Análisis
Semiótica a las patadas con la realidad
Estereotipos Narrativos.
Por Fernando Buen Abad Domínguez
Instalados como catalizadores emocionales y palestras “didácticas”, las escuelas y estilos de narración futbolera nada tienen de ingenuidad y nada de improvisación. Detrás de los modelos de relatos y de los comentarios, inoculados de manera inconsulta por los monopolios mediáticos a los tele-espectadores o a los radioescuchas, está el aparato ideológico hegemónico contándonos la historia (su historia) con sus medios, sus modos y sus relaciones de producción de sentido. Nadie los elige, pero todos los soportan, porque (casi) no hay escapatoria. Es un problema continental.
Reina el individualismo, el productivismo, el patrioterismo, el sectarismo y el mercantilismo. La mediocridad se vuelve “mito” con héroes, asalariados como esclavos, que se venden y se compran en un mercado empresarial farandulizado e impune. Las masas son decorativas, corifeos y comparsa del negocio y del relato que las usa como razón y lavadero de todo el cuento. La estructura de ese relato tiene zonas de éxtasis prefabricado para que el relator grite una catarsis de mercado cronometrada por el “show bussines” aunque recientemente interrumpida por el “var”. Todavía no encuentran cómo superar ese “anticlimax” legaloide.
Quienes relatan, ellos o ellas, asumen una pleitesía irrevocable con los vicios léxicos viejos de un deporte-espectáculo que no sólo ha fungido como reservorio conservador, sino que es refugio de silencios y escapatorias ante las realidades más hirientes. En las escuelas de relato futbolero se omite toda referencia a la política, a la verdadera, a la que se escribe y pronuncia con mayúsculas, a esa que se nota tatuada en la educación de las masas espectadoras, en vivo o a distancia, en esa que se nota en la civilidad entre los jugadores, en su ética y en la calidad de sus diálogos. A la solidaridad entre asalariados. No hay relator que aluda a la calidad paupérrima con que los jugadores o jugadoras logran hilvanar una frase cuando explican el resultado de un juego. Nadie alude a la crisis educativa y cultural que se trasmina en los léxicos y los gestos, en los uniformes y en los ademanes… en la historia misma de explotación a que se somete a la inmensa mayoría de los jugadores antes de ser vendidos en el mercado de las patadas. Nadie denuncia el show de escupitajos transmitidos. A todo color y en cadena nacional y trasnacional…y las piscinas de mocos en que se convierten los campos de juego. Nada de esto pesa en la narrativa ética de las escuelas de narración futbolera. Las miserias no se aluden.
Todo se reduce a lo circunstancial y la coyuntura. Todo se reduce a sacarle brillo lenguaraz al momento “lúcido” o a un error “catastrófico”. Al brillo individual y al mercado de las transferencias. Es un gritadero infernal intoxicado con exageraciones sin freno. Todo es hiperbólico y estruendoso. Inyectan emociones inútiles en movimientos intrascendentes, describen como dramas helénicos los revolcones histriónicos de aquellos jugadores o jugadoras que aprendieron a dramatizarlo todo por alguna razón televisiva o de manipulación de tiempos. Poco importa porque la mediocridad de muchos partidos está envuelta con oropeles de saliva que encontrará el modo de hacer pasar por “intenso” el aburrimiento de las canchas y de las plateas. Se trata de un negocio de disfraces ideológicos que se arma con adjetivos, verbos y sustantivos inflamados de nadería para una forma del entretenimiento especializado, mayormente, en falsificar la realidad. Con algunas muy honrosas, y escasas, excepciones.
Aunque los relatores toman clases y se untan con ciertos barnices académicos, su escuela principal es la imitación, la suplantación y el plagio, consecuentados por los jefes que tienen el veredicto final del mal gusto y del negocio. El exitismo del “rating” manda. No se niega aquí la originalidad y riqueza narrativa que algunos tuvieron -y tienen- para “explicar” con palabras lo que ocurre en las canchas. Es un oficio basado en las reiteraciones y en las obviedades que terminan siendo absurdas por más acostumbrados que estemos. El relator o cronista (hay nombres para todo) pocos rubores muestra por sus incapacidades léxicas Algunos no logran siquiera conjugar correctamente los verbos especialmente ese con el que más contacto tienen que es el verbo errar. No tienen rubor por su limitada cultura general y desde luego ningún pudor por la realidad escandalosa del contexto, del subtexto y el pretexto de cada encuentro futbolero.
Predominan las premisas del funcionalismo y el estructuralismo en los relatos futboleros, aunque muchos de sus usuarios lo ignoran consuetudinariamente. Algunas de las mafias monopólicas más trasnacionalizadas como ESPN, que es ahora propiedad de Disney, también tiene protocolos narrativos estereotipados que se hacen carne en las frecuentemente pésimas entonaciones y estilos de cada relator que tienen asalariado y al que han convencido (pese a las evidencias contrarias) de ser “interesante” o “atractivo” para los públicos. En la fuerza aplastante de la costumbre, la plantilla de relatores futboleros, infiltrados en la Patria Grande, forma una nómina de atrasos y contrasentidos educativos, comunicacionales y culturales, realmente preocupante. Inaceptables. ¿Quién interviene?
Aunque algunos Estados se preocupen por educar a los pueblos con valores comunitarios y sentido de la cooperación, entre iguales y con justicia; aunque las burocracias educativas se desgañiten (si lo hacen) educando por el respeto, la solidaridad, la dignificación y la fraternidad entre compañeros; aunque prime la búsqueda de los valores sociales como causa mejor y ultima del esfuerzo colectivo, por encima de los valores mercantiles y para que el dinero no esté por encima de los seres humanos… si eso ocurriera en un país o en una comarca cualquiera, sepan que en un partido de fútbol, de los más comunes y corrientes, con sus relatos infestados de mercantilismo, individualismo, oportunismo y ventajismo patriotero y sectario, se echa por tierra a los mejores programas educativos. En 90 minutos, más lo que el árbitro añada.
Elecciones
¿Qué significa ser leales?: el pueblo vuelve a salir a buscar su propia historia
A 81 años de la jornada que parió al peronismo, el Día de la Lealtad llega con Cristina presa, un Gobierno que desprecia al Congreso y a la Justicia, y un feminismo que eligió la Ciudad de Buenos Aires para su Encuentro de 2027. La lealtad hoy tiene un nombre: organizarse para que Milei pierda.
El 17 de octubre de 1945, miles de trabajadores y trabajadoras cruzaron el Riachuelo, se lavaron los pies en las fuentes de la Plaza de Mayo y torcieron el rumbo de un país que hasta entonces decidía sin ellos.
No esperaron que nadie les concediera nada. Ese día el pueblo dejó de esperar y salió a buscar su propia historia. Ochenta y un años después, la fecha vuelve a interpelarnos con una pregunta urgente: qué significa ser leales cuando la democracia, los derechos y la propia identidad popular están bajo ataque.

Este Día de la Lealtad no es uno más. Llega con Cristina Fernández de Kirchner, dos veces presidenta de la Nación, cumpliendo prisión domiciliaria tras una condena que representa el fruto más acabado del lawfare de Comodoro Py; con un Gobierno nacional que gobierna por decreto y desprecia la división de poderes; y a menos de un año de unas elecciones presidenciales que definirán si la Argentina sigue por el camino del ajuste, el odio y la crueldad, o si recupera un horizonte de justicia social.
Una lealtad que se conjuga en presente
Este sábado, en el Polideportivo Juan Domingo Perón de González Catán, en La Matanza, el gobernador bonaerense Axel Kicillof encabezó el acto central del PJ provincial junto a la vicegobernadora Verónica Magario y el intendente Fernando Espinoza. “Acá estamos, querían callarnos y acá estamos, recordando a Evita y Perón en La Matanza, que es la capital del peronismo”, dijo ante la multitud.
El gobernador recordó que aquella gesta “le dio voz a los que no tenían voz, les dio derechos y participación política a los que estaban marginados y excluidos”, sostuvo que Cristina “está injustamente presa por defender nuestras banderas” y planteó el desafío que atraviesa a todo el campo popular: “La lealtad con el pueblo es construir una alternativa que el año que viene termine con esta pesadilla que nos gobierna”. También dejó una definición que debería ordenar el debate de los próximos meses: “Sin justicia social no hay libertad verdadera: hay privilegios, hay explotación y desigualdad. Eso no es libertad”.
Un Gobierno que no respeta la democracia
Desde el primer día, Javier Milei eligió gobernar contra las instituciones. Inauguró su gestión con el DNU 70/2023, un megadecreto que pretendió derogar y modificar centenares de normas sin pasar por el Congreso.

Intentó designar por decreto a dos jueces de la Corte Suprema, Ariel Lijo y Manuel García Mansilla, salteando el acuerdo del Senado, que finalmente rechazó ambos pliegos en abril de 2025.
Vetó la ley de financiamiento universitario y la emergencia en discapacidad, y obligó al Poder Legislativo a insistir con dos tercios para defender lo que la sociedad ya había defendido en las calles.
Llamó al Congreso “nido de ratas” y llegó a decir que “no odiamos lo suficiente a los periodistas”.
No se trata de exabruptos aislados, sino de un método: degradar a los otros poderes para concentrar el poder en uno solo. Cuando un presidente trata al Parlamento como un estorbo, a la Justicia como una herramienta y a la prensa crítica como un enemigo, lo que está en juego no es una gestión de gobierno, sino la propia arquitectura republicana que tanto dicen defender quienes lo votaron por odio al peronismo.


El odio como herramienta, el antiperonismo como tradición
El antiperonismo no nació con Milei. Tiene una genealogía sangrienta: el bombardeo a la Plaza de Mayo en junio de 1955, el golpe de septiembre de ese año, el decreto 4161 de 1956 que prohibió siquiera pronunciar el nombre de Perón y dieciocho años de proscripción del movimiento mayoritario del país. Cada vez que las élites no pudieron derrotar al peronismo en las urnas, intentaron borrarlo por la fuerza, por decreto o por los tribunales.
Lo nuevo es la escala y el tono. El discurso libertario convirtió el odio en política de Estado: contra los “kukas”, contra los “zurdos”, contra las feministas, contra la diversidad, contra los trabajadores estatales y los jubilados que reclaman. Ese clima no es inocuo. En septiembre de 2022, Cristina sobrevivió a un intento de asesinato frente a su casa, porque el arma no se disparó. Las palabras que deshumanizan preparan el terreno para la violencia que mata, y una democracia que naturaliza el odio termina pagando ese precio.
Las mujeres y disidencias van al centro del poder
Hace apenas cinco días, el 12 de octubre, terminó en Córdoba el 39° Encuentro Plurinacional de Mujeres, Lesbianas, Travestis, Trans, Bisexuales, Intersexuales y No Binaries, con más de 150.000 participantes y un centenar de talleres. En el acto de cierre, por decisión unánime, la Ciudad Autónoma de Buenos Aires fue elegida como sede del 40° Encuentro en 2027. No es un dato menor: el primer Encuentro Nacional de Mujeres se realizó en esa misma ciudad en 1986. Cuatro décadas después, el feminismo vuelve al lugar donde nació, en pleno año electoral, para hacerse oír frente a la Casa Rosada.
La ministra de Mujeres bonaerense, Estela Díaz, lo resumió así: “Es una demostración de que se puede convivir en un espacio con sectores con los que se tienen muchísimas diferencias, construyendo una fuerza para confrontar electoralmente en el 2027”. Esa es exactamente la lección que el campo popular necesita aprender: la unidad en la diversidad no es una consigna, es una condición para ganar.
Las razones para movilizarse sobran. Este Gobierno desmanteló el Ministerio de las Mujeres, Géneros y Diversidad, su ministro de Justicia anunció la intención de eliminar la figura de femicidio del Código Penal y el propio Presidente utilizó el escenario de Davos para atacar al feminismo y a la diversidad, lo que provocó la masiva Marcha Federal Antifascista y Antirracista de febrero de 2025. Para nosotras, el ajuste no es una abstracción macroeconómica: es menos asistencia a víctimas de violencia, menos políticas de cuidado y más trabajo no remunerado sobre las mismas espaldas.
Evita lo entendió antes que nadie. Fue ella quien impulsó el voto femenino en 1947 y organizó a las mujeres como sujeto político con voz propia. El feminismo popular argentino, del Ni Una Menos a la Marea Verde, es heredero de esa tradición. No hay 17 de Octubre sin las mujeres en la Plaza.
2027: la lealtad es organizarse
Decirlo con claridad no es una provocación, es una responsabilidad democrática: Milei tiene que perder en 2027. No por revancha, sino porque un proyecto que desprecia la división de poderes, persigue a opositores, insulta a periodistas, ajusta sobre jubilados, universidades y personas con discapacidad, y convierte el odio en programa de gobierno es incompatible con la Argentina que soñaron quienes se movilizaron aquel 17 de octubre.
Pero la derrota del proyecto libertario no vendrá sola. Exige un peronismo que deje atrás sus internas, que escuche a los movimientos sociales, a los sindicatos, a las juventudes y al feminismo, y que vuelva a ofrecer un horizonte de futuro y no solo una defensa del pasado. La lealtad no es nostalgia: es la decisión colectiva de no volver a esperar que otros escriban nuestra historia. Como en 1945, el pueblo tendrá que salir a buscarla.
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