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Análisis

La lotería: el impuesto de los idiotas

La búsqueda de un golpe de suerte que lo cambie todo nace de la inútil capacidad de confiar en el azar más que en uno mismo.

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El-Argentino-Manu Campi

Por Manu Campi | @manucampimaier

La construcción sobre la prácticamente nula posibilidad de embocarle a ciertos números consiguió capitalizar tal proeza, desde tiempos remotos, en una lotería.

La historia, de pura notaria, lleva de vez en cuando sus propios registros y resuelve, entonces y como primera entrega de este fascinante pero ingrato artilugio social, que la Dinastía Han, entre 205 y 187 a. C, ya tuviera entre manos a los billetes de lotería Keno.

A la fecha todavía persiste en permanecer en los casinos del gigante asiático. Este juego sirvió (y sirve) como un prolijo recurso para engrosar las filas de los ingresos públicos y, no está demás decir, que sirvió de recaudación impositiva como parte de la financiación de la Gran Muralla.

Según el Libro de los Números, Moisés divide la tierra prometida entre doce tribus. Siempre por sugerencia del padre de todos, puso sus nombres en doce piedras y los nombres de las zonas a repartir en otras doce, pero todas en cajas separadas.

Entonces, quien tome una piedra de una caja y de otra, tendrá su espacio terrenal a manos de la suerte. En otros libros como el Levítico, también se considera que dejar las cosas al azar oficia de justicia suprema. Así, el azar, la suerte y la fortuna no son otra cosa que una mojada de oreja, según el cristianismo primitivo, del dedo del Señor.

Si bien es cierto, y aunque no sume demasiado a la ocasión, en tiempos de Enoch, Toré, sobrino-nieto de Saón el Cojo, escribía al respecto hace unos cinco mil quinientos años lo siguiente: “Es valor propio la virtud de la semblanza, así como también el ruego sobre la cosecha.

Se observa con destreza a un pueblo en tanto repara con trabajo en su huerta (…) pero aun así, puede notarse el temple ávido de aquellos que dejan el grano en la nocturna de Montevideo”. Entre dimes y diretes, y sin lugar a dudas, los romanos antiguos tenían la lotería bastante aceitada, pero no bajo la premisa de los dinásticos orientales.

No recaudaban, sino más bien moldeaban la construcción social bajo el amparo estatal para poner la suerte en muchos a manos de no tantos. Por cierto, también es sabido que de este lado del globo se ha ido siempre algo más lento, aunque habría tiempo de sobra para desarrollar el concepto imperialista sobre la importancia de hacerse rico de un día para el otro.

Imagínese, estimado lector, que un día como hoy, usted amanece como un sencillo oficinista, contador, abogado o reparador de carburadores, pero al final del día se encuentra como un espléndido millonario. Sí, los millonarios tienden a ser magníficos, razón de sobra para que las agencias de lotería gocen de propio motivo.

Entonces no solo usted resolvería sus más prontas urgencias, además tendría un justo divorcio de todos sus problemas. Arriesgando un poco, su nombre ocuparía algún titular matutino en donde el remache social sobre que el sencillo y espontáneo éxito no es para cualquiera, sino más bien para aquellos que arriesgan lo poco que tienen.

Durante las Saturnalias, se tiraban a la multitud tablillas con dones, premios y trofeos. Ya en el siglo I de nuestra era (si es que antes del carpintero fue una era de otros), los juegos de azar eran de lo más populares. En las lupercales, el Tinder de la Antigüedad proponía que muchachos y muchachas saquen nombres de cajas para la ocasión, emparejando adolescentes de pura suerte.

En la Edad Media, el buen comerciante veneciano rifaba los lotes que no podía vender y, durante todo el espacio medieval, la proto-lotería siempre encontró destino en solventar algún problema puntual para llenar las arcas de los reinos, también en nombre del Señor. La modernidad de la suerte sugiere que la lotería, tal cual la conocemos hoy, fue solo como juego que se introdujo en Francia por soldados de Francisco I provenientes de Francia con una especie de juego llamado “lotto”, de origen genovés, alla por el 1525.

Benedetto Gentile, senador veneciano, elegía funcionarios y renovaba cargos públicos, con este juego. La monarquía francesa rauda en tomar nota, le dio curso al juego prometiendo y por una módica suma, supuso también la rápida fortuna.

De esta manera, el impuesto de los idiotas, en donde la posibilidad es de 1 en 14 millones en algunos casos, sigue llenando desde tiempos inmemoriales, arcas desconocidas a manos de bolsillos aun ingenuos.

Análisis

Sin golpe de Estado ni tanques, así se destroza la democracia en el siglo XXI: decretos, lawfare y un Congreso socavado

Un análisis del New York Times advierte que la Corte Suprema de Estados Unidos le arrebata sistemáticamente poder al Congreso, el cuerpo directamente elegido por los ciudadanos. El fenómeno no es exclusivo de Estados Unidos: en Argentina, el gobierno de Javier Milei lo lleva al extremo con una fábrica de decretos que intentan legislar por las espaldas del Parlamento. El DNU 70/23, la Ley Bases, el veto a las universidades y los fallos parciales de la Corte argentina configuran un mismo patrón global: el vaciamiento del poder legislativo.

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El Argentino Diario-Donald Trump-Javier Milei.

El Congreso fue diseñado para ser el corazón de la democracia representativa: el lugar donde los ciudadanos, a través de sus representantes elegidos, deciden las leyes que organizan la vida en común. Ese principio, fundacional en cualquier república, está siendo erosionado de manera simultánea en dos de las democracias más antiguas de Ámerica, con métodos distintos pero con el mismo resultado: el vaciamiento del poder legislativo en favor del ejecutivo y del poder judicial, dos poderes que nadie vota.

Un análisis publicado esta semana por el New York Times en su sección de investigación plantea que la Corte Suprema de EEUU, liderada por John Roberts, lleva años despojando sistemáticamente de poder al Congreso norteamericano: restringe la capacidad de las agencias reguladoras de implementar leyes, exige estándares imposibles para las políticas de derechos civiles, limita la delegación de poder a los organismos estatales.

El resultado, según el análisis, es una transferencia gradual y silenciosa de poder hacia un tribunal no electo que se mueve más rápido que el Congreso y tiene menos obligaciones en la estructura constitucional.

El espejo argentino: Milei y la fábrica de Decretos

En Argentina, el fenómeno adopta otra forma pero apunta al mismo destino. Javier Milei asumió la presidencia en diciembre de 2023 y en sus primeros días de gobierno firmó el DNU 70/23, un mega decreto de necesidad y urgencia con más de 300 artículos que desreguló la economía, modificó el régimen laboral y alteró decenas de normas aprobadas por el Congreso, todo ello sin pasar por el Parlamento.

La Constitución argentina establece que los DNU son una herramienta de carácter excepcional, para situaciones de urgencia que impidan el tratamiento legislativo ordinario. Milei los usó como método de gobierno: según datos de Chequeado, en 2025 el libertario dictó 11 DNU, igualando la cantidad de leyes que se promulgaron en el mismo período.

La Confederación General del Trabajo (CGT) obtuvo una medida cautelar que suspendió el capítulo laboral del DNU 70/23. La reforma laboral quedó en suspenso. Pero el resto del decreto siguió vigente, porque la Corte Suprema argentina rechazó sucesivos planteos para obligar al Congreso a tratarlo y declararlo inconstitucional en su totalidad, bajo el argumento de que no había «caso o controversia» suficiente. La Corte falló contra cuatro de los cinco DNU que analizó en los últimos años, pero el DNU de Milei sigue en un limbo jurídico que, en la práctica, lo mantiene vigente.

El veto a las universidades: cuando el ejecutivo dice no al Congreso y a la Justicia

El patrón no se agota en el DNU 70/23. El Congreso argentino aprobó en 2024 una ley de financiamiento universitario que garantizaba recursos para el funcionamiento de las universidades nacionales y disponía actualizaciones salariales para su personal. Milei la vetó. El Congreso ratificó la ley. Milei la ignoró.

En junio de 2026, la Corte Suprema dejó firme una medida cautelar que obligó al gobierno a cumplir con esa Ley, en un fallo que los rectores universitarios celebraron como el final de un proceso largo y difícil. Según representantes universitarios, las transferencias del gobierno a las universidades nacionales registraron una caída del 45,6% entre 2023 y 2026. Emiliano Yacobitti, vicerrector de la UBA, lo sintetizó en una publicación en X: «Fue un camino largo y difícil. Gracias a una sociedad que nunca renunció a la defensa de la universidad pública.»

El escenario se repite en cada conflicto entre el Ejecutivo y el Congreso: el gobierno desconoce o veta las leyes que no le gustan, impulsa reformas estructurales mediante decretos que evitan el debate parlamentario, y espera que la Corte tarde años en resolver, como ocurrió con el DNU de Macri sobre el que el máximo tribunal recién se pronunció siete años después de firmado. La lentitud judicial se convierte así en un instrumento político: el decreto funciona mientras la Corte no lo invalida.

Un fenómeno global: del Congreso de papel a la democracia de papel

El paralelo entre el análisis del NYT sobre EEUU y la Era Milei no es casual ni superficial. Responde a una tendencia global que politólogos y constitucionalistas vienen documentando desde hace años bajo el nombre de «retroceso democrático» o «erosión democrática»: la democracia no muere de un golpe, sino que se vacía lentamente, cuando las instituciones formales siguen en pie pero pierden su contenido real. El Congreso existe pero no legisla; la Corte existe pero tarda o esquiva; el presidente gobierna por decreto y el Congreso aprobado por el voto popular queda reducido a un sello.

En EEUU, la Corte Suprema de mayoría conservadora, designada en buena medida por Trump durante su primer mandato, avanzó en años recientes sobre el derecho al aborto (revertiendo Roe v. Wade), sobre la regulación ambiental (limitando la capacidad de la EPA), sobre la autonomía de las agencias independientes (restringiendo el poder de la FTC) y sobre la inmunidad presidencial (otorgándosela a Trump en un fallo sin precedentes en la historia del país). Cada uno de esos fallos recortó el poder del Congreso para regular, proteger y legislar, y lo transfirió a un tribunal no electo cuyos miembros tienen cargos vitalicios.

En Argentina, el proceso tiene su propia especificidad: aquí el vaciamiento lo lidera el Ejecutivo, que gobierna por Decreto y asfixia presupuestariamente todo aquello que el Congreso aprobó, desde las universidades hasta la Línea 144, desde los programas sociales hasta las transferencias a provincias. La Corte oscila entre frenar algunos excesos (universidades, reforma laboral) y dejar pasar otros (el DNU 70/23 en su conjunto). El resultado es una democracia que funciona en sus formas pero pierde sustancia en su contenido.

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