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Línea A con interrupciones y molinetes liberados

La empresa Emova responde como represalia e intento de extorsión con un plan de persecución contra trabajadores que incluye descuentos arbitrarios de salario.

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 Trabajadores nucleados en la Asociación Gremial de Trabajadores del Subte y Premetro (AGTSyP) realizarán hoy una medida de acción directa que consistirá en la liberación de accesos desde las 9, en la estación San Pedrito de la línea A, en repudio por el «despido injustificado y discriminatorio de un trabajador del sector comercial de esa línea».

«En el marco de nuestra campaña de denuncia por la presencia de material cancerígeno en la red de subterráneos, la empresa Emova responde como represalia e intento de extorsión con un plan de persecución contra trabajadores que incluye descuentos arbitrarios de salario, sanciones injustificadas y el despido persecutorio de un trabajador», explicaron desde esa organización en un comunicado.

Los trabajadores añadieron que «en lugar de preocuparse por iniciar un proceso de desabestización que de solución a la crisis sanitaria que pone en riesgo la vida de millones de usuarios y trabajadores del subte, y que ya le costó la vida a varios empleados y afecto la salud de decenas de personas, la empresa concesionaria intenta evitar que los trabajadores reclamemos mejoras en nuestras condiciones laborales y sanitarias con esta campaña mafiosa de persecución».

«Advertimos que continuaremos con nuestra exigencia de retiro del asbesto del ámbito de la red y el cambio de las flotas contaminadas a pesar del apriete mafioso que desarrolla Emova contra los trabajadores y la organización que los representa, y que insistiremos con medidas de protesta hasta obtener la reincorporación», sostienen en el texto del gremio firmado por el secretario ejecutivo de la organización, Claudio Dellecarbonara.

CABA

Amenazas en escuelas: la Ciudad responde con mano dura y esquiva el debate de fondo

La ministra Mercedes Miguel reconoció que los chicos “no tienen dimensión”, pero el Gobierno refuerza medidas punitivas en lugar de invertir en prevención y acompañamiento.

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Entre el pánico y la respuesta punitiva: la Ciudad endurece el discurso ante amenazas escolares

La ministra de Educación porteña, Mercedes Miguel, buscó instalar una definición tajante frente a la ola de amenazas de tiroteos en escuelas: “no es una broma, es un delito”. La frase, repetida como mantra, marca el tono de un Gobierno que, ante un fenómeno complejo y multicausal, parece inclinarse más por la lógica punitiva que por una lectura integral del problema.

En paralelo, el jefe de Gobierno, Jorge Macri, anunció el refuerzo de protocolos que activan la intervención policial, judicial y de organismos de niñez ante cada episodio. El despliegue incluye incluso la incautación de celulares y el rastreo de conversaciones privadas de menores. La escena: chicos de 11 o 12 años bajo la lupa del sistema penal.

Criminalizar la infancia, una respuesta ligera

Miguel insistió en que los niños “no tienen dimensión” de lo que hacen. Sin embargo, esa misma afirmación entra en tensión con la decisión oficial de encuadrar sus conductas como delito. La contradicción no es menor: si no hay comprensión plena, ¿qué sentido tiene la amenaza penal como eje de la política pública?

  • Se instala la idea de “límite” desde la sanción antes que desde la pedagogía.
  • Se desplaza la responsabilidad hacia las familias y las redes sociales.
  • Se invisibiliza el rol del Estado en la prevención y el acompañamiento.

El resultado es una respuesta que corre el eje: del cuidado al castigo.

El fantasma de las redes y la coartada perfecta

La ministra apuntó contra TikTok y la viralización de desafíos como motor del fenómeno. La explicación, aunque atendible, aparece incompleta y funcional: pone el foco en plataformas globales mientras evita discutir el deterioro local del sistema educativo.

En la Ciudad, docentes vienen denunciando:

  • Falta de equipos interdisciplinarios suficientes (psicólogos, trabajadores sociales).
  • Escasa capacitación para abordar conflictos digitales y violencias emergentes.
  • Recortes presupuestarios que impactan en programas socioeducativos.

Sin esas herramientas, la escuela queda sola frente a problemáticas cada vez más complejas.

Protocolos sin comunidad

El Gobierno porteño difundió un instructivo para familias que incluye revisar mochilas, controlar celulares y denunciar al 911. La prevención queda así reducida a la vigilancia doméstica y al reflejo policial.

Pero en esa lógica se diluye algo central: la construcción de comunidad educativa. No hay mención concreta a espacios de escucha, trabajo con estudiantes, ni estrategias sostenidas de educación digital crítica.

Lo que no se dice

Mientras se multiplican las amenazas, también crece el miedo. Familias que dudan en enviar a sus hijos a la escuela y docentes que enfrentan situaciones para las que no fueron preparados. Sin embargo, el discurso oficial evita una autocrítica de fondo:

  • ¿Qué pasa con el presupuesto educativo en la Ciudad?
  • ¿Dónde están los equipos de acompañamiento permanentes?
  • ¿Qué políticas integrales se implementan más allá del protocolo reactivo?

La apelación al delito ordena el relato, pero no resuelve el problema.

Entre el control y el abandono

El mensaje final del Gobierno parece oscilar entre dos extremos: más control y menos Estado presente en lo cotidiano. Se endurecen las respuestas cuando el conflicto estalla, pero se debilitan las políticas que podrían prevenirlo.

En ese terreno, la escuela queda atrapada: exigida para contener, pero sin recursos; señalada como espacio de riesgo, pero sin respaldo suficiente.

La pregunta de fondo sigue abierta: si los chicos no dimensionan, como admite la propia ministra, ¿no debería el Estado dimensionar mejor su respuesta?

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