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Vacuna contra el herpes zóster retrasa el envejecimiento: estudio revela una eficacia del 90%

Un estudio demuestra que la vacuna contra el herpes zóster no solo previene la enfermedad, sino que también reduce la inflamación y ralentiza el envejecimiento.

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Lo que tenés que saber:

  • La vacuna contra el herpes zóster ayuda a reducir la inflamación y mejorar el envejecimiento biológico.
  • Estudio de la Universidad del Sur de California mostró resultados en adultos mayores de 70 años.
  • A los tres años de recibir la vacuna, se observan mejoras significativas en la salud.
  • La vacuna también está vinculada a una menor probabilidad de demencia.
  • Las vacunas en la adultez no solo previenen enfermedades, sino que promueven la salud general.

La vacuna que podría retrasar el envejecimiento: un hallazgo inesperado

En un reciente estudio realizado por científicos de la Universidad del Sur de California, se descubrió que la vacuna contra el herpes zóster, además de prevenir esta enfermedad, podría tener un efecto inesperado: ralentizar el envejecimiento. Este avance se basa en los resultados de un análisis de más de 3.800 adultos mayores de 70 años, quienes mostraron un envejecimiento biológico más lento y niveles más bajos de inflamación tras recibir la vacuna.

El impacto de la vacuna en el envejecimiento biológico

El estudio, basado en datos del Estudio de Salud y Jubilación de Estados Unidos, evaluó diversos aspectos del envejecimiento biológico, tales como la inflamación, la inmunidad, la hemodinámica cardiovascular y la neurodegeneración. Los resultados demostraron que, además de proteger contra el herpes zóster, la vacuna también reduce la inflamación en el cuerpo, uno de los principales factores del envejecimiento acelerado.

Lo más sorprendente fue que, tres años después de recibir la vacuna, los participantes mostraron una mejora continua en varios de estos aspectos, lo que indica que los beneficios de la vacunación se mantienen a largo plazo. De acuerdo con los expertos, esto sugiere que las vacunas en la adultez no solo son una herramienta para prevenir enfermedades infecciosas, sino que también podrían ser una estrategia clave para promover la salud en general.

Los beneficios adicionales de la vacuna contra el herpes

Además de los efectos sobre la inflamación y el envejecimiento biológico, la vacuna contra el herpes zóster también ha sido asociada con una reducción en el riesgo de desarrollar demencia. Este hallazgo refuerza la idea de que las vacunas tienen un impacto mucho más amplio de lo que se pensaba previamente, y que pueden influir en el bienestar general, más allá de la prevención de infecciones.

Este tipo de descubrimientos está abriendo un nuevo campo de investigación sobre cómo las vacunas pueden contribuir al envejecimiento saludable y a la prevención de enfermedades degenerativas en la vejez.

La edad en la que comenzamos a envejecer, según un estudio reciente

En paralelo, un estudio realizado en 2019 reveló que, aunque el envejecimiento es un proceso gradual, los cambios más notorios empiezan a aparecer alrededor de los 78 años. Este análisis, que evaluó los niveles de proteínas en más de 4.000 personas entre 18 y 95 años, encontró que los niveles de ciertas proteínas en el plasma permanecen constantes hasta los 78 años, cuando se producen cambios rápidos y significativos. Este hallazgo establece que, en términos de envejecimiento biológico, los 78 años marcan el comienzo de un acelerado deterioro físico.

Las tres etapas del envejecimiento

El estudio también destacó que, en términos biológicos, existen tres etapas principales de envejecimiento. En la primera, entre los 34 y los 60 años, los cambios físicos son menos notorios. La segunda etapa, entre los 60 y los 78 años, es cuando comienzan a aparecer los cambios más visibles. La tercera etapa, a partir de los 78 años, es cuando el envejecimiento se acelera notablemente, tanto a nivel físico como biológico.

Conclusión: un paso más hacia el envejecimiento saludable

Este estudio sobre la vacuna contra el herpes zóster abre nuevas perspectivas sobre cómo podemos retrasar el envejecimiento. Si bien el foco inicial de la vacuna fue la prevención del herpes, los descubrimientos sobre su impacto en la salud general y en el envejecimiento biológico son prometedores. Este hallazgo podría ser un paso clave hacia la búsqueda de estrategias efectivas para vivir más tiempo con salud y bienestar.

Análisis

La culpa es nuestra: cómo la ciencia y los medios siguen apuntando a las madres cuando se habla de autismo

Cómo se envidencia en la nota de análisis de Clarin, rara vez se pregunta «¿qué hizo el padre?».

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Machismo en la ciencia: el cuerpo materno como el repositorio de los riesgos para la descendencia

Un estudio publicado en el British Medical Journal sobre exposición laboral tóxica y autismo fue reencuadrado mediáticamente en clave de culpa materna. Una tradición que la ciencia superó, pero el machismo resiste.

Un estudio reciente de investigadores de la Escuela de Salud Pública Johns Hopkins y de la Universidad de Harvard, publicado en el British Medical Journal (The BMJ), analizó 1.702 casos de niños diagnosticados con trastorno del espectro autista (TEA) en Dinamarca entre 1973 y 2012.

Sus conclusiones son técnicas, acotadas y explícitas: las madres que trabajan en entornos con exposición frecuente a sustancias tóxicas (plomo, solventes, gases de escape, derivados de combustibles) o con niveles elevados de estrés laboral crónico tienen mayor probabilidad de tener hijos con TEA. Las profesiones identificadas incluyen transporte terrestre, defensa militar y administración pública.

Lo que el estudio dice, con precisión, es que ciertas condiciones laborales tóxicas afectan el neurodesarrollo fetal. Lo que ciertos medios transmitieron, en cambio, fue otra cosa: que el problema son las profesiones de las madres. Que el problema, una vez más, son ellas.

El regreso de la «madre culpable»: una historia que no termina

La narrativa que conecta al autismo con la conducta materna tiene una historia larga y vergonzosa. A mediados del siglo XX, el psiquiatra Bruno Bettelheim popularizó el concepto de la «madre nevera» (refrigerator mother), según el cual la frialdad emocional de las madres era la causa del autismo en sus hijos. La teoría fue desacreditada décadas después por la propia comunidad científica, pero el daño en miles de familias, y especialmente en miles de mujeres que cargaron durante años con una culpa que no les correspondía, fue irreparable.

Hoy, la ciencia acumulada es contundente en la dirección opuesta. Un estudio financiado por el Instituto Nacional de Salud Infantil y Desarrollo Humano de los Estados Unidos (NICHD), que involucró a casi 2 millones de participantes, determinó que los factores genéticos hereditarios representan aproximadamente el 80,8% del riesgo de TEA, mientras que los llamados «efectos parentales maternos» representan entre el 0,4% y el 1,6% del riesgo, una cifra considerada estadísticamente insignificante por los propios autores. Ese mismo estudio advirtió, además, que no analizó los factores paternos, como la edad del padre, que la literatura científica también asocia con el riesgo de autismo.

La entidad Autismo España, en su portal institucional, señala que la investigación apunta a una «tasa aproximada de recurrencia del 20% en las familias» con un componente genético complejo y aún no completamente dilucidado. La organización también documenta que en los últimos años creció el diagnóstico de padres y madres después de que sus hijos fueran diagnosticados, lo que refuerza el peso de la herencia biológica compartida.

Lo que el estudio realmente dice (y lo que el titular omitió)

La investigación publicada en The BMJ no estudia si las madres trabajan o no. Estudia la exposición a agentes tóxicos y el estrés como factores de riesgo ambientales en el desarrollo fetal. La diferencia no es semántica: es política.

Afirmar que «las profesiones de las madres» tienen un «patrón común» en casos de autismo, sin contextualizar que lo que se mide es la exposición a plomo, solventes industriales, gases de escape y estrés crónico, es construir un titular que, deliberada o negligentemente, pone el foco en quién trabaja y no en qué condiciones laborales son toleradas por el Estado y los empleadores. Es trasladar la responsabilidad de una falla sistémica (la falta de regulación de ambientes laborales tóxicos) a las mujeres que los habitan.

Los propios investigadores del estudio son explícitos: el hallazgo requiere «investigar más en profundidad sobre las exposiciones laborales» y su relación con el neurodesarrollo, «usando metodologías que aborden estas exposiciones de manera específica y temporal». Es decir, la conclusión científica apunta a la regulación laboral y a la salud ocupacional, no a la maternidad como variable de riesgo en sí misma.

El doble estándar: padres invisibles, madres sospechosas

El sesgo de género en la investigación científica sobre autismo no es nuevo. La pregunta «¿qué hizo la madre?» estructura buena parte del campo desde sus orígenes, mientras que la pregunta «¿qué hizo el padre?» rara vez se formula con igual insistencia.

Sin embargo, la evidencia científica disponible indica que la edad paterna avanzada es también un factor de riesgo documentado para el TEA, asociado a mutaciones de novo en el esperma. Investigaciones publicadas en la revista Science, con datos de 2.600 familias, identificaron variantes genéticas raras heredadas paternamente como factores relevantes en el espectro autista.

El estudio de The BMJ, significativamente, no analizó las ocupaciones paternas. Esta asimetría metodológica no es neutral: refleja un sesgo histórico en la construcción de las preguntas científicas, que tiende a ver al cuerpo materno como el repositorio de los riesgos para la descendencia y al cuerpo paterno como un dato secundario.

Discapacidad en la Era Milei: un gobierno que recorta, criminaliza y señala

La circulación de este tipo de narrativas no ocurre en el vacío. En la Argentina de Javier Milei, el Estado retrocedió de manera sistemática sobre las políticas de discapacidad. La Agencia Nacional de Discapacidad (ANDIS), creada para centralizar y garantizar derechos, fue disuelta en diciembre de 2025 mediante el Decreto 942/2025 y reconvertida en una Secretaría de menor rango bajo la órbita del Ministerio de Salud, movimiento que más de 400 organizaciones de personas con discapacidad y de derechos humanos calificaron como un «retroceso al modelo médico-rehabilitador» y un abandono del modelo social de la discapacidad.

El ajuste fue contundente: los $30 mil millones de presupuesto que tenía la ANDIS fueron redirigidos al Tesoro al momento de la disolución, según denunció la diputada peronista Roxana Monzón en la Cámara de Diputados de la Nación. La Justicia federal declaró inconstitucional parte de la reestructuración, pero el Gobierno apeló y, a mayo de 2026, solo reglamentó ocho artículos de la ley de emergencia en discapacidad, dejando diecisiete sin aplicar.

En ese marco, el gobierno impulsó además una nueva normativa presentada bajo el título «Contra el Fraude de Pensiones por Invalidez», que restringe los criterios de acceso a las pensiones y habilita suspensiones preventivas ante cualquier inconsistencia detectada.

Organizaciones como la Asociación Civil por la Igualdad y la Justicia (ACIJ) documentaron que el relato oficial sobre el crecimiento «injustificado» de las pensiones por discapacidad utilizó datos manipulados para justificar el recorte, según publicó la propia ACIJ en su portal institucional.

Es en este contexto donde adquiere una dimensión adicional la circulación de estudios presentados de forma sesgada: cuando el Estado abandona a las familias que conviven con el autismo y recorta los apoyos que necesitan, resulta funcional instalar la idea de que el problema tiene nombre de mujer y que la solución está en las decisiones individuales de las madres, no en las políticas públicas ausentes.

Machismo de guardapolvo blanco

Culpar a las mujeres que trabajan por la condición neurológica de sus hijos no es ciencia: es ideología con bata blanca. Es el mismo mecanismo que durante décadas señaló a las madres que trabajaban fuera del hogar como responsables de los problemas emocionales de sus hijos, que culpó a las mujeres que no amamantaron, que patologizó a las que estudian, a las que tienen proyectos propios, a las que no se «sacrifican» en silencio.

La ciencia del neurodesarrollo lleva décadas construyendo una imagen cada vez más compleja del autismo: multicausal, con fuerte base genética, mediada por factores ambientales que incluyen desde la edad paterna hasta la exposición a pesticidas, desde infecciones durante el embarazo hasta complicaciones perinatales. En ese cuadro multifactorial, la ocupación laboral de la madre es, según el propio consenso científico, un factor menor y circunscripto a condiciones de exposición tóxica específicas, no al hecho de trabajar.

Presentarlo de otro modo no es divulgación científica. Es misoginia con estadísticas.

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