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La rebelión de la suerte, un martes

Existe el temor a que las cosas ocurran fuera del alcance de nuestras manos. Así, el azar resulta tan determinante como temerario.

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Por Manu Campi | @manucampimaier

Existe el temor a que las cosas ocurran fuera del alcance de nuestras manos. Así, el azar resulta tan determinante como temerario.

Mientras el dado está en el aire, aunque roguemos por un cinco, para completar un full en la generala de los domingos lluviosos, quizás el destino termine por ofrecernos un número tres que mancille suertes, victorias y destinos.

En virtud de controlar esas mínimas fracciones de tiempo se ha dispuesto, aun entre los más creyentes, tener a mano alguna herramienta que permita torcer el curso de las cosas.

Este lugar donde la fe no alcanza y el hombre no llega, pero que sin embargo y contra todo pronóstico insiste, sirvió de espacio para que nazcan un sinfín de modismos para mojarle la oreja a los destinos predeterminados.

La cábala, entonces, oficia de purgatorio entre el cielo y el infierno de aquellos que esperan no estar sometidos a criterios celestiales.

Alejandro Magno quizás no hubiese conquistado el mundo conocido de no haber confiado en el Oráculo de Delfos; Facundo Quiroga, el Tigre de los Llanos, hablaba con su caballo Moro antes de entrar, o no, en batalla; Keith Richards come pastel de papas antes de un show. La lista es larga.

Es muy raro pasar por debajo de una escalera, no maldecir si se cruza un gato negro, o desestimar pisar las líneas de las baldosas con un pie y no con el otro. La desgracia parece estar a la vuelta de la esquina mientras se va por un poco de pan.

Amuletos y talismanes cubrieron, históricamente, incertidumbres que no atienden a un porqué en particular. Griegos, egipcios, persas o burgundios, han sabido desarrollar cuestiones bélicas, lúdicas, socio-culturales, etc., sorteando augurios a través de accesorios como la Rosa de los Vientos, La Mano de Fátima, el Nudo de Brujas, o el Ojo de Horus.

Pero como todo buen cuento, la explicación occidental reguló la mala suerte a partir de la caída Imperio Romano de Oriente, un martes 29 de mayo de 1453.

Aquel día, Mehmed II tomó Constantinopla y cerró las rutas comerciales de occidente determinando así el fin de la Edad Media. Es decir, sin la moneda prometida, la pérdida económica del cristianismo en oriente puso los pelos de punta a más de uno. Como es sabido, una iglesia empobrecida no es una iglesia feliz.

Pero el número responde a la necesidad de seguir prendiendo fuego a detractores, o administradores de mucho poder adquisitivo, en las hogueras monárquicas y cristianas. Como el asesinato de carácter económico del Gran Maestre templario, Jaques de Molay, en nombre del Señor, hecho un viernes 13 en 1307. Orden firmada por el Papa Clemente V y el rey de Francia, Felipe IV (el hermoso), quien le debía gran cantidad de dinero a la víctima.

Bajo esta premisa, y urgidos por la necesidad de justificar genocidios comerciales como las cruzadas, donde la tierra prometida siempre fue un pedazo de oro y no de meca, supuso a los hechos, y a la fecha, como una conjunción de acontecimientos de mala suerte.

Esto derivó en busca de nuevos destinos de color dorado, y la posterior colonización y vaciamiento americano.

Trece es el número que se le dio a Judas, igual que el número del capitulo bíblico que refiere al apocalipsis. Así, la mala suerte tiene su propio día, dependiendo si cae un martes o un viernes.

A los tiempos que corren, está muy mal visto prender fuego a la gente en las plazas principales. Son los bancos quienes se ocupan de agilizar cualquier deuda permitiendo que uno siga con vida. Así, el pueblo endeudado y empobrecido solo puede terminar por tocar madera.

Medio Ambiente 🌱

Murió la ballena sei varada en San Isidro pese al operativo de Temaikén y la Prefectura Naval

El ejemplar de Balaenoptera borealis, considerada la tercera especie más grande del planeta, no sobrevivió al operativo de rescate pese al trabajo conjunto de la Fundación Temaikén, Cethus y la Prefectura Naval Argentina. La falta de aumento en la marea durante los días de varada complicó las maniobras de reflotar al animal.

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Sin marea y sin salida: la ballena de San Isidro no sobrevivió al rescate.

La ballena que permaneció varada durante varios días en la costa de San Isidro murió este fin de semana, luego de que fracasaran los sucesivos intentos de devolverla al mar. El hecho conmovió a miles de personas que siguieron de cerca las alternativas del operativo y reavivó el debate sobre los protocolos de intervención ante varamientos de grandes cetáceos en la zona metropolitana del Río de la Plata.

Una especie oceánica en aguas costeras

El ejemplar fue identificado como una ballena sei (Balaenoptera borealis), una especie de cetáceo de gran porte que habita principalmente aguas oceánicas profundas, lo que hace inhabitual su presencia sobre la costa. Los adultos de esta especie pueden superar los 18 metros de longitud y se alimentan principalmente de krill, pequeños peces y otros organismos marinos. La ballena sei es considerada la tercera especie más grande del planeta, detrás únicamente de la ballena azul y la ballena de aleta.

Su aparición en la ribera de San Isidro representó una rareza biológica significativa: los especialistas señalaron que los varamientos de esta especie en zonas estuariales son poco frecuentes y, en la mayoría de los casos, tienen un pronóstico reservado, dado que el ambiente costero de baja profundidad genera un estrés fisiológico severo sobre el animal.

El operativo y sus dificultades

Durante las jornadas del rescate trabajaron en forma conjunta especialistas de la Fundación Temaikén y de Cethus, junto con efectivos de la Prefectura Naval Argentina, que desplegó embarcaciones para asistir en las maniobras. Desde un comienzo, las autoridades advirtieron que las tareas eran complicadas debido a las condiciones del lugar donde fue hallado el ejemplar.

Un factor determinante que obstaculizó el rescate fue la falta de aumento en el nivel del agua: a lo largo de los días en que la ballena permaneció varada, no se registró crecida en la marea, condición indispensable para facilitar el reflotar de un animal de semejante envergadura. Sin ese impulso natural, las maniobras de las embarcaciones de la Prefectura resultaron insuficientes para desplazar al cetáceo hacia aguas de mayor profundidad.

«A pesar de los esfuerzos, el animal no logró sobrevivir»

Al confirmar la muerte del ejemplar, desde la Fundación Temaikén expresaron: «Nuestro equipo acompañó al ejemplar durante todo el operativo, monitoreando permanentemente su estado y realizando las maniobras posibles para brindarle la mejor oportunidad. Lamentablemente, y a pesar de los esfuerzos realizados, el animal no logró sobrevivir».

La ballena había sido hallada con vida, lo que en un principio generó expectativa sobre las posibilidades de rescate. Sin embargo, las condiciones desfavorables registradas durante el operativo, sumadas al deterioro físico progresivo que implica un varamiento prolongado para un animal de esta especie, determinaron el desenlace fatal.

Puntos clave

  • La ballena sei varada en la costa de San Isidro murió este fin de semana tras varios días de operativos fallidos de rescate.
  • El ejemplar fue identificado como Balaenoptera borealis, una especie oceánica de gran porte poco habitual en aguas costeras del Río de la Plata.
  • La Fundación Temaikén, Cethus y la Prefectura Naval Argentina participaron de las maniobras de rescate.
  • La ausencia de crecida en la marea durante los días de varada fue el principal factor que impidió devolver al animal al mar.
  • Los adultos de la especie pueden superar los 18 metros de longitud; es la tercera más grande del planeta.
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