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“Es clave, para que no se repita”
Oscar Castellucci, padre de Martín, un joven que fue asesinado al ser golpeado por un patovica en un boliche de Lanús hace 16 años, consideró que el juicio por el crimen de Fernando Báez Sosa pone en debate una problemática de la violencia en la nocturnidad y más allá del resultado final del proceso, no naturalizar la situación es fundamental para que no se repitan estos episodios
Por Néstor Llidó
Desde la tragedia personal, ese dolor que no cesa y más allá de una causa judicial que les dio la espalda, la familia de Martín Castellucci tomó el camino de trabajar para que los hechos de violencia en torno a la violencia en los boliches, en los lugares de diversión de la nocturnidad, que afectan a los jóvenes, no se repitan con la frecuencia en que suceden, en casi todos los fines de semana.
En momentos en que el juicio por el crimen de Fernando Báez Sosa está en pleno desarrollo, con la acusación contra el grupo de rugbiers que conforman esa patota que lo atacó a golpes y patadas, aquel asesinato de Martín Castellucci, en 2006 al ser agredido a trompadas por un patovica frente La Casona de Lanús, trae a la memoria que estas situaciones de violencia, tanto adentro, como afuera de los boliches, se fueron “naturalizando” en la sociedad.
Más allá del impacto que en la opinión pública tuvo y tiene la muerte de Fernando en Villa Gesell, que ahora se ve potenciado por el foco de atención colocado en las audiencias ante los Tribunales de Dolores, para Oscar Castellucci, padre de Martín, “es bastante complejo analizar y opinar seriamente sobre lo que viene sucediendo en el juicio, al que todo estamos siguiendo a través de los medios de comunicación, pero me parece saludable que la sociedad se involucre para que estos hechos no se repitan, que dejemos de naturalizarlos. Porque, lamentablemente, ocurren, no siempre con desenlaces fatales, pero la violencia está ahí presente”.
Sin dejar de marcar que existe cierta superficialidad en el tratamiento del caso y cuestionar el morbo en el exceso de continuar mostrando las imágenes de la mortal agresión, Castellucci comentó a EL ARGENTINO que “la diversidad de opinólogos, quienes desconocen la causa en profundidad, termina dañando a los padres de Fernando. Hay una ola de punitividad que se traduce en perpetua o nada, genera que cualquier otro resultado en el fallo pueda generar reacciones que no suman a resolver la cuestión de fondo. Acá no está en discusión la responsabilidad de los rugbiers procesados por el homicidio, pero no creo en las sentencias ejemplares, sino en las justas”
“Acá hay un serie de factores concurrentes que derivaron en el hecho y que tienen relación con la falla de todos los dispositivos de prevención.
Al profundizar solo un poco sobre lo sucedido en esa madrugada en el boliche Le Brique de Villa Gesell, tenemos el no cumplimiento del aforo, la falta de capacitación de las personas que trabajan en la seguridad de los locales y el rol de las fuerzas de seguridad. En general, en la nocturnidad suelen ser más parte del problema que de la solución, al margen de algo que todos sabemos que son los incidentes de grupos de jóvenes, con la incidencia de los consumos problemáticos. Por eso, hay que hacer una lectura más amplia de estos desastres que nos pasan como sociedad”, agregó.
Desde la asociación Martín Castellucci, junto a su esposa Ana Herrera, Oscar se pusieron a disposición de los padres de Fernando Báez Sosa. “Somos vecinos, vivimos a dos cuadras y en su momentos hablamos con Graciela. Le ofrecimos nuestro acompañamiento, pero siempre respetamos su decisión de llevar adelante la situación y ahora que llegó el momento del juicio, hay mucha gente apoyándolos y eso es muy importante”.
Así como impulsaron una norma en la provincia de Buenos Aires para regularizar el trabajo del personal de control de admisión y permanencia de público, los vulgarmente “patovicas”, en bares, pubs, discotecas y otros lugares de esparcimiento, desde la entidad que lleva el nombre de su hijo presentaron un proyecto para la creación de la Agencia Nacional de Nocturnidad.
Y sobre la ley vigente y su aplicación en territorio bonaerense, en relación con el crimen de Fernando Báez Sosa, Oscar Castellucci hizo hincapié en que “una de sus especificidades es que, si existe un conflicto interno en un boliche, lo que no debe hacerse de ninguna manera es sacar a los chicos y tirarlos a la calle. Porque así lo que hace es desligarte del conflicto, para que tu negocio siga funcionando normalmente y no importa si afuera ocurre una desgracia. Forma parte de la clandestinidad en que se mueve la nocturnidad”.
La ley para formar la Agencia Nacional de Nocturnidad, un organismo nacional multisectorial para el diseño de políticas públicas y el monitoreo de su aplicación, tiene estado parlamentario y en tratamiento ante las distintas comisiones del Congreso, esperándose que pueda llevarse al debate en Diputados y Senadores durante este año.
CABA
Menos psicopedagogos, más policías: la escuela porteña deja de ser un lugar de cuidado
El protocolo porteño habilita el ingreso de la Policía de la Ciudad a las escuelas a pedido de los directivos, por orden judicial o por fuerza mayor. Ninguna ley lo impedía, pero la comunidad educativa lo defendió como una conquista democrática.
La Policía de la Ciudad tiene, desde este lunes, una puerta formal para entrar a las escuelas porteñas. El nuevo protocolo del gobierno de Jorge Macri convierte en norma escrita lo que durante décadas la comunidad educativa resistió: la presencia de uniformados dentro de las aulas como respuesta a los conflictos escolares. La intervención policial podrá darse a pedido del propio colegio a través del 911, por orden judicial o por razones de fuerza mayor ante un riesgo inminente.
La habilitación forma parte de la Resolución Conjunta N.º 1/MEDGC/26, publicada en el Boletín Oficial porteño con la firma de los ministerios de Educación, Justicia y Seguridad de la Ciudad y del Consejo de los Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes. La norma adapta las escuelas al nuevo Régimen Penal Juvenil (Ley 27.801), vigente desde el 5 de septiembre, e impone a los directivos el deber de denunciar ante la Justicia a estudiantes desde los 14 años por hechos que pudieran constituir delitos, incluso fuera del establecimiento. El documento trascendió el fin de semana, cuando Federico Puy, secretario general adjunto de Ademys, lo difundió en su cuenta de X.
Un límite sin ley, pero con memoria
La frontera entre la escuela y la policía nunca estuvo escrita en una ley para los niveles obligatorios. El Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS) lo explicó en sus recomendaciones sobre policías en las escuelas: a diferencia de lo que ocurre con las universidades públicas, no existen normas en la Ciudad ni en la provincia de Buenos Aires que impidan a la policía ingresar a un establecimiento escolar, aunque sí hubo proyectos de ley que nunca fueron tratados. La única prohibición expresa es el artículo 31 de la Ley de Educación Superior, que veda el ingreso de la fuerza pública a las universidades nacionales sin orden judicial o pedido de sus autoridades.
Lo que sostuvo ese límite fue otra cosa: la Convención sobre los Derechos del Niño, la Ley 26.061 de Protección Integral y un consenso político y pedagógico construido desde 1983. La escuela democrática se pensó como un espacio de cuidado, justamente porque la dictadura la había convertido en territorio de vigilancia. El régimen militar difundió en 1977 el folleto “Subversión en el ámbito educativo (conozcamos a nuestro enemigo)”, que ordenaba a docentes y directivos detectar al “enemigo” entre sus alumnos; y en septiembre de 1976, en La Plata, un grupo de estudiantes secundarios que habían reclamado por el boleto estudiantil fue secuestrado en lo que se conoce como la Noche de los Lápices.
La escalada porteña
El protocolo actual no nació de la nada. El 28 de marzo de 2018, durante la gestión de Horacio Rodríguez Larreta, el Ministerio de Seguridad porteño aprobó mediante la Resolución 86/2018 un “Protocolo de Ingreso a los Establecimientos Educativos de la Ciudad de Buenos Aires”, que nunca se publicó en el Boletín Oficial.
Según el texto filtrado por UTE, su primer artículo establecía que “el personal policial podrá ingresar a los edificios o inmuebles escolares cuando sea requerida su presencia por alguno de los miembros del equipo de conducción del establecimiento”.
Llegó apenas 40 días después del protocolo antitomas impulsado por la entonces ministra de Educación, Soledad Acuña, y el entonces secretario de Seguridad, Marcelo D’Alessandro, se negó a hacer público su anexo con el argumento de que solo servía a los efectos “de la comunicación interna” de la fuerza.
Ese mismo año, Ademys denunció que, el día previo al tratamiento del aborto legal en Diputados, la policía entró a una escuela secundaria tomada para desalojar a los estudiantes. En 2022, frente a nuevas intervenciones, el secretario adjunto de UTE, Eduardo López, lo resumió en una frase: “La escuela no es un lugar para la Policía”.
El paso siguiente llegó en abril de este año. Tras la ola de amenazas de tiroteos que se multiplicó en todo el país después del ataque en una escuela de San Cristóbal, Santa Fe, el 30 de marzo, el gobierno porteño activó un protocolo que dispuso que, ante una denuncia realizada por la escuela o por un tercero, el equipo directivo deberá permitir el ingreso de la Policía al establecimiento. La ministra de Educación porteña, Mercedes Miguel, lo justificó así: “La respuesta tiene que ser, al mismo tiempo, seguridad y formación. Protocolo y acompañamiento. Consecuencia y reparación”. Estudiantes, familias y docentes respondieron entonces con una consigna que hoy vuelve a circular: “No a la policía en las escuelas”.
Qué cambia ahora
La diferencia con los antecedentes es de escala y de lógica. El ingreso policial ya no aparece como una excepción ante un arma o una amenaza puntual, sino como una pieza dentro de un circuito que empieza con la obligación de denunciar a adolescentes de 14 años.
El nuevo texto exige que los efectivos se identifiquen, actúen “respetando los derechos” de niñas, niños y adolescentes y procuren “cesar el riesgo”; también prohíbe a las escuelas interrogar a los alumnos.
Las salvaguardas contrastan con los estándares que organismos de derechos humanos promovieron durante años. El CELS recomendó atender a la policía en la puerta mientras se evalúa la situación, sobre todo si los efectivos están armados y hay chicos en el edificio.
Y recordó una pauta de la guía elaborada por la provincia de Buenos Aires junto a UNICEF: no deben brindarse nombres de estudiantes a ninguna autoridad policial sin un oficio judicial, y la policía no puede tomar contacto con ningún menor de edad, aun cuando se presuma que tiene un arma, hasta que llegue un familiar o adulto responsable.
“Una antesala de las cárceles”
Puy advirtió que el protocolo “obliga a las directoras a denunciar a estudiantes que ‘podrían estar cometiendo un delito’”, sostuvo que “constituye una clara persecución a los jóvenes” y alertó que busca convertir a las escuelas en una “antesala de las cárceles”. UTE, por su parte, rechazó “que las escuelas se conviertan en puertas de entrada al sistema penal” y advirtió “sobre el riesgo de estigmatización y criminalización de niñas, niños y adolescentes”; el gremio reclamó equipos especializados, formación y recursos para abordar los conflictos sin judicializarlos.
Ninguna ley impedía que un patrullero estacionara frente a una escuela y sus agentes cruzaran el portón; lo impedía una idea de la democracia sobre qué lugar ocupan los chicos en la sociedad. Con este protocolo, el gobierno porteño elige reemplazar gabinetes, psicopedagogos y equipos de orientación por el 911, y deja la resolución de los conflictos adolescentes en manos de quienes están entrenados para otra cosa.
Lo que tenés que saber del Protocolo
- La Resolución Conjunta N.º 1/MEDGC/26 habilita el ingreso policial a las escuelas porteñas a pedido del colegio, por orden judicial o por fuerza mayor.
- No existe una ley que prohíba el ingreso policial a escuelas; la única prohibición expresa rige para las universidades nacionales, por el artículo 31 de la Ley de Educación Superior.
- En 2018, la Resolución 86/2018 del Ministerio de Seguridad porteño aprobó un protocolo de ingreso a escuelas que nunca se publicó en el Boletín Oficial.
- En abril de 2026, tras las amenazas de tiroteos, la Ciudad ya había dispuesto que los directivos permitieran el ingreso policial ante una denuncia.
- Ademys y UTE rechazaron el nuevo protocolo por criminalizar a las adolescencias.
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