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Solo te pido que se vuelvan a juntar

El regreso de Los Piojos 15 años después de su separación.

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Por Eugenia Rossi Gallo

Este 28 de septiembre, se cumplen 28 años de la presentación del disco “3er Arco” de Los Piojos en Obras. Fue un momento clave en la carrera de la banda que logró un gran éxito comercial y de crítica, siendo incluido en la lista de los «100 mejores álbumes del rock argentino» según la revista Rolling Stone.

Este álbum marcó un punto de inflexión en el estilo musical de Los Piojos, fusionando rock, blues, tango, candombe y otros géneros para crear un sonido único, absolutamente propio, que se inscribía dentro de una movida de rock nacional de los 90, que se hacía cargo de la tradición de la música popular argentina, sin perder impronta rockera. 

Algunos de los temas más destacados del disco son «El Farolito», «Verano del ’92», «Maradó» y «Todo Pasa». La grabación y mezcla del álbum se realizaron entre junio y julio de 1996 en Del Cielito Records, bajo la producción de Alfredo Toth.

“3er Arco” fue disco de oro en pocos días y no tardó en llegar al doble platino. «El Farolito» encabezó los ranking en varias radios y el videoclip de «Maradó», tema dedicado a Diego Armando Maradona, llegó al top ten de MTV, podio al que también subió el videoclip de «Verano Del ’92».

La consagración había llegado. Los que hasta ese momento podíamos ver a esta banda del Palomar en recitales gratuitos en Parque Rivadavia, dónde se pudría cuando caían otras tribus urbanas como los “skin heads” y llegaba la policía desatada de los ´90 a reprimir, los que sabíamos correr con la seguridad de que en breve nos reencontraríamos en otro recital piojoso (lo del “ritual” vino mucho después), sentimos que algo había cambiado para siempre. De pronto éramos cientos, miles, empezaron a aparecer los “trapos”, los micros y los pibes y pibas que llegaban “colgados del tren como racimos”. 

Luego de las presentaciones en Obras llegaron los shows en el Microestadio de Ferro en noviembre y otros tres shows más en Obras para cerrar el año, en diciembre. En esos shows la banda se encargó de hacer circular unos volantes chiquitos; no, en los 90 nadie hablaba de “flyers”, en los que nos decían palabras más, palabras menos, que el éxito se había salido un poco de control, que no querían que “la explosión lastime a ningún piojoso” y donde dejaban asentado que su esencia estaba intacta.

En julio de 1997 reunieron a más de 10 000 almas en el Microestadio de Racing Club de Avellaneda. En noviembre, en el microestadio del Parque Sarmiento, se dieron cita más de 7000 personas, dejando claro que la banda ya era parte de las ligas mayores del rock nacional. 

Desde sus orígenes en 1988 hasta el 30 de mayo de 2009, noche en que Los Piojos dieron su último concierto en River, fueron muchos lo éxitos, los discos, los conciertos, pero también las diferencias. Daniel Buira, baterista original de la banda y fundador del grupo de percusión “La Chilinga”, se alejó en el año 2000, luego de una supuesta pelea con Gustavo Kupinski, el histórico guitarrista, fallecido en el 2011 en un trágico accidente automovilístico. En septiembre de 2008, fue Daniel Piti Fernández quién dejó el grupo por diferencias con Andrés Ciro Martínez e inició su propio camino junto a “La Franela”. 

Conciertos

Desde aquel último concierto en River (2009), frente a más de 65.000 personas, Los Piojos nunca dejaron de ser himno, remera y bandera. Nunca dejaron de ser canto en la voz de distintas hinchadas, en la cancha y en los miles de pibas y pibes de las nuevas generaciones que sin haber vivido jamás un “ritual piojoso”, corean sus temas como una proclama, a viva voz. Por este, entre tantos otros motivos, se entiende el furor que se produjo esta semana cuando salieron a la venta las entradas que anuncian el tan esperado regreso. En unos pocos días se agotaron los tickets para 7 shows en La Plata. Se supo también que Micky Rodríguez, bajista y miembro fundador no será parte de esta vuelta. Él habló en sus redes (@mickyrodriguezok) de “sensación de vacío” y de “desamparo”. Dijo también que no es momento para contar su historia, que hoy no es posible. En cambio, en la cuenta oficial de la banda (@lospiojosoficial) se publicó un comunicado donde se afirma haber dado parte a Micky Rodríguez y en el cual se cuenta que fue a todas las reuniones y “estuvo al tanto de todo, desde el primer momento”. 

Las relaciones humanas se construyen a pura subjetividad y pocas veces hay verdades absolutas. El largo camino recorrido y compartido por aquellos buenos muchachos de Ciudad Jardín seguramente haya tenido luces y sombras, pero hubo también una alquimia innegable, una magia que no siempre sucede. En una época de descreimiento y apatía donde todo y todos parecíamos descartables, en aquellos años ´90 de brutalidad e ignorancia, Los Piojos fueron junto a otras bandas emblemáticas del momento, refugio, voz e identidad. 

Hoy nos toca un tiempo de frivolidad cruel, de neoliberalismo revanchista que volvió para escupirnos en la cara las mismas lecciones que como sociedad que no quisimos aprender. Hoy más que nunca se hace imperiosa la necesidad de volver a construir lo colectivo, de celebrar los “rituales” para atravesar este verde paisaje del infierno, donde todos y cada uno hacemos falta. Hoy, esta adolescente de los ´90 que soy, les pide que no dejen calentar la birra en el fondo de los vasos, que se hablen, que se miren, que se puteen si es necesario, que salden las diferencias, pero sobre todas las cosas hoy solo les pido que se vuelvan a juntar.

Entretenimiento

La Granja de Zenón cumple 10 años: «Cuando veo conectar a los chicos con los personajes, siento que todo vale la pena»

En diálogo con El Argentino, el productor Maximiliano Córdoba reconstruye la historia de La Granja de Zenón y explica por qué el fenómeno sigue vigente diez años después. Además, comparte las experiencias que más lo marcaron junto al público y recuerda la casualidad que terminó llevándolo al universo del teatro.

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La Granja de Zenón celebra diez años sobre los escenarios con una nueva temporada de En busca del arcoíris, el espectáculo que forma parte de la cartelera de vacaciones de invierno y permanecerá en el Teatro Astral hasta el 2 de agosto. Lo que comenzó como una propuesta para llevar al teatro a los personajes que millones de chicos ya seguían en YouTube terminó convirtiéndose en uno de los fenómenos del entretenimiento infantil más importantes del mundo hispanohablante.

Detrás de ese recorrido está El Reino Infantil, el universo creado por Roberto «Kuky» Pumar, que hoy supera los 240 millones de suscriptores en YouTube y se expandió a la televisión, las plataformas digitales, los videojuegos, los productos licenciados y los espectáculos en vivo. En diálogo con El Argentino, el productor Maximiliano Córdobareconstruyó cómo nació la apuesta teatral, explicó por qué el vínculo con el público sigue siendo el corazón del proyecto y recordó las experiencias que, diez años después, todavía lo emocionan.

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Del éxito en YouTube al teatro: el encuentro que pedían las familias

Cuando La Granja de Zenón se convirtió en un fenómeno en YouTube, el universo de El Reino Infantil ya había trascendido la pantalla. Las canciones, los juguetes, los libros y los peluches acompañaban la vida cotidiana de miles de familias, mientras la comunidad crecía en distintos países. En ese contexto surgió una nueva pregunta: ¿cómo llevar esa experiencia al mundo real?

«Fue una necesidad que surgió del pedido del público en las redes»,recuerda Córdoba.

 «Leader Entertainment trabajamos como una empresa 360. Tratamos siempre de completar un poco más la experiencia. Teníamos algo sin precedentes en plataformas digitales, los juguetes, los libros, los peluches… lo que nos faltaba era el encuentro genuino con el público, poder verlo cara a cara. Querés ver nuestros capítulos y nos tenés en YouTube; querés tener nuestros personajes y vas a las jugueterías más importantes del país; ahora, querés vernos en vivo y conectarte con nosotros, vení a vernos al teatro», comenta.

Con el paso de los años, esa propuesta también fue transformándose. No porque cambiara el público al que apunta -niños de entre uno y seis años-, sino porque el equipo fue aprendiendo qué esperaba la audiencia de cada función. La tecnología, las proyecciones y la puesta en escena evolucionaron, pero el cambio más importante estuvo en la manera de vivir el espectáculo.

«El público ya no quiere ser más un simple espectador, sino que quiere ser parte del show. Eso fue mutando mucho en estos años. Tratamos de encontrar esa comunión entre la música, el texto y la interacción», explica el productor. Para Córdoba, ese intercambio es el que permite que, por un momento, un personaje de dos metros de altura deje de ser un actor disfrazado para convertirse, a los ojos de los chicos, en el verdadero Bartolito o la Vaca Lola.

El vínculo con los chicos, la clave de un fenómeno que cruzó fronteras

Si el teatro nació para acercar los personajes a las familias, la permanencia del fenómeno, cree Córdoba, tiene otra explicación. No habla de estrategias comerciales ni de fórmulas para sostener el éxito. La respuesta, dice, la encontró hace tiempo en una conversación con Roberto «Kuky» Pumar, creador de El Reino Infantil.

«En una charla que tuve con Roberto Pumar le pregunté por qué creía que el fenómeno seguía vigente. Su respuesta fue muy simple, pero a la vez muy profunda: ‘Todos tratan de generar un producto para la familia; yo simplemente creo personajes para los chicos. Están pensados para entretener, acompañar y convertirse en un amigo, en un compañero. Están pensados para ese público, qué es lo que el niño necesita'», recuerda Córdoba.

Esa manera de pensar los contenidos, sostiene, también terminó reflejándose fuera de la Argentina. Lo que comenzó como un fenómeno local hoy tiene elencos que recorren distintos países y funciones que convocan a miles de familias en España y Latinoamérica. Y todavía se sorprende con la respuesta del público: «He estado en los mejores teatros de España y, de repente, empiezan a sonar los clásicos de La Granja de Zenón y ves a mil o tres mil personas cantando sin parar. Esto es un fenómeno».

Las escenas se repiten una y otra vez, sin importar el país. «Veo salir a la Vaca Lola en Manizales, Colombia, y parece que salieran los Rolling Stones. Lo mismo pasa con Bartolito en Bolivia, Perú o Centroamérica». Para Córdoba, esa reacción confirma que la música y los personajes lograron construir un lenguaje común que atraviesa generaciones y fronteras.

“Cuando los veo conectar, siento que todo vale la pena»

Más allá del éxito, Córdoba asegura que lo que más recuerda no son las cifras ni las giras, sino los encuentros con las familias que asisten a cada función de La Granja de Zenón.

Uno de esos recuerdos está ligado a las funciones distendidas, una propuesta que incorporaron para que chicos con diferentes necesidades sensoriales y de apoyo puedan disfrutar del espectáculo. «Me ha pasado de ver a chicos autistas, a chicos con parálisis cerebral, y lo que genera la música en ellos es indescriptible. Se me pone la piel de gallina de ver cómo el cuerpo responde, de ver cómo la música empieza, y tiene que ver con esa cosa maravillosa que tiene la música, que nos une, que nos moviliza el cuerpo, que nos iguala, que nos hace sentir», cuenta el productor.

Momentos como ese son los que, según cuenta, le reafirman por qué eligió dedicarse al teatro. Incluso admite que nunca había experimentado una emoción similar con otro espectáculo. «Esto no me ha pasado nunca con otro personaje, con otro producto. Cuando los veo conectar, siento que todo vale la pena. Que ya marcamos algo en un niño, dos o tres, ya está. Poder darle un ratito de alegría a tantos niños me afirma que fue el camino correcto», confiesa.

Esa idea de encuentro atraviesa toda la propuesta de La Granja de Zenón. Para Córdoba, el objetivo nunca fue solamente montar un espectáculo, sino construir un espacio donde los chicos puedan reencontrarse, año tras año, con personajes que sienten cercanos. «A mí me pasa que cuando era chico era fanático de Los Muppets y de Plaza Sésamo. Lo que tenían de maravilloso, y es lo que busco con mis espectáculos, es que los chicos se lleven que siempre hay un lugar donde nos pueden encontrar. Que el teatro es un lugar de reunión porque siempre nos vamos a poder volver a encontrar. Es mantener viva la ilusión de que nosotros estamos ahí».

“Sentí que pertenecía a ese lugar» 

La manera en que Córdoba habla del teatro también tiene una explicación personal. Mucho antes de convertirse en productor y recorrer escenarios de distintos países, hubo una función que cambió su vida para siempre.

«Yo era un pibe muy tímido. Un día, la empresa para la que trabajaba mi tío regaló entradas para ir a ver Arlequín, servidor de dos patrones, en el Teatro Margarita Xirgu. Yo nunca había ido al teatro, creo que tenía ocho o nueve años, y me enamoré. Sentí que pertenecía a ese lugar, a los olores, a la comunidad, a esa fiesta que iba a suceder. Esa fue mi primera conexión con el teatro», recuerda.

Esa sensación fue el punto de partida de un recorrido que todavía continúa. Primero estudió actuación, aunque pronto entendió que su lugar estaba detrás del escenario. «Empecé a estudiar actuación, me di cuenta de que no era lo mío, pero que yo quería estar ahí«, cuenta el productor de La Granja de Zenón. Poco después consiguió su primera oportunidad como utilero en el Teatro Broadway y empezó a descubrir cada uno de los engranajes que hacen posible una función.

«Lo que más me fascinó del teatro fue que te da la posibilidad de ver demasiadas áreas en conjunto y de todo podés aprender. Fui encontrando mi lugar de alguna manera. Siempre quise hacer producción», afirma. Desde entonces recorrió la Argentina de punta a punta con distintas compañías y más tarde llevó ese trabajo a escenarios de otros países, una experiencia que, asegura, sigue disfrutando como el primer día.

«Me siento muy privilegiado con el recorrido que pude hacer. Siempre trato de no dejar de sorprenderme, que creo que es lo que me hace feliz», dice. Y enseguida vuelve sobre una idea que atravesó toda la charla: la necesidad de escuchar al público y crecer con él: «El teatro también va cambiando. La gente consume cada vez más y hay que darle propuestas mejores, más elaboradas. A mí me interesa hacer productos que te dejen pensando».

Diez años después de llevar a La Granja de Zenón a los escenarios, Córdoba sigue buscando que cada función provoque en otros chicos algo parecido a lo que él sintió aquella primera vez que cruzó la puerta de un teatro: la sensación de haber encontrado un lugar al que siempre vale la pena volver.

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