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«La gente está cansada del apellido Posse, hace 40 años que están»

Entrevista a Federico Meca, el massista que quiere terminar con la dinastía Posse.

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El precandidato a intendente de San Isidro de Unión por la Patria (UxP) valoró la unidad del frente y destacó la importancia de recuperar los espacios públicos, eliminar tasas y bajar impuestos. Cuestionó la gestión de Gustavo Posse y propuso construir una ciudad más equitativa y con mayor desarrollo.

Federico Meca nació, creció y construyó su vida en San Isidro. Se recibió de Contador Público y Administrador de Empresas en la Universidad de Buenos Aires (UBA), es concejal y el actual precandidato a intendente de UxP.  

¿Cómo caracterizás la coyuntura local de cara a las elecciones?

Estamos muy contentos porque pudimos cerrar una lista de unidad, entre el espacio que conducen Sebastián Galmarini y Teresa García. Llegamos a una síntesis con todo el peronismo local y eso es muy positivo.

Construiste una propuesta de 10 puntos para transformar San Isidro ¿Cuáles son los más urgentes?

Uno de los más importantes es el que busca mejorar la seguridad. En las calles, cuando voy recorriendo el distrito, los vecinos están muy mal con este tema. La respuesta del actual intendente es que es un problema de la provincia. La verdad que eso a nosotros no nos convence. Si fuera intendente, el 10 de diciembre, destinaría más presupuesto al área de seguridad y no solamente un 7%. La tecnología se puede mejorar a través de un sistema de detección de rostros, de patentes, un anillo de seguridad. El otro tema central es la defensa de los espacios públicos, hay que cuidarlo para los vecinos y no rifarlo en manos de particulares. Otra propuesta es bajar las tasas, el ABL y la tasa de comercio e industria. Queremos eliminar más de 200 tasas y bajar el ABL.

¿Qué destacás de tu gestión como concejal?

Creemos en un desarrollo económico local. Un proyecto nuestro fue el de no cobrar tasa de habilitación a los nuevos comercios y a las nuevas industrias. Se aprobó y hoy se está haciendo. Si viene un emprendedor y quiere invertir en San Isidro, el municipio no le cobra la tasa de habilitación. Otro logro importante es la eximición de las tasas para los comercios que tienen más de 25 años de antigüedad en el distrito. De esta forma, se premia al que se queda en San Isidro, que confía en el distrito y a los nuevos que están por venir.

¿Qué tenés para decir de la gestión actual?

Está todo abandonado, veredas rotas, calles con baches, la iluminación es un desastre. La gente está cansada del apellido Posse, hace 40 años que están y ahora postula a la hija. Nosotros venimos a redistribuir los recursos de manera eficiente para tener un San Isidro mejor y más sustentable de acá a los próximos 30 años, para poder pensar una ciudad más inteligente, más conectada y con sustento a futuro. Generar un polo tecnológico, industrial, turístico.

¿Cuáles son las mayores desigualdades del distrito?

La distribución del presupuesto, si lo ves geográficamente, el 80% del presupuesto está asignado a lo que es Panamericana hacia el río y el 20% de Panamericana hacia José León Suárez. Pareciera que los vecinos de Boulogne y Villa Delina valen menos que el resto de San Isidro. Esa desigualdad está mal. Hay que invertir equitativamente en todos lados. ¿Por qué no tener algo como Puerto Libre en Boulogne? ¿O algún polideportivo más en Villa Delina? También proponemos urbanizar los 16 barrios populares que hay en San Isidro, crear un plan de viviendas para mejorar la calidad de vida.

¿Qué balance hacés de la campaña hasta ahora?

Fue un acierto que Sergio Massa haya logrado la unidad a nivel nacional, Axel Kicillof a nivel provisional y nosotros acá a nivel local. La única forma de cambiar el modelo de país y de transformar es con la unidad. Que Sergio haya logrado estabilizar las variables macro, fue fundamental.

Elecciones

Brasil va a segunda vuelta: el bolsonarismo sorprende y Lula deberá pelear el 25

Flávio Bolsonaro se impuso en la primera vuelta del 4 de octubre con el 47% contra el 45% de Lula, revirtiendo lo que marcaban las encuestas. El hijo del expresidente preso hereda la maquinaria del movimiento que intentó un golpe de Estado en 2022 y obliga al Partido de los Trabajadores a una segunda vuelta que promete ser la más disputada de la historia reciente de Brasil.

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Con el 47% de los votos contra el 45% de Luiz Inácio Lula da Silva, Flávio Bolsonaro se impuso en la primera vuelta de las elecciones presidenciales de Brasil del domingo 4 de octubre y obligó a una segunda vuelta que se disputará el 25 de octubre de 2026.

El resultado sorprendió a las consultoras, que en los días previos daban a Lula levemente por encima del senador. Ninguno de los dos alcanzó el 50% más uno de los votos válidos requerido para ganar en primera vuelta, y Brasil deberá decidir en un balotaje su próximo presidente.

El senador Flávio Bolsonaro, de 45 años, compite bajo las siglas del Partido Liberal (PL) con el respaldo explícito de su padre, el expresidente Jair Bolsonaro, condenado a 27 años de prisión por su responsabilidad en el intento de golpe de Estado del 8 de enero de 2022.

Lula, en tanto, busca su cuarto mandato no consecutivo: gobernó Brasil entre 2003 y 2010, fue perseguido judicialmente en causas que el Tribunal Supremo revisó y terminó anulando, y regresó al poder en 2023.

Lo que las encuestas no vieron venir

Durante toda la campaña, la ventaja de Lula en la primera vuelta parecía consolidada. La encuesta Datafolha del 24 de septiembre, registrada ante el Tribunal Superior Electoral (TSE) bajo el número BR-00304/2026, ubicaba a Lula con el 40% y a Flávio Bolsonaro con el 36% en la primera vuelta estimulada. La consultora Nexus/BTG Pactual, en su última medición de agosto, atribuía al presidente el 39% frente al 33% del senador. Sin embargo, en la noche del 4 de octubre los resultados reales demostraron que el mapa electoral bolsonarista, profundamente arraigado en el norte, el centro-oeste y el sur del país, fue subestimado por la mayoría de los sondeos.

La encuesta Nexus de julio ya anticipaba el carácter polarizado del balotaje: Lula con el 40% y Flávio con el 34% en primera vuelta, pero empatados técnicamente en segunda con el 46% contra el 45% respectivamente. Ese empate técnico en el escenario de segunda vuelta se repitió en prácticamente todas las consultoras durante los últimos tres meses de campaña, lo que vuelve imposible anticipar con certeza el resultado del 25 de octubre.

Bolsa Familia, el campo de batalla ideológico

La campaña giró, entre otros ejes, alrededor de la política social. Lula recuperó el Bolsa Familia como bandera central de su gestión, un programa que durante su primer mandato sacó a 54 millones de personas de la pobreza y que la derecha intentó destruir bajo el gobierno de Michel Temer y luego de Bolsonaro padre. En esta campaña, el propio Lula recordó en reiteradas ocasiones que las críticas históricas al programa, que lo tacharon de fomentar la pereza y la dependencia, no resistieron el contraste con la realidad. «De todas las críticas, la más cruel es que el Bolsa Família iba a estimular la vagabundería», sostuvo en actos de campaña, recuperando una frase que pronunció a lo largo de décadas.

A pocos días de las elecciones, Lula anunció además un aumento del 15% en los pagos del programa de asistencia social, una decisión que la oposición leyó como un gesto electoral pero que, en términos electorales, no alcanzó para definir la primera vuelta a su favor. La derecha concentra sus críticas en que el programa no es una solución estructural, mientras el PT sostiene que sin ese piso de ingresos garantizados millones de familias brasileñas quedarían directamente al borde de la indigencia.

El mapa territorial y los puntos de quiebre

La geografía electoral confirma la fractura profunda de Brasil. Según los datos de la encuesta Medio/Ideia de mayo de 2026, Flávio Bolsonaro lidera en el norte con el 57% contra el 27% de Lula, y en el centro-oeste con el 60% contra el 28%. En el sur también está por encima: 50% contra 39%. El nordeste, históricamente el bastión lulista, le da al presidente el 58% frente al 34% del senador. El sudeste, que concentra la mayor parte del padrón electoral, aparecía en empate técnico antes de la votación.

Esta distribución territorial es el termómetro de la fractura de clase que atraviesa al gigante sudamericano. Las regiones más pobres, donde los programas de transferencia directa tienen mayor impacto sobre la vida cotidiana, tienden al lulismo; las regiones más ricas y con mayor presencia de sectores conservadores, al bolsonarismo. El resultado del 4 de octubre muestra que esa segunda geografía fue más eficaz de lo que las encuestas proyectaban.

El factor Bolsonaro padre y la internacionalización de la disputa

Jair Bolsonaro, preso y sin poder presentarse por su condena de 27 años, articuló desde la cárcel el apoyo a la candidatura de su hijo mayor. La sentencia fue ampliamente criticada por el gobierno de Donald Trump, con el propio presidente norteamericano afirmando que era «muy parecido a lo que intentaron hacer conmigo» y el secretario de Estado, Marco Rubio, calificándola de «injusta». Esta internacionalización del caso convirtió a la elección brasileña en parte del tablero geopolítico de la disputa entre la derecha global y los gobiernos progresistas de América Latina.

Legisladores estadounidenses, en contraposición, le pidieron formalmente a Trump que no interviniera en el proceso electoral brasileño. La sombra de la interferencia exterior planeó sobre toda la campaña, y el resultado del 4 de octubre convierte la segunda vuelta en una cita electoral con consecuencias que van mucho más allá de las fronteras del país más grande de América del Sur.

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