Política 📢
No conoce la vergüenza: el bochorno de Bullrich, AMIA y los atentados
La incalificable ministra anunció como novedad la identificación de Hussein Karaki como presunto responsable del atentado contra la embajada de Israel, pero este personaje ya era harto conocido hace años.
Lo que tenés que saber:
- La ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, anunció en conferencia de prensa la identificación de Hussein Ahmad Karaki como el supuesto jefe operativo de Hezbollah en un atentado contra la embajada de Israel.
- Esta información ya había sido divulgada en un informe del servicio de inteligencia israelí, el Mossad, en 2022, y publicada por el New York Times.
- Bullrich no presentó la información al fiscal de la Unidad AMIA, Sebastián Basso, quien se enteró por los medios de comunicación.
- Según el informe, Karaki estuvo en Argentina en 1992 y fue parte del ataque a la embajada, junto a otros individuos.
- Existen dudas sobre la veracidad del informe, ya que no fue verificado judicialmente.
Un anuncio polémico
La ministra Bullrich protagonizó un momento controvertido al presentar en una conferencia de prensa la identificación de Hussein Ahmad Karaki como el supuesto líder operativo de Hezbollah. Este anuncio, realizado con gran despliegue, no era más que una reiteración de información ya conocida, pues el nombre de Karaki figuraba en un informe del Mossad de 2022, también reportado por el New York Times.
Contexto de la información
De acuerdo con la documentación presentada por Página 12, Karaki nació en marzo de 1966 en Líbano y actualmente tendría 58 años. Se especula que la ministra reveló esta información porque se rumoraba que Karaki había fallecido en un ataque en Líbano que también cobró la vida de Hassan Nasrallah, líder de Hezbollah. No obstante, tanto el Mossad como Bullrich dejaron claro que sus afirmaciones no constituyen pruebas judiciales, dado que ni Karaki ni Nasrallah han sido imputados por los atentados en Buenos Aires.
Un enfoque erróneo
Además de presentar información ya conocida, la conferencia de prensa de Bullrich plantea interrogantes sobre el proceso judicial. Fuentes del entorno judicial indicaron que el fiscal Sebastián Basso no recibió la información de manera anticipada, lo que generó controversia sobre el manejo de los datos.
Dudas sobre el informe
El informe del Mossad sostiene que Karaki y otros dos operativos, supuestamente de Hezbollah, habrían ejecutado el atentado desde Brasil. Se mencionan varios nombres, incluido Salman Raouf El Reda, cuyo arresto se busca desde hace años, y un individuo que usó el nombre de André Marques, presuntamente Kahled Kassem Kazen.
Un tal Hussein Suleiman supuestamente trajo explosivos desde Medio Oriente en frascos de shampoo y chocolates. Bullrich afirma que Karaki fue el responsable de la compra de la camioneta Ford F-100 utilizada en el ataque, aunque el documento brasileño a nombre de Ribeiro Da Luz complica la identificación de su propietario.
Incongruencias en el informe
El informe menciona que la bomba fue ensamblada por «el ingeniero» Malek Obeid y que el conductor suicida fue Mohammad Nur El Din, aunque nunca se ha demostrado su ingreso a Argentina. En relación al ataque a la AMIA, se menciona la participación del mismo grupo operativo, con Karaki en Brasil y El Reda en la Triple Frontera.
Sin embargo, el informe genera escepticismo, ya que indica que el suicida de la AMIA fue un libanés, Ibrahim Berro, a pesar de que análisis de ADN contradicen esta afirmación.
Falta de oficialidad
A pesar de que el informe del Mossad se publicó con todos los detalles en 2022, no llegó oficialmente a la Corte Suprema ni a la Unidad Fiscal AMIA. Desde la Cancillería se enviaron copias no certificadas, lo que limitó su reconocimiento como información oficial del Estado de Israel. Bullrich ahora ha manifestado su intención de remitir un nuevo informe para su inclusión en las causas.
Un dato relevante es que el Jerusalem Post reportó el 27 de septiembre sobre la muerte de otro líder de Hezbollah, Alí Karaki, en el mismo bombardeo en el que pereció Nasrallah, lo que añade confusión sobre la identidad del Karaki mencionado.
Un espectáculo sin fundamento
Bullrich continúa presentando anuncios con gran despliegue, a menudo sin sustancia real. Esta vez, organizó una conferencia para revelar algo que ya estaba disponible en línea, una búsqueda simple habría proporcionado la misma información.
CABA
Menos psicopedagogos, más policías: la escuela porteña deja de ser un lugar de cuidado
El protocolo porteño habilita el ingreso de la Policía de la Ciudad a las escuelas a pedido de los directivos, por orden judicial o por fuerza mayor. Ninguna ley lo impedía, pero la comunidad educativa lo defendió como una conquista democrática.
La Policía de la Ciudad tiene, desde este lunes, una puerta formal para entrar a las escuelas porteñas. El nuevo protocolo del gobierno de Jorge Macri convierte en norma escrita lo que durante décadas la comunidad educativa resistió: la presencia de uniformados dentro de las aulas como respuesta a los conflictos escolares. La intervención policial podrá darse a pedido del propio colegio a través del 911, por orden judicial o por razones de fuerza mayor ante un riesgo inminente.
La habilitación forma parte de la Resolución Conjunta N.º 1/MEDGC/26, publicada en el Boletín Oficial porteño con la firma de los ministerios de Educación, Justicia y Seguridad de la Ciudad y del Consejo de los Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes. La norma adapta las escuelas al nuevo Régimen Penal Juvenil (Ley 27.801), vigente desde el 5 de septiembre, e impone a los directivos el deber de denunciar ante la Justicia a estudiantes desde los 14 años por hechos que pudieran constituir delitos, incluso fuera del establecimiento. El documento trascendió el fin de semana, cuando Federico Puy, secretario general adjunto de Ademys, lo difundió en su cuenta de X.
Un límite sin ley, pero con memoria
La frontera entre la escuela y la policía nunca estuvo escrita en una ley para los niveles obligatorios. El Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS) lo explicó en sus recomendaciones sobre policías en las escuelas: a diferencia de lo que ocurre con las universidades públicas, no existen normas en la Ciudad ni en la provincia de Buenos Aires que impidan a la policía ingresar a un establecimiento escolar, aunque sí hubo proyectos de ley que nunca fueron tratados. La única prohibición expresa es el artículo 31 de la Ley de Educación Superior, que veda el ingreso de la fuerza pública a las universidades nacionales sin orden judicial o pedido de sus autoridades.
Lo que sostuvo ese límite fue otra cosa: la Convención sobre los Derechos del Niño, la Ley 26.061 de Protección Integral y un consenso político y pedagógico construido desde 1983. La escuela democrática se pensó como un espacio de cuidado, justamente porque la dictadura la había convertido en territorio de vigilancia. El régimen militar difundió en 1977 el folleto “Subversión en el ámbito educativo (conozcamos a nuestro enemigo)”, que ordenaba a docentes y directivos detectar al “enemigo” entre sus alumnos; y en septiembre de 1976, en La Plata, un grupo de estudiantes secundarios que habían reclamado por el boleto estudiantil fue secuestrado en lo que se conoce como la Noche de los Lápices.
La escalada porteña
El protocolo actual no nació de la nada. El 28 de marzo de 2018, durante la gestión de Horacio Rodríguez Larreta, el Ministerio de Seguridad porteño aprobó mediante la Resolución 86/2018 un “Protocolo de Ingreso a los Establecimientos Educativos de la Ciudad de Buenos Aires”, que nunca se publicó en el Boletín Oficial.
Según el texto filtrado por UTE, su primer artículo establecía que “el personal policial podrá ingresar a los edificios o inmuebles escolares cuando sea requerida su presencia por alguno de los miembros del equipo de conducción del establecimiento”.
Llegó apenas 40 días después del protocolo antitomas impulsado por la entonces ministra de Educación, Soledad Acuña, y el entonces secretario de Seguridad, Marcelo D’Alessandro, se negó a hacer público su anexo con el argumento de que solo servía a los efectos “de la comunicación interna” de la fuerza.
Ese mismo año, Ademys denunció que, el día previo al tratamiento del aborto legal en Diputados, la policía entró a una escuela secundaria tomada para desalojar a los estudiantes. En 2022, frente a nuevas intervenciones, el secretario adjunto de UTE, Eduardo López, lo resumió en una frase: “La escuela no es un lugar para la Policía”.
El paso siguiente llegó en abril de este año. Tras la ola de amenazas de tiroteos que se multiplicó en todo el país después del ataque en una escuela de San Cristóbal, Santa Fe, el 30 de marzo, el gobierno porteño activó un protocolo que dispuso que, ante una denuncia realizada por la escuela o por un tercero, el equipo directivo deberá permitir el ingreso de la Policía al establecimiento. La ministra de Educación porteña, Mercedes Miguel, lo justificó así: “La respuesta tiene que ser, al mismo tiempo, seguridad y formación. Protocolo y acompañamiento. Consecuencia y reparación”. Estudiantes, familias y docentes respondieron entonces con una consigna que hoy vuelve a circular: “No a la policía en las escuelas”.
Qué cambia ahora
La diferencia con los antecedentes es de escala y de lógica. El ingreso policial ya no aparece como una excepción ante un arma o una amenaza puntual, sino como una pieza dentro de un circuito que empieza con la obligación de denunciar a adolescentes de 14 años.
El nuevo texto exige que los efectivos se identifiquen, actúen “respetando los derechos” de niñas, niños y adolescentes y procuren “cesar el riesgo”; también prohíbe a las escuelas interrogar a los alumnos.
Las salvaguardas contrastan con los estándares que organismos de derechos humanos promovieron durante años. El CELS recomendó atender a la policía en la puerta mientras se evalúa la situación, sobre todo si los efectivos están armados y hay chicos en el edificio.
Y recordó una pauta de la guía elaborada por la provincia de Buenos Aires junto a UNICEF: no deben brindarse nombres de estudiantes a ninguna autoridad policial sin un oficio judicial, y la policía no puede tomar contacto con ningún menor de edad, aun cuando se presuma que tiene un arma, hasta que llegue un familiar o adulto responsable.
“Una antesala de las cárceles”
Puy advirtió que el protocolo “obliga a las directoras a denunciar a estudiantes que ‘podrían estar cometiendo un delito’”, sostuvo que “constituye una clara persecución a los jóvenes” y alertó que busca convertir a las escuelas en una “antesala de las cárceles”. UTE, por su parte, rechazó “que las escuelas se conviertan en puertas de entrada al sistema penal” y advirtió “sobre el riesgo de estigmatización y criminalización de niñas, niños y adolescentes”; el gremio reclamó equipos especializados, formación y recursos para abordar los conflictos sin judicializarlos.
Ninguna ley impedía que un patrullero estacionara frente a una escuela y sus agentes cruzaran el portón; lo impedía una idea de la democracia sobre qué lugar ocupan los chicos en la sociedad. Con este protocolo, el gobierno porteño elige reemplazar gabinetes, psicopedagogos y equipos de orientación por el 911, y deja la resolución de los conflictos adolescentes en manos de quienes están entrenados para otra cosa.
Lo que tenés que saber del Protocolo
- La Resolución Conjunta N.º 1/MEDGC/26 habilita el ingreso policial a las escuelas porteñas a pedido del colegio, por orden judicial o por fuerza mayor.
- No existe una ley que prohíba el ingreso policial a escuelas; la única prohibición expresa rige para las universidades nacionales, por el artículo 31 de la Ley de Educación Superior.
- En 2018, la Resolución 86/2018 del Ministerio de Seguridad porteño aprobó un protocolo de ingreso a escuelas que nunca se publicó en el Boletín Oficial.
- En abril de 2026, tras las amenazas de tiroteos, la Ciudad ya había dispuesto que los directivos permitieran el ingreso policial ante una denuncia.
- Ademys y UTE rechazaron el nuevo protocolo por criminalizar a las adolescencias.
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