Elecciones
Wado y Lamothe: una entrevista relajada y federal
La entrevista fue publicada esta noche, desde las 20, en el canal de YouTube del ministro de Interior, hablaron de parecidos, del bullyng y cuánto miden, tienen hasta la misma edad.
El ministro del Interior, Eduardo «Wado» de Pedro, y el actor Esteban Lamothe protagonizaron este lunes una distendida entrevista en la que compartieron sus experiencias como oriundos de la provincia de Buenos Aires y destacaron la importancia de tener políticas federales para «amar y defender Argentina».
«Cuando Santiago del Estero hace un estadio, el mejor de Argentina, los medios porteños lo critican», señaló De Pedro y destacó que «tienen autódromo, cancha de fútbol» y eso lleva turismo a la provincia.
La entrevista fue publicada esta noche, desde las 20, en el canal de YouTube del ministro de Interior.
«Un partido sirve porque mucha gente va a conocer la provincia para ver a Boca y River. Uno no ama lo que no conoce. Necesitamos tener este tipo de inversiones descentralizadas, para amarla y defenderla a la Argentina», indicó el funcionario.
Y marcó que la mirada está «achicada por los medios de la capital, la temperatura de capital, me parece que hay que ampliar la diversidad cultural, resaltar las tradiciones de la gente del interior, y tener una argentina multipolar».
«Para eso hace falta inversiones de infraestructura y para eso se necesita decisión política», subrayó de Pedro.
Sobre este aspecto, Lamothe destacó que los principales polos de producción actoral se concentran en la Ciudad de Buenos Aires y en respuesta a esto De Pedro reconoció algunas políticas que se llevaron a cabo en otros lugares del mundo de trasladar la capital por «cuestiones estratégicas».
«Estados Unidos, Brasil tuvieron que trasladar sus capitales por cuestiones estratégicas y comerciales. La ciudad de Buenos Aires es hermosa, tiene cultura, turismo, le gusta a los extranjeros, tenemos todo, la administración central, las petroleras, las grandes cerealeras. Con lo cual, hay un conflicto político y jodes al turismo, a la cultura», señaló el ministro de Interior.
Y exhortó a que «nuestra generación tiene que tener propuestas más transgresoras, intentar resolver las cosas que hace tiempo decimos que no andan. Es mejor intentarlo que seguir padeciendo».
Lamothe, por su parte, destacó que con la pandemia «empezó a pasar que mucha gente se fue del centro (porteño)» y marcó que si eso «pudiera crecer en esa dirección, que no esté todo junto, porque es un empaste Buenos Aires».
De Pedro, al comienzo de la entrevista, diferenció su rol como ministro de su faceta militante.
«El problema es cuando la persona se cree el personajes y el personaje se come a la persona. En la política siempre digo que el «Wado ministro» es uno y el «Wado militante», el de Mercedes y el familiero es otro», expresó.
En ese sentido, afirmó: «Administrar el poder confunde, marea. En la política sabemos que somos nosotros, si hoy tengo que ser candidato o no es porque hay gente, familiares y amigos que contienen, no es uno. Uno no puede hacer muchas cosas».
De Pedro también recordó cómo le afectaron las declaraciones de un periodista que lo criticó por su disfluencia y comentó: «Llamé a un cantante impresionante y le dije: «Me prestas a tu fonoaudiólogo o vos tenés alguien para hacer un curso» y la semana pasada me junto con esa fonoaudióloga y de verdad me sirvió».
Sobre este aspecto, Lamothe recordó una situación parecida en sus inicios como actor y destacó la posibilidad de «transformar ese dolor en algo bueno».
«Yo nunca fui artista, jugaba a la pelota y me burlaba del grupo de actores del pueblo. Hoy pasé de ver a esos chicos y ahora me acuerdo de lo que hacían y pienso que era una proeza lo que hacía. Esos pibes ahora vuelan», expresó el actor.
En esa línea, Lamothe y De Pedro reflexionaron sobre cómo es la vida de alguien que viene de la provincia de Buenos Aires, de «pueblos conservadores», y cómo eligieron sus carreras.
«En lugares del interior como venimos nosotros tenes que ser contador, médico, abogado y no había otra salida. Por suerte ahora hay más cosas», destacó el funcionario.
En tanto, Lamothe dijo: «En la generación de nosotros los que era médico teníamos un campito, un auto. Hoy se pluralizaron más las posibilidades, no es que el futuro o tener más plata tiene que ver con ir a la universidad. Es muy difícil darte cuenta de qué te gusta cuando la sociedad te dice ‘vos si querés triunfar en esa sociedad tener que ser lindo, ir a la facultad, tenes que ser flaco'».
Además, compartieron sus decisiones a la hora de vestirse, donde de Pedro señaló su carácter austero con la vestimenta: «Yo uso una camisa blanca, celeste y trajecito. Hace 25 años usó trajes. Si uso un jean uso un suéter gris o azul».
Ambos repararon también sobre su parecido físico, recordando anécdotas en la vía pública donde los confundieron con el otro.
Elecciones
¿Qué significa ser leales?: el pueblo vuelve a salir a buscar su propia historia
A 81 años de la jornada que parió al peronismo, el Día de la Lealtad llega con Cristina presa, un Gobierno que desprecia al Congreso y a la Justicia, y un feminismo que eligió la Ciudad de Buenos Aires para su Encuentro de 2027. La lealtad hoy tiene un nombre: organizarse para que Milei pierda.
El 17 de octubre de 1945, miles de trabajadores y trabajadoras cruzaron el Riachuelo, se lavaron los pies en las fuentes de la Plaza de Mayo y torcieron el rumbo de un país que hasta entonces decidía sin ellos.
No esperaron que nadie les concediera nada. Ese día el pueblo dejó de esperar y salió a buscar su propia historia. Ochenta y un años después, la fecha vuelve a interpelarnos con una pregunta urgente: qué significa ser leales cuando la democracia, los derechos y la propia identidad popular están bajo ataque.

Este Día de la Lealtad no es uno más. Llega con Cristina Fernández de Kirchner, dos veces presidenta de la Nación, cumpliendo prisión domiciliaria tras una condena que representa el fruto más acabado del lawfare de Comodoro Py; con un Gobierno nacional que gobierna por decreto y desprecia la división de poderes; y a menos de un año de unas elecciones presidenciales que definirán si la Argentina sigue por el camino del ajuste, el odio y la crueldad, o si recupera un horizonte de justicia social.
Una lealtad que se conjuga en presente
Este sábado, en el Polideportivo Juan Domingo Perón de González Catán, en La Matanza, el gobernador bonaerense Axel Kicillof encabezó el acto central del PJ provincial junto a la vicegobernadora Verónica Magario y el intendente Fernando Espinoza. “Acá estamos, querían callarnos y acá estamos, recordando a Evita y Perón en La Matanza, que es la capital del peronismo”, dijo ante la multitud.
El gobernador recordó que aquella gesta “le dio voz a los que no tenían voz, les dio derechos y participación política a los que estaban marginados y excluidos”, sostuvo que Cristina “está injustamente presa por defender nuestras banderas” y planteó el desafío que atraviesa a todo el campo popular: “La lealtad con el pueblo es construir una alternativa que el año que viene termine con esta pesadilla que nos gobierna”. También dejó una definición que debería ordenar el debate de los próximos meses: “Sin justicia social no hay libertad verdadera: hay privilegios, hay explotación y desigualdad. Eso no es libertad”.
Un Gobierno que no respeta la democracia
Desde el primer día, Javier Milei eligió gobernar contra las instituciones. Inauguró su gestión con el DNU 70/2023, un megadecreto que pretendió derogar y modificar centenares de normas sin pasar por el Congreso.

Intentó designar por decreto a dos jueces de la Corte Suprema, Ariel Lijo y Manuel García Mansilla, salteando el acuerdo del Senado, que finalmente rechazó ambos pliegos en abril de 2025.
Vetó la ley de financiamiento universitario y la emergencia en discapacidad, y obligó al Poder Legislativo a insistir con dos tercios para defender lo que la sociedad ya había defendido en las calles.
Llamó al Congreso “nido de ratas” y llegó a decir que “no odiamos lo suficiente a los periodistas”.
No se trata de exabruptos aislados, sino de un método: degradar a los otros poderes para concentrar el poder en uno solo. Cuando un presidente trata al Parlamento como un estorbo, a la Justicia como una herramienta y a la prensa crítica como un enemigo, lo que está en juego no es una gestión de gobierno, sino la propia arquitectura republicana que tanto dicen defender quienes lo votaron por odio al peronismo.


El odio como herramienta, el antiperonismo como tradición
El antiperonismo no nació con Milei. Tiene una genealogía sangrienta: el bombardeo a la Plaza de Mayo en junio de 1955, el golpe de septiembre de ese año, el decreto 4161 de 1956 que prohibió siquiera pronunciar el nombre de Perón y dieciocho años de proscripción del movimiento mayoritario del país. Cada vez que las élites no pudieron derrotar al peronismo en las urnas, intentaron borrarlo por la fuerza, por decreto o por los tribunales.
Lo nuevo es la escala y el tono. El discurso libertario convirtió el odio en política de Estado: contra los “kukas”, contra los “zurdos”, contra las feministas, contra la diversidad, contra los trabajadores estatales y los jubilados que reclaman. Ese clima no es inocuo. En septiembre de 2022, Cristina sobrevivió a un intento de asesinato frente a su casa, porque el arma no se disparó. Las palabras que deshumanizan preparan el terreno para la violencia que mata, y una democracia que naturaliza el odio termina pagando ese precio.
Las mujeres y disidencias van al centro del poder
Hace apenas cinco días, el 12 de octubre, terminó en Córdoba el 39° Encuentro Plurinacional de Mujeres, Lesbianas, Travestis, Trans, Bisexuales, Intersexuales y No Binaries, con más de 150.000 participantes y un centenar de talleres. En el acto de cierre, por decisión unánime, la Ciudad Autónoma de Buenos Aires fue elegida como sede del 40° Encuentro en 2027. No es un dato menor: el primer Encuentro Nacional de Mujeres se realizó en esa misma ciudad en 1986. Cuatro décadas después, el feminismo vuelve al lugar donde nació, en pleno año electoral, para hacerse oír frente a la Casa Rosada.
La ministra de Mujeres bonaerense, Estela Díaz, lo resumió así: “Es una demostración de que se puede convivir en un espacio con sectores con los que se tienen muchísimas diferencias, construyendo una fuerza para confrontar electoralmente en el 2027”. Esa es exactamente la lección que el campo popular necesita aprender: la unidad en la diversidad no es una consigna, es una condición para ganar.
Las razones para movilizarse sobran. Este Gobierno desmanteló el Ministerio de las Mujeres, Géneros y Diversidad, su ministro de Justicia anunció la intención de eliminar la figura de femicidio del Código Penal y el propio Presidente utilizó el escenario de Davos para atacar al feminismo y a la diversidad, lo que provocó la masiva Marcha Federal Antifascista y Antirracista de febrero de 2025. Para nosotras, el ajuste no es una abstracción macroeconómica: es menos asistencia a víctimas de violencia, menos políticas de cuidado y más trabajo no remunerado sobre las mismas espaldas.
Evita lo entendió antes que nadie. Fue ella quien impulsó el voto femenino en 1947 y organizó a las mujeres como sujeto político con voz propia. El feminismo popular argentino, del Ni Una Menos a la Marea Verde, es heredero de esa tradición. No hay 17 de Octubre sin las mujeres en la Plaza.
2027: la lealtad es organizarse
Decirlo con claridad no es una provocación, es una responsabilidad democrática: Milei tiene que perder en 2027. No por revancha, sino porque un proyecto que desprecia la división de poderes, persigue a opositores, insulta a periodistas, ajusta sobre jubilados, universidades y personas con discapacidad, y convierte el odio en programa de gobierno es incompatible con la Argentina que soñaron quienes se movilizaron aquel 17 de octubre.
Pero la derrota del proyecto libertario no vendrá sola. Exige un peronismo que deje atrás sus internas, que escuche a los movimientos sociales, a los sindicatos, a las juventudes y al feminismo, y que vuelva a ofrecer un horizonte de futuro y no solo una defensa del pasado. La lealtad no es nostalgia: es la decisión colectiva de no volver a esperar que otros escriban nuestra historia. Como en 1945, el pueblo tendrá que salir a buscarla.
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