Mujeres
Mujeres en Qatar: fake news, derechos y tradiciones
La presidenta del Instituto Islam para la Paz, Melody Amal Khalil Kabalan, asegura que en el país sede de la Copa del Mundo las mujeres «viven muy bien».
La presidenta del Instituto Islam para la Paz, Melody Amal Khalil Kabalan, denunció que Qatar, primer país árabe musulmán en organizar un Mundial de la FIFA, «soporta» una campaña de «fake news» sobre los derechos concedidos a las mujeres, quienes «viven muy bien» en el emirato y cumplen sus «tradiciones con orgullo».
Kabalan consideró un etnocentrismo occidental juzgar la situación femenina sin asumir que las mujeres árabes «tienen un estilo de vida diferente», a partir de una cultura «muy arraigada a la tradición».
«Es muy difícil erradicar las fake news que se reproducen en Occidente en torno a las mujeres. Cuando alguien escucha o lee una cosa, si no lo ve para desmentirlo, termina creyéndolo», razonó la titular del Instituto Islam para la Paz en diálogo con Télam.
El trato dispensado a las mujeres por el emirato del Golfo se transformó en uno de los temas centrales de la discusión internacional desde la elección de la sede de la Copa del Mundo 2022, por la que se esperan aproximadamente 1,5 millones de visitantes, más de la mitad de la población estable del país (2,8 millones).
Los detractores de la organización del Mundial en Medio Oriente cuestionan, entre otros aspectos, la limitación de las libertades a las mujeres y el sistema discriminatorio de tutela masculina que se aplica en Qatar, lo que niega su derecho a tomar decisiones clave para su vida.
Un informe publicado el año pasado por la organización Human Rights Watch describió que las mujeres en Qatar deben conseguir el permiso de los hombres para casarse, estudiar en el extranjero con becas del Gobierno, acceder a muchos empleos gubernamentales, viajar al extranjero hasta cierta edad y recibir algunas formas de atención de la salud reproductiva.
«Por supuesto que las mujeres tienen otro estilo de vida diferente al que conocemos en Argentina -concedió Kabalan-, sencillamente porque pertenecen a otra cultura que tiene muy arraigada la tradición».
«La mujer en Qatar vive muy bien, se siente orgullosa del estilo de vida que lleva, de su religión, de su cultura, de sus tradiciones y de cómo se transmiten de generación en generación«, explica.
«Seguramente para una mujer de otra cultura resulte chocante ver cómo resulta el día a día de las mujeres en Qatar pero no se puede hacer una valoración desvinculada de la propia identidad», apunta Kabalan, musulmana y nieta de árabes.
La titular de la entidad islámica destacó una apertura conceptual hacia la mujer dentro del mundo árabe, lo que ejemplificó con un fuerte mensaje simbólico cuando Omán, Kuwait, Bahréin, Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudita levantaron su bloqueo a Qatar durante la pandemia.
«Al darle nuevamente la bienvenida, fue muy interesante ver la tapa de Vogue Arabia en la que estaban las mujeres de los países del Golfo tomadas de la mano con la leyenda: ‘Rompimos el muro, estamos construyendo puentes’. Es importante que en países en los que se supone que la mujer está en segundo plano se haya elegido a mujeres para dar ese mensaje. No me parece un dato menor porque también es una respuesta a muchos reclamos internacionales», consideró.
«Yo misma pude comprobar los cambios Qatar durante distintas actividades de trabajo. Me pasó de estar en reuniones con todas CEO mujeres y asistentes hombres o de estar reunida sola con 6 hombres y recibir un trato perfecto«, reforzó.
Kabalan señaló que desde la mirada occidental «muchas veces se supone que la libertad de las mujeres musulmanas es el resultado de cómo se visten» cuando en realidad el atuendo está relacionado al sentimiento patriótico.
«La mujer en Qatar usa el velo, la burka o el niqab como una identidad del país. La usa todos los días como una forma de profesar el amor a la patria. Eso no lo negocian, pese a que no están obligadas a hacerlo», aclaró.
«Es cierto que hay sociedades árabes en la que los padres obligan a sus hijas a usar el velo o los maridos a sus mujeres, pero en Qatar podés vestirlo o no. La burka es mas controversial, hay muchas personas musulmanas o de fe islámica que están en contra porque creen que no tiene un sustento en el libro sagrado».
La burka es una vestimenta de los países islámicos que oculta el cuerpo y la cabeza por completo, con apenas una pequeña abertura a la altura de los ojos.
«Hay diferentes maneras de usar el velo y de ser mujer musulmana. En Qatar también hay mucha presencia del niqab (similar a la burka) y también otras formas que permiten dejar el rostro y las manos descubiertas», indicó.
Por los mandatos culturales, las autoridades recomendaron que las mujeres turistas que lleguen para el Mundial desde otras parte del mundo vistan un atuendo conservador, que cubra preferentemente hombros y rodillas.
«Qatar es bastante liberal para los residentes y turistas, las personas generalmente pueden usar la ropa que prefieran, pero esperamos que tanto hombres como mujeres vistan con modestia cuando visiten un museo, una mezquita o un edificio gubernamental», dijo a Télam Hassan Al Thawadi, secretario del Comité Supremo de Qatar 2022, en una entrevista reciente.
«Las personas que viajen a ver la Copa del Mundo se encontrarán con una sociedad más abierta a las costumbres de otras personas. Es una gran oportunidad para que los qataríes convivan con su estilo de vida con otros hombres y mujeres de estilos diferentes. El intercambio cultural ya existe en Qatar y funciona muy bien. Ellos apuestan a que los visitantes se enamoren de su país», concluyó Kabalan.
Elecciones
¿Qué significa ser leales?: el pueblo vuelve a salir a buscar su propia historia
A 81 años de la jornada que parió al peronismo, el Día de la Lealtad llega con Cristina presa, un Gobierno que desprecia al Congreso y a la Justicia, y un feminismo que eligió la Ciudad de Buenos Aires para su Encuentro de 2027. La lealtad hoy tiene un nombre: organizarse para que Milei pierda.
El 17 de octubre de 1945, miles de trabajadores y trabajadoras cruzaron el Riachuelo, se lavaron los pies en las fuentes de la Plaza de Mayo y torcieron el rumbo de un país que hasta entonces decidía sin ellos.
No esperaron que nadie les concediera nada. Ese día el pueblo dejó de esperar y salió a buscar su propia historia. Ochenta y un años después, la fecha vuelve a interpelarnos con una pregunta urgente: qué significa ser leales cuando la democracia, los derechos y la propia identidad popular están bajo ataque.

Este Día de la Lealtad no es uno más. Llega con Cristina Fernández de Kirchner, dos veces presidenta de la Nación, cumpliendo prisión domiciliaria tras una condena que representa el fruto más acabado del lawfare de Comodoro Py; con un Gobierno nacional que gobierna por decreto y desprecia la división de poderes; y a menos de un año de unas elecciones presidenciales que definirán si la Argentina sigue por el camino del ajuste, el odio y la crueldad, o si recupera un horizonte de justicia social.
Una lealtad que se conjuga en presente
Este sábado, en el Polideportivo Juan Domingo Perón de González Catán, en La Matanza, el gobernador bonaerense Axel Kicillof encabezó el acto central del PJ provincial junto a la vicegobernadora Verónica Magario y el intendente Fernando Espinoza. “Acá estamos, querían callarnos y acá estamos, recordando a Evita y Perón en La Matanza, que es la capital del peronismo”, dijo ante la multitud.
El gobernador recordó que aquella gesta “le dio voz a los que no tenían voz, les dio derechos y participación política a los que estaban marginados y excluidos”, sostuvo que Cristina “está injustamente presa por defender nuestras banderas” y planteó el desafío que atraviesa a todo el campo popular: “La lealtad con el pueblo es construir una alternativa que el año que viene termine con esta pesadilla que nos gobierna”. También dejó una definición que debería ordenar el debate de los próximos meses: “Sin justicia social no hay libertad verdadera: hay privilegios, hay explotación y desigualdad. Eso no es libertad”.
Un Gobierno que no respeta la democracia
Desde el primer día, Javier Milei eligió gobernar contra las instituciones. Inauguró su gestión con el DNU 70/2023, un megadecreto que pretendió derogar y modificar centenares de normas sin pasar por el Congreso.

Intentó designar por decreto a dos jueces de la Corte Suprema, Ariel Lijo y Manuel García Mansilla, salteando el acuerdo del Senado, que finalmente rechazó ambos pliegos en abril de 2025.
Vetó la ley de financiamiento universitario y la emergencia en discapacidad, y obligó al Poder Legislativo a insistir con dos tercios para defender lo que la sociedad ya había defendido en las calles.
Llamó al Congreso “nido de ratas” y llegó a decir que “no odiamos lo suficiente a los periodistas”.
No se trata de exabruptos aislados, sino de un método: degradar a los otros poderes para concentrar el poder en uno solo. Cuando un presidente trata al Parlamento como un estorbo, a la Justicia como una herramienta y a la prensa crítica como un enemigo, lo que está en juego no es una gestión de gobierno, sino la propia arquitectura republicana que tanto dicen defender quienes lo votaron por odio al peronismo.


El odio como herramienta, el antiperonismo como tradición
El antiperonismo no nació con Milei. Tiene una genealogía sangrienta: el bombardeo a la Plaza de Mayo en junio de 1955, el golpe de septiembre de ese año, el decreto 4161 de 1956 que prohibió siquiera pronunciar el nombre de Perón y dieciocho años de proscripción del movimiento mayoritario del país. Cada vez que las élites no pudieron derrotar al peronismo en las urnas, intentaron borrarlo por la fuerza, por decreto o por los tribunales.
Lo nuevo es la escala y el tono. El discurso libertario convirtió el odio en política de Estado: contra los “kukas”, contra los “zurdos”, contra las feministas, contra la diversidad, contra los trabajadores estatales y los jubilados que reclaman. Ese clima no es inocuo. En septiembre de 2022, Cristina sobrevivió a un intento de asesinato frente a su casa, porque el arma no se disparó. Las palabras que deshumanizan preparan el terreno para la violencia que mata, y una democracia que naturaliza el odio termina pagando ese precio.
Las mujeres y disidencias van al centro del poder
Hace apenas cinco días, el 12 de octubre, terminó en Córdoba el 39° Encuentro Plurinacional de Mujeres, Lesbianas, Travestis, Trans, Bisexuales, Intersexuales y No Binaries, con más de 150.000 participantes y un centenar de talleres. En el acto de cierre, por decisión unánime, la Ciudad Autónoma de Buenos Aires fue elegida como sede del 40° Encuentro en 2027. No es un dato menor: el primer Encuentro Nacional de Mujeres se realizó en esa misma ciudad en 1986. Cuatro décadas después, el feminismo vuelve al lugar donde nació, en pleno año electoral, para hacerse oír frente a la Casa Rosada.
La ministra de Mujeres bonaerense, Estela Díaz, lo resumió así: “Es una demostración de que se puede convivir en un espacio con sectores con los que se tienen muchísimas diferencias, construyendo una fuerza para confrontar electoralmente en el 2027”. Esa es exactamente la lección que el campo popular necesita aprender: la unidad en la diversidad no es una consigna, es una condición para ganar.
Las razones para movilizarse sobran. Este Gobierno desmanteló el Ministerio de las Mujeres, Géneros y Diversidad, su ministro de Justicia anunció la intención de eliminar la figura de femicidio del Código Penal y el propio Presidente utilizó el escenario de Davos para atacar al feminismo y a la diversidad, lo que provocó la masiva Marcha Federal Antifascista y Antirracista de febrero de 2025. Para nosotras, el ajuste no es una abstracción macroeconómica: es menos asistencia a víctimas de violencia, menos políticas de cuidado y más trabajo no remunerado sobre las mismas espaldas.
Evita lo entendió antes que nadie. Fue ella quien impulsó el voto femenino en 1947 y organizó a las mujeres como sujeto político con voz propia. El feminismo popular argentino, del Ni Una Menos a la Marea Verde, es heredero de esa tradición. No hay 17 de Octubre sin las mujeres en la Plaza.
2027: la lealtad es organizarse
Decirlo con claridad no es una provocación, es una responsabilidad democrática: Milei tiene que perder en 2027. No por revancha, sino porque un proyecto que desprecia la división de poderes, persigue a opositores, insulta a periodistas, ajusta sobre jubilados, universidades y personas con discapacidad, y convierte el odio en programa de gobierno es incompatible con la Argentina que soñaron quienes se movilizaron aquel 17 de octubre.
Pero la derrota del proyecto libertario no vendrá sola. Exige un peronismo que deje atrás sus internas, que escuche a los movimientos sociales, a los sindicatos, a las juventudes y al feminismo, y que vuelva a ofrecer un horizonte de futuro y no solo una defensa del pasado. La lealtad no es nostalgia: es la decisión colectiva de no volver a esperar que otros escriban nuestra historia. Como en 1945, el pueblo tendrá que salir a buscarla.
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