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Análisis

“El problema del alquiler se metió en la agenda política a la fuerza”

Entrevista exclusiva de El Argentino con Fernando Muñoz, de Inquilinos Agrupados.

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Por Mariana Collante

En la madrugada de ayer la Cámara de Diputados aprobó la modificación a la Ley de Alquileres por 128 votos afirmativos contra 114 negativos. El proyecto del oficialismo mantiene el plazo de vigencia de los contratos de alquiler en tres años, establece actualizaciones semestrales por el índice público Casa Propia, prohíbe ofertar y hacer transacciones de alquiler en moneda extranjera, e introduce una serie de beneficios impositivos para los propietarios de hasta dos viviendas.

La Ley de Alquileres sancionada en junio de 2020, con cierto consenso,  no fue acompañada por el Estado al no garantizar su aplicación. Esta debilidad fue aprovechada por el sector inmobiliario y sus medios de comunicación afines, para hacer una campaña de cuestionamiento permanente. En agosto de este año, Juntos por el Cambio promovió una media sanción muy regresiva para los inquilinos e inquilinas. La iniciativa siguió su camino en el Senado, pero perdió contra el proyecto que ayer se ratificó en la Cámara Baja.

Fernando Muñoz es integrante de Inquilinos Agrupados, la organización  que amplifica la voz de quienes alquilan. Además es autor del libro «La desigualdad bajo techo. Más de cien años de alquiler», un texto que analiza las políticas de gobierno en materia de vivienda desde principios del siglo XX, pasando por la dictadura cívico militar, hasta la crisis del 2001.  

¿Cómo se logró revertir las modificaciones propuestas por  Juntos por el Cambio?

Esta reforma de la Ley de Alquileres ha sido un reclamo del mercado inmobiliario, y en particular de las cámaras que representan al intermediario, al que gana cuanto más contratos se firman: la inmobiliaria. Lo que se inició como “una ley que no favorece ni a los inquilinos ni a los propietarios”, se exhibió finalmente como la necesidad de obtener más ganancia, más rentabilidad. El inquilino fue un convidado de piedra en la reforma de la ley en Diputados. La activa militancia de Juntos por el Cambio sumada a la actitud relajada del oficialismo, dieron por resultado una media sanción a la medida del mercado inmobiliario. Pero la reacción en redes, en medios de comunicación y en las reiteradas asambleas públicas en Inquilinos Agrupados, generaron un clima diferente en el tratamiento en el Senado: el oficialismo reaccionó, surgieron otras voces, en el recinto de la Cámara Alta se denunció “el lobbie inmobiliario” y la cuestión retomó un compromiso más claro con la población que alquila vivienda.

Con esta modificación, ¿qué reacción esperan del mercado inmobiliario?

Ellos van a seguir su política de retención de propiedad, de golpe de mercado, como lo hizo en vísperas de la democracia en el 83, también en el 89 cuando Alfonsín se retiraba vertiginosamente del gobierno-, y como lo seguirá haciendo mientras no haya un Estado dominante que equilibre las reglas de juego en esta sociedad cada vez más empobrecida.

¿Qué medida es prioritaria para que esta vez sí se cumpla la ley?

Que el Ministerio de Hábitat se haga cargo de la situación y haga cumplir la ley; que la Secretaría de Comercio sancione a los que publican alquileres en moneda extranjera; que la AFIP le exija a las inmobiliarias que le entregue los contratos de locación que se firman ante intermediarios.

¿Qué rol le asignas a la organización inquilina para llegar a este resultado?

La misma que tuvimos hasta ahora: ser coherentes, defender el bolsillo del trabajador que alquila por encima de las banderías políticas, dialogar mucho más con las representaciones reales de los trabajadores para una defensa colectiva de la represalia del mercado, seguir interactuando públicamente con la población que alquila, en las redes y en las asambleas de nuestra organización.

¿Hay más conciencia del lugar subalterno del inquilino?         

Muchísima más conciencia. Ya son pocos los ingenuos que creen que somos todos iguales. Hay cada vez menos rentistas que son muchísimo menos iguales que los millones que tenemos que alquilar para vivir bajo techo. Y más allá de cómo juzguemos esta campaña electoral, es visible que el problema del alquiler se metió en la agenda política a la fuerza.

Análisis

El drama de Granja Tres Arroyos: 500 familias sin trabajo y sin cobrar

La empresa avícola cerró su planta en la localidad bonaerense, adeuda sueldos y aguinaldos y pidió un concurso preventivo de acreedores. «Somos un pueblo al que le cayó una bomba», describieron los trabajadores despedidos, que reclaman respuestas que la patronal nunca dio.

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Más de 500 trabajadores y trabajadoras de Capitán Sarmiento perdieron su empleo en las últimas semanas tras el cierre de la planta avícola de Granja Tres Arroyos en esa localidad del norte bonaerense. La empresa acumula deudas salariales que incluyen meses de sueldo sin pagar y aguinaldos pendientes, y recurrió a la Justicia para pedir la apertura de un concurso preventivo de acreedores, el mecanismo legal que antecede a la quiebra y que deja a los trabajadores en una situación de extrema incertidumbre sobre el cobro de sus acreencias.

El impacto de los despidos no se limitó a Capitán Sarmiento. Según describió Andrea Ulere, ex empleada de la empresa, la crisis se extendió a municipios vecinos: alrededor de 100 despidos adicionales se registraron en Arrecifes y otros 100 en San Antonio de Areco, lo que convierte a esta debacle laboral en un golpe colectivo sobre toda la región del norte del conurbano extendido.

«Una bomba en el medio del pueblo»

Ulere describió la situación con una imagen que sintetiza el derrumbe social que vive la localidad. «Somos un pueblo que tiene la sensación hoy de caminar por la calle, que nos ha caído una bomba en el medio y andamos juntando los pedazos de la gente», señaló. «No se puede describir con palabras el dolor que tenemos», agregó.

La ex trabajadora reveló además un detalle que ilustra la dimensión humana de la crisis: «Acá venía el cartero del pueblo con el despido en mano llorando». La imagen del telegrama de despido entregado entre lágrimas en una localidad pequeña habla de un tejido comunitario que la empresa desgarró sin dar explicaciones.

Ulere fue cuidadosa al momento de atribuir responsabilidades, pero contundente: «Más allá del nivel nacional, que todos sabemos que económicamente estamos todos mal, acá hubo una mala gestión de los hijos y sobrinos de Joaquín de Grazia, que hicieron un mal negocio. Los despidos decían que eran por la gripe aviar, el Covid-19, y nosotros en esa época es cuando se trabajó más que nunca».

Veinte años de trabajo, deudas y silencio patronal

Los testimonios de los trabajadores que aún no recibieron su telegrama pero temen recibirlo en cualquier momento son igualmente demoledores. Oscar, con 20 años de antigüedad en la planta, graficó el costo que la prolongada agonía de la empresa tuvo sobre su salud y su dignidad: «La situación me tiene mal. Nos afecta la salud mental. Ya hace un año y medio que vivimos esto. Yo vivo con mis padres. No es lo justo que yo tenga que vivir de ellos».

Nadie de la empresa viene a dar la cara y dar explicaciones, denunció Oscar. «Así nos tuvieron un año y medio. Nos quitaron parte de nuestro salario, nos deben el pago de meses, nos deben vacaciones», enumeró.

Otro trabajador con más de 18 años de antigüedad contó que el deterioro fue progresivo y que los empleados cedieron ante cada exigencia patronal con la esperanza de conservar el puesto: «El conflicto comenzó con un pedido de esfuerzo a los trabajadores y una reducción salarial del 9%. Luego, los pagos comenzaron a realizarse en cuotas. Con tal de seguir trabajando lo aceptamos. Hace tres meses nos pagaban 100 mil por semana«, relató. «Nosotros hemos aportado mucho a la empresa, pero para ellos somos un número más», cuestionó.

Un tercer operario con 16 años en la empresa resumió la angustia cotidiana de quienes todavía no fueron desvinculados pero tampoco cobran: «Todos tenemos chicos, cuentas que pagar, se me vence el alquiler, no tengo plata para alquilar en otro lado. Los servicios los pago como puedo. Si hacés una changa te peleás por los precios. Tuvimos que hacer muchos recortes en salidas y alimentos. Antes alcanzaba la plata. Ahora no alcanza para nada. Tenemos un trabajo fijo pero no cobramos».

La intendenta y el pedido de los trabajadores

Durante las protestas frente a la planta y en la plaza de Capitán Sarmiento, la intendenta local Fernanda Astorino Hurtado se hizo presente para interiorizarse sobre la situación. Habló de un «mal manejo empresarial», lo que coincide con el diagnóstico de los propios trabajadores, aunque para estos últimos la presencia política no alcanza si no se traduce en acciones concretas.

Ulere fue directa al respecto: «Todo sirve, nosotros estamos desorientados y lo que queremos es que esto no se apague, que ella luche por nosotros para que no se apague. Porque donde dejen de hablar de nosotros, todo va a terminar en la nada. A los políticos para que se muevan, porque ¿quién nos va a salvar a nosotros?».

La pregunta resuena con fuerza en un contexto nacional en el que el gobierno de Javier Milei ha reducido el gasto en programas sociales en más de un 60% y donde la desregulación del mercado laboral, impulsada por la misma gestión, dejó a miles de trabajadores sin las redes de contención que el Estado podía ofrecer. El drama de Capitán Sarmiento no es una excepción: es el retrato de lo que ocurre cuando una empresa quiebra y el Estado se hace a un lado.

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