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Catupecu Machu regresó al Movistar Arena

Con invitados especiales y a corazón abierto, Ruiz Díaz recordó a su hermano.

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Aunque su líder Fernando Ruiz Díaz prefiera hablar de reencarnación en vez de regreso, a partir de la presencia en su formación de algunos nuevos integrantes, Catupecu Machu mostró anoche en el Movistar Arena que ambos conceptos, lejos de presentarse como opuestos, pueden convivir en esta nueva etapa del grupo.

Es que la banda puso en escena la apasionada entrega y destiló la adrenalina que la caracterizó en sus casi tres décadas de existencia, pero a eso le sumó una emotividad que se mantuvo a flor de piel a lo largo de todo el concierto, a partir de la constante evocación al recordado Gabriel Ruiz Díaz, la otra mitad fundadora del grupo, y el orgullo puesto en evidencia por Fernando por su paternidad.

Y aunque es verdad que la formación cuenta con sangre renovada con la inclusión del baterista Julián Gondell y el bajista Charles Noguera, los socios de Fernando en Vanthra, su más reciente proyecto musical; el regreso del histórico Abril Sosa permite establecer un lazo directo con su pasado más glorioso.

En ese contexto, la esencia de Catupecu Machu tomó cuerpo en enérgicas interpretaciones de sus grandes clásicos y se proyectó hacia el futuro, con el estreno de un tema que será parte de un nuevo disco y una agenda que prevé para el resto del año recitales en distintos puntos del país y en ciudades europeas, que dan la pauta que la banda está definitivamente de vuelta.

En poco más de dos horas y media de concierto, con un Fernando Ruiz Díaz locuaz y sobreexcitado como siempre, pero además emocionado como nunca, el grupo cargó de electricidad el ambiente a fuerza de distorsión y alto volumen.

Así fueron desfilando, con distintas intensidades, una veintena de grandes éxitos que provocaron una acalorada respuesta del público, que no paró de cantar, saltar en las plateas y hacer pogo en el sector del campo.

La banda contó además con algunos invitados de lujo, como Lisandro Aristimuño, Fabián “Zorrito” Von Quintiero, el violinista Javier Casalla, Lula Bertoldi, Barbarita Palacios y Ana Durañona.

En tanto que, a medida que iba avanzando el concierto, el líder del grupo fue derribando la “cuarta pared”, contando entretelones de la preparación del show, revelando que horas antes había estado con fiebre y no había podido ensayar, haciendo partícipes a los presentes de su día a día como padre de Lila, su hija de diez años, o evocando a su hermano fallecido en 2021, luego de estar postrado desde 2006 por un accidente automovilístico.

Incluso, el show, que había iniciado con una precisión de relojería, se fue descontracturando a medida que se acercaba el final, hasta desembocar en un relajado cierre, con interrupciones en medio de las canciones en pos de ser partícipes de lo que ocurría debajo del escenario.

Sin embargo, la indiscutible potencia y la pericia de la banda no corrió peligro en ningún momento, en un terreno en donde Fernando hizo tronar su guitarra, con una buena combinación en iguales dosis de riffs y punteos; Charles Noguera abordando el bajo desde un excelso concepto guitarrístico; y Abril Sosa y Julián Gondell a dos baterías, que podían ir en sincronía o combinarse para crear una mayor densidad sonora.

A pesar de ello, hubo rotación de instrumentos en varios pasajes y tanto Abril, como Noguera y Gondell tocaron la guitarra, así como Fernando se hizo cargo del bajo.

Sin grandes preámbulos, el cuarteto puso en marcha el concierto con una potente batería de canciones conformadas por “Óxido en el aire”, la celebrada “Y lo que quiero es que pises sin el suelo”, “Perfectos cromosomas”, “Secretos pasadizos” y “Plan B”.“Gracias por estar siempre, mis amores”, vociferó el líder en medio de las interpretaciones, del mismo modo que gritó el nombre de su hermano en varias ocasiones, lo cual arrancó más ovaciones.

Todo esto sucedía en medio de un torbellino de luces, que se combinaban con cuatro paneles en el rol de modernas pantallas de fondo, las cuales contrastaban con unas bucólicas cañas de bambú ubicadas a los costados del escenario.

Sin perder la fuerza sonora, “Grandes esperanzas” y “Puedes” bajaron un poco el tempo, al igual que “En los sueños”, que sin embargo presentó una densidad abrumadora.Con el violín de Javier Casalla y las voces de Lula Bertoldi, Barbarita Palacios y Ana Durañona, como invitados, “Musas” abrió un bloque acústico que tuvo como protagonista excluyente a Fernando.

Solo con su guitarra acústica, aunque –fiel a su estilo- con un efecto de distorsión, el líder aprovechó este pasaje para empezar a abrir las puertas de su intimidad; entonces, su hija Lila, los recuerdos en torno a su hermano Gabriel y la fiebre padecida días antes del show comenzaron a ser temas fundamentales de sus alocuciones.

En ese contexto, estrenó “Primer movimiento”, una canción que avisó que será parte de un futuro disco del grupo, en una versión casi fogonera; y en la misma tesitura desempolvó “Cuadro dentro de cuadros”.El cierre de este pasaje sumó a Abril Sosa en guitarra eléctrica para recrear “Entero o a pedazos”.

Una falla en el efecto que debía sonar en el instrumento de su compañero, obligó a parar la canción para su resolución. “Esto es Catupecu, no es una película guionada”, justificó Fernando la movida.

Pero también volvió a abrir su corazón en ese instante, primero al incorporar al hijo de su compañero a las frases dedicadas a su propia hija Lila, y luego al lanzar una confesión, que fue tanto un gesto de amor hacia su coequiper, como una revelación sobre este reencuentro: “Lo más cercano que tengo a estar con Gaby es estar con Abril Sosa.

Todo esto pasa porque él me llamó, así que un fuerte aplauso a él”.“Hechizo”, el cover de los españoles “Héroes del Silencio”, devolvió el alto voltaje con la banda a pleno en el escenario, aunque con Julián Gondell en el rol de guitarrista, el cual mantendría también en “Origen extremo”.

En “Confusión” regresó el formato de dos baterías, pero Fernando Ruiz Díaz y Charles Noguera intercambiaron instrumentos y permanecieron así hasta “Acaba el fin”, en una inequívoca incursión en el rock pesado.“Los dejo con estas dos bestias humanas que tocan la batería”, dijo el líder dando paso a un soberbio solo en bloque de Abril Sosa y Julián Gondell.

“Tocar con estos dos bateristas es un afano, ¿no?”, redundó Fernando cuando finalizaron.El tramo final fue a puro hit y plena energía con “Eso vive”, “Metrópolis nueva”, “A veces vuelvo” con el público como única voz protagonista en su inicio, y «Magia veneno» con «El Zorrito» en el bajo y Lisandro Aristimuño en guitarra, como invitados.

Para el cierre con “Dale” definitivamente se abandonaron las formas y la versión se extendió por demás, con interrupciones en el medio para arengar al público y los dos bateristas lanzándose a la multitud. Quedaba todavía “Le di sol” para el cierre definitivo.Catupecu Machu seguirá el 30 de junio y 1 de julio en el Club Paraguay de Córdoba, el 7 de julio en la Sala de las Artes de Rosario, y en octubre en Berlín, Barcelona, Valencia y Madrid con la «reencarnación» iniciada el año pasado en el Quilmes Rock. O el regreso, según cómo se lo mire.

Entretenimiento

La Granja de Zenón cumple 10 años: «Cuando veo conectar a los chicos con los personajes, siento que todo vale la pena»

En diálogo con El Argentino, el productor Maximiliano Córdoba reconstruye la historia de La Granja de Zenón y explica por qué el fenómeno sigue vigente diez años después. Además, comparte las experiencias que más lo marcaron junto al público y recuerda la casualidad que terminó llevándolo al universo del teatro.

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La Granja de Zenón celebra diez años sobre los escenarios con una nueva temporada de En busca del arcoíris, el espectáculo que forma parte de la cartelera de vacaciones de invierno y permanecerá en el Teatro Astral hasta el 2 de agosto. Lo que comenzó como una propuesta para llevar al teatro a los personajes que millones de chicos ya seguían en YouTube terminó convirtiéndose en uno de los fenómenos del entretenimiento infantil más importantes del mundo hispanohablante.

Detrás de ese recorrido está El Reino Infantil, el universo creado por Roberto «Kuky» Pumar, que hoy supera los 240 millones de suscriptores en YouTube y se expandió a la televisión, las plataformas digitales, los videojuegos, los productos licenciados y los espectáculos en vivo. En diálogo con El Argentino, el productor Maximiliano Córdobareconstruyó cómo nació la apuesta teatral, explicó por qué el vínculo con el público sigue siendo el corazón del proyecto y recordó las experiencias que, diez años después, todavía lo emocionan.

Entradas en Plateanet

Del éxito en YouTube al teatro: el encuentro que pedían las familias

Cuando La Granja de Zenón se convirtió en un fenómeno en YouTube, el universo de El Reino Infantil ya había trascendido la pantalla. Las canciones, los juguetes, los libros y los peluches acompañaban la vida cotidiana de miles de familias, mientras la comunidad crecía en distintos países. En ese contexto surgió una nueva pregunta: ¿cómo llevar esa experiencia al mundo real?

«Fue una necesidad que surgió del pedido del público en las redes»,recuerda Córdoba.

 «Leader Entertainment trabajamos como una empresa 360. Tratamos siempre de completar un poco más la experiencia. Teníamos algo sin precedentes en plataformas digitales, los juguetes, los libros, los peluches… lo que nos faltaba era el encuentro genuino con el público, poder verlo cara a cara. Querés ver nuestros capítulos y nos tenés en YouTube; querés tener nuestros personajes y vas a las jugueterías más importantes del país; ahora, querés vernos en vivo y conectarte con nosotros, vení a vernos al teatro», comenta.

Con el paso de los años, esa propuesta también fue transformándose. No porque cambiara el público al que apunta -niños de entre uno y seis años-, sino porque el equipo fue aprendiendo qué esperaba la audiencia de cada función. La tecnología, las proyecciones y la puesta en escena evolucionaron, pero el cambio más importante estuvo en la manera de vivir el espectáculo.

«El público ya no quiere ser más un simple espectador, sino que quiere ser parte del show. Eso fue mutando mucho en estos años. Tratamos de encontrar esa comunión entre la música, el texto y la interacción», explica el productor. Para Córdoba, ese intercambio es el que permite que, por un momento, un personaje de dos metros de altura deje de ser un actor disfrazado para convertirse, a los ojos de los chicos, en el verdadero Bartolito o la Vaca Lola.

El vínculo con los chicos, la clave de un fenómeno que cruzó fronteras

Si el teatro nació para acercar los personajes a las familias, la permanencia del fenómeno, cree Córdoba, tiene otra explicación. No habla de estrategias comerciales ni de fórmulas para sostener el éxito. La respuesta, dice, la encontró hace tiempo en una conversación con Roberto «Kuky» Pumar, creador de El Reino Infantil.

«En una charla que tuve con Roberto Pumar le pregunté por qué creía que el fenómeno seguía vigente. Su respuesta fue muy simple, pero a la vez muy profunda: ‘Todos tratan de generar un producto para la familia; yo simplemente creo personajes para los chicos. Están pensados para entretener, acompañar y convertirse en un amigo, en un compañero. Están pensados para ese público, qué es lo que el niño necesita'», recuerda Córdoba.

Esa manera de pensar los contenidos, sostiene, también terminó reflejándose fuera de la Argentina. Lo que comenzó como un fenómeno local hoy tiene elencos que recorren distintos países y funciones que convocan a miles de familias en España y Latinoamérica. Y todavía se sorprende con la respuesta del público: «He estado en los mejores teatros de España y, de repente, empiezan a sonar los clásicos de La Granja de Zenón y ves a mil o tres mil personas cantando sin parar. Esto es un fenómeno».

Las escenas se repiten una y otra vez, sin importar el país. «Veo salir a la Vaca Lola en Manizales, Colombia, y parece que salieran los Rolling Stones. Lo mismo pasa con Bartolito en Bolivia, Perú o Centroamérica». Para Córdoba, esa reacción confirma que la música y los personajes lograron construir un lenguaje común que atraviesa generaciones y fronteras.

“Cuando los veo conectar, siento que todo vale la pena»

Más allá del éxito, Córdoba asegura que lo que más recuerda no son las cifras ni las giras, sino los encuentros con las familias que asisten a cada función de La Granja de Zenón.

Uno de esos recuerdos está ligado a las funciones distendidas, una propuesta que incorporaron para que chicos con diferentes necesidades sensoriales y de apoyo puedan disfrutar del espectáculo. «Me ha pasado de ver a chicos autistas, a chicos con parálisis cerebral, y lo que genera la música en ellos es indescriptible. Se me pone la piel de gallina de ver cómo el cuerpo responde, de ver cómo la música empieza, y tiene que ver con esa cosa maravillosa que tiene la música, que nos une, que nos moviliza el cuerpo, que nos iguala, que nos hace sentir», cuenta el productor.

Momentos como ese son los que, según cuenta, le reafirman por qué eligió dedicarse al teatro. Incluso admite que nunca había experimentado una emoción similar con otro espectáculo. «Esto no me ha pasado nunca con otro personaje, con otro producto. Cuando los veo conectar, siento que todo vale la pena. Que ya marcamos algo en un niño, dos o tres, ya está. Poder darle un ratito de alegría a tantos niños me afirma que fue el camino correcto», confiesa.

Esa idea de encuentro atraviesa toda la propuesta de La Granja de Zenón. Para Córdoba, el objetivo nunca fue solamente montar un espectáculo, sino construir un espacio donde los chicos puedan reencontrarse, año tras año, con personajes que sienten cercanos. «A mí me pasa que cuando era chico era fanático de Los Muppets y de Plaza Sésamo. Lo que tenían de maravilloso, y es lo que busco con mis espectáculos, es que los chicos se lleven que siempre hay un lugar donde nos pueden encontrar. Que el teatro es un lugar de reunión porque siempre nos vamos a poder volver a encontrar. Es mantener viva la ilusión de que nosotros estamos ahí».

“Sentí que pertenecía a ese lugar» 

La manera en que Córdoba habla del teatro también tiene una explicación personal. Mucho antes de convertirse en productor y recorrer escenarios de distintos países, hubo una función que cambió su vida para siempre.

«Yo era un pibe muy tímido. Un día, la empresa para la que trabajaba mi tío regaló entradas para ir a ver Arlequín, servidor de dos patrones, en el Teatro Margarita Xirgu. Yo nunca había ido al teatro, creo que tenía ocho o nueve años, y me enamoré. Sentí que pertenecía a ese lugar, a los olores, a la comunidad, a esa fiesta que iba a suceder. Esa fue mi primera conexión con el teatro», recuerda.

Esa sensación fue el punto de partida de un recorrido que todavía continúa. Primero estudió actuación, aunque pronto entendió que su lugar estaba detrás del escenario. «Empecé a estudiar actuación, me di cuenta de que no era lo mío, pero que yo quería estar ahí«, cuenta el productor de La Granja de Zenón. Poco después consiguió su primera oportunidad como utilero en el Teatro Broadway y empezó a descubrir cada uno de los engranajes que hacen posible una función.

«Lo que más me fascinó del teatro fue que te da la posibilidad de ver demasiadas áreas en conjunto y de todo podés aprender. Fui encontrando mi lugar de alguna manera. Siempre quise hacer producción», afirma. Desde entonces recorrió la Argentina de punta a punta con distintas compañías y más tarde llevó ese trabajo a escenarios de otros países, una experiencia que, asegura, sigue disfrutando como el primer día.

«Me siento muy privilegiado con el recorrido que pude hacer. Siempre trato de no dejar de sorprenderme, que creo que es lo que me hace feliz», dice. Y enseguida vuelve sobre una idea que atravesó toda la charla: la necesidad de escuchar al público y crecer con él: «El teatro también va cambiando. La gente consume cada vez más y hay que darle propuestas mejores, más elaboradas. A mí me interesa hacer productos que te dejen pensando».

Diez años después de llevar a La Granja de Zenón a los escenarios, Córdoba sigue buscando que cada función provoque en otros chicos algo parecido a lo que él sintió aquella primera vez que cruzó la puerta de un teatro: la sensación de haber encontrado un lugar al que siempre vale la pena volver.

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