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Análisis

El presidente Luis Arce festejó junto a sus compatriotas durante su visita al país

Feria de La Alasita en el monumento a Juana Azurduy.

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Fotos: Matías Sastre

Un Ekeko viviente regalaba abundancia bajo el poderoso sol del mediodía mientras la música de una Diablada colmaba el espacio de alegría entre miles de objetos en miniatura que prometían volverse reales si se compraban con deseo.

El sincretismo propio de los ritos de América Latina hechó raíces a los pies del monumento a Juana Azurduy. Alasitas, que en Aymara significa “comprame”, es una fiesta de deseos y aspiraciones.

Cuenta la tradición que adquiriendo una miniatura de lo que a cada quien le haga falta, cada 24 de enero a las doce en punto del mediodía, ese anhelo se hará realidad durante el transcurso del año.

 En el centro de la emplanada un yatiri (hechicero) ch´allaba  (bendecía) las miniaturas. Réplicas mínimas de billetes, casas, autos, alimentos, pasaportes, títulos, materiales de construcción y maquinarias se exponían en los puestos de la feria, sobre aguayos y wiphalas. 

El presidente del Estado Plurinacional de Bolivia recorrió cada uno de los puestos entre cientos de personas que se acercaban a saludarlo y acompañarlo al grito de: “Viva la Patria Grande”.

Al finalizar, saludó mientras ingresaba al Centro Cultural Kirchner para dirigirse a la Cumbre de los Estados de América Latina y el Caribe. 

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Análisis

Mucho más que cartón

Hablan las y los integrantes del sector incorrecto, incómodo, combativo y creativo que crean su trabajo y generan riqueza desde la economía popular.

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La noche asomaba en la ciudad raquítica. Sobre un obelisco titilante, arrogante, crepitaban algunas tímidas gotas. Más abajo, en el asfalto, tres hombres conversaban alrededor de sus bolsas de trabajo repletas de cartones, botellas y papeles. Esperaban con sus cuerpos cansados pero firmes.

Junto a ellos, sobre un banco de cemento, con la delicadeza de quién busca un buen descanso a la espera del día, un señor tomó dos cartones, los acomodó, dejó el carro a un lado, saludó y se acostó.  A su alrededor un grupo de jóvenes reía mientras una mujer corría y otra hablaba con su perro. 

Ella se recostaba sobre su hombro, él la abrazaba. Juntos pateaban la vida, sentados en la acera, conversaban. Un perro paseaba a un hombre mientras un niño pedía una moneda y un joven trepaba a un tacho de basura.

Acurrucada sobre un banco, con los materiales recolectados durante el día ya ordenados, una pareja se besaba bajo las estrellas.

“Ser recicladores, es el último recurso que encontramos para crear una fuente de trabajo, es lo que podemos hacer para mantener a nuestras familias y a nuestros hijos. Es muy triste la vida de un cartonero porque hay que depender de lo que conseguís en la basura para comer, para vestirte, de las sobras de los demás para poder llevar algo a tu casa”, cuenta Mónica desde el barrio de monoblocks Carlos Mugica de la Comuna 8 de la Ciudad.

El 3,9% de los trabajadores registrados en el ReNaTep forman parte de la rama de recuperación, reciclado y servicios ambientales. Son más de 100.000 personas en todo el país. De ellas, el 23,8% son cartoneros y cartoneras, el 21,5% realiza tareas de limpieza de terrenos y espacios verdes y el 15,5% en el reciclado de basura.

Una ciudad de cartón

La Ciudad de Buenos Aires contaba, hasta 2021, con doce cooperativas y 6.500 trabajadores, entre recuperadores urbanos, promotoras, operarios de logística y de centros verdes inscriptos bajo programa.

“Hace muchos años los recicladores teníamos más oportunidad cuando salíamos, había más cartones, más blanco, más soplado, más aluminio, más bronce, más cobre, más plomo. A quienes quedamos fuera del sistema de cooperativas conveniadas con el Estado se nos complica un montón. Ahora tenemos que depender de las sobras”, continúa Mónica.

Los recicladores urbanos son el primer eslabón de una cadena que termina en las grandes empresas concentradas productoras de cartón, papel, plástico y otros materiales reciclables. Los principales insumos para la elaboración de envases y embalajes de papel y cartón son la celulosa y el papel reciclable. Es así como el reciclado beneficia a estas empresas que se ahorran el costo de la compra o producción de pasta de celulosa. En el medio están los galpones que funcionan como intermediarios y en muchas oportunidades se aprovechan del trabajo de los cartoneros y cartoneras pagando precios muy bajos por kilo de material.

Crear trabajo en la calle

Mónica explica que “el cartón no nos lo compran las grandes empresas, en los barrios están los compradores pequeños que a su vez se aprovechan también de la necesidad de los pobres. Si las grandes empresas te compran a 30 pesos, ellos te compran a 18. Y tenés que caminar para juntar 100 kilos de cartón y ganar 1.800 pesos, no los juntás en una cuadra”.

Graciela del Barrio Bermejo trabaja desde las 8 de la mañana, junta botellas descartables, cartón, papel blanco, trapos y aluminio y dice que “más o menos por día recauda 2000, 2500 pesos. En la calle somos muchos trabajando, a veces juntamos poquito, a veces no alcanza y el carro que uso me lo alquilan”.

La crisis neoliberal de los ´90 y las políticas menemistas arrastraron a miles de trabajadores y trabajadoras a la calle. Afortunadamente los pueblos saben reinventarse y crear nuevas formas de subsistencia.

Mariano es del Barrio Inta y relata: “Desde los 9 años que junto cartón en la calle, primero juntaba latitas, luego cartón, diario, cobre, plomo, aluminio, bronce. Hoy tengo 40 años, una nena de 13 años a cargo y alquilo una vivienda. No cobro Potenciar Trabajo, no tengo ningún habitacional, no cobré el IFE, nada. Siempre estoy luchándola, tengo mal de chagas y algunos problemas en las rodillas. Todos los días me levanto, llevo a mi hija al colegio y salgo a laburar. Después la llevo a futbol y a sus clases de maratón”.

Hace una pausa y sigue: “El laburo es muy sacrificado, hay días buenos y malos, a veces juntás 200 kilos y otras 70. Te agarra la lluvia, venís cargado y se te pincha una rueda o tenés la mala suerte de ir a buscar un carro y no encontrás uno bueno. Pero sabemos pelearla”.

Un nuevo sector emergente, pujante, políticamente incorrecto, incómodo, irreverente, combativo, desafiante, creativo, el de la economía popular, llegó para quedarse y sumar un nuevo actor al movimiento obrero y popular argentino.

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