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Cultura

Homenajes a Cris Miró y a Eduardo Rovner en la cartelera porteña de esta semana

«Cris Miró, orgasmo apocalíptico» es un musical erótico que habla sobre el amor en todas sus expresiones, abordado desde una mirada no binaria de las relaciones humanas, ideado y dirigido por Eva Belardo, que se puede ver en la céntrica sala Multiescena, Corrientes 1764, los jueves a las 20.30, con entradas a través de PlateaNet.

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Cris Miró, la primera vedette trans del teatro nacional, revive en la sala Multiescena

«Cris Miró, orgasmo apocalíptico» es un musical erótico que habla sobre el amor en todas sus expresiones, abordado desde una mirada no binaria de las relaciones humanas, ideado y dirigido por Eva Belardo, que se puede ver en la céntrica sala Multiescena, Corrientes 1764, los jueves a las 20.30, con entradas a través de PlateaNet.

El espectáculo homenajea la memoria de la vedette Cris Miró, quien fue la primera mujer trans en lograr reconocimiento público en defensa de los derechos LGBTIQ+ en la Argentina a partir de su expresión artística, y que saltó a la fama en el teatro Maipo en 1995 y gozó de una breve carrera que terminó con su muerte cuatro años después.

Su elenco está integrado por Jorgelina Belardo, Joel Castañeda, Agostina Pujol, Cris Juno, Agustín Bermúdez y Lefer Ibarra, con escenografía, vestuario e iluminación de CM Producciones, musicalización y producción ejecutiva de Eduardo Boggiano, producción general de Esteban Costa y asistencia de dirección, imagen y video de Karina Elizabeth Díaz.

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Dos obras de Eduardo Rovner para recordar al gran dramaturgo argentino

La sala Tadron Teatro, ubicada en Armenia y Niceto Vega, barrio de Palermo, presenta el festival «Aquí y ahora Rovner», con idea original y coordinación general de Herminia Jensezian, en homenaje al gran dramaturgo argentino Eduardo Rovner, fallecido en 2019, autor de obras esenciales del teatro nacional que incluso fueron éxito en otros países.

La primera obra es «Sócrates, el encantador de almas», en la que un profesor se identifica con el filósofo hasta ocupar imaginariamente su lugar. Su aula es su refugio, el lugar donde puede «ser». La pasión es el punto de encuentro entre Sócrates y el profesor y donde ambos deciden «ser» sin importar las consecuencias.

La última función será el domingo 16 de octubre a las 18, con la actuación de Luis Campos, dirección de Fabi Maneiro sobre la puesta original del autor, musicalización de Pablo Rovner, fotografías de Silvina Macri y asistencia de dirección y producción ejecutiva de Emilio Zinerón.

La segunda, «Te voy a matar, mamá», se estrenará el sábado 15 de octubre a las 21, en la que, según el autor, «Todo sucede entre esa madre y esa hija, como en la vida misma, como en cada uno de los vínculos humanos de los que formamos parte. Todo tan simple y tan complejo, las dos caras de la misma moneda».

Protagoniza Romi Pinto, con diseño de espacio, Iluminación, puesta en escena y dirección de Herminia Jensezian, fotografías y producción ejecutiva de Silvina Macri, ilustración de María Laura Laspiur y producción de Tadron Teatro.

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Regresa «¿Estás ahí?», de Javier Daulte, ahora dirigida por Daniela Lozano

La directora Daniela Lozano presenta su versión de «¿Estás ahí?», con dramaturgia de Javier Daulte, acerca de los extraños acontecimientos que vive un matrimonio recién mudado a un departamento, que se verá en el teatro El Grito, Costa Rica 5459, barrio de Palermo, los domingos a las 20.30, con entradas por Alternativa Teatral.

La pareja se muda a un departamento, pero allí creen notar una presencia que pertenece a otro plano o nivel de existencia. Ella, fascinada pasa a ese plano, mientras él convive con dos seres que se encuentran en otra dimensión; a veces amar es decir adiós.

Con actuaciones de Alejandro Ini y Emilse Díaz, la pieza tiene música original y piano en escena de Rubén Ferrero, percusión de Eduardo Righetti, vestuario y asistencia de escenografía de Agostina Uribari, maquillaje y pelo de Fernanda Lascalzo, asesoramiento en escenografía de Magalí Acha, luces de David Seiras, visuales y dibujos animado de Nicolás Barreto y asistencia de dirección de Milagros Privigliano.

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«Érase», sobre la historia de la humanidad contada durante la última dictadura cívico-militar

El jueves 20 de octubre a las 21 vuelve la obra «Érase» a Teatro del Pueblo, Lavalle 3636, barrio de Almagro, la obra de Mónica Cabrera, Marcos Krivocapich y Gustavo Tarrío -también director-, que tuvo su primera temporada en 2021 y realizó funciones en el Festival de Arte Escénico Iberoamericano «Mirada», en la ciudad de Santos, Brasil, y que viaja en el tiempo para recorrer la historia de la humanidad y contar la versión que imprimió el catolicismo en la última dictadura cívico-militar.

Durante aquel oscuro período, los kioscos de diarios distribuían la versión impresa del programa televisivo francés «Érase una vez…» el hombre, que daba su versión sobre el origen de la humanidad, pero las autoridades eclesiástica intervinieron esas entregas semanales colando un número especial que combinaba el catecismo castrense con Neardentales y Sapiens.

Actúan Mónica Cabrera ,ONTI, Marcos Krivocapich , Denisse Van Der Ploeg, Milva Leonardi, Nico Levin, Carolina Saade y Donna Tefa Sanguinetti (en la función del 20 de octubre actuará también Lila Monti), con voces en off de Gustavo Di Sarro y Cecilia Laratro, vestuario de Paola Delgado, luces de Fernando Berreta, sonido de Pablo Viotti, escenografía de Hencer Molina, arte de Mariano Sigal y asistencia de dirección de Juanse Rausch.

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Lo gay y la identidad de género contados desde el humor en «La cátedra del put8»

El monólogo «La cátedra del put8», escrito y dirigido por Hernán Aguilar y protagonizado por Raúl Mouzo, relata de una manera divertida y atrevida y ofrece una explicación de la identidad de género desde el humor, como el camino más corto hacia el conocimiento interno; en la sala Cortázar del Paseo La Plaza, Corrientes 1660, los sábados a las 20, con entradas por PlateaNet o en boletería.

«Soy gay, feliz, no tengo marido», exclama el titular de la cátedra y agrega: «Además soy virgen, nunca me acosté con una mujer y tampoco lo hice de parado». Sin escalas, ni prevenciones ideológicas, «La cátedra…» transita, desde la ironía y el humor, situaciones vividas por la comunidad gay marcadas de estigma y discriminación.

La obra potencia su originalidad en el tratamiento histórico y reconoce en la mazorca de Rosas un enlace con el Ladislao Gutiérrez de Camila O’Gorman, y en French y Beruti como el primer matrimonio gay de la República, pero, sin libreta, hasta que claro… aparecerá también, la primera travesti.

Cultura

Por qué los millennials compran experiencias y la Generación Z invierte en identidad digital

Análisis sobre por qué los millennials priorizan la compra de experiencias mientras la Generación Z invierte en identidad digital, presencia en línea y pertenencia comunitaria.

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El consumo dejó de organizarse solo alrededor de objetos físicos. Durante décadas, comprar significaba adquirir algo que podía guardarse, usarse o mostrar en espacios materiales. Hoy, el valor también se construye en viajes, conciertos, cursos, eventos, perfiles, avatares, skins, suscripciones, comunidades y archivos digitales. En ese cambio, millennials y Generación Z muestran prioridades distintas: unos tienden a valorar la experiencia vivida; otros, la identidad proyectada en entornos digitales.

La diferencia no significa que los millennials ignoren lo digital ni que la Generación Z rechace las experiencias físicas. Se trata de énfasis culturales. En un entorno donde conviven redes, videojuegos, plataformas de ocio, compras integradas, apuestas y sitios como https://casino-jugabet.cl/, el consumo ya no se limita a poseer: también sirve para narrarse, participar y ocupar un lugar dentro de comunidades conectadas.

La experiencia como respuesta millennial

Los millennials crecieron en un periodo marcado por cambios económicos, digitalización progresiva y cuestionamiento de la propiedad tradicional. Para muchos, comprar una casa, formar patrimonio o acceder a ciertos bienes materiales resultó más difícil que para generaciones anteriores. En ese contexto, las experiencias ganaron valor: viajar, comer fuera, asistir a eventos, aprender algo o compartir una actividad se convirtió en una forma de construir memoria.

Comprar una experiencia ofrece algo que un objeto no siempre entrega: una historia. Un viaje puede contarse, una cena puede recordarse, un concierto puede compartirse y una actividad puede integrarse en la identidad personal. Para los millennials, la experiencia funciona como capital biográfico. No solo se vive; se convierte en parte del relato de vida.

También hay una dimensión de tiempo. Muchos millennials entraron en la adultez con jornadas extensas, presión laboral y saturación digital. Por eso, pagar por una experiencia puede sentirse como una forma de recuperar control sobre el propio tiempo. No se compra solo entretenimiento; se compra una pausa, una salida o una sensación de avance personal.

La Generación Z y la identidad como presencia

La Generación Z se formó en un entorno donde la identidad digital no es secundaria. Perfiles, nombres de usuario, fotos, avatares, listas, clips, objetos virtuales y comunidades en línea forman parte de la vida social. Para esta generación, invertir en identidad digital no parece raro, porque gran parte de la interacción ocurre en espacios mediados por pantallas.

Una compra digital puede cumplir funciones similares a una prenda, un accesorio o una entrada a un evento. Una skin, una suscripción, una herramienta de edición, una insignia o un objeto virtual permite decir algo: qué se valora, a qué comunidad se pertenece, qué humor se comparte o qué estética se adopta.

La identidad digital también es más flexible que la física. Puede cambiar rápido, adaptarse a plataformas distintas y responder a tendencias. La Generación Z entiende esa flexibilidad como parte del juego social. No siempre busca una identidad fija, sino una identidad editable.

De tener cosas a mostrar señales

Tanto millennials como Generación Z participan en una economía de señales. La diferencia está en el soporte. El millennial puede usar una experiencia para comunicar apertura, gusto, cultura o estilo de vida. La Generación Z puede usar elementos digitales para comunicar pertenencia, habilidad, sensibilidad estética o conocimiento de una comunidad.

En ambos casos, el consumo se vuelve lenguaje. Una persona no compra solo por utilidad, sino por lo que esa compra permite expresar. La experiencia millennial se muestra en fotos, relatos y recuerdos. La identidad digital zoomer se muestra en perfiles, avatares, clips y presencia constante.

Esto no debe leerse como superficialidad. Las señales sociales siempre han existido. Lo nuevo es que ahora circulan con más velocidad y en más espacios. La validación no ocurre solo en reuniones físicas, sino también en chats, plataformas, juegos y redes.

Economía, acceso y prioridades

Las condiciones económicas también influyen. Muchos millennials aprendieron a valorar experiencias porque ciertos bienes duraderos parecían menos accesibles o menos prioritarios. Al mismo tiempo, las plataformas de viaje, eventos y servicios bajo demanda hicieron que la experiencia fuera más fácil de comprar y compartir.

La Generación Z, por su parte, entra al consumo en un entorno donde los bienes digitales son normales. Comprar dentro de una aplicación, pagar por una función, mejorar un perfil o adquirir un objeto virtual forma parte de la rutina. Además, muchas compras digitales tienen precios menores que grandes experiencias físicas, aunque su acumulación pueda ser significativa.

Esto produce una lógica de microinversión identitaria. Pequeñas compras permiten ajustar cómo se aparece ante otros. El gasto no siempre busca duración; busca relevancia en un contexto concreto.

Comunidad y pertenencia

La comunidad es central en ambos modelos. Los millennials suelen comprar experiencias que pueden compartirse con amigos, pareja o familia. El valor aumenta cuando la experiencia se vive con otros o cuando se convierte en memoria común.

La Generación Z invierte en identidad digital porque muchas comunidades funcionan en línea. Un objeto virtual, una estética de perfil o una suscripción puede abrir acceso, reconocimiento o conversación. La pertenencia no depende solo de estar presente, sino de dominar códigos internos.

En este sentido, la identidad digital no es una fantasía separada de la vida real. Es una extensión de relaciones, gustos y posiciones sociales. Para quienes pasan parte importante de su sociabilidad en entornos digitales, invertir allí tiene sentido.

Riesgos de ambos modelos

Comprar experiencias puede convertirse en presión por vivir siempre algo memorable. Viajes, eventos y salidas pueden transformarse en obligación de producir contenido o demostrar una vida activa. La experiencia pierde valor si se vive más para mostrarla que para disfrutarla.

Invertir en identidad digital también tiene riesgos. Los objetos virtuales dependen de plataformas, reglas y cuentas. Además, la búsqueda constante de actualización puede generar gasto impulsivo y ansiedad por quedar fuera de una tendencia.

Ambos modelos muestran que el consumo contemporáneo está ligado a reconocimiento. La pregunta no es solo qué se compra, sino qué necesidad social o emocional intenta cubrir esa compra.

Una diferencia de entorno, no de esencia

Millennials y Generación Z no consumen de formas opuestas. Ambos buscan identidad, pertenencia y sentido. Los millennials tienden a encontrarlo en experiencias que producen memoria. La Generación Z lo encuentra con frecuencia en herramientas digitales que producen presencia.

La diferencia central está en el escenario donde cada generación aprendió a relacionarse. Para unos, la experiencia física fue una respuesta al exceso de objetos y a la incertidumbre económica. Para otros, la identidad digital es una respuesta a una vida social distribuida entre plataformas. En ambos casos, el consumo dejó de ser posesión simple y se volvió construcción de relato.

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