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Cultura

Walas: «Todas nuestras musas son mujeres; Blondie, Siouxsie, Patti Smith»

El cantante de Massacre anuncia el nuevo trabajo de la banda y analiza la escena del rock en Argentina.

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Sobreviviente de todas las escenas posibles desde 1987 gracias a una filosofía anarco-punk que le permitió moverse desde siempre bajo preceptos que recién hoy aparecen extendidos y consolidados en la sociedad, Massacre ocupa en la actualidad el privilegiado lugar de clásico que puede dialogar sin ruido con el estado actual de cosas.

Esta entidad permite que, por ejemplo, la banda pionera en nuestro país del llamado skate-rock apueste al lanzamiento de un disco de vinilo a la vieja usanza, o que despliegue un estilo musical heredero del post-punk, pero que su discurso y postura escénica se encuentren más cómodos ahora que a lo largo de su histórico recorrido.

Por caso, el desprejuiciado grupo que tiene al inefable Walas como cara visible prepara el inminente lanzamiento de su nuevo disco “Nueve”, una producción que presenta tres grupos de tres canciones a cargo de tres importantes productores, Gustavo Santaolalla, Héctor Castillo y Federico “Fico” Piskorz –guitarrista del grupo-, el cual verá la luz en formato vinilo.

Sin embargo, la banda sigue moviéndose dentro de ese universo visual y lírico creado a través de los años en donde las deidades femeninas tienen un protagonismo casi exclusivo, uno de los tantos elementos que la ubicó en un sitial de avant-garde en relación a la cosmovisión que rigió al rock durante décadas.

“Fuimos adelantados porque nosotros de muy chicos fuimos militantes anarco-punk. Eso nos dio un avant-garde ideológico respecto a ciertas posturas, como por ejemplo el machismo. El underground y el anarco-punk, el haber estado metido en el Parakultural con Batato, Tortonese, Urdapilleta y toda esa gente, nos dio cierta vanguardia que hoy en día se popularizó y extendió”, analizó Walas a pedido de Télam.

Y amplió: “Éramos anarco-punk y hoy en día ser anarco-punk es lo mismo que ser antiglobalización. El veganismo, el feminismo, el ´hazlo tú mismo´ son cosas que están incluidas en la materia anarco-punk y eso nos puso a nosotros en la vereda opuesta al rock que se canceló o que pasó de moda”.

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Esta mixtura subirá a escena una vez más el viernes 19 de mayo, cuando Massacre lleve a cabo su espectáculo “Riesgo Rex” en el porteño teatro Gran Rex, en donde mostrará alguna de las nuevas composiciones, repasará sus clásicos y volverá a invitar a un viaje psicodélico-conceptual a partir de la escenografía, las luces y las gráficas.

En diálogo con esta agencia, Walas reveló detalles del concierto del viernes próximo, brindó precisiones sobre el nuevo disco y reflexionó en torno a la manera en que se posiciona la banda en el contexto actual.

Télam: ¿Qué particularidades tendrá este nuevo show en el Gran Rex?

Walas: Nosotros tenemos dos facetas: una más “poguera” que se da en nuestros recitales habituales, cuando solemos tocar en La Trastienda o en Groove, con gente parada, pogo, ritual de recital; y cuando tocamos en un teatro, como en este caso, hacemos un repertorio de temas más progresivos, psicodélicos, más sinfónicos, más volcados a estar flasheando que a estar pogueando. Hay medleys, potpurrís, covers. Este va a ser una mezcla de las dos cosas: de un recital normal y lo que nosotros llamamos “massacredélica”. Estamos armando un show con mucho énfasis en lo visual, en que sea un show más contemplativo que participativo. Va a haber un cuarteto de cuerdas de Javier Casalla, una pianista. Será un show fuera de lo común respecto a lo que son los habituales shows de Massacre.

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T: ¿De ahí el nombre de “Riesgo Rex” para el espectáculo?

W: “Riesgo” es una de las canciones del disco nuevo producidas por Santaolalla. Salió de allí. Vamos a tocar algunas canciones nuevas, por ejemplo los dos singles que salieron esta semana, “Ella va” y “La cita”, producidos por Héctor Castillo, que la gente ya los conoce, y algunos estrenos más, pero no es la presentación del disco.

T: ¿Qué podés anticipar del nuevo disco?

W: Saldrá luego del Gran Rex. Está pensado como en tres segmentos, un tríptico con tres productores distintos, así que es un disco que está hecho en Los Ángeles, Buenos Aires, Brooklyn, Texas…un disco continental. Se va a llamar “Nueve” porque son nueve canciones, es el disco número nueve de Massacre, además nueve es como decir nuevo pero en idioma inclusivo. Hay una serie de cosas que hacen a la numerología del nueve. Lo estamos presentando de a singles de vinilo, cada uno dedicado a un productor.

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T: ¿Hay alguna línea conceptual que una la labor de los tres productores?

W: No, cada canción es independiente. Sí se siente el espíritu de cada una de las trilogías, pero no tiene nada conceptual, son canciones autónomas entre sí.

T: Supongo que para ustedes no es lo mismo trabajar con un consagrado como Santaolalla que con un compañero como el caso de Fico.

W: Con Santaolalla tenemos una amistad muy grande y lo de producirnos surgió de una vez que vino a comer a mi casa y puse algunos discos viejos de Massacre. Fico es parte del proyecto, le dimos el rol de productor y lo hizo muy bien. Es un muy buen productor que se ganó ese espacio entre dos grosos.

T: ¿Cómo se acomoda la banda a los nuevos rituales de escucha de discos en la sociedad?

W: Nosotros a la hora de hacer los discos, los hacemos como siempre. Lo distintos es la forma de mostrarlo, de difundir, de subir a las plataformas. Nos adaptamos bien porque hay gente joven que trabaja con nosotros. Somos románticos como para sacar singles de vinilo, producimos a la vieja usanza, pero distribuimos y promocionamos de forma moderna. Nosotros proponemos el ritual de escuchar discos enteros, de vinilo; proponemos rituales como venir a nuestros recitales, que son un poco música y otro poco stand up. Somos como somos. Al que le gusta, bien. Por suerte, son muchos. Siempre digo que nosotros cuando éramos chicos, éramos incomprendidos, y ahora hay mucha gente con remeras de Joy Division o Velvet Underground.

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T: Han sido pioneros en tener una mirada muy desprejuiciada en muchos aspectos y también en tener a mujeres como principales protagonistas de muchas de sus canciones.

W: La verdad que todas nuestras musas son mujeres. Ya las primeras influencias eran mujeres, desde Blondie y Siouxsie hasta Patti Smith. Y después, toda nuestra imaginería, las diosas que creamos en las canciones, son imágenes femeninas: “La Reina de Marte”, “Niña Dios”, “La Virgen del Knock Out”. Así que nos consideramos matriarcales.

T: ¿Se sienten sobrevivientes de todas las escenas o no le ponen tanta épica al recorrido realizado?

W: Somos sobrevivientes de las escenas, desde ya de todas, pero aparte somos de las pocas bandas en todo el rock nacional que empezó en el 87 y siguió tocando con continuidad, sin separarnos ni cambiar de formación. Y sin claudicar.

Cultura

Por qué los millennials compran experiencias y la Generación Z invierte en identidad digital

Análisis sobre por qué los millennials priorizan la compra de experiencias mientras la Generación Z invierte en identidad digital, presencia en línea y pertenencia comunitaria.

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El consumo dejó de organizarse solo alrededor de objetos físicos. Durante décadas, comprar significaba adquirir algo que podía guardarse, usarse o mostrar en espacios materiales. Hoy, el valor también se construye en viajes, conciertos, cursos, eventos, perfiles, avatares, skins, suscripciones, comunidades y archivos digitales. En ese cambio, millennials y Generación Z muestran prioridades distintas: unos tienden a valorar la experiencia vivida; otros, la identidad proyectada en entornos digitales.

La diferencia no significa que los millennials ignoren lo digital ni que la Generación Z rechace las experiencias físicas. Se trata de énfasis culturales. En un entorno donde conviven redes, videojuegos, plataformas de ocio, compras integradas, apuestas y sitios como https://casino-jugabet.cl/, el consumo ya no se limita a poseer: también sirve para narrarse, participar y ocupar un lugar dentro de comunidades conectadas.

La experiencia como respuesta millennial

Los millennials crecieron en un periodo marcado por cambios económicos, digitalización progresiva y cuestionamiento de la propiedad tradicional. Para muchos, comprar una casa, formar patrimonio o acceder a ciertos bienes materiales resultó más difícil que para generaciones anteriores. En ese contexto, las experiencias ganaron valor: viajar, comer fuera, asistir a eventos, aprender algo o compartir una actividad se convirtió en una forma de construir memoria.

Comprar una experiencia ofrece algo que un objeto no siempre entrega: una historia. Un viaje puede contarse, una cena puede recordarse, un concierto puede compartirse y una actividad puede integrarse en la identidad personal. Para los millennials, la experiencia funciona como capital biográfico. No solo se vive; se convierte en parte del relato de vida.

También hay una dimensión de tiempo. Muchos millennials entraron en la adultez con jornadas extensas, presión laboral y saturación digital. Por eso, pagar por una experiencia puede sentirse como una forma de recuperar control sobre el propio tiempo. No se compra solo entretenimiento; se compra una pausa, una salida o una sensación de avance personal.

La Generación Z y la identidad como presencia

La Generación Z se formó en un entorno donde la identidad digital no es secundaria. Perfiles, nombres de usuario, fotos, avatares, listas, clips, objetos virtuales y comunidades en línea forman parte de la vida social. Para esta generación, invertir en identidad digital no parece raro, porque gran parte de la interacción ocurre en espacios mediados por pantallas.

Una compra digital puede cumplir funciones similares a una prenda, un accesorio o una entrada a un evento. Una skin, una suscripción, una herramienta de edición, una insignia o un objeto virtual permite decir algo: qué se valora, a qué comunidad se pertenece, qué humor se comparte o qué estética se adopta.

La identidad digital también es más flexible que la física. Puede cambiar rápido, adaptarse a plataformas distintas y responder a tendencias. La Generación Z entiende esa flexibilidad como parte del juego social. No siempre busca una identidad fija, sino una identidad editable.

De tener cosas a mostrar señales

Tanto millennials como Generación Z participan en una economía de señales. La diferencia está en el soporte. El millennial puede usar una experiencia para comunicar apertura, gusto, cultura o estilo de vida. La Generación Z puede usar elementos digitales para comunicar pertenencia, habilidad, sensibilidad estética o conocimiento de una comunidad.

En ambos casos, el consumo se vuelve lenguaje. Una persona no compra solo por utilidad, sino por lo que esa compra permite expresar. La experiencia millennial se muestra en fotos, relatos y recuerdos. La identidad digital zoomer se muestra en perfiles, avatares, clips y presencia constante.

Esto no debe leerse como superficialidad. Las señales sociales siempre han existido. Lo nuevo es que ahora circulan con más velocidad y en más espacios. La validación no ocurre solo en reuniones físicas, sino también en chats, plataformas, juegos y redes.

Economía, acceso y prioridades

Las condiciones económicas también influyen. Muchos millennials aprendieron a valorar experiencias porque ciertos bienes duraderos parecían menos accesibles o menos prioritarios. Al mismo tiempo, las plataformas de viaje, eventos y servicios bajo demanda hicieron que la experiencia fuera más fácil de comprar y compartir.

La Generación Z, por su parte, entra al consumo en un entorno donde los bienes digitales son normales. Comprar dentro de una aplicación, pagar por una función, mejorar un perfil o adquirir un objeto virtual forma parte de la rutina. Además, muchas compras digitales tienen precios menores que grandes experiencias físicas, aunque su acumulación pueda ser significativa.

Esto produce una lógica de microinversión identitaria. Pequeñas compras permiten ajustar cómo se aparece ante otros. El gasto no siempre busca duración; busca relevancia en un contexto concreto.

Comunidad y pertenencia

La comunidad es central en ambos modelos. Los millennials suelen comprar experiencias que pueden compartirse con amigos, pareja o familia. El valor aumenta cuando la experiencia se vive con otros o cuando se convierte en memoria común.

La Generación Z invierte en identidad digital porque muchas comunidades funcionan en línea. Un objeto virtual, una estética de perfil o una suscripción puede abrir acceso, reconocimiento o conversación. La pertenencia no depende solo de estar presente, sino de dominar códigos internos.

En este sentido, la identidad digital no es una fantasía separada de la vida real. Es una extensión de relaciones, gustos y posiciones sociales. Para quienes pasan parte importante de su sociabilidad en entornos digitales, invertir allí tiene sentido.

Riesgos de ambos modelos

Comprar experiencias puede convertirse en presión por vivir siempre algo memorable. Viajes, eventos y salidas pueden transformarse en obligación de producir contenido o demostrar una vida activa. La experiencia pierde valor si se vive más para mostrarla que para disfrutarla.

Invertir en identidad digital también tiene riesgos. Los objetos virtuales dependen de plataformas, reglas y cuentas. Además, la búsqueda constante de actualización puede generar gasto impulsivo y ansiedad por quedar fuera de una tendencia.

Ambos modelos muestran que el consumo contemporáneo está ligado a reconocimiento. La pregunta no es solo qué se compra, sino qué necesidad social o emocional intenta cubrir esa compra.

Una diferencia de entorno, no de esencia

Millennials y Generación Z no consumen de formas opuestas. Ambos buscan identidad, pertenencia y sentido. Los millennials tienden a encontrarlo en experiencias que producen memoria. La Generación Z lo encuentra con frecuencia en herramientas digitales que producen presencia.

La diferencia central está en el escenario donde cada generación aprendió a relacionarse. Para unos, la experiencia física fue una respuesta al exceso de objetos y a la incertidumbre económica. Para otros, la identidad digital es una respuesta a una vida social distribuida entre plataformas. En ambos casos, el consumo dejó de ser posesión simple y se volvió construcción de relato.

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