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Análisis

Planes Quinquenales en la Unión Soviética    

Un desarrollo económico nunca antes visto en toda la historia de la humanidad, ocultado sistemáticamente en occidente.

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Por Christian Lamesa*

En occidente es habitual escuchar la afirmación que sostiene, que la economía planificada llevada adelante por la Unión Soviética fracasó. Sin embargo, es poco lo que se sabe acerca de cómo el inmenso país euroasiático, pasó de ser un estado atrasado en su desarrollo industrial (casi inexistente) y con alrededor de un 70% de su población analfabeta, antes de la Revolución, a convertirse en una de las dos mayores potencias mundiales y líder en los campos de la ciencia y el conocimiento, en tiempo record. 

A lo largo de este artículo trataré de explicar de qué forma la planificación de la economía a través de los planes quinquenales por parte del gobierno, unido a la voluntad de acero del pueblo soviético, hicieron posible un desarrollo nunca antes visto en toda la historia de la humanidad, logro que se ha ocultado sistemáticamente en occidente, con la intención de sostener los supuestos beneficios de una caótica economía de mercado, en detrimento de un sistema alternativo, que está dirigido al crecimiento sostenido de los estados, en beneficio de sus ciudadanos y no simplemente para una acumulación obsesiva de riquezas por parte de corporaciones.   

Para comenzar, hay que recordar que el Imperio Ruso ya sufría una situación económica acuciante, debido a su participación en la Primera Guerra Mundial y luego del triunfo de la Revolución de Octubre, en 1917, se desató una guerra civil que se prolongó hasta finales de 1922, provocando cuantiosas pérdidas, tanto materiales como humanas. De esta manera, el nacimiento del primer estado socialista de la historia, estaría plagado de dificultades y desafíos. En una primera instancia, Vladímir Ilich Lenin instauró la N.E.P. (Nueva Política Económica), sistema que consistía en una economía mixta, con regulación y planificación estatal, pero que también contenía elementos de mercado.

Si bien la N.E.P. había logrado incrementar la producción industrial y agrícola, y el crecimiento de la renta nacional entre 1921 y 1928, había sido del 18% anual en promedio, la Unión Soviética necesitaba impulsar la industrialización del país a gran escala y rápidamente. 

Los objetivos que se debían alcanzar, eran la creación de las obras de infraestructura necesarias para construir un estado moderno y eficaz, una poderosa industria pesada, la tecnificación y mecanización de la agricultura, y de este modo conseguir la prosperidad material y cultural de los ciudadanos soviéticos.

En 1928, Iósif Vissariónovich Stalin lanzó el primer Plan Quinquenal, mediante el cual se debía lograr equiparar industrialmente a la URSS con las potencias europeas, incrementar la capacidad militar para la defensa, aumentar la producción agraria y multiplicar la infraestructura de transporte para unir cada rincón del vasto territorio soviético, siendo necesario el cumplimiento de estas metas de forma estricta. Ante el gran desafío que representaba este ambicioso plan, el lema que inspiró a los trabajadores fue: ¡Lo principal es empezar! 

A lo largo de casi todo el periodo del primer Plan Quinquenal, entre 1928 y 1932, el mundo estuvo sumido en la Gran Depresión, mientras que la URSS, merced a esta política, crecía entre el 13 y el 14% anual, más de tres veces lo que habían crecido EEUU y Europa durante la próspera década de 1920. La industria pesada aumento tres veces su volumen y la fabricación de maquinaria se multiplico por veinte. También se incrementó dramáticamente la producción de las minas de carbón del Donbáss y Kuzbáss, se construyeron el complejo metalúrgico de Magnitogorsk, y el que posiblemente haya sido el principal hito del primer plan, la central hidroeléctrica del río Dnieper. 

Todo esto se consiguió casi sin recurrir al capital extranjero y requirió de un gran esfuerzo por parte del pueblo soviético, el cual respondió con dedicación y heroísmo, ante la certeza de un horizonte de crecimiento y seguridad para su país. En 1932, el 56% del presupuesto nacional estaba asignado a la industrialización y el PBI era el doble que en 1928. Así, en medio de un mundo que transcurría la peor crisis económica hasta ese momento, la Unión Soviética había conseguido la independencia financiera e inició el camino del desarrollo industrial, a pesar del aislamiento al que era sometida por las potencias mundiales, que esperaban su fracaso o el momento para atacarla. El Reino Unido, Francia y Alemania eran una amenaza potencial para la URSS y no podía perder tiempo en la carrera para alcanzar sus objetivos. 

El 4 de febrero de 1931, Stalin explicó por qué el país debía mantener estos ritmos extremadamente rápidos para su industrialización: «¿Queréis que nuestra Patria socialista sea derrotada y que pierda su independencia? Estamos retrasados en unos cincuenta a cien años respecto a los países avanzados. Debemos recorrer esta distancia en diez años. O lo hacemos o seremos triturados».

Durante el primer Plan Quinquenal se duplicó la fuerza laboral industrial, se alcanzó el pleno empleo y también se libró una dura lucha contra el analfabetismo, llegando a comienzos de la década de 1940 a un 90% de la población soviética alfabetizada. 

Cuando comenzó el segundo Plan Quinquenal (1933-1937), las masas trabajadoras lo vivieron como una gesta patriótica, con heroísmo y entusiasmo, y el minero Alexei Stakhánov, quien trabajaba en la mina Tsentrálnaya-Írmina de la ciudad de Kádievka, en Donbáss, se iba a convertir en el emblema de este sentimiento, cuando en el año 1935, logró extraer ciento dos toneladas de carbón durante su turno de trabajo de seis horas, siendo siete toneladas la cantidad habitual que un minero sacaba a lo largo de una jornada de trabajo. El 9 de septiembre del mismo año superaría su propia hazaña al extraer doscientas veintisiete toneladas en su turno laboral. Debido a sus logros, Stakhánov sirvió de inspiración y ejemplo a todos los trabajadores, muchos de los cuales incrementaban la productividad por propia iniciativa. Entre 1936 y 1941, el minero soviético fue enviado a la Academia Industrial de Moscú; en 1941 fue designado director de la mina Nº31 de Karangadá, Kazajstán y de 1943 a 1957, formó parte del Ministerio de la Industria del Carbón y llegó a ser diputado del Soviet Supremo; también recibió las condecoraciones, “Orden de Lenin” en dos ocasiones, la “Orden de la Bandera Roja”, y en reconocimiento a su sacrificio personal dedicado al progreso de su país, fue galardonado en 1970 con el título de “Héroe del Trabajo Socialista”.      

Los objetivos para este periodo fueron el incremento de la producción industrial de bienes de consumo, el mejoramiento del transporte (en 1935 entró en funcionamiento la primera línea del Metro de Moscú, verdadera obra de arte arquitectónica), la educación y el desarrollo científico. 

Durante el segundo Plan Quinquenal se cumplieron las metas establecidas en un 102%, superando los objetivos fijados. A lo largo de los diez años de los dos primero planes, los logros obtenidos resultan asombrosos, la industria ligera se incrementó cuatro veces, la siderurgia y la metalurgia aumentaron un 690%, la producción de acero pasó de 3,3 millones de toneladas a 14,5 millones y la de carbón, de 35,4 millones de metros cúbicos a 128 millones. Con estos progresos se estaba cimentando el futuro del país, el esfuerzo había valido la pena, ya que en diez años se estaban superando cien años de atraso respecto de las potencias occidentales y se estaba consiguiendo sin la explotación colonialista, que en la mayoría de los casos había financiado los procesos de industrialización en occidente, mientras que en la URSS lo estaba haciendo posible el compromiso y el esfuerzo de los trabajadores, campesinos e intelectuales.

El tercer Plan Quinquenal (1938-1942) tuvo como lema: “¡Ponerse al día y superar la producción per cápita de los países capitalistas desarrollados!”. Su principal meta consistía en incrementar la capacidad militar defensiva del país, ya que para aquel entonces era una certeza para el Kremlin, que solo era cuestión de tiempo un ataque por parte de la Alemania nazi. También por este motivo, otro de los objetivos era la descentralización de la industria y su reubicación en el Asia soviética y en Siberia, alejada de las fronteras y a resguardo de posibles ataques, decisión que sería de vital importancia una vez comenzada la invasión de los ejércitos fascistas al territorio soviético, unos años más tarde. Completaban las metas de esta etapa el incremento de la producción de bienes de consumo y el aumento de la industria química. 

El 22 de junio de 1941 comenzó la Gran Guerra Patria, cuando Alemania atacó a la Unión Soviética y el tercer Plan Quinquenal debió ser interrumpido, con un 70% de los objetivos cumplidos. Se logró completar la colectivización agraria y la URSS ya se había convertido en una potencia económica, disputando el segundo lugar a nivel mundial con Alemania, detrás de EEUU y habiendo superado ampliamente a Francia y al Reino Unido. 

Gracias a la economía planificada, en poco más de una década, la Unión Soviética consiguió un desarrollo asombroso, sin depender de la inversión extrajera ni comprometiendo su independencia, convirtiéndose en una de las tres principales potencias del mundo para el año 1940.

La URSS ya era en 1941, el segundo productor mundial de hierro, petróleo y oro, estaba en el tercer lugar en la producción de acero, algodón y la generación de electricidad, pasando de 2.500 millones de kWh en 1928, a 40.000 millones de kWh en 1938, representando esto un incremento de más del 1600%. Ocupaba el cuarto puesto como productor de carbón y fabricante de motores para automóviles.       

El transporte también había tenido un desarrollo sin precedente, siendo esta infraestructura de vital importancia para un país de dimensiones colosales, como era la Unión Soviética. Durante la década de 1930 se construyó una gran red de canales, destacándose como algunos de los más importantes, el que unía los mares Blanco y Báltico, y el que permitió conectar a Moscú con el río Volga, convirtiendo a la ciudad capital en un importante puerto fluvial. Se amplió y modernizó la red ferroviaria, triplicando las líneas del ferrocarril Transiberiano y creando nuevas conexiones que permitieron unir todo el territorio y los nuevos centros industriales. 

En 1941, el 68% de las exportaciones soviéticas eran productos manufacturados y la URSS elaboraba el 12% del total de la producción industrial mundial, ubicándose solo por detrás de sus principales competidores, EEUU con el 34,4% y Alemania con el 13,3%.

Resulta difícil imaginar hasta donde podría haber llegado el progreso de la Unión Soviética, de no haber sido que la amenaza nazi la obligo a redirigir su producción a la industria militar y luego la guerra provocó una devastación nunca antes vista. 

Gracias a la planificación y la previsión, es que el país pudo crear importantes centros industriales a salvo del enemigo, en Siberia y la región de los Urales, pudiendo así mantener el flujo de suministros y armamento para el frente, desde la retaguardia, mientras el Ejército Rojo, primero resistía la embestida nazi y finalmente merced al heroísmo soviético y el poder de su industria, empujaron al Ejército Alemán hasta las mismas puertas del Reichstag, librando al mundo entero del régimen de Hitler. Este desarrollo y poderío industrial se había conseguido a lo largo de menos de tres planes quinquenales, algo sin parangón en toda la historia.

Las perdidas resultantes de la guerra, abruman por su magnitud. 27 millones de soviéticos muertos (entre civiles y militares), 1.710 ciudades y 700 mil pueblos y aldeas arrasadas, la pérdida de viviendas se calcula en unos 60 millones de metros cuadrados destruidos, 25 millones de ciudadanos perdieron sus hogares. Miles de fábricas, minas y vías de comunicación debieron ser reconstruidas totalmente. En estas circunstancias comenzó el cuarto Plan Quinquenal, cuyo principal objetivo era la reconstrucción de las regiones arrasadas del país.        

El nuevo plan abarcó de 1946 a 1950, y para cuando finalizó, la producción industrial había crecido un 71% en comparación con los números de 1940. La riqueza de las regiones occidentales había aumentado un 15%, y en el total del país se había elevado un 48%, en el mismo periodo de diez años. La producción de carbón llegó a los 250 millones de metros cúbicos y el acero a las 27 millones de toneladas. La fabricación de maquinaria se incrementó un 60%, mientras que la industria química creció un 80%. Se prosiguió con la descentralización, creando centros industriales en las repúblicas asiáticas y en Siberia. Para 1950 la mitad del acero y el carbón se producían en Kazajstán y en los Urales, se construyeron numerosas centrales hidroeléctricas, y en total la producción industrial había crecido un 41% y la construcción de edificios 141%.

El quinto Plan Quinquenal (1951-1955) continuó alcanzando las metas de crecimiento y fue ejecutado en un 103%. Nuevamente los números de la economía soviética fueron asombrosos durante los diez años del cuarto y quinto plan, creciendo anualmente un 15% hasta 1947, 23% entre 1948 y 1951, y 10% hasta 1955 inclusive. En ningún país de occidente se consiguió alcanzar estos niveles de crecimiento en el mismo periodo. La URSS también logró poner en funcionamiento la primera planta de energía nuclear del mundo, en Obninsk, antes de la finalización del quinto plan. 

Para finalizar, quiero mencionar un último logro alcanzado durante planes quinquenales soviéticos posteriores, que creo que serán significativos para nosotros, los argentinos, que sufrimos una crónica crisis habitacional que ya lleva muchas décadas, merced a la caótica economía de mercado y la especulación inmobiliaria, además de la carencia constante de cualquier tipo de política de estado medianamente seria, que pueda poner orden o brindar algún tipo de solución a la población. 

Durante el Octavo Plan Quinquenal (1966-1970) se construyeron 10 millones de departamentos en toda la URSS y a lo largo de los planes noveno y décimo, se alcanzó el objetivo de que cada familia soviética recibiera un departamento totalmente equipado. 

A esta altura es posible que algunos lectores estén en desacuerdo con esta mirada y se pregunten, ¿Por qué desapareció la URSS si se vivía tan bien?, y es una pregunta válida y la respuesta es política, no económica y en otro artículo, sin duda lo podríamos analizar. Pero lo que no podemos negar en occidente, son las cíclicas crisis del capitalismo y la economía de mercado, con el enorme número de personas que constantemente quedan excluidas del sistema, llegando al extremo de generar trabajadores asalariados que están por debajo de la línea de la pobreza, ante la ausencia de un estado que regule, ordene y oriente los objetivos de la economía en función del bien colectivo y el crecimiento del país, en lugar de la exaltación del individualismo y la especulación. 

Por último, puede ser que para muchos esto resulte una quimera, aunque no debería ser así, ya que muchas economías tienen un desarrollo virtuoso siendo dirigidas por el estado, con la República Popular China como el ejemplo más notorio de esto. Sin embargo, hay otro modelo muy interesante, como la Federación Rusa, que luego de la experiencia de la URSS y su posterior disolución, habiendo pasado por la destrucción del estado durante las privatizaciones de la década de 1990, finalmente, a partir del gobierno del presidente Vladímir Vladímirovich Putin, logró ponerse nuevamente de pie y recuperar su economía, dentro de un sistema de mercado, pero con una fuerte participación del estado en el desarrollo del país, tomando bajo su control los sectores estratégicos de la economía.   

Lo que sin duda nunca debería pasar, es que el estado sea un simple espectador de la realidad y tan solo diagnostique o comente los graves problemas de la sociedad, sin brindar las soluciones necesarias para el desarrollo y la felicidad del pueblo.  

*Pergaminense nacido en la ciudad de Buenos Aires en 1971. Analista geopolítico, fotógrafo y escritor. Autor del libro “La paternidad del mal – Los cómplices de Hitler”.  – Participante de la Conferencia Parlamentaria Rusia – América Latina, realizada en Moscú en 2023, Invitado por la Duma Estatal.– Nominado al premio de la Российское общество «Знание» (Sociedad Rusa «Conocimiento») como «Educador extranjero del año 2023»

Elecciones

¿Qué significa ser leales?: el pueblo vuelve a salir a buscar su propia historia

A 81 años de la jornada que parió al peronismo, el Día de la Lealtad llega con Cristina presa, un Gobierno que desprecia al Congreso y a la Justicia, y un feminismo que eligió la Ciudad de Buenos Aires para su Encuentro de 2027. La lealtad hoy tiene un nombre: organizarse para que Milei pierda.

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El 17 de octubre de 1945, miles de trabajadores y trabajadoras cruzaron el Riachuelo, se lavaron los pies en las fuentes de la Plaza de Mayo y torcieron el rumbo de un país que hasta entonces decidía sin ellos.

No esperaron que nadie les concediera nada. Ese día el pueblo dejó de esperar y salió a buscar su propia historia. Ochenta y un años después, la fecha vuelve a interpelarnos con una pregunta urgente: qué significa ser leales cuando la democracia, los derechos y la propia identidad popular están bajo ataque.

Este Día de la Lealtad no es uno más. Llega con Cristina Fernández de Kirchner, dos veces presidenta de la Nación, cumpliendo prisión domiciliaria tras una condena que representa el fruto más acabado del lawfare de Comodoro Py; con un Gobierno nacional que gobierna por decreto y desprecia la división de poderes; y a menos de un año de unas elecciones presidenciales que definirán si la Argentina sigue por el camino del ajuste, el odio y la crueldad, o si recupera un horizonte de justicia social.

Una lealtad que se conjuga en presente

Este sábado, en el Polideportivo Juan Domingo Perón de González Catán, en La Matanza, el gobernador bonaerense Axel Kicillof encabezó el acto central del PJ provincial junto a la vicegobernadora Verónica Magario y el intendente Fernando Espinoza. “Acá estamos, querían callarnos y acá estamos, recordando a Evita y Perón en La Matanza, que es la capital del peronismo”, dijo ante la multitud.

El gobernador recordó que aquella gesta “le dio voz a los que no tenían voz, les dio derechos y participación política a los que estaban marginados y excluidos”, sostuvo que Cristina “está injustamente presa por defender nuestras banderas” y planteó el desafío que atraviesa a todo el campo popular: “La lealtad con el pueblo es construir una alternativa que el año que viene termine con esta pesadilla que nos gobierna”. También dejó una definición que debería ordenar el debate de los próximos meses: “Sin justicia social no hay libertad verdadera: hay privilegios, hay explotación y desigualdad. Eso no es libertad”.

Un Gobierno que no respeta la democracia

Desde el primer día, Javier Milei eligió gobernar contra las instituciones. Inauguró su gestión con el DNU 70/2023, un megadecreto que pretendió derogar y modificar centenares de normas sin pasar por el Congreso.

Intentó designar por decreto a dos jueces de la Corte Suprema, Ariel Lijo y Manuel García Mansilla, salteando el acuerdo del Senado, que finalmente rechazó ambos pliegos en abril de 2025.

Vetó la ley de financiamiento universitario y la emergencia en discapacidad, y obligó al Poder Legislativo a insistir con dos tercios para defender lo que la sociedad ya había defendido en las calles.

Llamó al Congreso “nido de ratas” y llegó a decir que “no odiamos lo suficiente a los periodistas”.

No se trata de exabruptos aislados, sino de un método: degradar a los otros poderes para concentrar el poder en uno solo. Cuando un presidente trata al Parlamento como un estorbo, a la Justicia como una herramienta y a la prensa crítica como un enemigo, lo que está en juego no es una gestión de gobierno, sino la propia arquitectura republicana que tanto dicen defender quienes lo votaron por odio al peronismo.

El odio como herramienta, el antiperonismo como tradición

El antiperonismo no nació con Milei. Tiene una genealogía sangrienta: el bombardeo a la Plaza de Mayo en junio de 1955, el golpe de septiembre de ese año, el decreto 4161 de 1956 que prohibió siquiera pronunciar el nombre de Perón y dieciocho años de proscripción del movimiento mayoritario del país. Cada vez que las élites no pudieron derrotar al peronismo en las urnas, intentaron borrarlo por la fuerza, por decreto o por los tribunales.

Lo nuevo es la escala y el tono. El discurso libertario convirtió el odio en política de Estado: contra los “kukas”, contra los “zurdos”, contra las feministas, contra la diversidad, contra los trabajadores estatales y los jubilados que reclaman. Ese clima no es inocuo. En septiembre de 2022, Cristina sobrevivió a un intento de asesinato frente a su casa, porque el arma no se disparó. Las palabras que deshumanizan preparan el terreno para la violencia que mata, y una democracia que naturaliza el odio termina pagando ese precio.

Las mujeres y disidencias van al centro del poder

Hace apenas cinco días, el 12 de octubre, terminó en Córdoba el 39° Encuentro Plurinacional de Mujeres, Lesbianas, Travestis, Trans, Bisexuales, Intersexuales y No Binaries, con más de 150.000 participantes y un centenar de talleres. En el acto de cierre, por decisión unánime, la Ciudad Autónoma de Buenos Aires fue elegida como sede del 40° Encuentro en 2027. No es un dato menor: el primer Encuentro Nacional de Mujeres se realizó en esa misma ciudad en 1986. Cuatro décadas después, el feminismo vuelve al lugar donde nació, en pleno año electoral, para hacerse oír frente a la Casa Rosada.

La ministra de Mujeres bonaerense, Estela Díaz, lo resumió así: “Es una demostración de que se puede convivir en un espacio con sectores con los que se tienen muchísimas diferencias, construyendo una fuerza para confrontar electoralmente en el 2027”. Esa es exactamente la lección que el campo popular necesita aprender: la unidad en la diversidad no es una consigna, es una condición para ganar.

Las razones para movilizarse sobran. Este Gobierno desmanteló el Ministerio de las Mujeres, Géneros y Diversidad, su ministro de Justicia anunció la intención de eliminar la figura de femicidio del Código Penal y el propio Presidente utilizó el escenario de Davos para atacar al feminismo y a la diversidad, lo que provocó la masiva Marcha Federal Antifascista y Antirracista de febrero de 2025. Para nosotras, el ajuste no es una abstracción macroeconómica: es menos asistencia a víctimas de violencia, menos políticas de cuidado y más trabajo no remunerado sobre las mismas espaldas.

Evita lo entendió antes que nadie. Fue ella quien impulsó el voto femenino en 1947 y organizó a las mujeres como sujeto político con voz propia. El feminismo popular argentino, del Ni Una Menos a la Marea Verde, es heredero de esa tradición. No hay 17 de Octubre sin las mujeres en la Plaza.

2027: la lealtad es organizarse

Decirlo con claridad no es una provocación, es una responsabilidad democrática: Milei tiene que perder en 2027. No por revancha, sino porque un proyecto que desprecia la división de poderes, persigue a opositores, insulta a periodistas, ajusta sobre jubilados, universidades y personas con discapacidad, y convierte el odio en programa de gobierno es incompatible con la Argentina que soñaron quienes se movilizaron aquel 17 de octubre.

Pero la derrota del proyecto libertario no vendrá sola. Exige un peronismo que deje atrás sus internas, que escuche a los movimientos sociales, a los sindicatos, a las juventudes y al feminismo, y que vuelva a ofrecer un horizonte de futuro y no solo una defensa del pasado. La lealtad no es nostalgia: es la decisión colectiva de no volver a esperar que otros escriban nuestra historia. Como en 1945, el pueblo tendrá que salir a buscarla.

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