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Análisis

Duelo y elecciones en Irán: un hito clave para Oriente Medio y el mundo

En un mes se conocerá la decisión del pueblo iraní y se podrá visualizar mejor el derrotero de estos turbulentos tiempos globales.

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Por Telma Luzzani

En forma inesperada, el domingo 19 de mayo, un accidente aéreo, elevó el nivel de alarma en una de las zonas más sensibles e inseguras del planeta -Oriente Medio- y, por extensión, a todo el tablero geoestratégico mundial.

Un viejo helicóptero bimotor de fabricación estadounidense, el Bell 212 (usado incluso por las fuerzas argentinas durante la guerra de Malvinas), en el que viajaban el presidente de Irán, Ebrahim Raisi (63), y su canciller, Hossein Amir-Abdollahian (60) colapsó en el brumoso bosque de Dizmar, en la provincia iraní de Azerbaiyán Oriental. Volvían de inaugurar junto al presidente azerbaiyano, Ilham Aliyev, una importante represa binacional en la frontera entre ambos países.

Un informe del ejército iraní afirmó que no hay señales de que el helicóptero haya sido atacado. Si la probabilidad de un atentado está, por el momento, descartada, una virtual confrontación regional pierde fuerza. No obstante, este cambio imprevisto de altos mandos en el gobierno persa abre no sólo un sinfín de especulaciones sino también expectativas locales, regionales y globales: sea quien sea el gobernante iraní, sus decisiones tienen un peso significativo en los futuros escenarios mundiales.

Con el gobierno de Raisi (2021-2024), Irán –sancionado durante más de cuatro décadas por Occidente- se reorientó hacia el polo euroasiático y llevó adelante un intenso programa de integración con países vecinos, incluso con algunos, como Arabia Saudita, con los que tenía rivalidades históricas. Teherán forma parte de tres grupos multilaterales clave -la Organización de Cooperación de Shangai; la Unión Euroasiática Económica y los BRICS ampliados- y tiene además una ubicación geográfica excepcional con salida al Mar Caspio, el Golfo Pérsico, el mar Arábigo e Indico y, por tierra, estratégicamente conectada con Asia Central y Eurasia en general.

En el panorama interno, técnicamente hablando, está todo previsto: la Constitución iraní dicta que, en caso de que el presidente quede incapacitado de ejercer sus funciones por enfermedad, muerte o juicio político con destitución por parte del parlamento, asumirá como interino su vicepresidente quien, a su vez, deberá convocar, junto con el parlamento unicameral y el poder judicial, a elecciones presidenciales en un plazo de 50 días.

En menos de 24 horas y con el visto bueno de la máxima autoridad persa, el líder supremo ayatollah Ali Jamenei, se confirmó que Mohammad Mokhber (hasta entonces vicepresidente) ocuparía en forma interina la presidencia de la República Islámica de Irán y que el próximo 28 de junio habrá elecciones presidenciales en el país. Históricamente los gobiernos en Irán asumen la primera semana de agosto.

Mokhber (68) es un antiguo oficial del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica y, al igual que Raisi, muy cercano al ayatollah. En el caso del Ministerio de Relaciones Exteriores, el sucesor de Hossein Amir-Abdollahian (un diplomático con relación fluida con el Hezbollah libanés y pieza clave en las decisiones de Teherán en torno al conflicto de Gaza) será también quien cumplía funciones de vice: Ali Bagheri Kani (56).

Kani proviene de una familia de importantes políticos iraníes. Es economista, diplomático de larga trayectoria y uno de los decisores en las tensas (y, como se explica más abajo, fracasadas) negociaciones en torno al programa nuclear iraní (2015-2018). El año pasado, Kani fue el principal interlocutor para un intercambio de prisioneros con EEUU. Su línea sigue al actual gobierno iraní: menor apego al falleciente “orden internacional basado en reglas” de Washington y mayor apertura hacia un nuevo orden multipolar.

En sus primeras horas como canciller, Kani ratificó el rumbo de la política exterior que desarrolló Raisi hasta su muerte. Sostuvo encuentros con líderes de la resistencia palestina y reiteró la voluntad de Irán de defender a ese pueblo. “La resistencia no es un eslogan ni una táctica, sino un principio basado en necesidades reales”, dijo luego de elogiar al pueblo palestino por su valentía.

¿Qué sucederá en las elecciones de junio?


¿Habrá cambio de línea política o continuidad? Es imposible anticipar ahora la voluntad del electorado persa, pero –aunque los medios de la anglósfera distorsionan hábilmente la realidad iraní- es importante subrayar que en ese país, como en los otros con elecciones libres, hay alternancia en el poder y se suceden presidentes calificados por Occidente como “conservadores” (Mahmud Ahmadineyad 2005-2013) y “moderados” (Hasan Rohani 2013-2021), ambos elegidos por dos períodos de cuatro años cada uno.

Hasan Rohani buscó liberar a su país de la asfixia estadounidense y europea y firmó, en 2015, con los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU y Alemania, un pacto por el cual se comprometía a reducir su uranio enriquecido a cambio de que se eliminaran las sanciones económicas. Irán cumplió su parte aceptando, incluso, inspecciones de sus rivales a las plantas nucleares, pero Occidente avanzó muy muy lentamente con su compromiso hasta que Donald Trump en 2018, como presidente de Estados Unidos, decidió dejar de lado la farsa, sacó unilateralmente a Washington d/el acuerdo e intensificó las sanciones.
El gobierno siguiente -el del fallecido Raisi-, en plena pandemia mundial de Covid 19 decidió archivar el capítulo del “Acuerdo 2015” y anunció su voluntad de desarrollar económica y tecnológicamente a Irán; forjar nuevas e independientes alianzas estratégicas; propiciar el multilateralismo y participar en forma muy activa en la actual pugna geopolítica. El ejemplo de Gaza así lo demuestra.

La decisión del próximo gobierno de Irán de seguir involucrado en la complejidad de Yemen, Líbano, Irak, Siria y Gaza, y de ser partícipe –o no- del nuevo balance de poder en Oriente Medio va redefinir las fichas del tablero global. En un mes se conocerá la decisión del pueblo iraní y se podrá visualizar mejor el derrotero de estos turbulentos tiempos globales.

Elecciones

¿Qué significa ser leales?: el pueblo vuelve a salir a buscar su propia historia

A 81 años de la jornada que parió al peronismo, el Día de la Lealtad llega con Cristina presa, un Gobierno que desprecia al Congreso y a la Justicia, y un feminismo que eligió la Ciudad de Buenos Aires para su Encuentro de 2027. La lealtad hoy tiene un nombre: organizarse para que Milei pierda.

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El 17 de octubre de 1945, miles de trabajadores y trabajadoras cruzaron el Riachuelo, se lavaron los pies en las fuentes de la Plaza de Mayo y torcieron el rumbo de un país que hasta entonces decidía sin ellos.

No esperaron que nadie les concediera nada. Ese día el pueblo dejó de esperar y salió a buscar su propia historia. Ochenta y un años después, la fecha vuelve a interpelarnos con una pregunta urgente: qué significa ser leales cuando la democracia, los derechos y la propia identidad popular están bajo ataque.

Este Día de la Lealtad no es uno más. Llega con Cristina Fernández de Kirchner, dos veces presidenta de la Nación, cumpliendo prisión domiciliaria tras una condena que representa el fruto más acabado del lawfare de Comodoro Py; con un Gobierno nacional que gobierna por decreto y desprecia la división de poderes; y a menos de un año de unas elecciones presidenciales que definirán si la Argentina sigue por el camino del ajuste, el odio y la crueldad, o si recupera un horizonte de justicia social.

Una lealtad que se conjuga en presente

Este sábado, en el Polideportivo Juan Domingo Perón de González Catán, en La Matanza, el gobernador bonaerense Axel Kicillof encabezó el acto central del PJ provincial junto a la vicegobernadora Verónica Magario y el intendente Fernando Espinoza. “Acá estamos, querían callarnos y acá estamos, recordando a Evita y Perón en La Matanza, que es la capital del peronismo”, dijo ante la multitud.

El gobernador recordó que aquella gesta “le dio voz a los que no tenían voz, les dio derechos y participación política a los que estaban marginados y excluidos”, sostuvo que Cristina “está injustamente presa por defender nuestras banderas” y planteó el desafío que atraviesa a todo el campo popular: “La lealtad con el pueblo es construir una alternativa que el año que viene termine con esta pesadilla que nos gobierna”. También dejó una definición que debería ordenar el debate de los próximos meses: “Sin justicia social no hay libertad verdadera: hay privilegios, hay explotación y desigualdad. Eso no es libertad”.

Un Gobierno que no respeta la democracia

Desde el primer día, Javier Milei eligió gobernar contra las instituciones. Inauguró su gestión con el DNU 70/2023, un megadecreto que pretendió derogar y modificar centenares de normas sin pasar por el Congreso.

Intentó designar por decreto a dos jueces de la Corte Suprema, Ariel Lijo y Manuel García Mansilla, salteando el acuerdo del Senado, que finalmente rechazó ambos pliegos en abril de 2025.

Vetó la ley de financiamiento universitario y la emergencia en discapacidad, y obligó al Poder Legislativo a insistir con dos tercios para defender lo que la sociedad ya había defendido en las calles.

Llamó al Congreso “nido de ratas” y llegó a decir que “no odiamos lo suficiente a los periodistas”.

No se trata de exabruptos aislados, sino de un método: degradar a los otros poderes para concentrar el poder en uno solo. Cuando un presidente trata al Parlamento como un estorbo, a la Justicia como una herramienta y a la prensa crítica como un enemigo, lo que está en juego no es una gestión de gobierno, sino la propia arquitectura republicana que tanto dicen defender quienes lo votaron por odio al peronismo.

El odio como herramienta, el antiperonismo como tradición

El antiperonismo no nació con Milei. Tiene una genealogía sangrienta: el bombardeo a la Plaza de Mayo en junio de 1955, el golpe de septiembre de ese año, el decreto 4161 de 1956 que prohibió siquiera pronunciar el nombre de Perón y dieciocho años de proscripción del movimiento mayoritario del país. Cada vez que las élites no pudieron derrotar al peronismo en las urnas, intentaron borrarlo por la fuerza, por decreto o por los tribunales.

Lo nuevo es la escala y el tono. El discurso libertario convirtió el odio en política de Estado: contra los “kukas”, contra los “zurdos”, contra las feministas, contra la diversidad, contra los trabajadores estatales y los jubilados que reclaman. Ese clima no es inocuo. En septiembre de 2022, Cristina sobrevivió a un intento de asesinato frente a su casa, porque el arma no se disparó. Las palabras que deshumanizan preparan el terreno para la violencia que mata, y una democracia que naturaliza el odio termina pagando ese precio.

Las mujeres y disidencias van al centro del poder

Hace apenas cinco días, el 12 de octubre, terminó en Córdoba el 39° Encuentro Plurinacional de Mujeres, Lesbianas, Travestis, Trans, Bisexuales, Intersexuales y No Binaries, con más de 150.000 participantes y un centenar de talleres. En el acto de cierre, por decisión unánime, la Ciudad Autónoma de Buenos Aires fue elegida como sede del 40° Encuentro en 2027. No es un dato menor: el primer Encuentro Nacional de Mujeres se realizó en esa misma ciudad en 1986. Cuatro décadas después, el feminismo vuelve al lugar donde nació, en pleno año electoral, para hacerse oír frente a la Casa Rosada.

La ministra de Mujeres bonaerense, Estela Díaz, lo resumió así: “Es una demostración de que se puede convivir en un espacio con sectores con los que se tienen muchísimas diferencias, construyendo una fuerza para confrontar electoralmente en el 2027”. Esa es exactamente la lección que el campo popular necesita aprender: la unidad en la diversidad no es una consigna, es una condición para ganar.

Las razones para movilizarse sobran. Este Gobierno desmanteló el Ministerio de las Mujeres, Géneros y Diversidad, su ministro de Justicia anunció la intención de eliminar la figura de femicidio del Código Penal y el propio Presidente utilizó el escenario de Davos para atacar al feminismo y a la diversidad, lo que provocó la masiva Marcha Federal Antifascista y Antirracista de febrero de 2025. Para nosotras, el ajuste no es una abstracción macroeconómica: es menos asistencia a víctimas de violencia, menos políticas de cuidado y más trabajo no remunerado sobre las mismas espaldas.

Evita lo entendió antes que nadie. Fue ella quien impulsó el voto femenino en 1947 y organizó a las mujeres como sujeto político con voz propia. El feminismo popular argentino, del Ni Una Menos a la Marea Verde, es heredero de esa tradición. No hay 17 de Octubre sin las mujeres en la Plaza.

2027: la lealtad es organizarse

Decirlo con claridad no es una provocación, es una responsabilidad democrática: Milei tiene que perder en 2027. No por revancha, sino porque un proyecto que desprecia la división de poderes, persigue a opositores, insulta a periodistas, ajusta sobre jubilados, universidades y personas con discapacidad, y convierte el odio en programa de gobierno es incompatible con la Argentina que soñaron quienes se movilizaron aquel 17 de octubre.

Pero la derrota del proyecto libertario no vendrá sola. Exige un peronismo que deje atrás sus internas, que escuche a los movimientos sociales, a los sindicatos, a las juventudes y al feminismo, y que vuelva a ofrecer un horizonte de futuro y no solo una defensa del pasado. La lealtad no es nostalgia: es la decisión colectiva de no volver a esperar que otros escriban nuestra historia. Como en 1945, el pueblo tendrá que salir a buscarla.

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