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Análisis

La política del TikTok: ¿líderes o animadores de discoteca?

La historia no se escribe con filtros de de Instagram.

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El Argentino Diario-Javier Milei emperador romano.

Por Lois Pérez Leira

Por mucho tiempo, la política fue el arte de la palabra. El verbo era la herramienta del liderazgo: pensadores con convicciones, discursos largos, densos, cargados de ideas e ideología. Se discutía el modelo de país, se debatía el rol del Estado, se soñaban revoluciones. Hoy, en cambio, parece que basta con un baile pegajoso en redes, una sonrisa blanca y una coreografía bien ensayada para ganarse los votos.

¿En qué momento la política empezó a parecerse a un videoclip de reguetón? La nueva tendencia no distingue colores ni ideologías: Donald Trump baila en sus mítines como si estuviera en una fiesta universitaria. Javier Milei agita su melena al ritmo del rock, mientras grita “¡viva la libertad, carajo!” entre saltos y luces. Nicolás Maduro baila salsa y lo que le hechen. Cristina Fernández de Kirchner baila en el balcón de su prisión domiciliaria.

La candidata ecuatoriana Luisa González —apadrinada por Rafael Correa— se pasó la campaña bailando, literal y figuradamente, en TikTok. Y perdió. Mientras tanto, Daniel Noboa, el neofascista joven y fotogénico presidente que la venció, se muestra en redes como si fuese una estrella pop: camisas abiertas, buena luz, bailes, frases motivacionales. Correa, por su parte, cocina desde el exilio en Tic Toc.

La derecha y la izquierda parecen haber encontrado un terreno común: el espectáculo. Ya no importa qué se dice, sino cómo se ve. Lo importante no es el contenido del discurso, sino su viralidad. No es relevante si se tiene un programa de gobierno coherente, sino si se logra emocionar en 30 segundos. La consigna parece clara: si no puedes convencer, al menos entretén.

¿Es esto solo frivolidad? ¿Una moda pasajera? ¿O estamos asistiendo a la mutación definitiva de la política en la era de las redes? En un mundo donde la atención dura lo que un video de TikTok, los políticos se ven obligados a competir no por ideas, sino por «likes».

El votante ya no es un ciudadano crítico, sino un espectador. La política ya no es un proceso de construcción colectiva, sino un show donde el carisma reemplaza a la propuesta. ¿Qué queda del legado de un Fidel Castro hablando por horas en la Plaza de la Revolución? ¿O de Salvador Allende con su voz temblorosa enfrentando tanques? ¿Qué espacio hay hoy para un Che Guevara que llama a pensar, a cuestionar, a resistir?

Lo que vemos es una partidocracia en decadencia, intentando rejuvenecer con botox mediático. Jóvenes guapos, mujeres hermosas —algunas tratadas como “gatos” decorativos en escenarios de campaña— ocupan la escena como si fueran modelos en una pasarela electoral. Se ofrece imagen, no pensamiento. Se vende cuerpo, no visión.

Pero no todo está perdido. La política tiene ciclos. Y tal vez esta etapa superficial sea solo un reflejo de nuestro momento histórico: rápido, desechable, ansioso. Quizás cuando se agote el espectáculo, volvamos a buscar líderes que nos hablen al alma y no solo a la pupila.

Mientras tanto, la pista de baile sigue abierta. Pero cuidado: un país no se gobierna con coreografías. Y la historia no se escribe con filtros de de Instagram.

Análisis

El Che escribió como Rubén Darío: Marcha Triunfal

Los cuadernos escritos a mano del Che.

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Por Jesús Rivero

Según quiénes acompañaban a Ernesto Guevara de la Serna en Bolivia, que en paralelo que avanzaba en su marcha, escribía, demasiado escribía. Cuando lo capturaron el 8 de octubre de 1967 encontraron en su mochila varios cuadernos escritos a mano, el más conocido es su diario de campaña, pero había un cuaderno rojo en el que había transcrito (escrito más allá) tres poemas de Rubén Darío. Uno de ellos era Marcha Triunfal. 

Setenta y dos años antes, una fría madrugada de fines de abril de 1895, el gran poeta nicaragüense aún no había escrito aquella marcha. En el contexto de nuestra Plaza de Mayo, estaba en un banco, desalineado, desmejorado. Seguro había pasado una noche de vino y juerga. Cuando sucedió algo inesperado, lo encontró el amigo indicado, era el doctor Plaza, responsable de la Isla Martín Garcia, donde por aquellos días se hacía la cuarentena, por la epidemia de fiebre amarilla. El doctor Plaza cubrió a Darío con un sobretodo y lo llevó directamente hasta el puerto para embarcarse en el vaporcito que los trasladará hasta la isla.

En la Isla Martín Garcia, se recuperó, al mismo tiempo que escribió, demasiado escribió. Un día llegó un telegrama en donde le pedían un poema para el próximo aniversario de la revolución del 25 de mayo de 1810. Cuyo lugar físico de celebración era “El Ateneo de la calle Florida». Tenía tres días para hacerlo, Darío se sentó y escribió su marcha triunfal que pasaría a la historia. Y, como a tantas bibliotecas de nuestro país, llegó también a la de la familia Guevara.

Ernesto Guevara de la Serna “Che» nació el 14 de junio de 1928, pleno auge de la crisis del sistema capitalista a nivel global. En lo que respecta a la Marcha Triunfal, Ernesto se la aprendería de memoria como efecto de escuchar a su padre recitarla repetidamente. Esta transmisión lo acompañaría hasta sus últimos días, transcribiendo la misma,  en su cuaderno  en la selva boliviana. Hoy, el manuscrito de Rubén Darío está en la sede de la Sociedad Argentina de Escritores en Ciudad Autonoma de Buenos Aires. Y, el cuaderno con la transcripción del Che, en un archivo del ejército en la ciudad de La Paz, Bolivia. Marcha Triunfal, poema que celebra una revolución, escrito en el río de La Plata, que fue transcripto por un revolucionario en la selva de Bolivia.

* escritor y activista político

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