Opinión
Hecha la ley, la ganga y la pelota
Por Manu Campi.

Por Manu Campi | @manucampimaier
Una señora que pasea un perro pequeño se detiene a ver cómo discute un hombre corpulento, que no podría bajarse del auto con la misma facilidad que insulta, con una pareja bronceada adentro de otro auto más nuevo y vistoso. El entredicho no pasa de ahí; nadie quiere bajarse del auto y ninguno pone a prueba las amenazas que vociferan. La tarde aprieta con el calor. La suerte está sujeta a la potestad del tipo de overol que ordena la fila. Serán uno cuarenta o cincuenta autos con balizas que se pierden de vista doblando la esquina. En algunos asientos traseros hay chicos que juegan y otros que duermen. Los celulares en la mano de todos los conductores. La señora del Volkswagen gris empieza a perder la calma a medida que los minutos pasan y toca bocina mientras el joven del auto de adelante la mira incrédulo. Resulta interesante escuchar las radios encendidas de los automóviles quietos, como si la música o las noticias fueran señal de un sordo movimiento. La señora y el perro siguen caminando. Ahora nadie discute. Un hombre bajito se baja del auto y camina hacia adelante, mientras que algunos están apoyados sobre los marcos de las puertas abiertas. Allá, por el fondo, no se ve bien si son los dos últimos coches, una piba habla con un pibe y a primera vista parecen unidos por un destino común.Los minutos pasan y el calor no afloja. Como suele suceder en estos casos aparece, justo cuando más se lo necesita, un vendedor de agua. Con una heladera de telgopor levanta pedidos cada dos o tres autos. Ni los nenes ni la parejita del fondo quieren agua. Del baúl de una camioneta, una mujer con vestido azul baja dos sillas plegables y con quien pareciera ser su marido se sienta entre el cordón y el vehículo. Al rato, un heladero meta vender palito y bombón helado y los nenes, que hace rato corretean por la vereda, chochos. El agua caliente y el olor a yerba atraviesan la fila. Es llamativo ver cómo un ciruja ofrece lugares a cien mangos. Algunos ríen, mientras otros duermen con la boca abierta en sus asientos reclinados. El tiempo se lleva la tensión y hay quienes desisten. Un sentido color naranja se escurre entre las copas de los árboles. Un camión de la Ciudad trae dos baños químicos y aposta uno en cada esquina. Sobre el capó de un Falcon un mantel ofrece pastelitos y vasitos de plástico. La del Peugeot negro de mitad de la fila vende recortes de papel higiénico. La gente se acomoda. Los cascarrabias son invitados a retirarse mediante abucheos y palabrerío poco decente. La música aparece cuando cae la tarde. Los nombres se entrecruzan y el pibe y la piba del fondo ahora se besan. Los que se insultaban terminaron por hacer las paces cuando ayudaron al grandote a bajar del auto. Ahora conversan amablemente. Las motocicletas traen pedidos de sanguches de milanesa, sushi y cerveza. Repartidores de volantes insisten con conveniencias políticas entre vendedores de seguros oportunistas que se fueron acercando. La fila perdió sentido. Parece que en todas las estaciones de servicio pasa lo mismo. Los periodistas aparecen junto con la noche y las noticias vuelan. Nadie quiere cargar nafta. Los playeros ruegan que la fila avance ofreciendo pelotas de futbol por cada litro de súper.
Elecciones
¿Qué significa ser leales?: el pueblo vuelve a salir a buscar su propia historia
A 81 años de la jornada que parió al peronismo, el Día de la Lealtad llega con Cristina presa, un Gobierno que desprecia al Congreso y a la Justicia, y un feminismo que eligió la Ciudad de Buenos Aires para su Encuentro de 2027. La lealtad hoy tiene un nombre: organizarse para que Milei pierda.
El 17 de octubre de 1945, miles de trabajadores y trabajadoras cruzaron el Riachuelo, se lavaron los pies en las fuentes de la Plaza de Mayo y torcieron el rumbo de un país que hasta entonces decidía sin ellos.
No esperaron que nadie les concediera nada. Ese día el pueblo dejó de esperar y salió a buscar su propia historia. Ochenta y un años después, la fecha vuelve a interpelarnos con una pregunta urgente: qué significa ser leales cuando la democracia, los derechos y la propia identidad popular están bajo ataque.

Este Día de la Lealtad no es uno más. Llega con Cristina Fernández de Kirchner, dos veces presidenta de la Nación, cumpliendo prisión domiciliaria tras una condena que representa el fruto más acabado del lawfare de Comodoro Py; con un Gobierno nacional que gobierna por decreto y desprecia la división de poderes; y a menos de un año de unas elecciones presidenciales que definirán si la Argentina sigue por el camino del ajuste, el odio y la crueldad, o si recupera un horizonte de justicia social.
Una lealtad que se conjuga en presente
Este sábado, en el Polideportivo Juan Domingo Perón de González Catán, en La Matanza, el gobernador bonaerense Axel Kicillof encabezó el acto central del PJ provincial junto a la vicegobernadora Verónica Magario y el intendente Fernando Espinoza. “Acá estamos, querían callarnos y acá estamos, recordando a Evita y Perón en La Matanza, que es la capital del peronismo”, dijo ante la multitud.
El gobernador recordó que aquella gesta “le dio voz a los que no tenían voz, les dio derechos y participación política a los que estaban marginados y excluidos”, sostuvo que Cristina “está injustamente presa por defender nuestras banderas” y planteó el desafío que atraviesa a todo el campo popular: “La lealtad con el pueblo es construir una alternativa que el año que viene termine con esta pesadilla que nos gobierna”. También dejó una definición que debería ordenar el debate de los próximos meses: “Sin justicia social no hay libertad verdadera: hay privilegios, hay explotación y desigualdad. Eso no es libertad”.
Un Gobierno que no respeta la democracia
Desde el primer día, Javier Milei eligió gobernar contra las instituciones. Inauguró su gestión con el DNU 70/2023, un megadecreto que pretendió derogar y modificar centenares de normas sin pasar por el Congreso.

Intentó designar por decreto a dos jueces de la Corte Suprema, Ariel Lijo y Manuel García Mansilla, salteando el acuerdo del Senado, que finalmente rechazó ambos pliegos en abril de 2025.
Vetó la ley de financiamiento universitario y la emergencia en discapacidad, y obligó al Poder Legislativo a insistir con dos tercios para defender lo que la sociedad ya había defendido en las calles.
Llamó al Congreso “nido de ratas” y llegó a decir que “no odiamos lo suficiente a los periodistas”.
No se trata de exabruptos aislados, sino de un método: degradar a los otros poderes para concentrar el poder en uno solo. Cuando un presidente trata al Parlamento como un estorbo, a la Justicia como una herramienta y a la prensa crítica como un enemigo, lo que está en juego no es una gestión de gobierno, sino la propia arquitectura republicana que tanto dicen defender quienes lo votaron por odio al peronismo.


El odio como herramienta, el antiperonismo como tradición
El antiperonismo no nació con Milei. Tiene una genealogía sangrienta: el bombardeo a la Plaza de Mayo en junio de 1955, el golpe de septiembre de ese año, el decreto 4161 de 1956 que prohibió siquiera pronunciar el nombre de Perón y dieciocho años de proscripción del movimiento mayoritario del país. Cada vez que las élites no pudieron derrotar al peronismo en las urnas, intentaron borrarlo por la fuerza, por decreto o por los tribunales.
Lo nuevo es la escala y el tono. El discurso libertario convirtió el odio en política de Estado: contra los “kukas”, contra los “zurdos”, contra las feministas, contra la diversidad, contra los trabajadores estatales y los jubilados que reclaman. Ese clima no es inocuo. En septiembre de 2022, Cristina sobrevivió a un intento de asesinato frente a su casa, porque el arma no se disparó. Las palabras que deshumanizan preparan el terreno para la violencia que mata, y una democracia que naturaliza el odio termina pagando ese precio.
Las mujeres y disidencias van al centro del poder
Hace apenas cinco días, el 12 de octubre, terminó en Córdoba el 39° Encuentro Plurinacional de Mujeres, Lesbianas, Travestis, Trans, Bisexuales, Intersexuales y No Binaries, con más de 150.000 participantes y un centenar de talleres. En el acto de cierre, por decisión unánime, la Ciudad Autónoma de Buenos Aires fue elegida como sede del 40° Encuentro en 2027. No es un dato menor: el primer Encuentro Nacional de Mujeres se realizó en esa misma ciudad en 1986. Cuatro décadas después, el feminismo vuelve al lugar donde nació, en pleno año electoral, para hacerse oír frente a la Casa Rosada.
La ministra de Mujeres bonaerense, Estela Díaz, lo resumió así: “Es una demostración de que se puede convivir en un espacio con sectores con los que se tienen muchísimas diferencias, construyendo una fuerza para confrontar electoralmente en el 2027”. Esa es exactamente la lección que el campo popular necesita aprender: la unidad en la diversidad no es una consigna, es una condición para ganar.
Las razones para movilizarse sobran. Este Gobierno desmanteló el Ministerio de las Mujeres, Géneros y Diversidad, su ministro de Justicia anunció la intención de eliminar la figura de femicidio del Código Penal y el propio Presidente utilizó el escenario de Davos para atacar al feminismo y a la diversidad, lo que provocó la masiva Marcha Federal Antifascista y Antirracista de febrero de 2025. Para nosotras, el ajuste no es una abstracción macroeconómica: es menos asistencia a víctimas de violencia, menos políticas de cuidado y más trabajo no remunerado sobre las mismas espaldas.
Evita lo entendió antes que nadie. Fue ella quien impulsó el voto femenino en 1947 y organizó a las mujeres como sujeto político con voz propia. El feminismo popular argentino, del Ni Una Menos a la Marea Verde, es heredero de esa tradición. No hay 17 de Octubre sin las mujeres en la Plaza.
2027: la lealtad es organizarse
Decirlo con claridad no es una provocación, es una responsabilidad democrática: Milei tiene que perder en 2027. No por revancha, sino porque un proyecto que desprecia la división de poderes, persigue a opositores, insulta a periodistas, ajusta sobre jubilados, universidades y personas con discapacidad, y convierte el odio en programa de gobierno es incompatible con la Argentina que soñaron quienes se movilizaron aquel 17 de octubre.
Pero la derrota del proyecto libertario no vendrá sola. Exige un peronismo que deje atrás sus internas, que escuche a los movimientos sociales, a los sindicatos, a las juventudes y al feminismo, y que vuelva a ofrecer un horizonte de futuro y no solo una defensa del pasado. La lealtad no es nostalgia: es la decisión colectiva de no volver a esperar que otros escriban nuestra historia. Como en 1945, el pueblo tendrá que salir a buscarla.
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