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Los zapatos: el cuento de andar caminando
El zapatero lleva consigo una nobleza innegable. Prácticamente extinto, supo tener en sus manos uno de los oficios más antiguos de la historia.
Por Manu Campi | @manucampimaier
Por razones incuestionables entre homínidos y Homo erectus, caminar erguidos se ha convertido en los últimos seis millones de años en un hecho incuestionable. Tal es así, que solo basta con mirarse a uno mismo para dar cuenta de ello.
Con el andar se volvió imprescindible evitar, a falta de pincitas de depilar, sencilleces tales como clavarse una astilla. Por razones que escapan a la incredulidad, lastimarse las plantas de los pies a medida que esta se sensibilizaba es, fue y será, de lo más inoportuno. Cubrirse los mismos es parte de la memoria genética de quienes quieran o necesiten tener una vida relativamente saludable.
Sandalias, chinelas, botas, zapatos, zapatillas y ojotas son, como una verdad absoluta, parte vital de nuestra evolución. Si se pretende a la misma como un desprendimiento de la curiosidad, calzarse todas las mañanas es un hecho bastante más amplio que el de atarse los cordones y ganar la calle.
El primer par de zapatos que se conoce corresponde a un par talle 37, encontrados en prefecto estado, en una cueva armenia hace aproximadamente 5.500 años. En otra, pero hace 15.000, pinturas rupestres aluden a hombres con los pies cubiertos. Lo cierto, y a ciencia cierta, es que era bastante más probable –y seguro– que andar de cueva en cueva, con los zapatos puestos, resultara algo más común de lo que hasta ahora se pensaba, allá por la edad de las cavernas.
La prehistoria complejiza el estudio de los pequeños detalles, del día a día, mientras que la antigüedad ostenta cierta prolijidad en cuanto a los dos o tres milenos antes del primer llanto del famoso carpintero.
Así las cosas, el zapato tomó lógica distancia de transcendentalismos heredados como la rueda, la escritura o el fuego. Estos aparecen, por obligación o capricho, en civilizaciones sin contacto entre sí, fuere por geografías dispares, o temporalidades cronológicas.
La primitiva sandalia –en forma de la ojota actual– fue el primer calzado de uso más o menos común en la cuna de las civilizaciones mesopotámicas.
Se entiende –detalle que no contempla la arqueología aceptada– que su diseño atiende un mismo y compartido concepto climático más que a cualquier otra cosa. Sobre este punto cabe aclarar que estas civilizaciones concuerdan sobre la misma particularidad: ninguna pintura, escultura u obra de arte, proponen a los antiguos con sweaters.
La cuna civilizatoria de la Antigua Mesopotamia toma nota sobre un progreso en el cual los zapatos no están para nada exentos, como si el movimiento de la conformación social atendiera sin miramientos la importancia de andar calzados.
Entre la decadencia del Imperio Asirio, la expansión acadia y la falta de ternura de Sargón el Grande, fueron los zapateros quienes forjaron, innovaciones mediante, el mapa geopolítico de aquel entonces. Y, como quien se sacrifica por un bien mayor sin esperar otra cosa que el próximo encargo, la historia propuso a aquellos artesanos en el más absoluto anonimato.
No fue otro más que el pueblo hitita (Anatolia s XII – VII a. C.), los que portaron en andas el dote de “zapateros de la historia antigua”, diferenciando el pie izquierdo del derecho.
Si donde hay una necesidad habita un derecho, los hititas calvaron –tachuela de hierro mediante– el primer pedazo de madera sobre la suela, consiguiendo así sujetar el pie del jinete dentro de los estribos.
El zapato empieza a tomar forma y, sin detenerse en demasía en cuanto sus formas, el hombre antes de ser caballero, ya andaba seguro montado sobre los alazanes. Quizás, la expansión de los imperios subsiguientes no solo responda a codicias, gallardías, dimes y diretes, sino que además estuvieron sujetos al propósito de un sencillo zapatero hitita.
Cubrirse los pies se planteó desde entonces como un derecho y estos, como tales, también estuvieron hermanados –y nótese la similitud a los tiempos que corren– a determinados sectores. Sin embargo, terminaron por convertirse en una necesidad de uso común en lo que canta un gallo, más temprano que tarde.
La península de Anatolia –actual Turquía– se debate entre el mar Egeo, el Negro y el Mediterráneo; micénicos, minoicos y griegos, comparten un tiempo que apremia, aun desconociendo sus propios apuros.
Roma recoge el guante. Aureliano empera allá por el 270 a. C., haciendo propio el estilismo de llevar puestos zapatos rojos –solo reservado a las cortesanas–, costumbre que derivó en los típicos calzados colorados de los Sumos Pontífices.
El Imperio Bizantino se mira los pies con zapatos cerrados y chinelas marrones oscuras o negras. La Edad Media, esa mocosa monárquica, feudal y caprichosa, supo dejar de lado todo tipo de civismos y coherencias, enterrando en el patio del fondo buena parte de la historia conocida.
Este milenio, plagado de absurdos, se balanceo entre angevinos, normandos, capetianos y borbones donde, a rienda suelta, metió la cola el niño compartido de las casas reales: el derroche.
Contra toda lógica, y sentido de la practicidad, impera el zapato en punta curva y a ver quien la tiene más larga. Tan exagerada la misma que, mientras más se extendía, más pudientes sus portadores. ¿Les suena? A tal punto que resultaba imposible caminar, lo cual dispuso –antes de tenerla chiquita y con puntas de hasta medio metro– atar una cadenita desde la misma hasta la rodilla.
Con todo, la Edad Media se extingue como una vela que se entrega al alba. Las plataformas se ponen de moda –entre las mujeres y de hasta veinte cm de altura– en Florencia y Venecia, como una especie de augurio renacentista.
Volviendo a lo imposible, caminar sobre este zapato requirió del apoyo de un galán o de una sirvienta, evitando frondosas caídas de jeta.
Hay un paralelismo histórico que no se puede dejar de lado: quienes hayan estrenado un zapato de cuero entienden esta incomodidad –ampollas mediante– como una tortura heredada. No existía entonces la idea del zapato a medida, motivo por el cual que tamaña tarea estaba relegada a los criados. Además, existía la idea de que estrenar algo nuevo era cosa plebeya y de mal gusto.
Volviendo al tacón hitita, pero ya durante el renacimiento en donde los lodazales urbanos eran moneda corriente, hacen posible que los primeros zuecos, se posen sobre la tierra.
“El tacón influyó en la forma de andar y transformó las costumbres de vestir en el renacimiento porque modificaba la disposición del cuerpo, lo realzaba”.
El taco alto estiliza e incómoda durante un barroco que, de preferencia por las curvas, propone realzar el busto entre las mujeres y darle altura a quien fuese petiso. Las damas tuvieron que inclinar el cuerpo hacia atrás para que, una vez más, no corran con la suerte de caer de trompa al piso como describe en sus memorias el conde de Vauban (1633).
Un tal Luis XIV, el Rey Sol o Luis el Grande, pero de metro sesenta, añadía centímetros a su tacón y, sus cortesanos en un intento de imitarlo, para no ofenderlo –asunto delicado– hacían lo mismo. Este artilugio dejaba al rey siempre bajito y este puso de pura casualidad, de moda el bastón de mano.
Si bien La Revolución Francesa puso punto final a costumbres deplorables como el incómodo tacón o la peluca empolvada, este no tardaría en resurgir de sus propias cenizas como el ave fénix. El tacón alto empezó entonces a ser patrimonio exclusivo de las mujeres hasta nuestros días.
Con parte del cuento en un bolsillo, los zapatos sufrieron todo tipo de curiosidades.
Los reyes orientales dejaban sus zapatos en el trono para que sean estos quienes dispongan de la justicia. Tales bretes se resolvían antes las impasibles prendas que, de quedar inmóviles, la sentencia era del todo justa. Desde la antigüedad se regalan un par de zapatos como sinónimo de armonía.
La Biblia pone al zapato como insignia de legítima propiedad a quien un bien adquiere.
Quien anda con un solo zapato es quien desgracia acarrea, igual que quien pierde uno mientras camina o baja una escalera.
En las navidades es visiblemente costumbre verlos colgados de las chimeneas a modo de pócima contra la mala suerte. En algunas regiones, poner una moneda dentro de un par nuevo así estos conducirán hacia donde el dinero se encuentre.
Los zapatos nunca deben estar arriba de la cama, no por cuestiones higiénicas, sino más bien para evitar la tan inoportuna visita de la parca o para evitar el riesgo de perder el trabajo, por más profesional que uno sea.
El pie obró de insignia fálica en algunos períodos, por lo cual, si bien hoy es común verlos atados a un auto de recién casados, se les tiraba uno a la novia asegurándole próspera descendencia. Hermanado con la fertilidad, los esquimales llevaban consigo un pedazo de zapato viejo entre sus abrigados ropajes.
En algunos lugares de Austria y Hungría sigue vigente la tradición de pisarse los pies entre quienes contraen matrimonio y quien lo consiga primero, prevalecerá sobre el otro.
Esta costumbre se ve hoy en día en los clubes de barrio, y en improvisados potreros, bajo el inexplicable pseudónimo de pan-queso.
“Afrodita advertía a los faunos que se abstuvieran de acercarse a ella con fines lascivos, y les amenazaba portando en su mano su zapatilla a modo de arma arrojadiza”, tirar la chancleta no es solo un término mitológico de antaño.
Tratándose de deportes los griegos nos han legado las olimpíadas, aunque lo cierto es que la preferencia era la de medirse descalzo. Hoy lejos de aquella vara, y bien entrado el siglo XVIII, es impensado practicar cualquier disciplina sin unas buenas zapas.
De cualquier manera, y como suele suceder, hubo una contemporánea excepción: Abebe Bikila que en los juegos olímpicos de Roma en 1960 ganó el oro en maratón con 2:15:16 estableciendo una plusmarca mundial corriendo descalzo; repetiría en patas algunas veces más.
De lona, goma y cordones, y a pasitos de la revolución industrial, los primeros prototipos responden tanto a la sistematización productiva en masa como al sobrante de caucho de las ruedas de los autos y de las bicicletas. Charles Goodyear (1839), después de tanto probar, cocina el caucho con azufre y, por accidente, se topa con su vulcanización.
En 1905 empieza la fabricación de suelas de goma y, para 1926, sería la mayor fábrica de caucho del mundo.
Sin embargo, la producción de caucho es mucho menos amable. El Congo Belga, a manos de Leopoldo II de Bélgica, se lleva la vida de diez millones de congoleños.
Google persiste en escaparse del olor a cuero, pomada y pegamento, clavos y tachuelas, de los extintos zapateros del barrio.
Por Stella Calloni
En un comunicado enviado a sus operadores de turismo este 24 de abril la Empresa Cubana de Aviación, línea aérea de la República de Cuba informa a sus operadores de turismo que debió cancelar vuelos a Buenos Aires porque las empresa proveedoras de combustibles se niegan a proveerla.
“Ante la abrupta negativa de las empresas proveedoras de combustible de aviación en la República Argentina de prestar servicio a la aerolínea Cubana de Aviación, SA y a sus vuelos autorizados por la Administración Nacional de aviación Civil de Argentina (Anac) invocando disposiciones de las medidas de bloqueo de Estados Unidos contra Cuba”, señala el comunicado de esa empresa.

Por esta razón se informa que los vuelos de Cubana “que debían salir entre el 23 y 24 de abril fueron cancelados y la negativa alcanza a otras líneas aéreas contratadas por la empresa para tratar trasladar a los pasajeros afectados impidiendo con ello cumplir los compromisos asumidos por la aerolínea con éstos».
En estos momentos está tratando de lograr cupos en otras líneas aéreas que llegan a Cuba, para trasladar a los pasajeros que tenían previsto retornar a su país el 24 de abril que serán protegidos en la medida en que existan asientos disponibles en otras aerolíneas que poseen rutas aéreas desde Cuba hacia Argentina.
En otro orden se informa que los pasajeros que no hayan iniciado el viaje podrán recibir el cien por ciento del reembolso de su boleto aéreo. Finalmente señalan que las acciones de los proveedores argentinos escapan a toda decisión de Cubana de Aviación.
Resulta imposible no analizar que esto indicaría que el gobierno argentino, que suspendió los vuelos de Aerolíneas Argentinas a la Habana, no permite que Yacimientos Petrolíferos Fiscales (YPF) provea de combustible a los aviones de Cubana de aviación y toma la decisión de unirse al bloqueo de Estados Unidos de 63 años contra Cuba, un récord de un sitio medieval en la historia de la humanidad, que fue reforzado en 1996 con la Ley Helms Burton de 1996 y profundizado hasta la asfixia con nuevas más de 250 nuevas medidas que fueron decididas durante el gobierno del republicano Donald Trump y sostenidas por el actual gobierno demócrata de Joe Biden.
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