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Análisis

El recreo, el patio y los pueblos originarios

En el patio del colegio aparecen los primeros miramientos, las malas palabras, los recelos, la línea imaginaria que divide el carácter fuerte del débil, las pelotas de trapo con sus zurdos y sus diestros, el amor a primera vista con sus intentos fallidos, el silencio de quienes no se animan, así como también las primeras penas.

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El-Argentino-Manu Campi

Por Manu Campi | @manucampimaier

El recreo, esa especie de escuela dentro de la escuela sirve desde hace doscientos años de educador sin que el arcaico aparato lectivo, caiga sobre esos pequeños hombros primarios sin distinguir entre abanderados y tauras. Este bálsamo, de cuarto de hora promedio, atiende necesidades mucho más profundas en donde lo aprendido servirá, con absoluta certeza, mucho más que la regla de tres simple y la potencialidad de aprenderse las fracciones.

Sin embargo, el recreo termina para darle paso al aula con su mitrismo y sus olvidos, a los próceres elegidos a dedo, a los primeros registros color verde fotosíntesis y a la impecable automatización de segmentar la historia en virtud de la conveniencia imperialista. Poco se aprende de donde se viene y de que estamos hechos, pero es en el recreo donde todavía subsisten los pequeños retazos precolombinos a los que con tanto empeño se urge en llamarlos únicamente como cazadores y recolectores y así, aprender inglés termina por parecer de lo más útil.

A pesar de esto y del sesgo a voluntad desde los primeros años para con los pueblos originarios, el origen lúdico de muchos de los juegos que acompañan desde las primeras edades, ha conseguido entrometerse en donde el programa educativo no ha tenido tiempo de contemplarlos.

Según Eduardo Galeano en “El fútbol a sol y sombra”, el fútbol no es inglés, sino chino y de hace cinco mil años. En México y América Central se juega con el caucho “hecho” pelota hace unos mil quinientos años. “Según los indios de la selva amazónica de Bolivia –dice el bueno de Galeano-, tiene orígenes remotos la tradición que los lleva a correr tras una bola de goma maciza, para meterla entre dos palos sin hacer uso de las manos”. Citando otros ejemplos, el juego de pelota maya; el Volante, jugado por los pueblos guaycurúes del Gran Chaco (Argentina, Bolivia, Paraguay y Brasil, de esta familia forman parte los mocovíes, tobas, pilagás y caduveos); el palín o viñu (mapuche) con asombroso parecido a la “chueca” o “mallo” español y al actual hockey y por último, los juegos con pelotas de goma del pueblo olmeca.
Además, hay juegos que requieren de menos barullo y participantes, y que también han trascendido hasta nuestros días sin que la figurita difícil del álbum del mundial sea motivo de acaloradas discusiones por parte de padres y madres en las puertas de los quiosquitos del barrio.

El morenismo, por ejemplo, tan tristemente dejado de lado, propuso al pueblo Inca como legítimo heredero a presidir la suerte de América ya sin el yugo realista encima, cuestión que terminó por costarle la vida. Niños y niñas incas, jugaban a la “payana” (del quechua ‘pallay’, recoger del suelo), hace unos ochocientos años y que aún vive en el suelo del patio de los colegios. También practicado por niños tobas y wichís con carozos o semillas a fin de desarrollar destrezas manuales y aprender a contar. Por su parte los Mapuches jugaban al auarr-cudén, de características similares al de las payanas y los dados.

Con todo, el juego de las payanas, y para espanto de tantos, forma parte del verdadero árbol genealógico cultural que, transmitido de generación en generación, insiste en prevalecer. Mucho se le debe, sino es que también somos, a los pueblos originarios que, teniendo entre manos la suerte de que algunos vivan entre nosotros, resulte increíble, la necesidad de desalojarlos de nuestro propio legado.

Elecciones

¿Qué significa ser leales?: el pueblo vuelve a salir a buscar su propia historia

A 81 años de la jornada que parió al peronismo, el Día de la Lealtad llega con Cristina presa, un Gobierno que desprecia al Congreso y a la Justicia, y un feminismo que eligió la Ciudad de Buenos Aires para su Encuentro de 2027. La lealtad hoy tiene un nombre: organizarse para que Milei pierda.

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El 17 de octubre de 1945, miles de trabajadores y trabajadoras cruzaron el Riachuelo, se lavaron los pies en las fuentes de la Plaza de Mayo y torcieron el rumbo de un país que hasta entonces decidía sin ellos.

No esperaron que nadie les concediera nada. Ese día el pueblo dejó de esperar y salió a buscar su propia historia. Ochenta y un años después, la fecha vuelve a interpelarnos con una pregunta urgente: qué significa ser leales cuando la democracia, los derechos y la propia identidad popular están bajo ataque.

Este Día de la Lealtad no es uno más. Llega con Cristina Fernández de Kirchner, dos veces presidenta de la Nación, cumpliendo prisión domiciliaria tras una condena que representa el fruto más acabado del lawfare de Comodoro Py; con un Gobierno nacional que gobierna por decreto y desprecia la división de poderes; y a menos de un año de unas elecciones presidenciales que definirán si la Argentina sigue por el camino del ajuste, el odio y la crueldad, o si recupera un horizonte de justicia social.

Una lealtad que se conjuga en presente

Este sábado, en el Polideportivo Juan Domingo Perón de González Catán, en La Matanza, el gobernador bonaerense Axel Kicillof encabezó el acto central del PJ provincial junto a la vicegobernadora Verónica Magario y el intendente Fernando Espinoza. “Acá estamos, querían callarnos y acá estamos, recordando a Evita y Perón en La Matanza, que es la capital del peronismo”, dijo ante la multitud.

El gobernador recordó que aquella gesta “le dio voz a los que no tenían voz, les dio derechos y participación política a los que estaban marginados y excluidos”, sostuvo que Cristina “está injustamente presa por defender nuestras banderas” y planteó el desafío que atraviesa a todo el campo popular: “La lealtad con el pueblo es construir una alternativa que el año que viene termine con esta pesadilla que nos gobierna”. También dejó una definición que debería ordenar el debate de los próximos meses: “Sin justicia social no hay libertad verdadera: hay privilegios, hay explotación y desigualdad. Eso no es libertad”.

Un Gobierno que no respeta la democracia

Desde el primer día, Javier Milei eligió gobernar contra las instituciones. Inauguró su gestión con el DNU 70/2023, un megadecreto que pretendió derogar y modificar centenares de normas sin pasar por el Congreso.

Intentó designar por decreto a dos jueces de la Corte Suprema, Ariel Lijo y Manuel García Mansilla, salteando el acuerdo del Senado, que finalmente rechazó ambos pliegos en abril de 2025.

Vetó la ley de financiamiento universitario y la emergencia en discapacidad, y obligó al Poder Legislativo a insistir con dos tercios para defender lo que la sociedad ya había defendido en las calles.

Llamó al Congreso “nido de ratas” y llegó a decir que “no odiamos lo suficiente a los periodistas”.

No se trata de exabruptos aislados, sino de un método: degradar a los otros poderes para concentrar el poder en uno solo. Cuando un presidente trata al Parlamento como un estorbo, a la Justicia como una herramienta y a la prensa crítica como un enemigo, lo que está en juego no es una gestión de gobierno, sino la propia arquitectura republicana que tanto dicen defender quienes lo votaron por odio al peronismo.

El odio como herramienta, el antiperonismo como tradición

El antiperonismo no nació con Milei. Tiene una genealogía sangrienta: el bombardeo a la Plaza de Mayo en junio de 1955, el golpe de septiembre de ese año, el decreto 4161 de 1956 que prohibió siquiera pronunciar el nombre de Perón y dieciocho años de proscripción del movimiento mayoritario del país. Cada vez que las élites no pudieron derrotar al peronismo en las urnas, intentaron borrarlo por la fuerza, por decreto o por los tribunales.

Lo nuevo es la escala y el tono. El discurso libertario convirtió el odio en política de Estado: contra los “kukas”, contra los “zurdos”, contra las feministas, contra la diversidad, contra los trabajadores estatales y los jubilados que reclaman. Ese clima no es inocuo. En septiembre de 2022, Cristina sobrevivió a un intento de asesinato frente a su casa, porque el arma no se disparó. Las palabras que deshumanizan preparan el terreno para la violencia que mata, y una democracia que naturaliza el odio termina pagando ese precio.

Las mujeres y disidencias van al centro del poder

Hace apenas cinco días, el 12 de octubre, terminó en Córdoba el 39° Encuentro Plurinacional de Mujeres, Lesbianas, Travestis, Trans, Bisexuales, Intersexuales y No Binaries, con más de 150.000 participantes y un centenar de talleres. En el acto de cierre, por decisión unánime, la Ciudad Autónoma de Buenos Aires fue elegida como sede del 40° Encuentro en 2027. No es un dato menor: el primer Encuentro Nacional de Mujeres se realizó en esa misma ciudad en 1986. Cuatro décadas después, el feminismo vuelve al lugar donde nació, en pleno año electoral, para hacerse oír frente a la Casa Rosada.

La ministra de Mujeres bonaerense, Estela Díaz, lo resumió así: “Es una demostración de que se puede convivir en un espacio con sectores con los que se tienen muchísimas diferencias, construyendo una fuerza para confrontar electoralmente en el 2027”. Esa es exactamente la lección que el campo popular necesita aprender: la unidad en la diversidad no es una consigna, es una condición para ganar.

Las razones para movilizarse sobran. Este Gobierno desmanteló el Ministerio de las Mujeres, Géneros y Diversidad, su ministro de Justicia anunció la intención de eliminar la figura de femicidio del Código Penal y el propio Presidente utilizó el escenario de Davos para atacar al feminismo y a la diversidad, lo que provocó la masiva Marcha Federal Antifascista y Antirracista de febrero de 2025. Para nosotras, el ajuste no es una abstracción macroeconómica: es menos asistencia a víctimas de violencia, menos políticas de cuidado y más trabajo no remunerado sobre las mismas espaldas.

Evita lo entendió antes que nadie. Fue ella quien impulsó el voto femenino en 1947 y organizó a las mujeres como sujeto político con voz propia. El feminismo popular argentino, del Ni Una Menos a la Marea Verde, es heredero de esa tradición. No hay 17 de Octubre sin las mujeres en la Plaza.

2027: la lealtad es organizarse

Decirlo con claridad no es una provocación, es una responsabilidad democrática: Milei tiene que perder en 2027. No por revancha, sino porque un proyecto que desprecia la división de poderes, persigue a opositores, insulta a periodistas, ajusta sobre jubilados, universidades y personas con discapacidad, y convierte el odio en programa de gobierno es incompatible con la Argentina que soñaron quienes se movilizaron aquel 17 de octubre.

Pero la derrota del proyecto libertario no vendrá sola. Exige un peronismo que deje atrás sus internas, que escuche a los movimientos sociales, a los sindicatos, a las juventudes y al feminismo, y que vuelva a ofrecer un horizonte de futuro y no solo una defensa del pasado. La lealtad no es nostalgia: es la decisión colectiva de no volver a esperar que otros escriban nuestra historia. Como en 1945, el pueblo tendrá que salir a buscarla.

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