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El tango une cuerpos y cerebros: la ciencia lo demuestra por primera vez

Investigadores de la Universidad de Colorado Boulder demostraron por primera vez que dos bailarines de tango desarrollan «acoplamiento intercerebral» al moverse en pareja. El hallazgo, presentado en una conferencia internacional, abre nuevas posibilidades para la coordinación en el deporte y las artes escénicas.

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Tango y neurociencia: los cerebros de los bailarines se sincronizan

★ Un equipo de investigadores de la Universidad de Colorado Boulder logró demostrar que, cuando dos bailarines de tango giran tomados del brazo, sus cerebros se sincronizan. El estudio fue presentado en la conferencia TEI (Tangible, Embedded, and Embodied Interaction) celebrada en Chicago, y confirmó además el desarrollo de un dispositivo de muñeca que vibra para indicar el momento exacto en que los cerebros trabajan al unísono.

El fenómeno ya había sido documentado en actividades sociales como los duetos de guitarra, pero esta es la primera vez que se demuestra científicamente en el contexto de la danza, lo que representa un avance significativo en la comprensión de cómo el movimiento compartido afecta al cerebro humano.

El experimento: EEG, sensores y milisegundos

Los investigadores examinaron cinco parejas de bailarines de tango argentino. Cada participante utilizó auriculares con electroencefalografía (EEG) para registrar la actividad eléctrica cerebral en tiempo real, mientras sensores de movimiento colocados en los tobillos capturaban la cadencia y precisión de sus pasos.

Los datos recopilados revelaron que, cuando los bailarines se movían al unísono, sus patrones de actividad cerebral mostraban una similitud sorprendente. El fenómeno, conocido como «acoplamiento intercerebral» o «sincronización neuronal», se manifestó con claridad en distintos tipos de ondas: las ondas beta, asociadas con estados de concentración y actividad mental, y las ondas theta, más lentas, presentes en momentos de relajación.

Según informó ANSA Latina, cuando el bailarín principal da un paso adelante y su compañero retrocede en un lapso de 200 milisegundos o menos, las ondas cerebrales de ambos tienden a sincronizarse, aumentando y disminuyendo de forma casi simultánea. Cuando los pasos no coinciden, la actividad cerebral tampoco lo hace.

Una primera vez en la danza

El acoplamiento intercerebral ya había sido documentado en otras actividades sociales, como los duetos de guitarra. Sin embargo, hasta ahora ningún estudio había demostrado el mismo fenómeno en el campo de la danza. La investigación, además, no solo confirma la sincronización neuronal entre bailarines, sino que establece un umbral temporal preciso: la respuesta coordinada debe ocurrir dentro de los 200 milisegundos para que las ondas cerebrales entren en resonancia.

El tango argentino, con su característica improvisación y su énfasis en la escucha corporal entre la pareja, resultó un campo de estudio particularmente revelador. La dinámica de abrazo, guía y respuesta que define al género parece ser, según los resultados, un entorno propicio para la sincronización intercerebral.

Del laboratorio al cuerpo: el dispositivo de muñeca

De manera paralela al estudio, el equipo desarrolló un dispositivo de muñeca capaz de vibrar en el momento exacto en que los cerebros de los bailarines trabajan al unísono. La tecnología apunta a mejorar la coordinación no solo en parejas de baile, sino también en deportes de equipo como el fútbol, donde la sincronización entre jugadores puede ser determinante para el rendimiento colectivo.

La investigación abre un campo interdisciplinario que cruza la neurociencia, la ingeniería de dispositivos portátiles y las artes del movimiento, con potenciales aplicaciones en la rehabilitación motora y la terapia a través de la danza.

Puntos clave:

  • Investigadores de la Universidad de Colorado Boulder demostraron la sincronización cerebral entre bailarines de tango.
  • El fenómeno se denomina «acoplamiento intercerebral» y fue detectado en ondas beta y theta.
  • El estudio analizó cinco parejas con auriculares EEG y sensores de movimiento en tobillos.
  • La sincronización ocurre cuando los pasos coinciden en un margen de 200 milisegundos o menos.
  • Los resultados se presentaron en la conferencia TEI en Chicago.

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La luz que enciende el cerebro: tres científicos ganaron el Nobel de Medicina por la optogenética

La Asamblea Nobel del Instituto Karolinska de Estocolmo otorgó este lunes el Premio Nobel de Fisiología o Medicina 2026 al estadounidense Karl Deisseroth y a los alemanes Peter Hegemann y Georg Nagel por sus descubrimientos sobre los canales iónicos activados por luz y el desarrollo de la optogenética: una técnica que permite activar o desactivar neuronas individuales en un cerebro vivo mediante pulsos de luz, con aplicaciones prometedoras en el tratamiento de trastornos neurológicos y la recuperación de la visión.

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El Nobel que abre el cerebro: una técnica con luz que ningún fármaco pudo lograr ya tiene premio y promete cambiar la medicina.

El cerebro humano guardó por siglos sus secretos más profundos detrás de una barrera casi infranqueable: la imposibilidad de intervenir sobre una sola neurona sin alterar el conjunto. Esa barrera se derrumbó gracias a un alga unicelular, una proteína extraordinaria y tres científicos que supieron ver lo que nadie había visto. Este lunes, la Asamblea Nobel del Instituto Karolinska reconoció ese trabajo con el galardón más importante de la ciencia.

El Premio Nobel de Fisiología o Medicina 2026 fue otorgado conjuntamente al neurocientífico y psiquiatra estadounidense Karl Deisseroth, del Instituto Médico Howard Hughes y la Universidad de Stanford (Estados Unidos), y a los biofísicos alemanes Peter Hegemann, de la Universidad Humboldt de Berlín, y Georg Nagel, de la Universidad de Würzburg, por sus descubrimientos sobre los canales iónicos activados por luz y el desarrollo de la optogenética. El anuncio fue hecho en Estocolmo este lunes 5 de octubre de 2026.

El estadounidense Karl Deisseroth y a los alemanes Peter Hegemann y Georg Nagel ganaron el Nobel por el desarrollo de la optogenética.

Del alga al cerebro: cómo nació la optogenética

Todo comenzó con una pregunta aparentemente simple que formuló Peter Hegemann: ¿cómo una criatura microscópica como el alga Chlamydomonas, sin sistema nervioso ni ojos, es capaz de detectar la luz y nadar hacia ella? La respuesta que encontró cambió la neurociencia para siempre.

A principios de la década de 2000, Hegemann y Georg Nagel identificaron la canalrodopsina, una proteína presente en la superficie del alga que funciona como un canal iónico activado por la luz. Cuando el haz de luz azul la ilumina, el canal se abre, los iones cargados fluyen hacia el interior de la célula y generan un impulso eléctrico. Era, en esencia, un interruptor biológico activado por luz. Las investigaciones reconocidas de ambos científicos se realizaron en los Institutos Max Planck de Bioquímica y de Biofísica.

Karl Deisseroth llevó ese hallazgo a un terreno radicalmente nuevo. Introdujo el gen de la canalrodopsina en células nerviosas de ratas, logrando que las neuronas respondieran a la luz de la misma manera que el alga. Por primera vez en la historia, era posible encender o apagar neuronas específicas dentro de un cerebro vivo con una precisión que ningún fármaco ni electrodo había podido alcanzar. La optogenética había nacido.

Una nueva era para la neurociencia

La Academia Nobel calificó a los tres investigadores como los fundadores de «una nueva era en la neurociencia». El presidente del Comité Nobel de Fisiología o Medicina, Per Svenningsson, subrayó que «la optogenética ofrece oportunidades para mapear el cerebro de una manera que antes solo podíamos soñar». El miembro del comité Abdel El Manira precisó que la técnica «se adoptó rápidamente en todo el mundo para mapear conductas complejas como la ansiedad, la sed o la ingesta de alimentos».

Mediante la optogenética, los investigadores de todo el mundo lograron revelar los circuitos neuronales que gobiernan recuerdos, sentimientos y comportamientos específicos, y que están en la base de trastornos neurológicos y psiquiátricos tan extendidos como la enfermedad de Parkinson, la epilepsia, la depresión y las adicciones. La técnica no solo permite observar qué neuronas intervienen en cada proceso, sino también silenciarlas o activarlas, distinguiendo con claridad causa y efecto en el funcionamiento cerebral.

Aplicaciones clínicas: la vista, el Parkinson y más

El reconocimiento también pone en primer plano las aplicaciones médicas concretas que ya están en curso. Un ejemplo señalado por el propio comité Nobel es la retinitis pigmentosa, una enfermedad que destruye progresivamente las células fotorreceptoras de la retina y lleva a la ceguera. Científicos en distintos países están utilizando la optogenética para intentar restaurar la visión en pacientes con discapacidad visual, introduciendo canales iónicos sensibles a la luz en las células restantes de la retina para que puedan captar señales luminosas.

Las perspectivas se extienden también hacia el tratamiento de trastornos del movimiento y las alteraciones de los circuitos neuronales asociados a enfermedades psiquiátricas. Para el neurocientífico español Juan Lerma, consultado por medios europeos, este es «un premio largamente esperado» por la comunidad científica internacional, que lleva años apostando a la optogenética como una de las herramientas más transformadoras de la biomedicina contemporánea.

Quiénes son los premiados

Karl Deisseroth, nacido en 1971, es psiquiatra y neurocientífico. Desarrolla su labor en el Instituto Médico Howard Hughes y en la Universidad de Stanford, donde integra la práctica clínica con la investigación de laboratorio sobre los mecanismos cerebrales de la depresión y otros trastornos psiquiátricos.

Peter Hegemann, nacido en 1954, es biofísico y trabaja en la Universidad Humboldt de Berlín. Su carrera estuvo marcada por el estudio de los mecanismos moleculares de la fotorrecepción en algas y microorganismos, un campo que puede parecer alejado de la medicina pero que demostró ser la puerta de entrada a una revolución científica.

Georg Nagel, nacido en 1953, es biofísico en la Universidad de Würzburg. Junto a Hegemann, fue el responsable de identificar y caracterizar la canalrodopsina, la proteína que se convirtió en la piedra angular de la optogenética. Los tres galardonados compartirán el premio económico de 12 millones de coronas suecas, equivalentes a aproximadamente 1,2 millones de dólares.

Lo que tenés que saber:

  • El Premio Nobel de Medicina 2026 fue otorgado al estadounidense Karl Deisseroth y a los alemanes Peter Hegemann y Georg Nagel por el desarrollo de la optogenética.
  • La optogenética permite activar o desactivar neuronas individuales en un cerebro vivo mediante estímulos de luz, con una precisión sin precedentes en la historia de la neurociencia.
  • La técnica nació del estudio de la canalrodopsina, una proteína del alga Chlamydomonas descubierta por Hegemann y Nagel a principios de los 2000.
  • Sus aplicaciones incluyen el estudio de trastornos como Parkinson, epilepsia, depresión y adicciones, y ya se explora su uso para restaurar la visión en personas con retinitis pigmentosa.
  • El premio económico asciende a 12 millones de coronas suecas (1,2 millones de dólares), que los tres científicos compartirán.
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