Cultura
Dolina y Evo Morales, entre los invitados a la V Feria del Libro Nacional y Popular de Santa Fe
Literatura infantil, poesía, teatro y música completan el encuentro que tendrá entre sus tópicos de debate cuestiones como la inclusión en la infancia y el cruce de la literatura con lo social.
El escritor, músico y conductor radial Alejandro Dolina, el expresidente de Bolivia Evo Morales y el humorista Dady Brieva son algunos de los invitados a la V Feria del Libro Nacional y Popular de Santa Fe, que se hará entre el jueves y el domingo próximos en esta ciudad, con la idea cruzar los hilos de la política y la cultura, sumando a la producción editorial del último año espacios de discusión sobre políticas públicas y la cultura como un derecho.
Literatura infantil, poesía, teatro y música completan el encuentro que tendrá entre sus tópicos de debate cuestiones como la inclusión en la infancia y el cruce de la literatura con lo social. El Choque Urbano, compañía argentina de percusión formada durante la crisis de 2001 con la idea de interpretar música con objetos cotidianos, es una de las propuestas que formarán parte de un festival musical.
El día de la apertura, jueves a las 20, se proyectará el documental “La vuelta de Evo”, de Oscar Laborde, tras lo cual el tres veces presidente boliviano -el tercero en la historia de su país elegido dos veces por mayoría absoluta de votos y el segundo presidente indígena de latinoamérica, el primero fue el zapoteca Benito Juárez, en México, a mediados del siglo XX- dialogará con el diputado Leonardo Busatto, del bloque justicialista de Santa Fe.
Esa no será la única presencia de Morales en la feria, el viernes a las 19 dará la charla «La región de las venas abiertas», vinculada a la histórica Cumbre de las Américas que se hizo en Mar del Plata en 2005 y al «No al ALCA» o el popular «ALCA-RAJO» que se voceó en las calles contra el Tratado de Libre Comercio de las Américas todo el encuentro, en que se delinearon las principales posiciones y alianzas estratégicas de América del Sur para la próxima década, con un marcado liderazgo de Venezuela, Brasil y Argentina, al que luego se sumaría Bolivia.

Dolina transmitirá su programa el viernes a las 21 junto a Patricio Barton, Gillespi y el Trío sin nombre, en lo que probablemente sea uno de los días más convocantes de la feria, sumado al festival musical que llevará a Santa Fe a Corcel púrpura, Súper sopa, El rejunte, Mujeres candomberas y El Choque. Mientras que para el cierre de la feria se presentará la obra “El mago del tiempo”, de Dady Brieva.
Organizada por el espacio de producción cultural No Me Olvides, la feria tendrá lugar por las tardes en la sede de la Federación de Sindicatos de Trabajadores Municipales (Festram), situada en General López 3556, al sur de la capital santafesina.
La actividades, diversas, van desde la presentación (el domingo a las 19) del libro «El grito del siglo XXI”, del diputado Busatto, a una charla con la escritora Marianela Alegre (el jueves a las 18) para desentramar la hechura de dos libros infantiles que tratan el tema de la inclusión y la discapacidad y que ya circulan por algunas escuelas con su versión en Lengua de señas: «La hamaca» y “Amam» , protagonizados por un niño autista y otro en estado vegetativo.
“La hamaca» fue llevada a lengua de señas por docentes de la escuela Nils Eber mediante video, «no se trata sólo de una narración con un intérprete -advirtió la autora oriunda de Santo Tomé-, sino de una instructora que lleva el cuento a la actuación y a la lengua de señas, trabajando con su cuerpo, y que, para que sea accesible para todos y todas, usa además subtítulos y mi voz en off”.
En esos cuatro días de movimiento los intereses de bifurcan, desde una conversación entre la ministra nacional de Desarrollo Social, Victoria Tolosa Paz, el sábado a las 16.30 en el panel «Mujeres inquietas, preguntas curiosas», con la vicegobernadora santafesina Alejandra Rodenas; la ministra de gobierno Celia Arena y la concejala rosarina Norma López; hasta un repaso intimista, el domingo a las 18, por parte de la obra de la poeta santafesina Alicia Vincenzini.
La excusa del encuentro con Vincenzini, reconocida escritora local, es su poemario “Verticales de la desdicha”, publicado por Baldíos en la lengua, un libro que puede ser leído como un cruce entre la literatura y la cuestión social. Según la autora, “un libro escrito en la oscura y larga noche, entre 2016 y 2019″.
El libro «hace una denuncia a la vez que interpela sobre ese tiempo trágico vivido en el país debido a las consecuencias de las políticas neoliberales”, dijo Vincenzini, autora además de «Escondida», publicado por Editorial de l’aire en 2017, «En el péndulo», editado por Alción en 2019, y «No sé qué hay», del mismo sello un año después.
Habrá actividades con el interventor de la Agencia Federal de Inteligencia (AFI), Agustín Rossi, por ejemplo, que el viernes a las 18 participará de la presentación del libro “Perón y la defensa nacional”, en su carácter de prologuista.
Y las habrá con dirigentes como el chileno Marco Enríquez Ominami, que el jueves a las 19 hablará sobre “Desafíos económicos y políticos para las fuerzas progresistas en América Latina” junto a Stella Lugo, embajadora venezolana en Argentina.
Otra de las propuestas para hilar política y cultura está en la charla del secretario nacional de Gestión Cultural, Federico Prieto, el viernes a las 17, sobre justicia cultural entendida como justicia social, una idea que, asegura, postula «el desarrollo de la propia identidad y del propio proceso cultural en el lugar donde se reside” y que «también va en línea de los derechos culturales: que mi forma de pensar, mis rasgos, mis costumbres, mis tradiciones, mi forma de vestir y hablar, todo pueda ser, sin un prejuicio, sin una represión; que todos y todas puedan acceder a las distintas culturas cuando quieran”.
Para Prieto, el país necesita “que todas las culturas que componen su diversidad puedan estar presentes y puedan hacer sus prácticas”, es preciso, agregó, que se genere una conciencia respecto a que “no hay una homogeneidad en la cultura» y a que «en la diversidad pueden haber muchos cruces culturales que van a permitir construir un horizonte simbólico”.
“Así como la justicia social es dar igualdad de oportunidades para todas y todos, la justicia cultural es garantizar que todas las culturas puedan manifestarse”, resumió sobre el tema que acaparará su atención en esta nueva Feria del Libro Nacional y Popular de Santa Fe, que convocará, entre otros, a académicas como Carla Morasso vicerrectora de la Universidad de la Defensa Nacional, o a Claudia Decándido, secretaria de Extensión de esa universidad.
Cultura
Por qué los millennials compran experiencias y la Generación Z invierte en identidad digital
Análisis sobre por qué los millennials priorizan la compra de experiencias mientras la Generación Z invierte en identidad digital, presencia en línea y pertenencia comunitaria.
El consumo dejó de organizarse solo alrededor de objetos físicos. Durante décadas, comprar significaba adquirir algo que podía guardarse, usarse o mostrar en espacios materiales. Hoy, el valor también se construye en viajes, conciertos, cursos, eventos, perfiles, avatares, skins, suscripciones, comunidades y archivos digitales. En ese cambio, millennials y Generación Z muestran prioridades distintas: unos tienden a valorar la experiencia vivida; otros, la identidad proyectada en entornos digitales.
La diferencia no significa que los millennials ignoren lo digital ni que la Generación Z rechace las experiencias físicas. Se trata de énfasis culturales. En un entorno donde conviven redes, videojuegos, plataformas de ocio, compras integradas, apuestas y sitios como https://casino-jugabet.cl/, el consumo ya no se limita a poseer: también sirve para narrarse, participar y ocupar un lugar dentro de comunidades conectadas.
La experiencia como respuesta millennial
Los millennials crecieron en un periodo marcado por cambios económicos, digitalización progresiva y cuestionamiento de la propiedad tradicional. Para muchos, comprar una casa, formar patrimonio o acceder a ciertos bienes materiales resultó más difícil que para generaciones anteriores. En ese contexto, las experiencias ganaron valor: viajar, comer fuera, asistir a eventos, aprender algo o compartir una actividad se convirtió en una forma de construir memoria.
Comprar una experiencia ofrece algo que un objeto no siempre entrega: una historia. Un viaje puede contarse, una cena puede recordarse, un concierto puede compartirse y una actividad puede integrarse en la identidad personal. Para los millennials, la experiencia funciona como capital biográfico. No solo se vive; se convierte en parte del relato de vida.
También hay una dimensión de tiempo. Muchos millennials entraron en la adultez con jornadas extensas, presión laboral y saturación digital. Por eso, pagar por una experiencia puede sentirse como una forma de recuperar control sobre el propio tiempo. No se compra solo entretenimiento; se compra una pausa, una salida o una sensación de avance personal.
La Generación Z y la identidad como presencia
La Generación Z se formó en un entorno donde la identidad digital no es secundaria. Perfiles, nombres de usuario, fotos, avatares, listas, clips, objetos virtuales y comunidades en línea forman parte de la vida social. Para esta generación, invertir en identidad digital no parece raro, porque gran parte de la interacción ocurre en espacios mediados por pantallas.
Una compra digital puede cumplir funciones similares a una prenda, un accesorio o una entrada a un evento. Una skin, una suscripción, una herramienta de edición, una insignia o un objeto virtual permite decir algo: qué se valora, a qué comunidad se pertenece, qué humor se comparte o qué estética se adopta.
La identidad digital también es más flexible que la física. Puede cambiar rápido, adaptarse a plataformas distintas y responder a tendencias. La Generación Z entiende esa flexibilidad como parte del juego social. No siempre busca una identidad fija, sino una identidad editable.
De tener cosas a mostrar señales
Tanto millennials como Generación Z participan en una economía de señales. La diferencia está en el soporte. El millennial puede usar una experiencia para comunicar apertura, gusto, cultura o estilo de vida. La Generación Z puede usar elementos digitales para comunicar pertenencia, habilidad, sensibilidad estética o conocimiento de una comunidad.
En ambos casos, el consumo se vuelve lenguaje. Una persona no compra solo por utilidad, sino por lo que esa compra permite expresar. La experiencia millennial se muestra en fotos, relatos y recuerdos. La identidad digital zoomer se muestra en perfiles, avatares, clips y presencia constante.
Esto no debe leerse como superficialidad. Las señales sociales siempre han existido. Lo nuevo es que ahora circulan con más velocidad y en más espacios. La validación no ocurre solo en reuniones físicas, sino también en chats, plataformas, juegos y redes.
Economía, acceso y prioridades
Las condiciones económicas también influyen. Muchos millennials aprendieron a valorar experiencias porque ciertos bienes duraderos parecían menos accesibles o menos prioritarios. Al mismo tiempo, las plataformas de viaje, eventos y servicios bajo demanda hicieron que la experiencia fuera más fácil de comprar y compartir.
La Generación Z, por su parte, entra al consumo en un entorno donde los bienes digitales son normales. Comprar dentro de una aplicación, pagar por una función, mejorar un perfil o adquirir un objeto virtual forma parte de la rutina. Además, muchas compras digitales tienen precios menores que grandes experiencias físicas, aunque su acumulación pueda ser significativa.
Esto produce una lógica de microinversión identitaria. Pequeñas compras permiten ajustar cómo se aparece ante otros. El gasto no siempre busca duración; busca relevancia en un contexto concreto.
Comunidad y pertenencia
La comunidad es central en ambos modelos. Los millennials suelen comprar experiencias que pueden compartirse con amigos, pareja o familia. El valor aumenta cuando la experiencia se vive con otros o cuando se convierte en memoria común.
La Generación Z invierte en identidad digital porque muchas comunidades funcionan en línea. Un objeto virtual, una estética de perfil o una suscripción puede abrir acceso, reconocimiento o conversación. La pertenencia no depende solo de estar presente, sino de dominar códigos internos.
En este sentido, la identidad digital no es una fantasía separada de la vida real. Es una extensión de relaciones, gustos y posiciones sociales. Para quienes pasan parte importante de su sociabilidad en entornos digitales, invertir allí tiene sentido.
Riesgos de ambos modelos
Comprar experiencias puede convertirse en presión por vivir siempre algo memorable. Viajes, eventos y salidas pueden transformarse en obligación de producir contenido o demostrar una vida activa. La experiencia pierde valor si se vive más para mostrarla que para disfrutarla.
Invertir en identidad digital también tiene riesgos. Los objetos virtuales dependen de plataformas, reglas y cuentas. Además, la búsqueda constante de actualización puede generar gasto impulsivo y ansiedad por quedar fuera de una tendencia.
Ambos modelos muestran que el consumo contemporáneo está ligado a reconocimiento. La pregunta no es solo qué se compra, sino qué necesidad social o emocional intenta cubrir esa compra.
Una diferencia de entorno, no de esencia
Millennials y Generación Z no consumen de formas opuestas. Ambos buscan identidad, pertenencia y sentido. Los millennials tienden a encontrarlo en experiencias que producen memoria. La Generación Z lo encuentra con frecuencia en herramientas digitales que producen presencia.
La diferencia central está en el escenario donde cada generación aprendió a relacionarse. Para unos, la experiencia física fue una respuesta al exceso de objetos y a la incertidumbre económica. Para otros, la identidad digital es una respuesta a una vida social distribuida entre plataformas. En ambos casos, el consumo dejó de ser posesión simple y se volvió construcción de relato.
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