Judiciales ⚖️
Narcoescándalo en Morón: hallaron cocaína en la casa de funcionaria de Lucas Ghi y está prófuga
La funcionaria designada por el intendente de Morón fue imputada por integrar una banda de narcomenudeo. Encontraron más de 500 gramos de cocaína en su domicilio de Castelar. El municipio intentó reducir su rango en el comunicado oficial.
El narcoescándalo de Morón: cómo el municipio intentó ocultar el rango de una funcionaria prófuga
★ Un operativo de la Policía Federal Argentina desató un escándalo político e institucional en el distrito de Morón: uno de los ocho allanamientos realizados en el marco de una investigación por narcotráfico terminó en la vivienda de Luna Suyai Ortigoza, directora del Centro Territorial Integral de Políticas de Género y Diversidad del Municipio, designada mediante el decreto N° 1236/2025 firmado por el intendente Lucas Ghi. En el inmueble ubicado en la calle Isabel Pardo al 2500, en el barrio de Castelar Sur, los efectivos secuestraron 509 gramos de cocaína compactada tipo ladrillo y cuatro fragmentos de marihuana, distribuidos entre la cocina y la habitación principal. Ortigoza, de 27 años, no se encontraba en el lugar al momento del procedimiento. La Justicia dispuso su captura y permanece prófuga.
Una causa que nació en marzo
La investigación se inició en marzo de 2026 a partir de una denuncia anónima que alertaba sobre maniobras de narcomenudeo en la localidad de Castelar, en el oeste del conurbano bonaerense. La Fiscalía N° 9 de Morón, a cargo de los fiscales Marisa Monti y Emiliano Rodríguez Reggiani, dispuso tareas de campo para corroborar la denuncia. Lo que los investigadores reconstruyeron fue una organización dedicada al acopio, distribución y comercialización de estupefacientes al menudeo, con al menos ocho personas señaladas como integrantes, que operaba en los partidos de Morón y Merlo y cuyo jefe alternaba puntos de venta e incluso realizaba entregas a domicilio.
El operativo final, supervisado por el Ministerio de Seguridad de la Nación, incluyó ocho allanamientos simultáneos. En el total de los procedimientos, además de la cocaína y la marihuana halladas en el domicilio de Ortigoza, se incautaron 1,7 kilos adicionales de cocaína, 241 gramos de marihuana, dos balanzas digitales, un revólver calibre 32, un cargador calibre 22, municiones y teléfonos celulares.
La directora que el municipio llamó «empleada»
El dato político más resonante no fue solo el hallazgo en sí mismo, sino la maniobra comunicacional del gobierno municipal. En el comunicado oficial difundido horas después del operativo, el Municipio de Morón informó la «desvinculación inmediata» de la «empleada involucrada», eludiendo precisar que Ortigoza no era una trabajadora de base sino una directora designada por decreto, con una carga horaria de 48 horas semanales, a cargo de una dependencia de género del Estado local. La documentación oficial disponible, el decreto N° 1236/2025, desmiente la versión institucional: Ortigoza ejercía un cargo de conducción política, no un puesto administrativo.
Frente al escándalo, voceros del municipio difundieron una versión según la cual Ortigoza se encontraba «de vacaciones en la casa de su madre» al momento del allanamiento y habría manifestado su intención de presentarse ante la Justicia «cuanto antes». Esa intención, según constató el diario Primer Plano Online, no se concretó. La exfuncionaria permanece prófuga.
El descargo que no convenció
La versión que circuló desde el entorno de Ortigoza, recogida por Infobae, es que la joven había iniciado una relación de pareja con un joven que comenzó a dejar pertenencias en su casa, lo que habría explicado el hallazgo de la droga. La Justicia no avaló ese relato: el pedido de captura se mantiene vigente y la investigación continúa abierta con al menos ocho imputados en total.
El episodio generó, según consignó el portal Quinto Poder, una pregunta incómoda en la arena política de Morón: si la organización investigada llevaba meses operando en el distrito, si la denuncia anónima data de marzo y si los fiscales ordenaron tareas de inteligencia previas, la pregunta sobre el grado de conocimiento de la estructura municipal resulta difícil de eludir. El área de Género, cuya conducción estaba en manos de Ortigoza, opera en el territorio más sensible de la gestión local: el de los vínculos barriales y la proximidad con sectores vulnerables.
Un municipio con múltiples frentes de desgaste
El escándalo impacta sobre una administración que, según el análisis del mencionado portal político, acumula desgaste por varios frentes simultáneos: disputas presupuestarias, cuestionamientos en materia de seguridad y conflictos en áreas sanitarias. La imagen de la directora de Género de Morón imputada por integrar una banda narco no solo daña la gestión concreta, sino que contradice de manera frontal uno de los discursos identitarios del peronismo municipal: el de la política de proximidad y el compromiso con los sectores más postergados.
La causa queda en manos de la Fiscalía N° 9 de Morón y el expediente continúa abierto. Ortigoza sigue sin aparecer.
Puntos clave
- Luna Suyai Ortigoza era directora del Centro Territorial Integral de Políticas de Género y Diversidad de Morón, designada por decreto del intendente Lucas Ghi.
- En su domicilio de Castelar se secuestraron 509 gramos de cocaína compactada y fragmentos de marihuana.
- La investigación se inició en marzo de 2026 por una denuncia anónima sobre narcomenudeo en Castelar.
- La Justicia libró orden de captura y Ortigoza permanece prófuga pese a haber anticipado que se presentaría.
- El Municipio minimizó su rango en el comunicado oficial, definiendo a la exdirectora como «empleada involucrada».
CABA
Menos psicopedagogos, más policías: la escuela porteña deja de ser un lugar de cuidado
El protocolo porteño habilita el ingreso de la Policía de la Ciudad a las escuelas a pedido de los directivos, por orden judicial o por fuerza mayor. Ninguna ley lo impedía, pero la comunidad educativa lo defendió como una conquista democrática.
La Policía de la Ciudad tiene, desde este lunes, una puerta formal para entrar a las escuelas porteñas. El nuevo protocolo del gobierno de Jorge Macri convierte en norma escrita lo que durante décadas la comunidad educativa resistió: la presencia de uniformados dentro de las aulas como respuesta a los conflictos escolares. La intervención policial podrá darse a pedido del propio colegio a través del 911, por orden judicial o por razones de fuerza mayor ante un riesgo inminente.
La habilitación forma parte de la Resolución Conjunta N.º 1/MEDGC/26, publicada en el Boletín Oficial porteño con la firma de los ministerios de Educación, Justicia y Seguridad de la Ciudad y del Consejo de los Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes. La norma adapta las escuelas al nuevo Régimen Penal Juvenil (Ley 27.801), vigente desde el 5 de septiembre, e impone a los directivos el deber de denunciar ante la Justicia a estudiantes desde los 14 años por hechos que pudieran constituir delitos, incluso fuera del establecimiento. El documento trascendió el fin de semana, cuando Federico Puy, secretario general adjunto de Ademys, lo difundió en su cuenta de X.
Un límite sin ley, pero con memoria
La frontera entre la escuela y la policía nunca estuvo escrita en una ley para los niveles obligatorios. El Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS) lo explicó en sus recomendaciones sobre policías en las escuelas: a diferencia de lo que ocurre con las universidades públicas, no existen normas en la Ciudad ni en la provincia de Buenos Aires que impidan a la policía ingresar a un establecimiento escolar, aunque sí hubo proyectos de ley que nunca fueron tratados. La única prohibición expresa es el artículo 31 de la Ley de Educación Superior, que veda el ingreso de la fuerza pública a las universidades nacionales sin orden judicial o pedido de sus autoridades.
Lo que sostuvo ese límite fue otra cosa: la Convención sobre los Derechos del Niño, la Ley 26.061 de Protección Integral y un consenso político y pedagógico construido desde 1983. La escuela democrática se pensó como un espacio de cuidado, justamente porque la dictadura la había convertido en territorio de vigilancia. El régimen militar difundió en 1977 el folleto “Subversión en el ámbito educativo (conozcamos a nuestro enemigo)”, que ordenaba a docentes y directivos detectar al “enemigo” entre sus alumnos; y en septiembre de 1976, en La Plata, un grupo de estudiantes secundarios que habían reclamado por el boleto estudiantil fue secuestrado en lo que se conoce como la Noche de los Lápices.
La escalada porteña
El protocolo actual no nació de la nada. El 28 de marzo de 2018, durante la gestión de Horacio Rodríguez Larreta, el Ministerio de Seguridad porteño aprobó mediante la Resolución 86/2018 un “Protocolo de Ingreso a los Establecimientos Educativos de la Ciudad de Buenos Aires”, que nunca se publicó en el Boletín Oficial.
Según el texto filtrado por UTE, su primer artículo establecía que “el personal policial podrá ingresar a los edificios o inmuebles escolares cuando sea requerida su presencia por alguno de los miembros del equipo de conducción del establecimiento”.
Llegó apenas 40 días después del protocolo antitomas impulsado por la entonces ministra de Educación, Soledad Acuña, y el entonces secretario de Seguridad, Marcelo D’Alessandro, se negó a hacer público su anexo con el argumento de que solo servía a los efectos “de la comunicación interna” de la fuerza.
Ese mismo año, Ademys denunció que, el día previo al tratamiento del aborto legal en Diputados, la policía entró a una escuela secundaria tomada para desalojar a los estudiantes. En 2022, frente a nuevas intervenciones, el secretario adjunto de UTE, Eduardo López, lo resumió en una frase: “La escuela no es un lugar para la Policía”.
El paso siguiente llegó en abril de este año. Tras la ola de amenazas de tiroteos que se multiplicó en todo el país después del ataque en una escuela de San Cristóbal, Santa Fe, el 30 de marzo, el gobierno porteño activó un protocolo que dispuso que, ante una denuncia realizada por la escuela o por un tercero, el equipo directivo deberá permitir el ingreso de la Policía al establecimiento. La ministra de Educación porteña, Mercedes Miguel, lo justificó así: “La respuesta tiene que ser, al mismo tiempo, seguridad y formación. Protocolo y acompañamiento. Consecuencia y reparación”. Estudiantes, familias y docentes respondieron entonces con una consigna que hoy vuelve a circular: “No a la policía en las escuelas”.
Qué cambia ahora
La diferencia con los antecedentes es de escala y de lógica. El ingreso policial ya no aparece como una excepción ante un arma o una amenaza puntual, sino como una pieza dentro de un circuito que empieza con la obligación de denunciar a adolescentes de 14 años.
El nuevo texto exige que los efectivos se identifiquen, actúen “respetando los derechos” de niñas, niños y adolescentes y procuren “cesar el riesgo”; también prohíbe a las escuelas interrogar a los alumnos.
Las salvaguardas contrastan con los estándares que organismos de derechos humanos promovieron durante años. El CELS recomendó atender a la policía en la puerta mientras se evalúa la situación, sobre todo si los efectivos están armados y hay chicos en el edificio.
Y recordó una pauta de la guía elaborada por la provincia de Buenos Aires junto a UNICEF: no deben brindarse nombres de estudiantes a ninguna autoridad policial sin un oficio judicial, y la policía no puede tomar contacto con ningún menor de edad, aun cuando se presuma que tiene un arma, hasta que llegue un familiar o adulto responsable.
“Una antesala de las cárceles”
Puy advirtió que el protocolo “obliga a las directoras a denunciar a estudiantes que ‘podrían estar cometiendo un delito’”, sostuvo que “constituye una clara persecución a los jóvenes” y alertó que busca convertir a las escuelas en una “antesala de las cárceles”. UTE, por su parte, rechazó “que las escuelas se conviertan en puertas de entrada al sistema penal” y advirtió “sobre el riesgo de estigmatización y criminalización de niñas, niños y adolescentes”; el gremio reclamó equipos especializados, formación y recursos para abordar los conflictos sin judicializarlos.
Ninguna ley impedía que un patrullero estacionara frente a una escuela y sus agentes cruzaran el portón; lo impedía una idea de la democracia sobre qué lugar ocupan los chicos en la sociedad. Con este protocolo, el gobierno porteño elige reemplazar gabinetes, psicopedagogos y equipos de orientación por el 911, y deja la resolución de los conflictos adolescentes en manos de quienes están entrenados para otra cosa.
Lo que tenés que saber del Protocolo
- La Resolución Conjunta N.º 1/MEDGC/26 habilita el ingreso policial a las escuelas porteñas a pedido del colegio, por orden judicial o por fuerza mayor.
- No existe una ley que prohíba el ingreso policial a escuelas; la única prohibición expresa rige para las universidades nacionales, por el artículo 31 de la Ley de Educación Superior.
- En 2018, la Resolución 86/2018 del Ministerio de Seguridad porteño aprobó un protocolo de ingreso a escuelas que nunca se publicó en el Boletín Oficial.
- En abril de 2026, tras las amenazas de tiroteos, la Ciudad ya había dispuesto que los directivos permitieran el ingreso policial ante una denuncia.
- Ademys y UTE rechazaron el nuevo protocolo por criminalizar a las adolescencias.
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