Análisis
Ajustes en cultura: La dimensión del daño
La dupla Milei-Caputo devaluó el peso en un 50% y la clase trabajadora -formal e informal- comenzó a vivir la pesadilla del ajuste sin escalas
Por Mariana Collante
Con un clic, la dupla Milei-Caputo devaluó el peso en un 50% y la clase trabajadora -formal e informal- comenzó a vivir la pesadilla del ajuste sin escalas. Y eso que ‘ajuste’ fue la palabra clave de los últimos dos gobiernos.
La administración de LLA y el PRO anunció que la devaluación es solo uno de los males que viviremos. Faltan aún más políticas de shock, quita de subsidios en los servicios y privatizaciones. Entonces, la pregunta del millón es, en caso de continuar el rumbo trazado, ¿cuánto puede soportar el cuerpo social y la extenuada mente colectiva?
En este escenario, para la gran mayoría de la población, se juega el acceso a los bienes materiales básicos. Quizás, preguntarnos por el sector cultural pueda parecer superficial, pero no, no lo es. Es trabajo concreto en el ámbito privado y público, y a la vez, constituye un tesoro intangible que nos expresa como pueblo. ¿Qué sería de nosotros sin las producciones de músicos, humoristas, escritores y escritoras de nuestro país?

Del Ministerio de Cultura dependen bibliotecas, museos, teatros y compañías artísticas de danzas y música. Un universo de posibilidades que amplía sensibilidades y permite imaginar proyectos de vida, sin los condicionamientos que impone el lugar de nacimiento. Las orquestas infantiles, en los barrios populares, son un gran ejemplo de una política cultural imprescindible.
Con la llegada de la nueva gestión, este organismo bajó de categoría y pasó a formar parte del Ministerio de Capital Humano, dirigido por Sandra Pettovello. La funcionaria todavía no dio a conocer los lineamientos sobre el área cultural, sin embargo, todo indica que seguirá avanzando en la reducción del estado. Esto se traduce en la clausura de programas, pérdida de incentivos y cierre de entidades vinculadas al estado.
En ‘Unidxs por la Cultura’ confluyen trabajadores de las diferentes expresiones del arte, medios de comunicación comunitarios y estudiantes de las carreras artísticas de las universidades públicas. Todos ellos defienden el sistema vigente de financiamiento, que califican de virtuoso. Ingrid Urrutia de ATE INCAA explica que “los recursos para financiar la cultura no provienen del Tesoro Nacional, sino de una serie de impuestos específicos que se vuelcan sobre el sector”. Por supuesto, que en la actual situación económica esos recursos son insuficientes.
Si bien, los integrantes de ‘Unidxs por la Cultura’ se reúnen hace meses, luego de conocer las medidas económicas, convocaron a una asamblea. Esta instancia sumó a más de doscientas personas para establecer, espacio por espacio, cuál es la dimensión del daño que provocará, en principio, la devaluación. En pocos días veremos, también, si el gobierno aplicará políticas de shock en el ya frágil sector de la cultura.
Por lo pronto, la organización se encuentra movilizada y activa. Hoy marchará junto a otras agrupaciones para conmemorar las jornadas de lucha del 19 y 20 de diciembre de 2001.
Análisis
El Nobel de Economía para dos neokeynesianos: una ironía para Milei
La Real Academia Sueca de Ciencias distinguió a Robert Hall, de Stanford, y a Michael Woodford, de Columbia, por desarrollar los modelos que hoy usan los bancos centrales para estabilizar el ciclo económico. El galardón consagra al paradigma neokeynesiano como herramienta central de la política económica contemporánea, en las antípodas del credo libertario que profesa el presidente argentino.
Dos economistas formados en la tradición keynesiana se llevaron este lunes el Premio Nobel de Economía 2026. Robert Hall, de 83 años, y Michael Woodford, de 71, fueron distinguidos por la Real Academia Sueca de Ciencias por construir los marcos teóricos que permitieron a los bancos centrales y los ministerios de finanzas de todo el mundo sincronizar políticas monetarias y fiscales para amortiguar los vaivenes del ciclo productivo. El premio corona décadas de investigación que colocaron al Estado como actor indispensable en la estabilización económica, un principio radicalmente opuesto al dogma que guía la gestión de Javier Milei en la Argentina.
Hall se desempeña en la Universidad de Stanford, en California; Woodford, en la Universidad de Columbia, en Nueva York. El titular del Comité evaluador, John Hassler, subrayó a través de un comunicado que las investigaciones de ambos aportaron «una base teórica estable» para que las autoridades económicas contemporáneas puedan sortear con mayor eficacia turbulencias externas como shocks energéticos o variaciones bruscas en las pautas de consumo hogareño.
Microeconomía al servicio de la macro
El aporte central de Hall y Woodford fue construir el paradigma neokeynesiano desde abajo hacia arriba: en lugar de analizar la economía como un bloque desde una perspectiva panorámica, sus modelos se asientan en decisiones individuales de millones de hogares y empresas. Ese cambio de enfoque generó una reconfiguración de paradigmas que hoy es el estándar de los bancos centrales más influyentes del planeta.
La hipótesis de Hall, presentada en un artículo de 1978, sostuvo que los cambios en el consumo no pueden predecirse porque dependen de información nueva e impredecible. Ese hallazgo resultó fundacional para la investigación moderna sobre el comportamiento del consumidor. Por su parte, el modelo de Woodford permitió responder de forma más eficaz a las perturbaciones que alteran el equilibrio entre oferta y demanda: una escasez de materias primas, un avance tecnológico que abarate la producción, una buena noticia sobre el futuro que impulse el consumo, o la noticia contraria. En todos esos casos, la política de estabilización, ya sea monetaria o fiscal, puede restablecer el equilibrio. La conclusión implícita es que el Estado no es el problema, sino parte de la solución.
El Nobel que Milei no puede ignorar
El galardón llega en un momento de singular elocuencia. Mientras el gobierno de Javier Milei profesa el achicamiento del Estado, el recorte del gasto público y la desregulación como mandatos irrefutables, la academia internacional que evalúa los avances del pensamiento económico eligió premiar precisamente lo opuesto: la demostración científica de que la intervención estatal inteligente, coordinada y basada en evidencia, reduce el sufrimiento de las personas durante las crisis. El premio no es solo un reconocimiento académico; es un mapa de lo que la ciencia económica global considera la frontera del conocimiento.
La tensión no es nueva en la historia del Nobel de Economía. En 2024, el galardón fue para investigadores de la desigualdad; en años anteriores se premió el análisis de las crisis financieras y el mercado laboral. La secuencia consolida una tendencia: la academia sueca premia la complejidad institucional antes que la pureza ideológica del mercado libre.
Una distinción con historia propia
El Premio de Ciencias Económicas del Banco de Suecia en memoria de Alfred Nobel, su nombre formal, fue instaurado en 1968 por iniciativa del Sveriges Riksbank para conmemorar su tricentenario. No fue creado por Alfred Nobel en su testamento original, a diferencia de los galardones en Física, Química, Medicina, Literatura y Paz. Su primera edición tuvo lugar en 1969, con el reconocimiento a los pioneros Ragnar Frisch y Jan Tinbergen. La dotación monetaria es equiparable al resto de las disciplinas tradicionales del Nobel.
Lo que tenés que saber
- Robert Hall (Stanford, 83 años) y Michael Woodford (Columbia, 71 años) ganaron el Premio Nobel de Economía 2026.
- Fueron distinguidos por desarrollar los modelos neokeynesianos que usan hoy los bancos centrales para estabilizar el ciclo económico.
- La hipótesis de Hall sobre el consumo data de 1978; el modelo de Woodford permite responder a perturbaciones de oferta y demanda con política de estabilización.
- El premio consagra la intervención estatal coordinada como herramienta científicamente válida, en contradicción directa con la doctrina económica del gobierno de Milei.
- El galardón fue creado en 1968 por el Sveriges Riksbank; su primera edición fue en 1969.
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