Cultura
Bauer destacó la importancia de revertir la Ley 27432, sancionada por el macrismo
«Empezamos una nueva etapa en el Incaa, donde tenemos como prioridad que se transforme en ley el proyecto del diputado (Pablo) Carro y también reorganizar y agilizar todos los procedimientos de fomento de la producción de cine en el Incaa», manifestó.
El ministro de Cultura de la Nación, Tristán Bauer, aseguró este miércoles que para el Gobierno Nacional tiene «absoluta centralidad» revertir la ley 27.432 votada durante el macrismo, «que es una de las principales urgencias del cine y de la cultura nacional» porque le puede llegar a quitar a partir del 1 de enero de 2023 fondos y autarquía a organismos como el Instituto de Cine, la Conabip, el Inamu y el Instituto Nacional de Teatro.
«Para nosotros tiene absoluta centralidad revertir esta ley que le quita autarquía a estos organismos, nos parece que es una cuestión fundamental en relación con la cultura nacional y estamos trabajando con mucho impulso en el Proyecto del diputado Pablo Carro», aseguró Bauer.
El ministro efectuó declaraciones luego del remplazo que se efectivizó anoche del realizador Luis Puenzo al frente del Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (Incaa) por el productor Nicolás Battle, actual vicepresidente del organismo que asumió la «presidencia en funciones» mientras dure la etapa de reorganización.
Al establecer los puntos centrales de acción de la nueva etapa que se abre en el Incaa, el ministro destacó la necesidad de trabajar sobre un proyecto modificatorio del fomento del cine argentino, así como la agilización del lanzamiento de concursos, proyectos de desarrollo y la normalización de la Escuela Nacional de Experimentación y Realización Cinematográfica (Enerc).
«Lo primero que quiero señalar es mi agradecimiento a Luis Puenzo, que estuvo desde el comienzo de la gestión y a quien valoro mucho tanto como cineasta como por todo el trabajo que hizo por la Ley de Cine» (de 1994) , aseguró el ministro sobre la salida del realizador que en 1986 ganó el primer Oscar para el cine argentino con «La historia oficial».
«Lamentablemente -agregó Bauer- a Puenzo le tocó un tiempo difícil como es el de la pandemia y hubo debate sobre ritmos de trabajo, la celeridad y las acciones sin que pudiéramos aunar criterios comunes».
«Por este motivo hemos solicitado a Nicolás Batlle que asuma este período de transición donde tenemos que trabajar en varios temas: el proyecto de las asignaciones no específicas que es una de las principales urgencias no sólo del cine sino de toda la cultura».
Sobre esta cuestión destacó que «desde hace tiempo» el Ministerio de Cultura viene trabajando con el diputado Carro y el presidente de la Cámara de Diputados, Sergio Massa, para lograr los consensos que establezcan una ley definitiva y que desarticule la 27.432, votada el 28 de diciembre de 2017 a instancias del gobierno de Mauricio Macri, que podría decretar la muerte de las políticas de apoyo y fomento al cine argentino y actividades como la música y el teatro.
En este punto, Bauer aclaró que hoy se reunió con el presidente del bloque de diputados del Frente de Todos, Germán Martínez, y que «su mirada es optimista», si bien aclaró que «hay que trabajar para lograr la obtención de todos los votos dado que aquí se trata de la cultura nacional».
«Nosotros creemos que vamos aunar voluntades para transformar esto en una ley definitiva», aseguró Bauer.
«Vamos a trabajar también sobre el proyecto modificatorio del fomento para la producción de películas argentinas y en el lanzamiento de concursos, y proyectos de desarrollos», que son los principales reclamos que el sector audiovisual venía manifestando en relación con la gestión Puenzo.
Al mismo tiempo, quien fuera ideólogo y creador de las canales públicos Encuentro y Pakapaka y autor de filmes como «Iluminados por el fuego» y «Cortázar» y «Después de la tormenta», entre otros, apostó a la necesidad de incentivar el diálogo con la comunidad de la industria audiovisual.
«Toda nuestra gestión, sobre todo en tiempo de pandemia, ha sido de diálogo, vamos a seguir en este diálogo, porque así como encontramos salidas a situaciones complicadas en la pandemia con el diálogo, vamos apoyarnos en este modo de trabajo en esta nueva etapa, queremos incentivar toda la producción nacional junto con los organismos que tiene el Incaa, como el Consejo Asesor», detalló.
«Venimos de una situación muy dura generada por la pandemia, el Estado estuvo presente, el Gobierno Nacional invirtió más de 8.800 millones de pesos en el sector Cultura, nos parece muy importante el impulso del programa Renacer que realizamos con la Secretaría de Medios y que implicó una inversión de 2.400 millones de pesos, actualmente están iniciando su rodaje más de 70 series de televisión y documentales en todo el país», destacó.
«Empezamos una nueva etapa en el Incaa, donde tenemos como prioridad que se transforme en ley el proyecto del diputado (Pablo) Carro y también reorganizar y agilizar todos los procedimientos de fomento de la producción de cine en el Incaa», manifestó.
Cultura
Por qué los millennials compran experiencias y la Generación Z invierte en identidad digital
Análisis sobre por qué los millennials priorizan la compra de experiencias mientras la Generación Z invierte en identidad digital, presencia en línea y pertenencia comunitaria.
El consumo dejó de organizarse solo alrededor de objetos físicos. Durante décadas, comprar significaba adquirir algo que podía guardarse, usarse o mostrar en espacios materiales. Hoy, el valor también se construye en viajes, conciertos, cursos, eventos, perfiles, avatares, skins, suscripciones, comunidades y archivos digitales. En ese cambio, millennials y Generación Z muestran prioridades distintas: unos tienden a valorar la experiencia vivida; otros, la identidad proyectada en entornos digitales.
La diferencia no significa que los millennials ignoren lo digital ni que la Generación Z rechace las experiencias físicas. Se trata de énfasis culturales. En un entorno donde conviven redes, videojuegos, plataformas de ocio, compras integradas, apuestas y sitios como https://casino-jugabet.cl/, el consumo ya no se limita a poseer: también sirve para narrarse, participar y ocupar un lugar dentro de comunidades conectadas.
La experiencia como respuesta millennial
Los millennials crecieron en un periodo marcado por cambios económicos, digitalización progresiva y cuestionamiento de la propiedad tradicional. Para muchos, comprar una casa, formar patrimonio o acceder a ciertos bienes materiales resultó más difícil que para generaciones anteriores. En ese contexto, las experiencias ganaron valor: viajar, comer fuera, asistir a eventos, aprender algo o compartir una actividad se convirtió en una forma de construir memoria.
Comprar una experiencia ofrece algo que un objeto no siempre entrega: una historia. Un viaje puede contarse, una cena puede recordarse, un concierto puede compartirse y una actividad puede integrarse en la identidad personal. Para los millennials, la experiencia funciona como capital biográfico. No solo se vive; se convierte en parte del relato de vida.
También hay una dimensión de tiempo. Muchos millennials entraron en la adultez con jornadas extensas, presión laboral y saturación digital. Por eso, pagar por una experiencia puede sentirse como una forma de recuperar control sobre el propio tiempo. No se compra solo entretenimiento; se compra una pausa, una salida o una sensación de avance personal.
La Generación Z y la identidad como presencia
La Generación Z se formó en un entorno donde la identidad digital no es secundaria. Perfiles, nombres de usuario, fotos, avatares, listas, clips, objetos virtuales y comunidades en línea forman parte de la vida social. Para esta generación, invertir en identidad digital no parece raro, porque gran parte de la interacción ocurre en espacios mediados por pantallas.
Una compra digital puede cumplir funciones similares a una prenda, un accesorio o una entrada a un evento. Una skin, una suscripción, una herramienta de edición, una insignia o un objeto virtual permite decir algo: qué se valora, a qué comunidad se pertenece, qué humor se comparte o qué estética se adopta.
La identidad digital también es más flexible que la física. Puede cambiar rápido, adaptarse a plataformas distintas y responder a tendencias. La Generación Z entiende esa flexibilidad como parte del juego social. No siempre busca una identidad fija, sino una identidad editable.
De tener cosas a mostrar señales
Tanto millennials como Generación Z participan en una economía de señales. La diferencia está en el soporte. El millennial puede usar una experiencia para comunicar apertura, gusto, cultura o estilo de vida. La Generación Z puede usar elementos digitales para comunicar pertenencia, habilidad, sensibilidad estética o conocimiento de una comunidad.
En ambos casos, el consumo se vuelve lenguaje. Una persona no compra solo por utilidad, sino por lo que esa compra permite expresar. La experiencia millennial se muestra en fotos, relatos y recuerdos. La identidad digital zoomer se muestra en perfiles, avatares, clips y presencia constante.
Esto no debe leerse como superficialidad. Las señales sociales siempre han existido. Lo nuevo es que ahora circulan con más velocidad y en más espacios. La validación no ocurre solo en reuniones físicas, sino también en chats, plataformas, juegos y redes.
Economía, acceso y prioridades
Las condiciones económicas también influyen. Muchos millennials aprendieron a valorar experiencias porque ciertos bienes duraderos parecían menos accesibles o menos prioritarios. Al mismo tiempo, las plataformas de viaje, eventos y servicios bajo demanda hicieron que la experiencia fuera más fácil de comprar y compartir.
La Generación Z, por su parte, entra al consumo en un entorno donde los bienes digitales son normales. Comprar dentro de una aplicación, pagar por una función, mejorar un perfil o adquirir un objeto virtual forma parte de la rutina. Además, muchas compras digitales tienen precios menores que grandes experiencias físicas, aunque su acumulación pueda ser significativa.
Esto produce una lógica de microinversión identitaria. Pequeñas compras permiten ajustar cómo se aparece ante otros. El gasto no siempre busca duración; busca relevancia en un contexto concreto.
Comunidad y pertenencia
La comunidad es central en ambos modelos. Los millennials suelen comprar experiencias que pueden compartirse con amigos, pareja o familia. El valor aumenta cuando la experiencia se vive con otros o cuando se convierte en memoria común.
La Generación Z invierte en identidad digital porque muchas comunidades funcionan en línea. Un objeto virtual, una estética de perfil o una suscripción puede abrir acceso, reconocimiento o conversación. La pertenencia no depende solo de estar presente, sino de dominar códigos internos.
En este sentido, la identidad digital no es una fantasía separada de la vida real. Es una extensión de relaciones, gustos y posiciones sociales. Para quienes pasan parte importante de su sociabilidad en entornos digitales, invertir allí tiene sentido.
Riesgos de ambos modelos
Comprar experiencias puede convertirse en presión por vivir siempre algo memorable. Viajes, eventos y salidas pueden transformarse en obligación de producir contenido o demostrar una vida activa. La experiencia pierde valor si se vive más para mostrarla que para disfrutarla.
Invertir en identidad digital también tiene riesgos. Los objetos virtuales dependen de plataformas, reglas y cuentas. Además, la búsqueda constante de actualización puede generar gasto impulsivo y ansiedad por quedar fuera de una tendencia.
Ambos modelos muestran que el consumo contemporáneo está ligado a reconocimiento. La pregunta no es solo qué se compra, sino qué necesidad social o emocional intenta cubrir esa compra.
Una diferencia de entorno, no de esencia
Millennials y Generación Z no consumen de formas opuestas. Ambos buscan identidad, pertenencia y sentido. Los millennials tienden a encontrarlo en experiencias que producen memoria. La Generación Z lo encuentra con frecuencia en herramientas digitales que producen presencia.
La diferencia central está en el escenario donde cada generación aprendió a relacionarse. Para unos, la experiencia física fue una respuesta al exceso de objetos y a la incertidumbre económica. Para otros, la identidad digital es una respuesta a una vida social distribuida entre plataformas. En ambos casos, el consumo dejó de ser posesión simple y se volvió construcción de relato.
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