de gol de los visitantes.

Los simpatizantes boquenses, que respaldaron en todo momento a la dirigencia local, se levantaron al unísono para corear el sobrenombre del exarquero del seleccionado argentino.

De este modo, el equipo santiagueño se perdió la oportunidad de emular al conjunto semiprofesional que llegó a la Bombonera el 15 de octubre de 1967 y se impuso a Boca por 2-1, en un partido por el Campeonato Nacional de ese año. Otros tiempos y otro fútbol, pero se trató del primer triunfo oficial de un equipo de Ligas del Interior sobre otro directamente afiliado a AFA

Boca, con 4 puntos en la tabla, se medirá el sábado próximo con Talleres, en Córdoba, por la tercera fecha, mientras que Central Córdoba, con una sola unidad, será local en el Madre de Ciudades este viernes ante Belgrano, también a las 21.30.

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