Análisis
Gauchito Gil, inocente por inocente
Durante este fin de semana, como a cada aniversario de su muerte, miles de personas de todo el país compartieron con el santo popular argentino en los santuarios repartidos en todo el territorio nacional.

Por Manu Campi | @manucampimaier
A lo largo y ancho del país, no hubo lugar que no responda al llamado del hombre que, el 8 de enero de 1874 o 78 era asesinado en Goya, Corrientes. Nacido en Pay Ubre en algún punto entre 1840 y 1850, hijo de Encarnación Núñez y José Gil de la Cuadra, Antonio Plutarco Cruz Mamerto Gil Núñez es para muchos un santo, para todos, el Gauchito Gil.

Su vida está envuelta en el misterio que rodea a los personajes que se escurren, como agua de las manos, de las historias oficiales para ser solo del pueblo. Sin embargo, su posteridad atraviesa hace casi siglo y medio, el camino de las necesidades, la búsqueda de respuestas y la tangente que ofrece el hombre para quienes no existe santo alguno.
Así, el Gauchito Gil repara en quienes necesitan protección en las rutas argentinas excediendo las fronteras de su sangre correntina o como protector de los favores de los humildes, los trabajadores, los desprotegidos y los enfermos, que pide, como moneda de cambio, tabaco, comida y un vaso de vino. El Gauchito vive en la memoria popular, es parte de la llaga, de la herida abierta en donde el desamparo es asistido mediante una ofrenda.






Unas 300 mil personas dijeron presente en Mercedes (Corrientes), en donde todavía se encuentra el árbol de espinillo donde fue colgado y degollado. En la Ciudad de Buenos Aires, la Corriente Villera Independiente construyo dos santuarios, uno en Villa Soldati y otro en el Barrio Carlos Mugica. Se celebró simple, sin la runfla protocolar que adoctrina a través del error ajeno. Música, familias, choripanes, cerveza y vino. Al aire libre, como si el cielo y la tierra fueran el único templo posible y en donde algunos pidieron el favor del santo, otros solo agradecieron.
Son diferentes las historias que pesan sobre los motivos de su asesinato y los milagros de este campesino rural que combatió en la Guerra de la Triple Alianza (1864-1870). La primera refiere a un romance equívoco con una mujer pretendida por un policía; la segunda dice que el Gauchito era un cuatrero que robaba hacienda de los terratenientes para repartirla entre los pobres; la tercera responde a la deserción militar sobre la guerra civil correntina. Cualquiera de estos motivos o la sumatoria de todos terminan con una partida que lo sorprende mientras dormía la siesta. Estaba con dos amigos que fueron muertos al instante. El Gauchito ‘esquivó’ la balacera y la leyenda dice que un amuleto de San La Muerte le salvó la vida. Una vez aprendido lo trasladaron a la ciudad de Goya para ser juzgado, pero en el camino y a 8 kilómetros de Mercedes cambiaron los planes y lo colgaron boca abajo en un árbol de la zona.

Ninguno de los presentes, soldados de origen humilde, respetuosos del Gauchito, se animó a ejecutarlo. Fue el coronel Velázquez, contra su voluntad y siguiendo órdenes de un superior, quien lo degolló. Dicen que su sangre cayó como una catarata que la tierra se bebió de un sorbo. En ese mismo instante nació el mito y su asesino se convirtió en su primer devoto.
“Con la sangre de un inocente salvarás a otro inocente”.
Otra versión sostiene que, antes de morir le dijo a su verdugo que su hijo iba a enfermar y que debería rezar en nombre del gaucho para que sanara. El policía, al llegar a su casa, vio a su hijo al borde de la muerte entonces probó con pedirle a quien había matado hacía unos momentos y su hijo logró sanar. Debido a esto, el hombre volvió a donde estaba el cuerpo del Gauchito y lo enterró. Desde entonces, mucha gente comenzó a hacerse devota del mismo hasta construir un gran altar, incluido el propio Velázquez, su primer devoto.
Por Jesús Rivero*
Deseo comenzar por la etimología de transmisión, porque como planteaba Jacques Marie Emile Lacan, el origen me colma.
Transmisión etimológicamente significa acción y efecto de hacer circular una cosa, más allá.
¿Qué se transmite?
El objeto petit “a» que agujerea al sujeto-sujetado y lo sostiene desde su pérdida.
¿Es pedagógico?
Se puede decir que no. Aunque las palabras no pueden decir todo.
Éste petit “a» de Jacques Lacan es su invento privilegiado, ya que a la nada le cedió un lugar topológico, lo nombró y dio (donó) existencia.
Falta irreductible que opera más allá del sujeto supuesto saber. Es la hiancia que motoriza el deseo. Lacan en su última enseñanza transmite esto, la cosa, el ruido. No un supuesto saber platónico y universal, esto obtura.
Hagan la prueba, pongan sobre un escritorio una piedra y un libro frente a una audiencia y observen las miradas de dicha audiencia, que se transmite. El ruido, la enunciación del enunciado. El dicho del decir del disertante, cuyo rasgo unario, no tiene que ver con la pedagogía. Lo que se transmite es otra cosa, el objeto petit “a».
Lo que todos buscan en este movimiento, que es el peronismo, cuyo significante vacío busca negociar con un significado. Es el punto de capitón que anuda la significación. Esta lucha casi interminable que auguran para siempre los opositores, pero nadie mejor que ellos saben, que dicha disputa de poder (lucha de clases) siempre llega a su anudamiento.
El significante vacío sin negociación, no es nada. La problemática es intentar identificar un líder, sin transmisión. Sin hacer circular una cosa, más allá. Esto no puede ser forzado, no es pedagógico, responde a la lógica de la falta, de lo que se perdió. El mismo Sigmund Freud en “Psicología de las masas y análisis del yo” planteó que “las masas no se identifican al ideal del yo, sino que se identifican entre sus yoes, al objeto ideal que es el líder». Es decir, no hay identificación al significante, sino entre las masas a un rasgo, que es el objeto ideal.
Este objeto (poder) no es pedagógico. No se aprende, se comprende. La conducción no es para cualquiera, se tiene o no se tiene. Todos tienen el bastón de mariscal en la mochila, pero no todos saben transmitirlo. De aquí, vemos a grandes teóricos no entender la fórmula de dicha conducción, nunca la van a entender, porque no se entiende se comprende.
El mismo Juan Domingo Perón, que en lo singular creo es el mejor en conducción, no decía: “la política no se aprende, se comprende, y solamente comprendiendo es posible realizarla racionalmente. Decía el Mariscal de Sajonia que él tenía una mula que lo había acompañado en más de diez campañas, pero decía que la mula no sabía nada de estrategia. Lo peor es que él pensaba que muchos de los generales que también lo habían acompañado, sabían lo mismo; hay hombres que toda su vida han hecho política, pero nunca la han comprendido. El éxito será siempre para quien la haya comprendido, no para el que pretenda aprenderla”.
Hoy en día hay muchos que pretenden aprenderla, y hay pocos que desde el exilio, cárcel o proscripción, la comprenden. Es cuestión de tiempo y comprensión, no de pedagogía.
*escritor y activista político.
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