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Los 45 años de Madres de Plaza de Mayo: Taty Almeida convocó a no abandonar la lucha

«La única lucha que se pierde es la que se abandona».

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Por Silvina Caputo

A los 92 años, la referente de la línea fundadora de las Madres de Plaza de Mayo, Taty Almeida, resumió con esa frase la lucha ininterrumpida de la organización que cumple mañana 45 años de rondas, en pos de obtener memoria, verdad y justicia para sus hijos e hijas pero también para la Argentina y el mundo, en su legado a favor de los derechos humanos.

«Se cumplen 45 años. A pesar de que quedamos pocas Madres, pocas Abuelas, es un tiempo donde nunca hemos bajado los brazos. Hoy, hacemos y decimos lo mismo que hace 45 años, seguimos luchando porque creemos que la única lucha que se pierde es la que se abandona», dijo la referente de Línea Fundadora.

«Hasta el último soplo de vida seguiremos luchando por la Memoria, la Verdad y la Justicia, con la esperanza de saber que hoy tenemos una juventud maravillosa y militante que seguirá manteniendo en alto estas banderas y mantendrán nuestro legado. Nuestros hijos también eran militantes», expresó orgullosa la dirigente que mañana será homenajeada junto a sus pares en el Espacio Memoria y Derechos Humanos que funciona en el predio de la exESMA.

Para Taty -o Lidia Stella Mercedes Miy Uranga, tal como figura en su documento de identidad- la «militancia significa compromiso, ayudar al otro, más allá del partido político del que sea».

Mañana se cumplirán 45 años del comienzo de las rondas alrededor de la Pirámide de Mayo de ese grupo de madres, encabezado por Azucena Villaflor, entre otras, que buscaban a sus hijos desaparecidos por la dictadura militar, con pañuelos blancos en sus cabezas que se convirtieron en un símbolo de lucha por la memoria.

Almeida recuerda los «dolores» por los que tuvieron que atravesar como «cuando hicieron desaparecer a tres de nuestras madres, a Azucena (Villaflor de Vicenti) nuestra fundadora; a Esther Ballestrino de Careaga; y Mary Ponce de Bianco, por culpa de (Alfredo) Astiz quien fue muy valiente con ellas, con las indefensas, pero muy cobarde cuando tuvo que ir a (la guerra) de Malvinas donde se rindió enseguida sin pegar un solo tiro».

De esta manera recordó el operativo ilegal que realizó Astiz el 8 de diciembre de 1977 cuando se produjo el secuestro de un grupo de familiares y personas solidarias con éstos, en la Iglesia Santa Cruz y donde se llevaron a las madres Careaga y Ponce de Bianco. Al día siguiente secuestraron también a la monja francesa Alice Domon.

La acción estuvo dirigida por el militar quien se había infiltrado haciéndose pasar por hermano de un desaparecido.

En tanto, el secuestro de Azucena Villaflor de Vicenti, se produjo el 10 de diciembre del mismo año, a manos de un grupo armado clandestino de la Armada, en la esquina de su casa de Sarandí, en Avellaneda, Buenos Aires.

«La desaparición de estas tres madres es otro de los agujeros que tenemos en el corazón y que no se van a cerrar. Sabemos que las torturaron y las tiraron vivas al mar como hicieron con tantos de nuestros hijos e hijas, en esos tremendos vuelos de la muerte», lamentó.

De cara al 45 aniversario que se cumple mañana, la dirigente de derechos humanos destaca que desde la organización siguen «exigiendo justicia legal para los genocidas y sus cómplices; jamás justicia por mano propia».

En una crítica al funcionamiento del sistema de justicia, Almeida lamentó que «con este partido judicial que tenemos se hace muy difícil» lograrla, por lo cual destacó la importancia de «reformar» el sistema.

«Hay tantos que todavía no están siendo juzgados con este partido judicial que tenemos, que hay que reformar. Aquí mueren archivados los juicios mientras los genocidas también se mueren por una cuestión biológica, pero sin ser juzgados», puntualizó.

Por otro lado, el especialista en temas de derechos humanos y autor de varios libros sobre la historia de esta organización, Ulises Gorini, destacó que lo que las Madres hicieron fue «el punto de partida de cada derecho y de cada nueva libertad ganada por los argentinos, desde aquella primera ronda, hasta la actualidad».

«El movimiento que ellas formaron está vinculado no sólo a la derrota de la dictadura sino también al valor engendrado bajo la resistencia que se proyectó en la postdictadura», aseguró.

Gorini afirmó que «eso es una forma de definirlo en lo general pero también hay aspectos más concretos en cuanto a la lucha por la verdad y la justicia sobre lo ocurrido, y también está vinculado al tipo de sociedad que construyeron los argentinos; una sociedad más justa, más igualitaria».

«Y lo maravilloso es además, que este legado no fue solo para los argentinos. Fue también para el mundo. Las Madres se proyectaron al mundo, el pañuelo es un símbolo mundial», dijo y recordó que «incluso la ONU definió a las Madres como un punto de inflexión en la historia de la humanidad en la lucha por los derechos humanos».

En este sentido, explicó que «hasta el surgimiento de las Madres muchas veces las dictaduras terminaban en el mundo con amnistías, perdones, pero, por primera vez en la historia, desde el surgimiento de las Madres, esto no se acepta, ellas se oponen y buscan justicia a través del sistema legal. Esto fue reconocido también y se constituyó en un patrimonio para todos los seres humanos», definió Gorini, autor de «La rebelión de las Madres»; «Otra lucha» y «Historia de las Madres», entre otros.

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A 71 años del bombardeo a Plaza de Mayo: la masacre impune que sigue sin condena

El 16 de junio de 1955, aviones de la Aviación Naval y la Fuerza Aérea lanzaron 14 toneladas de bombas sobre la Plaza de Mayo en un intento de magnicidio contra Juan Domingo Perón. Más de 350 civiles murieron. A 71 años, la masacre permanece impune y el odio político que la impulsó sigue mutando de forma.

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A 71 años: el bombardeo a Plaza de Mayo de 1955 que dejó más de 350 muertos y sigue impune.

El 16 de junio de 1955, aviones de la Aviación Naval y la Fuerza Aérea lanzaron 14 toneladas de bombas sobre la Plaza de Mayo en un intento de magnicidio contra Juan Domingo Perón. Más de 350 civiles murieron y alrededor de 2.000 resultaron heridos. A 71 años, la masacre permanece impune y el odio político que la impulsó sigue mutando de forma: donde antes caían bombas, hoy caen sentencias judiciales fabricadas a medida.

El día que las Fuerzas Armadas atacaron al pueblo

El jueves 16 de junio de 1955 amaneció como un día de confrontación abierta entre el gobierno de Juan Domingo Perón y sectores del establishment eclesiástico, militar y empresarial que buscaban su caída. A media mañana, decenas de aviones de la Aviación Naval y parte de la Fuerza Aérea despegaron con un objetivo preciso: asesinar al presidente constitucional y derrocar el gobierno peronista.

Las bombas cayeron sobre la Plaza de Mayo y las calles aledañas. Las aeronaves, que llevaban inscripta la leyenda «Cristo vence» como símbolo de la alianza entre el catolicismo conservador y los sectores golpistas, atacaron sin distinción a los civiles congregados. Uno de los proyectiles impactó directamente contra un trolebús repleto de pasajeros. El saldo de la masacre fue de más de 350 muertos y cerca de 2.000 heridos, en lo que representó el mayor ataque armado a la población civil en suelo argentino hasta entonces.

Perón se refugió en el Edificio Libertador. Las tropas leales al Gobierno frenaron el alzamiento esa misma tarde. Los golpistas que no lograron escapar fueron sometidos a consejos de guerra, pero los principales responsables se exiliaron en Uruguay, donde el presidente Luis Batlle les otorgó asilo político. Entre los implicados en los hechos de aquella jornada figuraba un joven oficial, Eduardo Emilio Massera, quien años después encabezaría uno de los comandos de la dictadura genocida de 1976.

El contexto político: lo que no podían ganar en las urnas

El ataque del 16 de junio no fue un hecho aislado. Se inscribió en una estrategia política de sectores que comprendían que el peronismo era imbatible en elecciones libres. En 1954, el oficialismo había obtenido el 62,54% de los votos, consolidando una base popular que ninguna fuerza opositora podía erosionar por vías democráticas. A esa fortaleza electoral se sumaba una distribución del ingreso sin precedentes en América Latina: bajo la gestión peronista, los trabajadores alcanzaron una participación de alrededor del 53% en el PBI, un dato que irritaba profundamente a las élites económicas tradicionales.

El conflicto con la Iglesia Católica, desatado tras la sanción de la ley de divorcio y la eliminación de la educación religiosa en las escuelas públicas, les proveyó a los sectores conservadores una coartada moral para acelerar el camino del golpe. La masacre del 16 de junio fue la primera expresión de esa alianza entre el poder económico concentrado, la jerarquía eclesiástica y fracciones de las Fuerzas Armadas.

La impunidad como política de Estado

El bombardeo fracasó como golpe de Estado en junio, pero logró su objetivo tres meses después. El 16 de septiembre de 1955 la autodenominada Revolución Libertadora derrocó a Perón, quien partió al exilio y no regresaría al país hasta 1973, luego de 18 años de proscripción. Los crímenes cometidos el 16 de junio nunca fueron juzgados con la profundidad que merecían. La masacre permaneció impune, borrada del relato hegemónico durante décadas, mientras se amplificaba mediáticamente la reacción espontánea de militantes que indignados incendiaron algunas iglesias aquella misma noche.

La Revolución Libertadora proscribió al peronismo, persiguió a sus militantes y sindicalistas, fusiló opositores en los basurales de José León Suárez y firmó el primer acuerdo con el Fondo Monetario Internacional en la historia argentina. El ciclo de violencia política inaugurado aquel 16 de junio no se cerró en 1955: se prolongó, con diferentes intensidades y métodos, durante décadas.

71 años después: la misma matriz, distintas herramientas

A 71 años del bombardeo, el odio al peronismo sigue vigente aunque ya no cae desde el cielo en forma de bombas. Opera hoy en los tribunales, en los sets de televisión, en los escritorios de jueces funcionales al poder económico. La condena a Cristina Fernández de Kirchner en la causa Vialidad, en diciembre de 2022, debe leerse en esa continuidad histórica: una proscripción no por medios militares, sino judiciales; no con aviones, sino con sentencias diseñadas sin pruebas directas. Tal como señalaron organismos de derechos humanos y juristas de distintas corrientes, la instrucción de esa causa estuvo plagada de arbitrariedades, escuchas ilegales, filtraciones mediáticas y operaciones de prensa.

Esta estrategia de persecución jurídica a líderes populares, conocida como lawfare, combina jueces, grandes medios de comunicación y servicios de inteligencia para desacreditar e inhabilitar políticamente a quienes representan al campo nacional y popular. El mecanismo fue reconocido y analizado por decenas de organizaciones de derechos humanos, académicos y juristas en Argentina y en el mundo. No es una teoría conspirativa; es una metodología documentada.

En 1955, sectores de la Sociedad Rural, la jerarquía eclesiástica y fracciones castrenses empujaron el golpe. Hoy son grupos mediáticos concentrados, grandes poderes económicos y una parte del Poder Judicial quienes reproducen esa misma lógica. El objetivo tampoco cambió: restaurar un orden donde el mercado imponga las reglas y el Estado abandone toda función redistributiva. En 1955 se habló del «tirano prófugo». Hoy se construye la figura de la «jefa de una asociación ilícita». La estigmatización es una constante que atraviesa décadas y adapta su lenguaje a cada época.

La resistencia como hilo histórico

El intento de asesinar a Perón fracasó, pero logró su proscripción por 18 años. La condena judicial a Cristina, en 2022, no pudo borrarla del escenario político. En ambos casos, la resistencia popular fue la respuesta. Los hijos de los fusilados de José León Suárez militaron en unidades básicas. Las Madres de Plaza de Mayo, cuyo origen como movimiento de lucha está indisolublemente ligado a las consecuencias políticas del ciclo abierto en 1955, marcharon durante décadas reclamando Memoria, Verdad y Justicia. Y las nuevas generaciones reconocen en esa historia una continuidad que ninguna sentencia ni ninguna bomba logró interrumpir.

Recordar el bombardeo del 16 de junio de 1955, a 71 años de aquella masacre impune, no es un ejercicio nostálgico. Es comprender que los mismos intereses que ordenaron lanzar bombas sobre trabajadores siguen operando, con otras herramientas y otros actores, contra cualquier proyecto político que coloque al pueblo en el centro de las decisiones.

Puntos clave

  • El 16 de junio de 1955, aviones de la Aviación Naval y la Fuerza Aérea bombardearon la Plaza de Mayo con más de 14 toneladas de explosivos, dejando más de 350 muertos y alrededor de 2.000 heridos.
  • El ataque buscó asesinar al presidente constitucional Juan Domingo Perón, quien había sido reelecto en 1954 con el 62,54% de los votos; fracasó ese día, pero derivó en el golpe de la Revolución Libertadora tres meses después.
  • Los responsables de la masacre nunca enfrentaron una condena proporcional a sus crímenes; el bombardeo permanece impune 71 años después.
  • El odio político al peronismo adopta hoy la forma del lawfare: persecución judicial, mediática y de inteligencia contra líderes populares como Cristina Fernández de Kirchner, con métodos distintos pero idéntica matriz.
  • La resistencia popular frente a cada intento de proscripción es el hilo histórico que conecta las generaciones de 1955 con las actuales.
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