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Opinión

La prima Vera

Por Manu Campi.

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Se hundía en su habitación en las afueras de Santiago del Estero bajo la obligación familiar de salir adelante. Un recorte amarillento, clavado con una chinche sobre el marco de la ventana que daba al fondo, más allá del gallinero, el viejo tractor y la tierra que cortaba, seca y caprichosa el horizonte, tenía de pie al Obelisco. Buenos Aires era el murmullo a través de una foto, la radio, la llegada del circo en veranos y las anécdotas familiares; una porción librada a la imaginación que tienen los que sueñan con las urbes importantes. Los estudios secundarios lo llevaron a la ciudad provincial. Volvía a fin de año para la familia y Verónica. Un año mayor, la última vez que la vio en Santiago hablaron, mientras tendían el mantel a la sombra de la hilera de lapachos, de un mismo destino. La señora de las capitales del sur excedió la chinche, ella medicina y él leyes.

El último año, entre preparativos y advertencias, la prima quedó por fuera de la ecuación. En una ceremonia única su padre, con los ojos húmedos, sacó los doscientos cuarenta pesos que escondía adentro del placar en una vieja caja de habanos. Juntó el futuro peso a peso cada vez que negó un juguete, una pelota, un helado y alguna navidad. Ahora entregaba en mano el destino genealógico corrigiendo parquedades, distancias y cintazos. El tipo que salía cuando clareaba y volvía con las primeras sombras, cumplía sus años de trabajo en el monte.

Hernán llegó en enero a una pensión para estudiantes sobre Marcelo T. de Alvear. Completó los trámites universitarios y empezó a cursar. Ordenó sus cosas entre paseos peatonales y libros de oferta sobre avenida Corrientes. En alguna llamada a casa preguntó por ella. Su madre prometió para un teléfono o una dirección. Desde la recepción de la pensión la llamó algunas veces sin encontrar respuesta. Cosa de horarios y desencuentros. Pasaron las semanas y, antes de los primeros parciales, escuchó su voz al otro lado del teléfono. Aquella tarde llamó sin ganas, como una costumbre vieja sobre algo que no funciona. Llamó porque sí, después de un día largo.

—No puedo hablar ahora, yo te llamo, Hernán —dijo seca como la tierra de la ventana, mientras la oración iba cortando el aire antes de colgar el teléfono.

Se quedó con la bocina en la mano. Cierto ritmo le ganaba de mano y hace días que la ciudad lo tenía a contramano. El barullo, la mugre y una luminosidad constante que no conseguía quitarse de encima fueron haciendo los días difíciles. Salía a las siete de la mañana a un mundo que parecía no haber dejado de funcionar durante la noche y se cargaba de algo que lo acompañaba durante todo el día. Volvió a sentirse un extraño, pero ya sin la efervescencia de cuando bajó del ómnibus mediando enero. Quizás ella también sentía que el sueño citadino no era más que la foto y que él era, únicamente, tosca, tractor y gallinero.

Sin mostrar más que una duda familiar lógica, preguntó en casa si sabían algo de la prima y encontró que su madre hablaba por dos familias. Los tíos chochos con Vera y medicina, y ellos anchos por el futuro abogado. Por qué entonces tan cortante si habían jurado que la Ciudad no sería tan terrible si estaban en contacto. Ahora la necesitaba porque no se hallaba, más que por la ilusión hormonal de la única mujer a la que había tenido a mano con un simple beso a los trece o catorce años. Si los tíos —pensó— decían que le nena estaba de lo más bien, su falta de contacto se debía a que para sacarse el exilio de encima y le resultaba más fácil estar con gente de la Capital. Supuso que verlo solo le recordaba lo lejos que estaba de casa. Intentó ponerse en sus zapatos, pero por qué la distancia y no alguna excusa más amable.

Es cierto, además, que a él tampoco le sobraba demasiado tiempo y tampoco quería que viera la versión de alguien que aun no pertenece al lugar donde habita. Se los imaginaba juntos mezclados entre la gente, saliendo de las grandes salas de cine de las que hablaban de chicos cuando, en medio del arroyo donde buscaban anguilas, ella le preguntaba por qué no dejaba que nadie toque la foto del obelisco. Él se enfurecía cuando lo cargaba con que en la Capital eran tan tontos que le hacían un monumento a un lápiz en el medio de una avenida. Pero el berrinche duraba hasta que la veía reír boca arriba, acostada en el pasto, masticando el tallo de un yuyo.

Los meses corrían prolijos y volvió a probar con un último golpe de teléfono. —Hola, primo, cómo estás, no es un buen momento —dijo Vera con vos de fastidio.—¿Vera, estás bien? ¿Necesitas algo? — se apuró a contestar sin mostrar que el necesitado era él y escuchó el corte de teléfono, ahora más brusco, al otro lado del tubo.

Desconcertado, decidió dar por terminada la sospechosa distancia. Algo de sinsentido había en la voz de Vera, un vacío, un espacio intangible en donde lo desconocía por completo. A principios de septiembre estaba mirando el tercer piso del encumbrado edificio de la calle Viamonte. Puerta de dos hojas, balcones franceses, zaguán de mármol y una señora con cofia y delantal con puntillas que salía con el carro de hacer los mandados por la puerta de servicio. La dirección no podría ser aquella. No había manera de que el tío Ramón pague por una residencia así. Leyó otra vez el papel donde había anotado la dirección que le había pasado su madre. No había error, pero quizás Vera estuviera trabajando ahí. Sabía que muchos consultorios médicos eran privados que atendían en departamentos y se acercó a hablar con el encargado.

El hombre no pasaba los sesenta años y el overol le hacía juego con la franela que estaba usando, hasta que él lo interrumpió, para darle brillo al portero eléctrico. Le dijo que era el primo de la del tercero y le contó un poco la historia. Quería sorprenderla con las facturas que tenía en la mano y que, si aquel hombre prestase atención escucharía, desde el zaguán, los gritos de alegría ni bien abriese la puerta. El hombre de overol marrón lo miro de arriba abajo y pareció ver en él un destino común. Tal vez aquel hombre también había llegado en otro tiempo con sueños similares y, ahora, entrado en años, pasaba los días entre el lustre del bronce y el orden de los impuestos sobre el mostrador; la ciudad parecía haberlo amancebado.

—Pase usted, no sé si la señorita se encuentra — murmuró mientras acomodaba la franela en un bolsillo trasero.

Se desabrochó el botón el segundo botón del cuello de la camisa en el espejo del ascensor respirando profundo. Golpeó el departamento “C”, ansioso y bien vestido. —Soy yo, prima —, respondió ni bien la escuchó preguntar tímidamente quién estaba al otro lado de la puerta. Llevaba puesto un desabillé de raso, color crema. Lo miró con sorpresa y disgusto.

—Qué hacés acá, te dije que te llamaba yo —, le dijo, algo indignada, ni bien lo vio.

No había en Vera un gesto que la defina y, como si fuera un tipo lejano del que se tiene un recuerdo indeseable, pero vago, se negó a dejarlo entrar escondiendo casi por completo el cuerpo a medida que entornaba la puerta. De pie, con media docena de medialunas en la mano, estuvo a punto de contestarle. De la habitación contigua se escuchó toser a un hombre.

—Quién es? —, preguntó Hernán.

—Claudio, mi novio, es médico, por él me vine a Buenos Aires, no vayas a decir nada. Te dije que yo te hablaba, entrometido.

Pasmado, se encontró quitándose la camisa a cuadros al borde de la cama de la pensión. Los días siguientes faltó a clases. Como en cualquier gran ciudad, la ausencia de un muchacho de poca palabra pasó desapercibida en la facultad y en la pensión. La policía lo encontró colgado de un Ombú en el Rosedal de Palermo el veintiuno de noviembre. Los diarios recogieron el guante y el caso duró lo que duran las páginas policiales. La historia niega de plano qué pasó con la prima trigueña. Más que el llanto de su madre y el silencio de su padre en el monte, su muerte se fue así como vino. En el Rosedal, vive un sollozo debajo de las glorietas al lado del lago. Todos los años, haciendo honor a la fatídica fecha, una marea de estudiantes se acerca a Palermo sin saber que beben en nombre de un fulano que dejó su vida por el amor no correspondido de su primavera. Sin embargo, y arriesgando un poco, la gente grande dice que de aquel llanto nacieron las primeras alergias.

Elecciones

¿Qué significa ser leales?: el pueblo vuelve a salir a buscar su propia historia

A 81 años de la jornada que parió al peronismo, el Día de la Lealtad llega con Cristina presa, un Gobierno que desprecia al Congreso y a la Justicia, y un feminismo que eligió la Ciudad de Buenos Aires para su Encuentro de 2027. La lealtad hoy tiene un nombre: organizarse para que Milei pierda.

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El 17 de octubre de 1945, miles de trabajadores y trabajadoras cruzaron el Riachuelo, se lavaron los pies en las fuentes de la Plaza de Mayo y torcieron el rumbo de un país que hasta entonces decidía sin ellos.

No esperaron que nadie les concediera nada. Ese día el pueblo dejó de esperar y salió a buscar su propia historia. Ochenta y un años después, la fecha vuelve a interpelarnos con una pregunta urgente: qué significa ser leales cuando la democracia, los derechos y la propia identidad popular están bajo ataque.

Este Día de la Lealtad no es uno más. Llega con Cristina Fernández de Kirchner, dos veces presidenta de la Nación, cumpliendo prisión domiciliaria tras una condena que representa el fruto más acabado del lawfare de Comodoro Py; con un Gobierno nacional que gobierna por decreto y desprecia la división de poderes; y a menos de un año de unas elecciones presidenciales que definirán si la Argentina sigue por el camino del ajuste, el odio y la crueldad, o si recupera un horizonte de justicia social.

Una lealtad que se conjuga en presente

Este sábado, en el Polideportivo Juan Domingo Perón de González Catán, en La Matanza, el gobernador bonaerense Axel Kicillof encabezó el acto central del PJ provincial junto a la vicegobernadora Verónica Magario y el intendente Fernando Espinoza. “Acá estamos, querían callarnos y acá estamos, recordando a Evita y Perón en La Matanza, que es la capital del peronismo”, dijo ante la multitud.

El gobernador recordó que aquella gesta “le dio voz a los que no tenían voz, les dio derechos y participación política a los que estaban marginados y excluidos”, sostuvo que Cristina “está injustamente presa por defender nuestras banderas” y planteó el desafío que atraviesa a todo el campo popular: “La lealtad con el pueblo es construir una alternativa que el año que viene termine con esta pesadilla que nos gobierna”. También dejó una definición que debería ordenar el debate de los próximos meses: “Sin justicia social no hay libertad verdadera: hay privilegios, hay explotación y desigualdad. Eso no es libertad”.

Un Gobierno que no respeta la democracia

Desde el primer día, Javier Milei eligió gobernar contra las instituciones. Inauguró su gestión con el DNU 70/2023, un megadecreto que pretendió derogar y modificar centenares de normas sin pasar por el Congreso.

Intentó designar por decreto a dos jueces de la Corte Suprema, Ariel Lijo y Manuel García Mansilla, salteando el acuerdo del Senado, que finalmente rechazó ambos pliegos en abril de 2025.

Vetó la ley de financiamiento universitario y la emergencia en discapacidad, y obligó al Poder Legislativo a insistir con dos tercios para defender lo que la sociedad ya había defendido en las calles.

Llamó al Congreso “nido de ratas” y llegó a decir que “no odiamos lo suficiente a los periodistas”.

No se trata de exabruptos aislados, sino de un método: degradar a los otros poderes para concentrar el poder en uno solo. Cuando un presidente trata al Parlamento como un estorbo, a la Justicia como una herramienta y a la prensa crítica como un enemigo, lo que está en juego no es una gestión de gobierno, sino la propia arquitectura republicana que tanto dicen defender quienes lo votaron por odio al peronismo.

El odio como herramienta, el antiperonismo como tradición

El antiperonismo no nació con Milei. Tiene una genealogía sangrienta: el bombardeo a la Plaza de Mayo en junio de 1955, el golpe de septiembre de ese año, el decreto 4161 de 1956 que prohibió siquiera pronunciar el nombre de Perón y dieciocho años de proscripción del movimiento mayoritario del país. Cada vez que las élites no pudieron derrotar al peronismo en las urnas, intentaron borrarlo por la fuerza, por decreto o por los tribunales.

Lo nuevo es la escala y el tono. El discurso libertario convirtió el odio en política de Estado: contra los “kukas”, contra los “zurdos”, contra las feministas, contra la diversidad, contra los trabajadores estatales y los jubilados que reclaman. Ese clima no es inocuo. En septiembre de 2022, Cristina sobrevivió a un intento de asesinato frente a su casa, porque el arma no se disparó. Las palabras que deshumanizan preparan el terreno para la violencia que mata, y una democracia que naturaliza el odio termina pagando ese precio.

Las mujeres y disidencias van al centro del poder

Hace apenas cinco días, el 12 de octubre, terminó en Córdoba el 39° Encuentro Plurinacional de Mujeres, Lesbianas, Travestis, Trans, Bisexuales, Intersexuales y No Binaries, con más de 150.000 participantes y un centenar de talleres. En el acto de cierre, por decisión unánime, la Ciudad Autónoma de Buenos Aires fue elegida como sede del 40° Encuentro en 2027. No es un dato menor: el primer Encuentro Nacional de Mujeres se realizó en esa misma ciudad en 1986. Cuatro décadas después, el feminismo vuelve al lugar donde nació, en pleno año electoral, para hacerse oír frente a la Casa Rosada.

La ministra de Mujeres bonaerense, Estela Díaz, lo resumió así: “Es una demostración de que se puede convivir en un espacio con sectores con los que se tienen muchísimas diferencias, construyendo una fuerza para confrontar electoralmente en el 2027”. Esa es exactamente la lección que el campo popular necesita aprender: la unidad en la diversidad no es una consigna, es una condición para ganar.

Las razones para movilizarse sobran. Este Gobierno desmanteló el Ministerio de las Mujeres, Géneros y Diversidad, su ministro de Justicia anunció la intención de eliminar la figura de femicidio del Código Penal y el propio Presidente utilizó el escenario de Davos para atacar al feminismo y a la diversidad, lo que provocó la masiva Marcha Federal Antifascista y Antirracista de febrero de 2025. Para nosotras, el ajuste no es una abstracción macroeconómica: es menos asistencia a víctimas de violencia, menos políticas de cuidado y más trabajo no remunerado sobre las mismas espaldas.

Evita lo entendió antes que nadie. Fue ella quien impulsó el voto femenino en 1947 y organizó a las mujeres como sujeto político con voz propia. El feminismo popular argentino, del Ni Una Menos a la Marea Verde, es heredero de esa tradición. No hay 17 de Octubre sin las mujeres en la Plaza.

2027: la lealtad es organizarse

Decirlo con claridad no es una provocación, es una responsabilidad democrática: Milei tiene que perder en 2027. No por revancha, sino porque un proyecto que desprecia la división de poderes, persigue a opositores, insulta a periodistas, ajusta sobre jubilados, universidades y personas con discapacidad, y convierte el odio en programa de gobierno es incompatible con la Argentina que soñaron quienes se movilizaron aquel 17 de octubre.

Pero la derrota del proyecto libertario no vendrá sola. Exige un peronismo que deje atrás sus internas, que escuche a los movimientos sociales, a los sindicatos, a las juventudes y al feminismo, y que vuelva a ofrecer un horizonte de futuro y no solo una defensa del pasado. La lealtad no es nostalgia: es la decisión colectiva de no volver a esperar que otros escriban nuestra historia. Como en 1945, el pueblo tendrá que salir a buscarla.

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