Análisis
Adiós a Víctor García Costa
Fue un prolífico autor y editor de obras relacionadas con la historia del socialismo en Argentina.
Por Oscar R. González
En la borrascosa madrugada de éste sábado 31 de agosto nos llegó la infausta noticia del fallecimiento del veterano dirigente socialista Víctor García Costa, uno de los últimos representantes de la generación política que protagonizó un largo y complejo periodo de la historia política argentina.
De familia republicana asturiana, García Costa asumió desde joven la militancia en el extinguido Partido Socialista, donde intervino muy pronto en las ríspidas polémicas que conmovieron esa fuerza a partir de los años 50 y particularmente tras el golpe de 1955, cuando aparecieron en disputa dos visiones contrapuestas sobre el rol del socialismo, y la izquierda en general, en relación con la persistente identidad peronista de los trabajadores, clase social que los socialistas aspiraron siempre a representar.
Ligado a algunas figuras del ala más comprensiva respecto de la naturaleza del entonces ilegalizado Justicialismo, como Alfredo L Palacios y Carlos Sánchez Viamonte, de quien fue directo colaborador, y abierto a reconsiderar posiciones recalcitrantes –y por consiguiente erróneas- de su propio Partido, García Costa, tras la implosión de la antigua estructura partidaria, activó desde los primeros años 60 en la fracción más vinculada a lo nacional popular y ya como dirigente de uno de esos sectores, llegó a integrar La Hora del Pueblo, estrategia frentista encabezada por Juan Perón para resolver la transición democrática tras la debacle de la dictadura iniciada en 1966.
La actividad política de García Cosa y sus responsabilidades institucionales, como cuando se desempeñó como concejal porteño en los años 60 no lo marginó de lo que fueron sus debilidades (y habilidades) intelectuales: lector empecinado y enamorado de la historia, dejó una extensa obra ligada al itinerario del socialismo, particularmente referida a los iniciadores, como Germán Avé Lallemant, Adrián Patroni y el legendario Alfredo L. Palacios. Pero más allá de ser autor de esos y muchos otros textos, fue notable su tarea como coleccionista bibliográfico y editor: en una intensa actividad hacia el final de su larga vida, logro la reedición de obras clásicas como “La Miseria” (la famosa tesis doctoral de Palacios, rechazada por sus profesores de Derecho en 1900).
Famoso en las filas partidarias por su vehemencia oratoria y pasión polémica, dueño de una retórica filosa sustentada en amplias lecturas y conocimientos históricos, amigo de poner en cuestión verdades sacrosantas (como la fecha fundacional del Partido Socialista, que él situaba años antes del canónico 1896), temible contendiente de aquellos que simulaban una tradición que no les era propia, la larga existencia de García Costa concluye en un triste momento triste de la historia argentina, cuando los valores más puros, los ideales más transparentes y los objetivos más humanos, que signaron su lucha y la de los demás militantes socialistas desde hace más de 120 años, es hoy vituperada desde el poder político, económico y mediático por una atroz confluencia de odiadores antiderechos, casta que tarde o temprano será barrida por los objetivos emancipadores que hicieron suyos aquellos ciudadanos dignos como el que hoy despedimos.
Periodista y abogado, fue diputado nacional y Secretario General del Partido Socialista. Secretario de Relaciones Parlamentarias de la Nación entre 2008 y 2015, es militante de la Confederación Socialista Argentina.
Elecciones
¿Qué significa ser leales?: el pueblo vuelve a salir a buscar su propia historia
A 81 años de la jornada que parió al peronismo, el Día de la Lealtad llega con Cristina presa, un Gobierno que desprecia al Congreso y a la Justicia, y un feminismo que eligió la Ciudad de Buenos Aires para su Encuentro de 2027. La lealtad hoy tiene un nombre: organizarse para que Milei pierda.
El 17 de octubre de 1945, miles de trabajadores y trabajadoras cruzaron el Riachuelo, se lavaron los pies en las fuentes de la Plaza de Mayo y torcieron el rumbo de un país que hasta entonces decidía sin ellos.
No esperaron que nadie les concediera nada. Ese día el pueblo dejó de esperar y salió a buscar su propia historia. Ochenta y un años después, la fecha vuelve a interpelarnos con una pregunta urgente: qué significa ser leales cuando la democracia, los derechos y la propia identidad popular están bajo ataque.

Este Día de la Lealtad no es uno más. Llega con Cristina Fernández de Kirchner, dos veces presidenta de la Nación, cumpliendo prisión domiciliaria tras una condena que representa el fruto más acabado del lawfare de Comodoro Py; con un Gobierno nacional que gobierna por decreto y desprecia la división de poderes; y a menos de un año de unas elecciones presidenciales que definirán si la Argentina sigue por el camino del ajuste, el odio y la crueldad, o si recupera un horizonte de justicia social.
Una lealtad que se conjuga en presente
Este sábado, en el Polideportivo Juan Domingo Perón de González Catán, en La Matanza, el gobernador bonaerense Axel Kicillof encabezó el acto central del PJ provincial junto a la vicegobernadora Verónica Magario y el intendente Fernando Espinoza. “Acá estamos, querían callarnos y acá estamos, recordando a Evita y Perón en La Matanza, que es la capital del peronismo”, dijo ante la multitud.
El gobernador recordó que aquella gesta “le dio voz a los que no tenían voz, les dio derechos y participación política a los que estaban marginados y excluidos”, sostuvo que Cristina “está injustamente presa por defender nuestras banderas” y planteó el desafío que atraviesa a todo el campo popular: “La lealtad con el pueblo es construir una alternativa que el año que viene termine con esta pesadilla que nos gobierna”. También dejó una definición que debería ordenar el debate de los próximos meses: “Sin justicia social no hay libertad verdadera: hay privilegios, hay explotación y desigualdad. Eso no es libertad”.
Un Gobierno que no respeta la democracia
Desde el primer día, Javier Milei eligió gobernar contra las instituciones. Inauguró su gestión con el DNU 70/2023, un megadecreto que pretendió derogar y modificar centenares de normas sin pasar por el Congreso.

Intentó designar por decreto a dos jueces de la Corte Suprema, Ariel Lijo y Manuel García Mansilla, salteando el acuerdo del Senado, que finalmente rechazó ambos pliegos en abril de 2025.
Vetó la ley de financiamiento universitario y la emergencia en discapacidad, y obligó al Poder Legislativo a insistir con dos tercios para defender lo que la sociedad ya había defendido en las calles.
Llamó al Congreso “nido de ratas” y llegó a decir que “no odiamos lo suficiente a los periodistas”.
No se trata de exabruptos aislados, sino de un método: degradar a los otros poderes para concentrar el poder en uno solo. Cuando un presidente trata al Parlamento como un estorbo, a la Justicia como una herramienta y a la prensa crítica como un enemigo, lo que está en juego no es una gestión de gobierno, sino la propia arquitectura republicana que tanto dicen defender quienes lo votaron por odio al peronismo.


El odio como herramienta, el antiperonismo como tradición
El antiperonismo no nació con Milei. Tiene una genealogía sangrienta: el bombardeo a la Plaza de Mayo en junio de 1955, el golpe de septiembre de ese año, el decreto 4161 de 1956 que prohibió siquiera pronunciar el nombre de Perón y dieciocho años de proscripción del movimiento mayoritario del país. Cada vez que las élites no pudieron derrotar al peronismo en las urnas, intentaron borrarlo por la fuerza, por decreto o por los tribunales.
Lo nuevo es la escala y el tono. El discurso libertario convirtió el odio en política de Estado: contra los “kukas”, contra los “zurdos”, contra las feministas, contra la diversidad, contra los trabajadores estatales y los jubilados que reclaman. Ese clima no es inocuo. En septiembre de 2022, Cristina sobrevivió a un intento de asesinato frente a su casa, porque el arma no se disparó. Las palabras que deshumanizan preparan el terreno para la violencia que mata, y una democracia que naturaliza el odio termina pagando ese precio.
Las mujeres y disidencias van al centro del poder
Hace apenas cinco días, el 12 de octubre, terminó en Córdoba el 39° Encuentro Plurinacional de Mujeres, Lesbianas, Travestis, Trans, Bisexuales, Intersexuales y No Binaries, con más de 150.000 participantes y un centenar de talleres. En el acto de cierre, por decisión unánime, la Ciudad Autónoma de Buenos Aires fue elegida como sede del 40° Encuentro en 2027. No es un dato menor: el primer Encuentro Nacional de Mujeres se realizó en esa misma ciudad en 1986. Cuatro décadas después, el feminismo vuelve al lugar donde nació, en pleno año electoral, para hacerse oír frente a la Casa Rosada.
La ministra de Mujeres bonaerense, Estela Díaz, lo resumió así: “Es una demostración de que se puede convivir en un espacio con sectores con los que se tienen muchísimas diferencias, construyendo una fuerza para confrontar electoralmente en el 2027”. Esa es exactamente la lección que el campo popular necesita aprender: la unidad en la diversidad no es una consigna, es una condición para ganar.
Las razones para movilizarse sobran. Este Gobierno desmanteló el Ministerio de las Mujeres, Géneros y Diversidad, su ministro de Justicia anunció la intención de eliminar la figura de femicidio del Código Penal y el propio Presidente utilizó el escenario de Davos para atacar al feminismo y a la diversidad, lo que provocó la masiva Marcha Federal Antifascista y Antirracista de febrero de 2025. Para nosotras, el ajuste no es una abstracción macroeconómica: es menos asistencia a víctimas de violencia, menos políticas de cuidado y más trabajo no remunerado sobre las mismas espaldas.
Evita lo entendió antes que nadie. Fue ella quien impulsó el voto femenino en 1947 y organizó a las mujeres como sujeto político con voz propia. El feminismo popular argentino, del Ni Una Menos a la Marea Verde, es heredero de esa tradición. No hay 17 de Octubre sin las mujeres en la Plaza.
2027: la lealtad es organizarse
Decirlo con claridad no es una provocación, es una responsabilidad democrática: Milei tiene que perder en 2027. No por revancha, sino porque un proyecto que desprecia la división de poderes, persigue a opositores, insulta a periodistas, ajusta sobre jubilados, universidades y personas con discapacidad, y convierte el odio en programa de gobierno es incompatible con la Argentina que soñaron quienes se movilizaron aquel 17 de octubre.
Pero la derrota del proyecto libertario no vendrá sola. Exige un peronismo que deje atrás sus internas, que escuche a los movimientos sociales, a los sindicatos, a las juventudes y al feminismo, y que vuelva a ofrecer un horizonte de futuro y no solo una defensa del pasado. La lealtad no es nostalgia: es la decisión colectiva de no volver a esperar que otros escriban nuestra historia. Como en 1945, el pueblo tendrá que salir a buscarla.
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