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Se marchó con orgullo

En el Mes del Orgullo las marchas continúan en diferentes puntos del país: el 11 de noviembre en Trelew, ese mismo día en Junín, en Salta, San Luis, en Esteban Echeverria, Florencio Varela, Santa Teresita, San Martín, Chivilcoy, Lujan, Villa Gesell, San Vicente, Gualeguaychú, Escobar, Lomas de Zamora y General La Madrid.

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Por Luly Arias

Haciendo un poco de historia todo comenzó con la revuelta de Stonewall donde surgieron una serie de manifestaciones espontáneas en protesta contra una redada policial que tuvo lugar en la madrugada del 28 de junio de 1969, en el pub Stonewall Inn en New York. Esto inspiró a Latinoamérica.

En Argentina la primera marcha del orgullo tuvo a Carlos Jáurgui como uno de los principales impulsores y fue un 2 de julio de 1992. Entonces participaron poco más de 300 personas, algunas con máscaras, para no ser reconocidos y no arriesgar sus trabajos, las travestis como siempre fueron las únicas que salieron sin máscaras, eso sí; cuentan las trans mayores que después de marchar eran detenidas por los códigos contravencionales de la época.  

Este 4 de noviembre, la Marcha del Orgullo LGBTIQ+ número XXXII, hizo su tradicional recorrido desde Plaza de Mayo hasta el Congreso y fuimos 1.700.000 personas.

En el cierre, Natalia Oreiro interpretó éxitos como “Que digan lo que quieran”, “Tu veneno” y “Soy lo que soy” de Sandra Mihanovich; también estuvieron Angela Torres y La Joaqui, entre otras.

La consigna de la Marcha fue “Ni un ajuste más, ni un derecho menos, ley antidiscriminatoria, ley integral trans ya y frenemos a los antiderechos”.

En el Mes del Orgullo las marchas continúan en diferentes puntos del país: el 11 de noviembre en Trelew, ese mismo día en Junín, en Salta, San Luis, en Esteban Echeverria, Florencio Varela, Santa Teresita, San Martín, Chivilcoy, Lujan, Villa Gesell, San Vicente, Gualeguaychú, Escobar, Lomas de Zamora y General La Madrid.

Gracias a estas marchas conseguimos equiparar muchos de nuestros derechos, desde la Ley de Matrimonio Igualitario, la Ley de Identidad de Género, la de cupo laboral travesti trans, entre otras. Entendemos que la lucha es colectiva y que necesitamos vivir en una sociedad libre de discriminación.

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La hija de Elon Musk destruyó un robot de su padre: «Fueron diseñados para obedecer, yo no»

La hija de Elon Musk protagonizó la campaña «Born to Disobey» de la marca Desigual arrastrando y golpeando un robot de apariencia similar a los humanoides de Tesla. La puesta convierte la desobediencia en manifiesto y vuelve a exponer la fractura pública entre Wilson y el magnate que construyó un emporio sobre la promesa de la obediencia mecánica.

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Vivian Wilson agarró un palo de golf, le pegó a un robot y le dijo al mundo que no piensa obedecer. La frase que cierra la campaña Born to Disobey («Nacida para desobedecer») de la marca española Desigual es tan simple como contundente: «Él fue diseñado para obedecer, yo no.»

El robot en cuestión tiene la apariencia de los humanoides que fabrica Tesla, la empresa de su padre. La que lo arrastra, lo golpea y lo convierte en accesorio de moda es la hija que en 2022 cambió legalmente su nombre para borrar el apellido Musk de su identidad.

Vivian Wilson, hija de Elon Musk y Justine Wilson, se declaró transgénero en 2020 y dos años después tramitó ante la Justicia el cambio de nombre y apellido, con el argumento explícito de que no quería mantener ningún vínculo con su padre. Desde entonces construyó una presencia pública propia dentro de la comunidad LGBTIQ+, con apariciones en redes sociales, entrevistas y ahora una campaña de moda internacional que usa el universo empresarial de Musk como telón de fondo para una crítica que excede lo familiar.

La campaña: desobediencia como declaración política

La producción audiovisual de Born to Disobey estuvo a cargo del colectivo PSG, integrado por Yukihiro «Sho» Shoda, Pau López y Gerardo del Hierro. En las imágenes, Wilson aparece en una cancha de golf arrastrando y golpeando un robot de diseño similar a los Optimus, los humanoides que Tesla desarrolla para uso doméstico e industrial. La elección no es casual: Musk lleva años presentando a sus robots como una de las apuestas tecnológicas más ambiciosas de la compañía, y la imagen de su hija maltratando uno de ellos condensa en pocos segundos el distanciamiento generacional, político e identitario entre ambos.

La campaña no ataca directamente a Musk por su nombre, pero el lenguaje visual habla solo. El robot que obedece órdenes funciona como metáfora de lo que Wilson rechaza: un sistema diseñado para controlar, clasificar y someter. La propia marca lo explicita al elegir el concepto de la desobediencia como valor central de su temporada, con Wilson como rostro y como argumento.

La ruptura con Musk: identidad, transfobia y dinero

El distanciamiento entre Wilson y su padre tiene historia y tiene motivos públicos. Musk ha expresado en múltiples ocasiones su rechazo a las políticas de inclusión trans, criticó los tratamientos de afirmación de género para menores y llegó a decir que la ideología «woke» le «mató» a su hijo, en referencia a Vivian. La joven respondió en varias entrevistas con una precisión que no deja lugar a interpretaciones: no quiere su apellido, no quiere su dinero y no quiere su mundo.

En una entrevista con la revista Cosmopolitan, Wilson afirmó que la relación con su padre «es parte de mi historia, pero no define mi futuro» y cuestionó cómo la riqueza extrema transforma a las personas. Describió el deseo de acumular poder como un ciclo de codicia que teme reproducir y señaló que crecer en un entorno de recursos ilimitados no equivale a crecer en un entorno de libertad. «El dinero puede comprarte obediencia. La identidad, no», fue la lectura que muchos usuarios hicieron de la campaña en redes sociales al viralizarse las imágenes.

La tensión entre padre e hija se inscribe en un debate más amplio que excede la esfera familiar: Musk es hoy uno de los referentes globales de la derecha tecno-libertaria, un hombre que financia partidos de extrema derecha en Europa, que compró X (ex Twitter) para desregular la moderación de contenidos y que fue una pieza central en la campaña electoral de Donald Trump. Frente a ese perfil, la decisión de Vivian Wilson de protagonizar una campaña que ridiculiza sus robots no es solo una pelea entre padre e hija: es un posicionamiento cultural y político que usa la moda como plataforma.

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