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Cultura

Obtuvo dictamen el proyecto que asigna fondos a la cultura

Las Comisiones de Presupuesto y Hacienda y de Educación y Cultura del Senado de la Nación le dieron luz verde a la iniciativa que prorroga por 50 años las asignaciones específicas destinadas al sostenimiento de actividades culturales.

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El-Argentino-Unidxs por la Cultura

El proyecto de ley en revisión que prorroga por 50 años las asignaciones específicas destinadas al sostenimiento de actividades como las que se llevan a cabo en bibliotecas populares, el cine, la música y el teatro obtuvo este martes dictamen de comisión, al término de un plenario del que participó el vicepresidente de Ente Nacional de las Comunicaciones (Enacom), Gustavo López.

Los senadores ya le habían dado dictamen a una iniciativa similar presentada por la oficialista mendocina Anabel Fernández Sagasti, durante una reunión de comisiones que se realizó el 8 de junio pasado.

Sin embargo, una semana después, Diputados aprobó otro proyecto por 132 votos a favor del Frente de Todos, el interbloque Federal, Provincias Unidas y la Izquierda; 5 en contra, de legisladores libertarios, y 92 abstenciones, de la mayoría de los integrantes de Juntos por el Cambio (JxC).

El Senado, entonces, no tiene otra opción que avanzar con la iniciativa girada desde la Cámara de Diputados para que el proyecto sea ley cuanto antes.

El expediente establece una nueva prórroga, ya que el plazo actual expira el próximo 31 de diciembre, de acuerdo con lo resuelto originalmente durante la gestión macrista.

Los organismos alcanzados son el Instituto Nacional de la Música, la Comisión Nacional de Bibliotecas Populares (Conabip), el Instituto Nacional del Teatro (INT), el Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (Incaa), el Ente Nacional de Comunicaciones (Enacom), Radio y Televisión Argentina (RTA), la Multisectorial por el Trabajo, la Ficción y la Industria Audiovisual Nacional y la Academia de las Artes y Ciencias Cinematográficas de la Argentina.

«La cultura emplea a 300 mil personas en el ámbito audiovisual. Son 500 mil personas relacionas de manera directa a una actividad económica que no es igual a otras, sino que tienen un intangible que le da el valor», expresó López ante los integrantes de las Comisiones de Presupuesto y Hacienda y de Educación y Cultura de la Cámara alta.

En el Salón Arturo Illia del Palacio Legislativo, el funcionario aseguró que «la cultura es el vehículo por donde se transmiten los símbolos que le dan cohesión y unión a una Nación».

«EEUU produce el 85 por ciento del audiovisual del mundo. Ese quince por ciento restante sólo es posible porque existen leyes de protección de la actividad cultural», afirmó López.

El vicepresidente del Enacom aseveró que «hay una corriente internacional unánime que asigna fondos específicos a la cultura».

«¿Por qué una prórroga de 50 años y no 99 o sin plazo?. Por ejemplo, la industria que más plazo necesita es la industria del cine. Se necesitan leyes sin plazo o con plazo extenso para que pueda desarrollarse con normalidad», explicó.

López añadió que «esto no estuvo cuestionado en ningún gobierno de 1983 al 2017, cuando se le puso fecha de vencimiento» para el 31 de diciembre de 2022.

«Es necesario que se permita un trabajo sin condicionamientos, aclarando que esto es solo mantener lo que estaba. Porque Europa ya regula las plataformas de streaming», sostuvo, y añadió que «el espíritu es la preservación de la cultura argentina».

El presidente de la Comisión de Presupuesto y Hacienda, el oficialista riojano Ricardo Guerra, describió al proyecto de ley como «muy simple» y defendió la idea de continuar con el beneficio hasta el año 2072.

«La idea es que sea por un largo período para que estas actividades tengan esa tranquilidad de que estarían financiadas por un tiempo importante», evaluó.

Por su parte, el radical Víctor Zimmermann, vicepresidente de la Comisión, reconoció que «el financiamiento siempre es un problema que hay que tratar de garantizarlo, sobre todo, en lo que se refiere a las industrias culturales».

No obstante, dejó en suspenso la decisión de la oposición de apoyar la iniciativa en el recinto, luego de expresar «dudas» respecto de la prórroga por cincuenta años.

Cultura

Por qué los millennials compran experiencias y la Generación Z invierte en identidad digital

Análisis sobre por qué los millennials priorizan la compra de experiencias mientras la Generación Z invierte en identidad digital, presencia en línea y pertenencia comunitaria.

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El consumo dejó de organizarse solo alrededor de objetos físicos. Durante décadas, comprar significaba adquirir algo que podía guardarse, usarse o mostrar en espacios materiales. Hoy, el valor también se construye en viajes, conciertos, cursos, eventos, perfiles, avatares, skins, suscripciones, comunidades y archivos digitales. En ese cambio, millennials y Generación Z muestran prioridades distintas: unos tienden a valorar la experiencia vivida; otros, la identidad proyectada en entornos digitales.

La diferencia no significa que los millennials ignoren lo digital ni que la Generación Z rechace las experiencias físicas. Se trata de énfasis culturales. En un entorno donde conviven redes, videojuegos, plataformas de ocio, compras integradas, apuestas y sitios como https://casino-jugabet.cl/, el consumo ya no se limita a poseer: también sirve para narrarse, participar y ocupar un lugar dentro de comunidades conectadas.

La experiencia como respuesta millennial

Los millennials crecieron en un periodo marcado por cambios económicos, digitalización progresiva y cuestionamiento de la propiedad tradicional. Para muchos, comprar una casa, formar patrimonio o acceder a ciertos bienes materiales resultó más difícil que para generaciones anteriores. En ese contexto, las experiencias ganaron valor: viajar, comer fuera, asistir a eventos, aprender algo o compartir una actividad se convirtió en una forma de construir memoria.

Comprar una experiencia ofrece algo que un objeto no siempre entrega: una historia. Un viaje puede contarse, una cena puede recordarse, un concierto puede compartirse y una actividad puede integrarse en la identidad personal. Para los millennials, la experiencia funciona como capital biográfico. No solo se vive; se convierte en parte del relato de vida.

También hay una dimensión de tiempo. Muchos millennials entraron en la adultez con jornadas extensas, presión laboral y saturación digital. Por eso, pagar por una experiencia puede sentirse como una forma de recuperar control sobre el propio tiempo. No se compra solo entretenimiento; se compra una pausa, una salida o una sensación de avance personal.

La Generación Z y la identidad como presencia

La Generación Z se formó en un entorno donde la identidad digital no es secundaria. Perfiles, nombres de usuario, fotos, avatares, listas, clips, objetos virtuales y comunidades en línea forman parte de la vida social. Para esta generación, invertir en identidad digital no parece raro, porque gran parte de la interacción ocurre en espacios mediados por pantallas.

Una compra digital puede cumplir funciones similares a una prenda, un accesorio o una entrada a un evento. Una skin, una suscripción, una herramienta de edición, una insignia o un objeto virtual permite decir algo: qué se valora, a qué comunidad se pertenece, qué humor se comparte o qué estética se adopta.

La identidad digital también es más flexible que la física. Puede cambiar rápido, adaptarse a plataformas distintas y responder a tendencias. La Generación Z entiende esa flexibilidad como parte del juego social. No siempre busca una identidad fija, sino una identidad editable.

De tener cosas a mostrar señales

Tanto millennials como Generación Z participan en una economía de señales. La diferencia está en el soporte. El millennial puede usar una experiencia para comunicar apertura, gusto, cultura o estilo de vida. La Generación Z puede usar elementos digitales para comunicar pertenencia, habilidad, sensibilidad estética o conocimiento de una comunidad.

En ambos casos, el consumo se vuelve lenguaje. Una persona no compra solo por utilidad, sino por lo que esa compra permite expresar. La experiencia millennial se muestra en fotos, relatos y recuerdos. La identidad digital zoomer se muestra en perfiles, avatares, clips y presencia constante.

Esto no debe leerse como superficialidad. Las señales sociales siempre han existido. Lo nuevo es que ahora circulan con más velocidad y en más espacios. La validación no ocurre solo en reuniones físicas, sino también en chats, plataformas, juegos y redes.

Economía, acceso y prioridades

Las condiciones económicas también influyen. Muchos millennials aprendieron a valorar experiencias porque ciertos bienes duraderos parecían menos accesibles o menos prioritarios. Al mismo tiempo, las plataformas de viaje, eventos y servicios bajo demanda hicieron que la experiencia fuera más fácil de comprar y compartir.

La Generación Z, por su parte, entra al consumo en un entorno donde los bienes digitales son normales. Comprar dentro de una aplicación, pagar por una función, mejorar un perfil o adquirir un objeto virtual forma parte de la rutina. Además, muchas compras digitales tienen precios menores que grandes experiencias físicas, aunque su acumulación pueda ser significativa.

Esto produce una lógica de microinversión identitaria. Pequeñas compras permiten ajustar cómo se aparece ante otros. El gasto no siempre busca duración; busca relevancia en un contexto concreto.

Comunidad y pertenencia

La comunidad es central en ambos modelos. Los millennials suelen comprar experiencias que pueden compartirse con amigos, pareja o familia. El valor aumenta cuando la experiencia se vive con otros o cuando se convierte en memoria común.

La Generación Z invierte en identidad digital porque muchas comunidades funcionan en línea. Un objeto virtual, una estética de perfil o una suscripción puede abrir acceso, reconocimiento o conversación. La pertenencia no depende solo de estar presente, sino de dominar códigos internos.

En este sentido, la identidad digital no es una fantasía separada de la vida real. Es una extensión de relaciones, gustos y posiciones sociales. Para quienes pasan parte importante de su sociabilidad en entornos digitales, invertir allí tiene sentido.

Riesgos de ambos modelos

Comprar experiencias puede convertirse en presión por vivir siempre algo memorable. Viajes, eventos y salidas pueden transformarse en obligación de producir contenido o demostrar una vida activa. La experiencia pierde valor si se vive más para mostrarla que para disfrutarla.

Invertir en identidad digital también tiene riesgos. Los objetos virtuales dependen de plataformas, reglas y cuentas. Además, la búsqueda constante de actualización puede generar gasto impulsivo y ansiedad por quedar fuera de una tendencia.

Ambos modelos muestran que el consumo contemporáneo está ligado a reconocimiento. La pregunta no es solo qué se compra, sino qué necesidad social o emocional intenta cubrir esa compra.

Una diferencia de entorno, no de esencia

Millennials y Generación Z no consumen de formas opuestas. Ambos buscan identidad, pertenencia y sentido. Los millennials tienden a encontrarlo en experiencias que producen memoria. La Generación Z lo encuentra con frecuencia en herramientas digitales que producen presencia.

La diferencia central está en el escenario donde cada generación aprendió a relacionarse. Para unos, la experiencia física fue una respuesta al exceso de objetos y a la incertidumbre económica. Para otros, la identidad digital es una respuesta a una vida social distribuida entre plataformas. En ambos casos, el consumo dejó de ser posesión simple y se volvió construcción de relato.

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