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Tras el nuevo ataque de Milei a Lula, Brasil eligió el silencio

El presidente Javier Milei reiteró sus críticas contra su par brasileño desde territorio argentino, apenas días después de que el canciller Pablo Quirno lograra distender la relación bilateral. Desde Brasilia, el silencio fue la respuesta: ninguna declaración oficial ante la nueva andanada del mandatario libertario.

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Milei volvió a atacar a Lula y Brasil no respondió: silencio diplomático ante la nueva escalada.

La calma duró poco. Javier Milei volvió a atacar públicamente al mandatario brasileño Luiz Inácio Lula da Silva y tensó una vez más el vínculo entre Argentina y Brasil, apenas cuando la relación parecía haber retomado cierta normalidad. «Es ladrón, es un corrupto. Fue condenado. Estuvo preso, con lo cual es cierto lo de presidiario. Lo liberaron por una falla administrativa, no por ser inocente. Por lo tanto, es ladrón y es un corrupto», señaló Milei el domingo pasado, al ser consultado sobre sus dichos previos respecto de Lula.

El argumento de Casa Rosada: «no dijo nada nuevo»

En el entorno presidencial intentaron minimizar el episodio con un argumento que, lejos de desactivar la controversia, revela la naturaleza del problema: que Milei no introdujo «nuevas» críticas, sino que reiteró sus postulados de siempre. «Le preguntaron sobre sus dichos sobre Lula y repitió lo mismo», dijeron fuentes del Gobierno. La distinción que el oficialismo intentó instalar como atenuante fue otra: esta vez las declaraciones se produjeron en suelo argentino y no en Brasil, como ocurrió durante la visita del mandatario al país vecino, cuando respaldó públicamente a Flavio Bolsonaro, candidato de la derecha que competirá por la presidencia el próximo 4 de octubre. «Esta vez lo dijo en la Argentina. El problema es si lo vas a decir a la casa del otro», se justificaron en el oficialismo.

El razonamiento encierra una contradicción difícil de sostener: si el problema es el lugar y no el contenido, el oficialismo admite implícitamente que los dichos son ofensivos, pero considera que resultan tolerables cuando se emiten desde Buenos Aires. Esa distinción, sin embargo, no parece convencer a nadie fuera de la propia coalición de gobierno.

Brasilia elige el silencio diplomático

La respuesta desde Brasil fue contundente en su forma y en su ausencia de forma: el silencio. A horas de los nuevos dichos de Milei, ninguna terminal del gobierno de Lula emitió declaraciones ni valoraciones públicas. La estrategia de Itamaraty fue la de no alimentar la polémica, aunque sin resignar la posición de fondo que ya había quedado registrada en episodios anteriores.

Sobre el cierre de la semana pasada, fuentes brasileñas habían destacado los «gestos recíprocos» entre las naciones y subrayado «la importancia de sostener la relación bilateral». Sin embargo, en Itamaraty aclararon que no perdían de vista «la seriedad de lo que pasó» y calificaron de «inadmisible» las ofensas proferidas por el mandatario argentino, quien en su visita a Brasil llamó a Lula «basura socialista», «ladrón» y «presidiario». Esa combinación, la de sostener el diálogo pero mantener firme el rechazo, define la postura con la que Brasilia enfrenta la relación con el gobierno de Milei.

Quirno y el difícil equilibrio diplomático

El canciller Pablo Quirno había logrado, en los días previos, descomprimir la tensión que había llevado a Brasil a retirar temporalmente a su embajador, Julio Bitelli, de Buenos Aires. El regreso de Bitelli a su cargo en la capital argentina fue leído como una señal de que la relación podía encauzarse. Sin embargo, los nuevos dichos de Milei volvieron a poner en evidencia la paradoja estructural de la política exterior libertaria: el Presidente declama la defensa de los intereses nacionales mientras socava sistemáticamente los vínculos con el principal socio comercial del país.

Brasil representa cerca del 14% de las exportaciones argentinas y es, históricamente, el ancla del MERCOSUR. Que la relación con ese socio esté sujeta a las impugnaciones ideológicas recurrentes del Presidente no es una excentricidad; es una variable de riesgo con consecuencias concretas sobre el comercio, la inversión y el peso de Argentina en la región.

Un patrón que se repite

Lo que este episodio confirma no es solo la persistencia de las críticas de Milei a Lula, sino la ausencia de una política exterior coherente que subordine las preferencias ideológicas del Presidente a los intereses del Estado argentino. La dinámica se repite: un escalada verbal de Milei, una respuesta institucional de Brasilia, un intento de distensión del equipo diplomático argentino y una nueva provocación presidencial que reinicia el ciclo. La pregunta que el ciclo deja sin respuesta es cuántos de esos reincios puede soportar la relación antes de que el daño sea estructural y no meramente coyuntural.

Puntos clave

  • Milei reiteró sus críticas a Lula desde territorio argentino, al ser consultado sobre sus dichos previos.
  • El oficialismo intentó diferenciarlo del episodio en Brasil argumentando que «esta vez lo dijo en la Argentina».
  • Brasilia respondió con silencio diplomático: ninguna declaración oficial ante la nueva andanada presidencial.
  • El canciller Quirno había logrado cierta distensión con el regreso del embajador Bitelli, que las nuevas declaraciones volvieron a complicar.
  • El patrón se repite: escalada verbal, respuesta de Itamaraty, intento de distensión y nueva provocación presidencial.

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Ravier dijo que el buque inglés en Ushuaia no viola la Ley Gaucho Rivero y culpó a la provincia por autorizarlo

El vocero presidencial salió a defender la presencia del petrolero VS Promise en Ushuaia y le devolvió la responsabilidad al gobernador de Tierra del Fuego: el barco de bandera británica ingresó porque la propia provincia lo autorizó. Para la Nación, no hay violación de la Ley Gaucho Rivero; para Melella, el argumento encubre una contradicción inaceptable en la administración de un puerto que ya no controla.

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Soberanía de vitrina: el Gobierno defiende la escala de un buque británico en el puerto que le sacó a Tierra del Fuego.

El Gobierno nacional tomó la iniciativa de contestar públicamente la denuncia del gobernador de Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur, Gustavo Melella, sobre la operación del buque petrolero VS Promise en el puerto de Ushuaia. Lo hizo a través del vocero presidencial Adrián Ravier, quien en su habitual conferencia de prensa en la Casa Rosada rechazó de plano que el episodio represente un riesgo para la soberanía argentina y apuntó directamente contra la gestión provincial.

La jugada del oficialismo fue doble: por un lado, intentó neutralizar técnicamente la acusación de Melella; por el otro, le atribuyó al propio gobierno fueguino la responsabilidad de haber habilitado el ingreso de la embarcación británica, generando así una contradicción que, según la versión oficial, invalidaría toda queja posterior.

La cronología que usó el Gobierno para deslindar responsabilidades

Ravier explicó ante la prensa que el VS Promise, un buque dedicado al transporte de crudo, cargó petróleo en el puerto de Cullen, en la zona norte de Tierra del Fuego, y que desde allí se desplazó hasta Ushuaia únicamente para aprovisionarse antes de continuar su ruta. El punto central de la defensa oficial fue que, al zarpar desde un puerto de la propia provincia, la autorización de ingreso correspondió a las autoridades provinciales y no a la administración federal del Puerto de Ushuaia.

La ironía política fue explícita: el mismo gobernador que denunció la presencia del buque, argumentó el vocero, habilitó su operatoria en aguas fueguinas antes de que la embarcación llegara a la terminal portuaria intervenida. El oficialismo presentó esa secuencia como una contradicción interna del discurso de Melella, quien primero autorizó y luego reclamó.

La Ley Gaucho Rivero y la interpretación que conviene al Gobierno

El núcleo jurídico del enfrentamiento gira alrededor de la Ley Gaucho Rivero, la norma provincial que prohíbe el amarre de buques vinculados al Reino Unido que operen en relación directa con la ocupación de las Islas Malvinas. Para Melella y su gobierno, la presencia del VS Promise en aguas fueguinas choca de frente con ese marco legal y con la posición histórica argentina sobre el Atlántico Sur.

La Nación no lo ve así. Ravier sostuvo que la norma aplica exclusivamente a embarcaciones que realicen actividades de exploración o explotación en la cuenca Malvinas, y que el VS Promise no encuadra en esa definición porque su paso por Ushuaia tuvo un propósito logístico, de aprovisionamiento, sin vinculación directa con operaciones en la zona disputada. Con esa lectura restrictiva, el Gobierno habilitó la escala del buque y, simultáneamente, trasladó al texto de la ley la justificación de su conducta.

La interpretación es, cuanto menos, opinable. La Ley Gaucho Rivero fue sancionada precisamente para evitar que el territorio fueguino funcione como plataforma de operaciones de embarcaciones británicas en el contexto del conflicto de soberanía. Reducir su alcance a los casos de exploración directa deja fuera del radar situaciones como la que el propio gobernador Melella calificó como «inadmisible».

El puerto intervenido como escenario del conflicto

El contexto que rodea esta disputa no es menor. El Puerto de Ushuaia se encuentra bajo intervención federal desde que la Agencia Nacional de Puertos y Navegación (ANPyN) asumió su administración, desplazando a las autoridades provinciales que lo gestionaban históricamente. Esa intervención fue resistida por Melella desde el primer momento, con recursos judiciales y denuncias públicas en las que el gobernador señaló que la medida respondía a intereses estratégicos y económicos ajenos a Tierra del Fuego.

La paradoja que emerge del episodio VS Promise es de una contundencia difícil de ignorar: el Gobierno nacional, que tomó el control del puerto invocando razones de gestión estratégica y soberana, es el mismo que ahora defiende la legalidad de la escala de un buque de bandera británica en esa terminal bajo su propia administración. Melella no tardó en señalar esa contradicción: si la intervención federal se justificó en parte por la incapacidad provincial de gestionar un enclave de tal importancia geopolítica, ¿cómo se explica que la primera controversia relevante bajo la gestión nacional involucre a una embarcación del país que ocupa ilegítimamente las Islas Malvinas?

Soberanía de palabra, pragmatismo de hecho

La gestión de Javier Milei ha sostenido públicamente el reclamo argentino sobre las Malvinas como un principio irrenunciable. Sin embargo, la lectura que hace del caso VS Promise revela una tensión entre el discurso soberanista y las decisiones operativas concretas. Autorizar o convalidar, aunque sea por vía técnica e interpretativa, la escala de un buque británico en el principal puerto de la provincia más austral del país no es un gesto neutral en términos simbólicos ni geopolíticos.

El episodio se suma a una serie de roces entre la Nación y la provincia de Tierra del Fuego que exceden la cuestión portuaria y que configuran un patrón de centralización que contrasta con la retórica descentralizadora del gobierno libertario. Mientras el oficialismo habla de eficiencia y soberanía, la provincia que tiene las Malvinas en su escudo recibe como respuesta que el buque inglés entró porque ella misma lo dejó pasar.

Puntos clave

  • El vocero Adrián Ravier negó que el VS Promise represente un riesgo soberano y atribuyó su ingreso a una autorización inicial de la propia provincia de Tierra del Fuego.
  • El Gobierno argumentó que la Ley Gaucho Rivero no aplica al caso porque el buque realizó una escala de aprovisionamiento, no actividades de exploración en la cuenca Malvinas.
  • El Puerto de Ushuaia se encuentra bajo intervención federal de la ANPyN desde principios de 2026, en disputa abierta con el gobernador Gustavo Melella.
  • Melella había calificado públicamente la presencia del buque británico como un acto «inadmisible» que vulnera los reclamos históricos sobre las Malvinas.
  • La postura oficial pone en evidencia una tensión entre el discurso soberanista del gobierno de Milei y sus decisiones operativas concretas en el Atlántico Sur.
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