Análisis
Argentina: El avance de un programa fascista y un peronismo, ¿desordenado?
Las recientes declaraciones del presidente Javier Milei, expresando su deseo de “meterle el último clavo al cajón del kirchnerismo, con Cristina adentro”, han causado una conmoción que va más allá del simple intercambio retórico en la arena política.
*Emilia Trabucco
Sus palabras representan un claro ensañamiento contra la figura de Cristina Fernández de Kirchner, que no puede desligarse del contexto de violencia política en el que se inscriben, exacerbado por la condición de Cristina como mujer, en continuidad con la construcción de un sentido común que incluye una visión patriarcal, misógina y machista. No es una simple cuestión de diferencias políticas; lo que Milei pone de manifiesto es un odio visceral hacia una figura que no solo ha desafiado los límites del poder en Argentina, sino que lo ha hecho desde una perspectiva de justicia social y de ampliación de derechos.
Cristina, en su cuenta de la red X, le contestó de manera directa: «Así que ahora también me querés matar», en alusión a los hechos de violencia que ha sufrido, con el intento de femi-magnicidio en septiembre de 2022 como el más claro ejemplo de esta escalada. El atentado, que aún sigue impune, fue perpetrado por grupos de ultraderecha que, de manera preocupante, encuentran hoy un respaldo en el gobierno actual. La participación de ciertos actores intelectuales de este atentado en el poder no es una coincidencia, sino parte de una estrategia sistemática que incluye la promoción de discursos de odio en las redes sociales, financiados por sectores alineados con la derecha, y la utilización de «granjas de trolls» y figuras influyentes para propagar estos mensajes.
Las reacciones no se hicieron esperar. Figuras del arco opositor, como el gobernador de Buenos Aires, Axel Kicillof, y el gobernador de La Rioja, Ricardo Quintela, expresaron su más enérgico repudio. Kicillof destacó que «las palabras de Milei cruzan un límite inadmisible en la democracia», y que no pueden ser vistas como meros insultos o retórica política, sino como peligrosas incitaciones a la violencia.
Quintela, por su parte, señaló que este tipo de declaraciones son una clara muestra del “odio con el que gobiernan”, alertando sobre las implicancias de una gestión que se apoya en el desprecio a la oposición política. Sin embargo, el silencio de figuras del entorno oficialista, como Mauricio Macri y Patricia Bullrich, es tanto o más alarmante. No es la primera vez que la derecha opta por el silencio frente a expresiones de odio que atentan contra la democracia e instalan la estrategia de aniquilamiento del adversario político.
Este ataque contra Cristina no puede analizarse fuera del contexto más amplio de la política argentina contemporánea, donde la derecha, y en particular Milei, han implementado una agenda antiderechos. Lo que empezó bajo el gobierno de Mauricio Macri con una clara persecución política a figuras kirchneristas, ha alcanzado su cúspide con Milei, que no solo busca “desaparecer” al kirchnerismo, sino también instalar un proyecto de exclusión social y pobreza extrema de las mayorías. Este proyecto se apoya en la profundización de la crisis económica y social que vive Argentina, un contexto que ha servido de caldo de cultivo para discursos extremistas que apuntan a las clases trabajadoras y populares como responsables de los problemas del país.
A la violencia discursiva, se suma una crisis de representación política dentro del propio Partido Justicialista. En el horizonte inmediato se vislumbran las elecciones de autoridades partidarias en noviembre, un escenario donde líderes como Kicillof, Quintela y la propia Cristina Kirchner protagonizan una interna que refleja las tensiones dentro del movimiento nacional y popular. Esta crisis no es nueva, pero en el contexto actual de profunda descomposición social y económica, adquiere una dimensión más grave. Cristina misma lo ha expresado en sus cartas, afirmando que “el peronismo se desordenó”, una frase que refleja la falta de cohesión dentro de un movimiento que históricamente ha representado los intereses de las mayorías trabajadoras, pero que hoy enfrenta serios desafíos para mantener esa representación.
Mientras tanto, la conflictividad social sigue en aumento. El movimiento estudiantil y los actores de las universidades públicas, que encabezan las protestas contra el veto presidencial a la ley de financiamiento universitario, son los principales protagonistas en esta etapa. Sin embargo, el descontento también crece entre las bases de las dirigencias sindicales y políticas, que identifican el alejamiento con sus representades. Las políticas de ajuste y transferencia de recursos hacia los sectores concentrados de la economía, en especial los vinculados a la especulación financiera, están profundizando la pobreza y el deterioro del tejido social.
En este escenario de violencia política, discursos como el de Milei no pueden ser vistos como simples excesos retóricos. Son parte de un plan sistemático para instalar la violencia como herramienta de disciplinamiento, especialmente hacia quienes se oponen al rumbo que su gobierno ha tomado. El fascismo y el autoritarismo que subyacen en sus declaraciones son alarmantes, y cada vez resulta más claro que el objetivo de su gobierno es la desintegración social, la ruptura de los lazos comunitarios y la dispersión de las organizaciones populares.
En conclusión, la unidad del campo popular, un recurso clave en otras etapas de la historia argentina para enfrentar a la derecha, muestra sus límites en el contexto actual. Las tensiones internas en el peronismo, lejos de ser destructivas, deben ser canalizadas en un debate programático profundo que impulse la democratización de las organizaciones libres del Pueblo. De lo contrario, el riesgo es seguir perdiendo legitimidad frente a un gobierno que promueve la desintegración social, la ruptura de los lazos comunitarios y la dispersión de las organizaciones que históricamente defendieron los derechos de las clases populares. La pobreza avanza, el Estado se retira, y el camino queda allanado para el avance de fenómenos como el narcotráfico, en un país donde la violencia política parece estar institucionalizándose como herramienta de control.
*Trabucco es psicóloga, Magíster en Seguridad. Analista de la Agencia NODAL y de CLAE Argentina. Directora del Área de Universidad, Género y Trabajo del IEC-CONADU
Elecciones
¿Qué significa ser leales?: el pueblo vuelve a salir a buscar su propia historia
A 81 años de la jornada que parió al peronismo, el Día de la Lealtad llega con Cristina presa, un Gobierno que desprecia al Congreso y a la Justicia, y un feminismo que eligió la Ciudad de Buenos Aires para su Encuentro de 2027. La lealtad hoy tiene un nombre: organizarse para que Milei pierda.
El 17 de octubre de 1945, miles de trabajadores y trabajadoras cruzaron el Riachuelo, se lavaron los pies en las fuentes de la Plaza de Mayo y torcieron el rumbo de un país que hasta entonces decidía sin ellos.
No esperaron que nadie les concediera nada. Ese día el pueblo dejó de esperar y salió a buscar su propia historia. Ochenta y un años después, la fecha vuelve a interpelarnos con una pregunta urgente: qué significa ser leales cuando la democracia, los derechos y la propia identidad popular están bajo ataque.

Este Día de la Lealtad no es uno más. Llega con Cristina Fernández de Kirchner, dos veces presidenta de la Nación, cumpliendo prisión domiciliaria tras una condena que representa el fruto más acabado del lawfare de Comodoro Py; con un Gobierno nacional que gobierna por decreto y desprecia la división de poderes; y a menos de un año de unas elecciones presidenciales que definirán si la Argentina sigue por el camino del ajuste, el odio y la crueldad, o si recupera un horizonte de justicia social.
Una lealtad que se conjuga en presente
Este sábado, en el Polideportivo Juan Domingo Perón de González Catán, en La Matanza, el gobernador bonaerense Axel Kicillof encabezó el acto central del PJ provincial junto a la vicegobernadora Verónica Magario y el intendente Fernando Espinoza. “Acá estamos, querían callarnos y acá estamos, recordando a Evita y Perón en La Matanza, que es la capital del peronismo”, dijo ante la multitud.
El gobernador recordó que aquella gesta “le dio voz a los que no tenían voz, les dio derechos y participación política a los que estaban marginados y excluidos”, sostuvo que Cristina “está injustamente presa por defender nuestras banderas” y planteó el desafío que atraviesa a todo el campo popular: “La lealtad con el pueblo es construir una alternativa que el año que viene termine con esta pesadilla que nos gobierna”. También dejó una definición que debería ordenar el debate de los próximos meses: “Sin justicia social no hay libertad verdadera: hay privilegios, hay explotación y desigualdad. Eso no es libertad”.
Un Gobierno que no respeta la democracia
Desde el primer día, Javier Milei eligió gobernar contra las instituciones. Inauguró su gestión con el DNU 70/2023, un megadecreto que pretendió derogar y modificar centenares de normas sin pasar por el Congreso.

Intentó designar por decreto a dos jueces de la Corte Suprema, Ariel Lijo y Manuel García Mansilla, salteando el acuerdo del Senado, que finalmente rechazó ambos pliegos en abril de 2025.
Vetó la ley de financiamiento universitario y la emergencia en discapacidad, y obligó al Poder Legislativo a insistir con dos tercios para defender lo que la sociedad ya había defendido en las calles.
Llamó al Congreso “nido de ratas” y llegó a decir que “no odiamos lo suficiente a los periodistas”.
No se trata de exabruptos aislados, sino de un método: degradar a los otros poderes para concentrar el poder en uno solo. Cuando un presidente trata al Parlamento como un estorbo, a la Justicia como una herramienta y a la prensa crítica como un enemigo, lo que está en juego no es una gestión de gobierno, sino la propia arquitectura republicana que tanto dicen defender quienes lo votaron por odio al peronismo.


El odio como herramienta, el antiperonismo como tradición
El antiperonismo no nació con Milei. Tiene una genealogía sangrienta: el bombardeo a la Plaza de Mayo en junio de 1955, el golpe de septiembre de ese año, el decreto 4161 de 1956 que prohibió siquiera pronunciar el nombre de Perón y dieciocho años de proscripción del movimiento mayoritario del país. Cada vez que las élites no pudieron derrotar al peronismo en las urnas, intentaron borrarlo por la fuerza, por decreto o por los tribunales.
Lo nuevo es la escala y el tono. El discurso libertario convirtió el odio en política de Estado: contra los “kukas”, contra los “zurdos”, contra las feministas, contra la diversidad, contra los trabajadores estatales y los jubilados que reclaman. Ese clima no es inocuo. En septiembre de 2022, Cristina sobrevivió a un intento de asesinato frente a su casa, porque el arma no se disparó. Las palabras que deshumanizan preparan el terreno para la violencia que mata, y una democracia que naturaliza el odio termina pagando ese precio.
Las mujeres y disidencias van al centro del poder
Hace apenas cinco días, el 12 de octubre, terminó en Córdoba el 39° Encuentro Plurinacional de Mujeres, Lesbianas, Travestis, Trans, Bisexuales, Intersexuales y No Binaries, con más de 150.000 participantes y un centenar de talleres. En el acto de cierre, por decisión unánime, la Ciudad Autónoma de Buenos Aires fue elegida como sede del 40° Encuentro en 2027. No es un dato menor: el primer Encuentro Nacional de Mujeres se realizó en esa misma ciudad en 1986. Cuatro décadas después, el feminismo vuelve al lugar donde nació, en pleno año electoral, para hacerse oír frente a la Casa Rosada.
La ministra de Mujeres bonaerense, Estela Díaz, lo resumió así: “Es una demostración de que se puede convivir en un espacio con sectores con los que se tienen muchísimas diferencias, construyendo una fuerza para confrontar electoralmente en el 2027”. Esa es exactamente la lección que el campo popular necesita aprender: la unidad en la diversidad no es una consigna, es una condición para ganar.
Las razones para movilizarse sobran. Este Gobierno desmanteló el Ministerio de las Mujeres, Géneros y Diversidad, su ministro de Justicia anunció la intención de eliminar la figura de femicidio del Código Penal y el propio Presidente utilizó el escenario de Davos para atacar al feminismo y a la diversidad, lo que provocó la masiva Marcha Federal Antifascista y Antirracista de febrero de 2025. Para nosotras, el ajuste no es una abstracción macroeconómica: es menos asistencia a víctimas de violencia, menos políticas de cuidado y más trabajo no remunerado sobre las mismas espaldas.
Evita lo entendió antes que nadie. Fue ella quien impulsó el voto femenino en 1947 y organizó a las mujeres como sujeto político con voz propia. El feminismo popular argentino, del Ni Una Menos a la Marea Verde, es heredero de esa tradición. No hay 17 de Octubre sin las mujeres en la Plaza.
2027: la lealtad es organizarse
Decirlo con claridad no es una provocación, es una responsabilidad democrática: Milei tiene que perder en 2027. No por revancha, sino porque un proyecto que desprecia la división de poderes, persigue a opositores, insulta a periodistas, ajusta sobre jubilados, universidades y personas con discapacidad, y convierte el odio en programa de gobierno es incompatible con la Argentina que soñaron quienes se movilizaron aquel 17 de octubre.
Pero la derrota del proyecto libertario no vendrá sola. Exige un peronismo que deje atrás sus internas, que escuche a los movimientos sociales, a los sindicatos, a las juventudes y al feminismo, y que vuelva a ofrecer un horizonte de futuro y no solo una defensa del pasado. La lealtad no es nostalgia: es la decisión colectiva de no volver a esperar que otros escriban nuestra historia. Como en 1945, el pueblo tendrá que salir a buscarla.
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