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Análisis

Dolarización endógena (con la tuya)

Lo que deja en claro este programa es que, quien no tenga necesidad de usar sus dólares, seguirá conservándolos y transaccionando en pesos. Y quien llegue a usar esos dólares, lo hará achicando su capacidad de ahorro (o sus ahorros disponibles) por necesidad.

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Por Martín Epstein*

A pesar de lo marketinera que resultó la propuesta de la dolarización cuando el entonces candidato Javier Milei irrumpió en la escena, con el tiempo esa idea de una economía que olvide al peso para reemplazarlo por dólares fue mutando. Ya no están esos supuestos fondos disponibles con los que se haría el cambio de monedas, y queda de relieve lo absurdo de la propuesta. En una economía bimonetaria en la que el dólar funciona como reserva de valor, con un nivel de endeudamiento en moneda extranjera que determina nuestra economía desde al menos la década de 1970, concebir la posibilidad de un nuevo ciclo de endeudamiento sólo para promover la convertibilidad de monedas parece un sinsentido.

Todo 2024 dejó latente la discusión, con una nueva propuesta que fue ganando espacio tanto dentro del gobierno como en la calle. Se la llamó competencia de monedas, y no es otra cosa que formalizar la posibilidad de comerciar de forma indistinta en pesos o dólares. Nada nuevo bajo el sol ya que, algunos sectores ya funcionaban de esa manera desde hace décadas, como la compraventa de propiedades. Pero mientras fue tomando forma la nueva etapa, el gobierno con Caputo a la cabeza desarrollaron su programa macro financiero: devaluación fuerte y atraso cambiario como mecanismo bastante convencional para atacar la inflación desde una lectura monetarista del fenómeno.

Llegamos a iniciar el 2025 y se anunció con estridencia la etapa de competencia que incluye, de forma voluntaria, la posibilidad de sumar a la oferta de bienes y servicios en pesos, ahora en dólares. Y aparecieron muchas más dudas que certezas respecto al proceso que se da en llamar ‘dolarización endógena’. Quien quiera tendrá la posibilidad de cobrar, a quienes así lo deseen, en verdes. Sin fijar pautas, el tipo de cambio de referencia dependerá del comercio, de los clientes, de parámetros que no tienen ningún grado de objetividad. Puede ser al oficial, al financiero, al blue, o al que el oferente decida.

Quedó lejos esa idea de cobrar en dólares, y las increíbles cuentas que hacían creer que el uno a uno volvería desde el día de inicio del gobierno libertario. En la práctica, quien pueda dolarizarse lo hará, y lo hará a costa de quienes no puedan hacerlo. Y los dólares saldrán, de manera ‘endógena’ de los bolsillos de quienes decidan (o no tengan alternativa) que desprenderse de sus billetes.


Dejando de lado cuestiones no menores como la forma en que afectaría la tributación por ejemplo del IVA, o la complejidad de no tener suficiente circulante de baja denominación para comerciar, lo que deja en claro este programa es que, quien no tenga necesidad de usar sus dólares, seguirá conservándolos y transaccionando en pesos. Y quien llegue a usar esos dólares, lo hará achicando su capacidad de ahorro (o sus ahorros disponibles) por necesidad.

Finalmente se corrió el velo, y se confirmó la sospecha: siempre en mente de Milei estuvo la intención de dolarizar, pero con la tuya.

*Politólogo y Analista Económico del Centro de Economía Política Argentina (CEPA)

Elecciones

¿Qué significa ser leales?: el pueblo vuelve a salir a buscar su propia historia

A 81 años de la jornada que parió al peronismo, el Día de la Lealtad llega con Cristina presa, un Gobierno que desprecia al Congreso y a la Justicia, y un feminismo que eligió la Ciudad de Buenos Aires para su Encuentro de 2027. La lealtad hoy tiene un nombre: organizarse para que Milei pierda.

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El 17 de octubre de 1945, miles de trabajadores y trabajadoras cruzaron el Riachuelo, se lavaron los pies en las fuentes de la Plaza de Mayo y torcieron el rumbo de un país que hasta entonces decidía sin ellos.

No esperaron que nadie les concediera nada. Ese día el pueblo dejó de esperar y salió a buscar su propia historia. Ochenta y un años después, la fecha vuelve a interpelarnos con una pregunta urgente: qué significa ser leales cuando la democracia, los derechos y la propia identidad popular están bajo ataque.

Este Día de la Lealtad no es uno más. Llega con Cristina Fernández de Kirchner, dos veces presidenta de la Nación, cumpliendo prisión domiciliaria tras una condena que representa el fruto más acabado del lawfare de Comodoro Py; con un Gobierno nacional que gobierna por decreto y desprecia la división de poderes; y a menos de un año de unas elecciones presidenciales que definirán si la Argentina sigue por el camino del ajuste, el odio y la crueldad, o si recupera un horizonte de justicia social.

Una lealtad que se conjuga en presente

Este sábado, en el Polideportivo Juan Domingo Perón de González Catán, en La Matanza, el gobernador bonaerense Axel Kicillof encabezó el acto central del PJ provincial junto a la vicegobernadora Verónica Magario y el intendente Fernando Espinoza. “Acá estamos, querían callarnos y acá estamos, recordando a Evita y Perón en La Matanza, que es la capital del peronismo”, dijo ante la multitud.

El gobernador recordó que aquella gesta “le dio voz a los que no tenían voz, les dio derechos y participación política a los que estaban marginados y excluidos”, sostuvo que Cristina “está injustamente presa por defender nuestras banderas” y planteó el desafío que atraviesa a todo el campo popular: “La lealtad con el pueblo es construir una alternativa que el año que viene termine con esta pesadilla que nos gobierna”. También dejó una definición que debería ordenar el debate de los próximos meses: “Sin justicia social no hay libertad verdadera: hay privilegios, hay explotación y desigualdad. Eso no es libertad”.

Un Gobierno que no respeta la democracia

Desde el primer día, Javier Milei eligió gobernar contra las instituciones. Inauguró su gestión con el DNU 70/2023, un megadecreto que pretendió derogar y modificar centenares de normas sin pasar por el Congreso.

Intentó designar por decreto a dos jueces de la Corte Suprema, Ariel Lijo y Manuel García Mansilla, salteando el acuerdo del Senado, que finalmente rechazó ambos pliegos en abril de 2025.

Vetó la ley de financiamiento universitario y la emergencia en discapacidad, y obligó al Poder Legislativo a insistir con dos tercios para defender lo que la sociedad ya había defendido en las calles.

Llamó al Congreso “nido de ratas” y llegó a decir que “no odiamos lo suficiente a los periodistas”.

No se trata de exabruptos aislados, sino de un método: degradar a los otros poderes para concentrar el poder en uno solo. Cuando un presidente trata al Parlamento como un estorbo, a la Justicia como una herramienta y a la prensa crítica como un enemigo, lo que está en juego no es una gestión de gobierno, sino la propia arquitectura republicana que tanto dicen defender quienes lo votaron por odio al peronismo.

El odio como herramienta, el antiperonismo como tradición

El antiperonismo no nació con Milei. Tiene una genealogía sangrienta: el bombardeo a la Plaza de Mayo en junio de 1955, el golpe de septiembre de ese año, el decreto 4161 de 1956 que prohibió siquiera pronunciar el nombre de Perón y dieciocho años de proscripción del movimiento mayoritario del país. Cada vez que las élites no pudieron derrotar al peronismo en las urnas, intentaron borrarlo por la fuerza, por decreto o por los tribunales.

Lo nuevo es la escala y el tono. El discurso libertario convirtió el odio en política de Estado: contra los “kukas”, contra los “zurdos”, contra las feministas, contra la diversidad, contra los trabajadores estatales y los jubilados que reclaman. Ese clima no es inocuo. En septiembre de 2022, Cristina sobrevivió a un intento de asesinato frente a su casa, porque el arma no se disparó. Las palabras que deshumanizan preparan el terreno para la violencia que mata, y una democracia que naturaliza el odio termina pagando ese precio.

Las mujeres y disidencias van al centro del poder

Hace apenas cinco días, el 12 de octubre, terminó en Córdoba el 39° Encuentro Plurinacional de Mujeres, Lesbianas, Travestis, Trans, Bisexuales, Intersexuales y No Binaries, con más de 150.000 participantes y un centenar de talleres. En el acto de cierre, por decisión unánime, la Ciudad Autónoma de Buenos Aires fue elegida como sede del 40° Encuentro en 2027. No es un dato menor: el primer Encuentro Nacional de Mujeres se realizó en esa misma ciudad en 1986. Cuatro décadas después, el feminismo vuelve al lugar donde nació, en pleno año electoral, para hacerse oír frente a la Casa Rosada.

La ministra de Mujeres bonaerense, Estela Díaz, lo resumió así: “Es una demostración de que se puede convivir en un espacio con sectores con los que se tienen muchísimas diferencias, construyendo una fuerza para confrontar electoralmente en el 2027”. Esa es exactamente la lección que el campo popular necesita aprender: la unidad en la diversidad no es una consigna, es una condición para ganar.

Las razones para movilizarse sobran. Este Gobierno desmanteló el Ministerio de las Mujeres, Géneros y Diversidad, su ministro de Justicia anunció la intención de eliminar la figura de femicidio del Código Penal y el propio Presidente utilizó el escenario de Davos para atacar al feminismo y a la diversidad, lo que provocó la masiva Marcha Federal Antifascista y Antirracista de febrero de 2025. Para nosotras, el ajuste no es una abstracción macroeconómica: es menos asistencia a víctimas de violencia, menos políticas de cuidado y más trabajo no remunerado sobre las mismas espaldas.

Evita lo entendió antes que nadie. Fue ella quien impulsó el voto femenino en 1947 y organizó a las mujeres como sujeto político con voz propia. El feminismo popular argentino, del Ni Una Menos a la Marea Verde, es heredero de esa tradición. No hay 17 de Octubre sin las mujeres en la Plaza.

2027: la lealtad es organizarse

Decirlo con claridad no es una provocación, es una responsabilidad democrática: Milei tiene que perder en 2027. No por revancha, sino porque un proyecto que desprecia la división de poderes, persigue a opositores, insulta a periodistas, ajusta sobre jubilados, universidades y personas con discapacidad, y convierte el odio en programa de gobierno es incompatible con la Argentina que soñaron quienes se movilizaron aquel 17 de octubre.

Pero la derrota del proyecto libertario no vendrá sola. Exige un peronismo que deje atrás sus internas, que escuche a los movimientos sociales, a los sindicatos, a las juventudes y al feminismo, y que vuelva a ofrecer un horizonte de futuro y no solo una defensa del pasado. La lealtad no es nostalgia: es la decisión colectiva de no volver a esperar que otros escriban nuestra historia. Como en 1945, el pueblo tendrá que salir a buscarla.

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