Opinión
Salir del programa del FMI es imprescindible
Conformar un fondo para cancelar la deuda con el FMI será una salida para normalizar el país, cerrar el ciclo de sobreendeudamiento y desposesión.
Por Noemí Brenta*
En primer lugar, es imprescindible que la deuda con el FMI no la pague el pueblo argentino, sino quienes se beneficiaron con ella y todos los ciclos de endeudamiento externo de Argentina que proveyeron dólares luego salidos del país, sin declarar ante la AFIP y sin pagar los impuestos correspondientes. Por eso, el proyecto para crear un fondo para cancelar la deuda podría llamarse Fondo de Resarcimiento al Pueblo Argentino, para reparar el daño causado por cuatro décadas de sobreendeudamiento y ajuste, desde la última dictadura cívico-militar hasta el gobierno de Macri, con la excepción del período 2003-2015, cuando la deuda externa sobre el producto bruto fue bajando hasta el 26% y dejó el centro de la escena económica nacional.
La administración de 2015-2019 volvió a sobreendeudar a la Argentina con acreedores privados y también tomó un stand by del FMI, el mayor de la historia del organismo, otorgado por razones políticas, 44.500 millones de dólares desembolsados en solo trece meses. Como era imposible devolverlo en los breves plazos acordados, el gobierno de Alberto Fernández negoció otro programa, esta vez de servicio ampliado, por el mismo monto, para pagar el stand by.
Pero el FMI es el acreedor más condicionante de todos, a pesar de su ropaje técnico su carácter es político. No solo condiciona los aspectos fiscales, monetarios, financieros, etc., sino que es un instrumento de Estados Unidos para ejercer influencia en favor de sus intereses estratégicos y económicos. Estados Unidos es el principal miembro del FMI, cuya sede principal está en Washington, también tiene poder de veto para ciertas decisiones y un andamiaje institucional muy aceitado para validar sus intereses a través de su participación en los organismos internacionales, por eso los programas del FMI suelen reflejar esos intereses. Sus políticas hemisféricas condicionan temas como el posicionamiento internacional del país, las relaciones con China, el desarrollo tecnológico, las obras públicas, la matriz energética, las cuestiones ambientales. Cada revisión, cada consulta, es una oportunidad para ejercer su influencia. Por eso es decisivo salir de la deuda con el FMI para para construir un país normal. Esto es, libre de los condicionamientos económicos y políticos del organismo y de sus mandantes, y con una base imponible acorde a la capacidad contributiva de la población, y no jibarizada por el ocultamiento de activos fuera del país, que es la materia del proyecto de esta ley.

De continuar el programa de servicio ampliado, el FMI tendrá injerencia en Argentina hasta 2034, si se cumplen los tiempos previstos. Si se prolongan, como es habitual, la intromisión del FMI se alargará, con todas las consecuencias que ello implica. Porque si bien este programa es por 30 meses, una vez que los desembolsos finalicen, en septiembre de 2024, el país seguirá sujeto ya no a las metas y demás condicionalidades del acuerdo, sino al control de la economía por parte del FMI, a presentar informes periódicos, a consultar determinados temas, hasta el ultimo día en que sea deudor del organismo.
La aplicación de los dólares ingresados por el stand by de 2018 señala que todos los desembolsos del FMI están correlacionados con una salida de capitales que concurrieron a la formación de activos externos. Así lo demuestra el informe del BCRA y también la coincidencia el comportamiento de las reservas del BCRA, que crecieron con cada desembolso del FMI pero rápidamente volvieron al nivel anterior.
Por otra parte, el pago anticipado al FMI es un derecho del país, no una rebeldía ni un desafío. El FMI tiene la obligación de recibir el pago anticipado de un país si decide hacerlo. Argentina no está obligada a seguir con el programa de servicio ampliado ni a recibir sus desembolsos, y mucho menos a seguir pagando intereses y sobrecargos, que hoy cubren buena parte de los gastos del FMI, dada la magnitud del monto adeudado del stand by. Estos pagos salen del presupuesto nacional, y se podrían destinar a otros destinos más constructivos, como salud, educación, infraestructura.
Hay que recordar también que ésta no es la primera vez que el FMI desembolsa un gran monto que se aplica para salida de capitales, esto es habitual como destino de los préstamos del organismo, aunque el art. VI de su Convenio Constitutivo lo prohibe. Por ejemplo, en agosto de 2001 el FMI entregó 6 mil millones de dólares a la Argentina, que financiaron la fuga de capitales previa al default y a la devaluación. Algo similar ocurrió en la década del ´90 en Rusia y en países del sudeste asiático, por mencionar los casos más resonados. Esas conductas llevaron al descrédito del FMI y a un cambio cosmético de su modelo de negocios, pero en el stand by de Argentina en 2018 el organismo volvió a sus peores prácticas.
La ley para crear un fondo para cancelar totalmente la deuda con el FMI, formado con el aporte especial proveniente del proceso de discovery, apunta exclusivamente a los bienes habidos en el exterior no declarados por sus propietarios. No busca los dólares que están en Argentina en las cajas de seguridad, como proponen algunos para obstaculizar su aprobación.
La figura del colaborador para identificar los activos escondidos, prevista en el proyecto, ha generado algunas críticas. Sin embargo, el discovery, esto es, la búsqueda de identificar activos pertenecientes al deudor para cobrar una deuda es un proceso habitual de los acreedores privados y públicos. En este caso la deuda potencial existe, como mínimo por los impuestos no integrados, y el Estado ejercerá su soberanía fiscal para cobrarla y penalizarla. Por eso, esto no es un blanqueo ni un impuesto, y esta ley dispone que Argentina buscará la colaboración de Estados Unidos, el FMI, la OCDE y otros organismos países, para identificar los bienes no declarados y efectivizar el cobro de las deudas y su penalización.
Un ejemplo de discovery cercano en el tiempo, es el acoso que sufrió el Estado argentino por parte de los fondos buitres para embargarle activos para cobrar la deuda que mal les reconoció el juez Griesa. Ellos intentaron embargar desde la fragata Libertad en Ghana hasta la casa de San Martín en Boulogne Sur Mer, y aunque perdieron estos incidentes, el país tuvo que pagar las costas, ejemplos de la injusticia a favor de los poderosos, que no es solamente privativa de estos tiempos y lugares.
En suma, conformar un fondo para cancelar la deuda con el FMI será una salida para normalizar el país, cerrar el ciclo de sobreendeudamiento y desposesión, y la sangría de la fuga de capitales que imposibilita la estabilidad económica, social y política, y el desarrollo. Y que la deuda no la paguen los de siempre, el pueblo argentino, sino quienes propician estos mecanismos y se benefician de ellos, que siempre permanecen impunes.
*Noemí Brenta es Dra. en Economía, investigadora del Conicet, se especializa en relaciones económicas internacionales y la historia de las relaciones entre Argentina y el FMI.
Análisis
Sin golpe de Estado ni tanques, así se destroza la democracia en el siglo XXI: decretos, lawfare y un Congreso socavado
Un análisis del New York Times advierte que la Corte Suprema de Estados Unidos le arrebata sistemáticamente poder al Congreso, el cuerpo directamente elegido por los ciudadanos. El fenómeno no es exclusivo de Estados Unidos: en Argentina, el gobierno de Javier Milei lo lleva al extremo con una fábrica de decretos que intentan legislar por las espaldas del Parlamento. El DNU 70/23, la Ley Bases, el veto a las universidades y los fallos parciales de la Corte argentina configuran un mismo patrón global: el vaciamiento del poder legislativo.
El Congreso fue diseñado para ser el corazón de la democracia representativa: el lugar donde los ciudadanos, a través de sus representantes elegidos, deciden las leyes que organizan la vida en común. Ese principio, fundacional en cualquier república, está siendo erosionado de manera simultánea en dos de las democracias más antiguas de Ámerica, con métodos distintos pero con el mismo resultado: el vaciamiento del poder legislativo en favor del ejecutivo y del poder judicial, dos poderes que nadie vota.
Un análisis publicado esta semana por el New York Times en su sección de investigación plantea que la Corte Suprema de EEUU, liderada por John Roberts, lleva años despojando sistemáticamente de poder al Congreso norteamericano: restringe la capacidad de las agencias reguladoras de implementar leyes, exige estándares imposibles para las políticas de derechos civiles, limita la delegación de poder a los organismos estatales.
El resultado, según el análisis, es una transferencia gradual y silenciosa de poder hacia un tribunal no electo que se mueve más rápido que el Congreso y tiene menos obligaciones en la estructura constitucional.
El espejo argentino: Milei y la fábrica de Decretos
En Argentina, el fenómeno adopta otra forma pero apunta al mismo destino. Javier Milei asumió la presidencia en diciembre de 2023 y en sus primeros días de gobierno firmó el DNU 70/23, un mega decreto de necesidad y urgencia con más de 300 artículos que desreguló la economía, modificó el régimen laboral y alteró decenas de normas aprobadas por el Congreso, todo ello sin pasar por el Parlamento.
La Constitución argentina establece que los DNU son una herramienta de carácter excepcional, para situaciones de urgencia que impidan el tratamiento legislativo ordinario. Milei los usó como método de gobierno: según datos de Chequeado, en 2025 el libertario dictó 11 DNU, igualando la cantidad de leyes que se promulgaron en el mismo período.
La Confederación General del Trabajo (CGT) obtuvo una medida cautelar que suspendió el capítulo laboral del DNU 70/23. La reforma laboral quedó en suspenso. Pero el resto del decreto siguió vigente, porque la Corte Suprema argentina rechazó sucesivos planteos para obligar al Congreso a tratarlo y declararlo inconstitucional en su totalidad, bajo el argumento de que no había «caso o controversia» suficiente. La Corte falló contra cuatro de los cinco DNU que analizó en los últimos años, pero el DNU de Milei sigue en un limbo jurídico que, en la práctica, lo mantiene vigente.
El veto a las universidades: cuando el ejecutivo dice no al Congreso y a la Justicia
El patrón no se agota en el DNU 70/23. El Congreso argentino aprobó en 2024 una ley de financiamiento universitario que garantizaba recursos para el funcionamiento de las universidades nacionales y disponía actualizaciones salariales para su personal. Milei la vetó. El Congreso ratificó la ley. Milei la ignoró.
En junio de 2026, la Corte Suprema dejó firme una medida cautelar que obligó al gobierno a cumplir con esa Ley, en un fallo que los rectores universitarios celebraron como el final de un proceso largo y difícil. Según representantes universitarios, las transferencias del gobierno a las universidades nacionales registraron una caída del 45,6% entre 2023 y 2026. Emiliano Yacobitti, vicerrector de la UBA, lo sintetizó en una publicación en X: «Fue un camino largo y difícil. Gracias a una sociedad que nunca renunció a la defensa de la universidad pública.»
El escenario se repite en cada conflicto entre el Ejecutivo y el Congreso: el gobierno desconoce o veta las leyes que no le gustan, impulsa reformas estructurales mediante decretos que evitan el debate parlamentario, y espera que la Corte tarde años en resolver, como ocurrió con el DNU de Macri sobre el que el máximo tribunal recién se pronunció siete años después de firmado. La lentitud judicial se convierte así en un instrumento político: el decreto funciona mientras la Corte no lo invalida.
Un fenómeno global: del Congreso de papel a la democracia de papel
El paralelo entre el análisis del NYT sobre EEUU y la Era Milei no es casual ni superficial. Responde a una tendencia global que politólogos y constitucionalistas vienen documentando desde hace años bajo el nombre de «retroceso democrático» o «erosión democrática»: la democracia no muere de un golpe, sino que se vacía lentamente, cuando las instituciones formales siguen en pie pero pierden su contenido real. El Congreso existe pero no legisla; la Corte existe pero tarda o esquiva; el presidente gobierna por decreto y el Congreso aprobado por el voto popular queda reducido a un sello.
En EEUU, la Corte Suprema de mayoría conservadora, designada en buena medida por Trump durante su primer mandato, avanzó en años recientes sobre el derecho al aborto (revertiendo Roe v. Wade), sobre la regulación ambiental (limitando la capacidad de la EPA), sobre la autonomía de las agencias independientes (restringiendo el poder de la FTC) y sobre la inmunidad presidencial (otorgándosela a Trump en un fallo sin precedentes en la historia del país). Cada uno de esos fallos recortó el poder del Congreso para regular, proteger y legislar, y lo transfirió a un tribunal no electo cuyos miembros tienen cargos vitalicios.
En Argentina, el proceso tiene su propia especificidad: aquí el vaciamiento lo lidera el Ejecutivo, que gobierna por Decreto y asfixia presupuestariamente todo aquello que el Congreso aprobó, desde las universidades hasta la Línea 144, desde los programas sociales hasta las transferencias a provincias. La Corte oscila entre frenar algunos excesos (universidades, reforma laboral) y dejar pasar otros (el DNU 70/23 en su conjunto). El resultado es una democracia que funciona en sus formas pero pierde sustancia en su contenido.
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