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Derecho a la Identidad: una política de Estado

La CoNaDI se conformó originalmente como una comisión técnica, con los objetivos de buscar, localizar e identificar a los más de 500 niños y niñas desaparecidos durante la última dictadura, y de garantizar el cumplimiento de la Convención sobre los Derechos del Niño, que en sus artículos 7, 8 y 11 establece el derecho a la identidad.

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Por Claudia Carlotto, directora de la Comisión Nacional por el Derecho a la Identidad (CoNaDI).

La Comisión Nacional por el Derecho a la Identidad (CoNaDI) nació en 1992 gracias a la lucha de las Abuelas de Plaza de Mayo, quienes exigieron al gobierno que manifieste la voluntad del Estado de localizar a los hijos e hijas de las personas desaparecidas por la última dictadura cívico militar.

De ese modo la CoNaDI se conformó originalmente como una comisión técnica, con los objetivos de buscar, localizar e identificar a los más de 500 niños y niñas desaparecidos durante la última dictadura, y de garantizar el cumplimiento de la Convención sobre los Derechos del Niño, que en sus artículos 7, 8 y 11 establece el derecho a la identidad. Así, la incansable búsqueda de las Abuelas se convertía en política de Estado.

Ahora bien, a partir de nuestro trabajo en materia de derecho a la identidad, debemos decir que, si bien se suele asociar la apropiación de menores con los crímenes de la última dictadura cívico militar (que pergeñó un plan sistemático sobre esta práctica), lo cierto es que se trata de un delito que trasciende largamente ese periodo histórico.

Efectivamente, a raíz de las campañas de difusión orientadas a restituir la identidad de los hijos e hijas de las personas desaparecidas, a lo largo de los años se acercaron a la CoNaDI muchos jóvenes nacidos durante la última dictadura que buscaban su origen, pero en cuyos casos no se verificaba un vínculo entre su apropiación y el accionar del terrorismo de Estado . Asimismo, comenzamos a recibir consultas de personas que nacieron antes y después de la dictadura, que sabían que habían sido apropiadas e inscriptas ilegalmente en el momento de su nacimiento.

A partir de esta realidad que se nos presentaba, iniciamos un trabajo de relevamiento y sistematización de datos, y comprobamos que muchos nombres de parteras, médicos/as y funcionarios/as judiciales implicados en la apropiación de los hijos de las personas desaparecidas, se repetían en estos casos cuyo proceder se vinculaba con el de redes de tráfico de menores.

De este modo, la intención de poder dar una respuesta a toda persona cuyo derecho a la identidad haya sido vulnerado, se convirtió en nuestro objetivo. Sin embargo, el universo de casos se presentaba demasiado vasto, y no contábamos con los recursos materiales y humanos para abordar la problemática de forma global y responsable.

Venturosamente, a fines de 2019 se creó el Programa Nacional sobre el Derecho a la Identidad Biológica, que gracias a la actual gestión pasó en 2021 a integrar el ámbito de la CoNaDI, con el fin de coordinar y centralizar las políticas públicas tendientes a proteger y garantizar el derecho a la Identidad.

El Programa tiene la misión de atender la problemática de la vulneración del derecho a la Identidad para casos no vinculados a los crímenes de lesa humanidad: recibe a todas las personas nacidas en Argentina que desconocen sus orígenes biológicos, y a las madres y/o familiares que buscan hijas o hijos nacidos en Argentina que fueron separados de su familia al momento del nacimiento.

Son miles las personas que recurren al Programa buscando conocer sus orígenes. Por ello la CoNaDI lanzó, junto a la Secretaría de Derechos Humanos, la campaña de difusión «Mamás que buscan», con el objetivo de convocar a las madres que buscan a sus hijas o hijos nacidos en Argentina, y de quienes se vieron separadas en el momento de su nacimiento, para que se acerquen a la Comisión Nacional por el Derecho a la Identidad y registren su caso.

Debemos mencionar que, de acuerdo a las entrevistas realizadas por este organismo a las madres que se han presentado buscando a sus hijos, la gran mayoría de ellas han manifestado haber sido sometidas a diversas violencias en el transcurso del embarazo y/o el nacimiento, pudiendo citarse como ejemplos la violencia física, psicológica, económica, obstétrica e institucional, ya sea por parte de familiares, de parejas, de instituciones de salud, o de organismos del Estado. Tal contexto determinó en muchos casos la entrega forzada de sus bebés de forma directa a terceros, o mediante intervención institucional.

Estas mujeres han sido históricamente silenciadas y excluidas de las políticas públicas. A muchas les han dicho que su hijo nació muerto, pero nunca les ofrecieron pruebas. Otras han sido despojadas de sus bebés por sus familias, o por médicos o parteras, y nunca les han dicho dónde o con quién están. Numerosas mujeres han sido amenazadas para que no busquen. Por todo esto desde la CoNaDI queremos convocarlas, mostrarles que no están solas, impulsar su búsqueda y contactarlas con otras mujeres que han atravesado una situación similar.

Quienes deseen registrar un caso o aportar información, pueden comunicarse con la CoNaDI llamando al 0800-222-266234 o enviando un mail a identidadbiologica@jus.gob.ar o conadi@jus.gob.ar

CABA

Menos psicopedagogos, más policías: la escuela porteña deja de ser un lugar de cuidado

El protocolo porteño habilita el ingreso de la Policía de la Ciudad a las escuelas a pedido de los directivos, por orden judicial o por fuerza mayor. Ninguna ley lo impedía, pero la comunidad educativa lo defendió como una conquista democrática.

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La Policía de la Ciudad tiene, desde este lunes, una puerta formal para entrar a las escuelas porteñas. El nuevo protocolo del gobierno de Jorge Macri convierte en norma escrita lo que durante décadas la comunidad educativa resistió: la presencia de uniformados dentro de las aulas como respuesta a los conflictos escolares. La intervención policial podrá darse a pedido del propio colegio a través del 911, por orden judicial o por razones de fuerza mayor ante un riesgo inminente.

La habilitación forma parte de la Resolución Conjunta N.º 1/MEDGC/26, publicada en el Boletín Oficial porteño con la firma de los ministerios de Educación, Justicia y Seguridad de la Ciudad y del Consejo de los Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes. La norma adapta las escuelas al nuevo Régimen Penal Juvenil (Ley 27.801), vigente desde el 5 de septiembre, e impone a los directivos el deber de denunciar ante la Justicia a estudiantes desde los 14 años por hechos que pudieran constituir delitos, incluso fuera del establecimiento. El documento trascendió el fin de semana, cuando Federico Puy, secretario general adjunto de Ademys, lo difundió en su cuenta de X.

Un límite sin ley, pero con memoria

La frontera entre la escuela y la policía nunca estuvo escrita en una ley para los niveles obligatorios. El Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS) lo explicó en sus recomendaciones sobre policías en las escuelas: a diferencia de lo que ocurre con las universidades públicas, no existen normas en la Ciudad ni en la provincia de Buenos Aires que impidan a la policía ingresar a un establecimiento escolar, aunque sí hubo proyectos de ley que nunca fueron tratados. La única prohibición expresa es el artículo 31 de la Ley de Educación Superior, que veda el ingreso de la fuerza pública a las universidades nacionales sin orden judicial o pedido de sus autoridades.

Lo que sostuvo ese límite fue otra cosa: la Convención sobre los Derechos del Niño, la Ley 26.061 de Protección Integral y un consenso político y pedagógico construido desde 1983. La escuela democrática se pensó como un espacio de cuidado, justamente porque la dictadura la había convertido en territorio de vigilancia. El régimen militar difundió en 1977 el folleto “Subversión en el ámbito educativo (conozcamos a nuestro enemigo)”, que ordenaba a docentes y directivos detectar al “enemigo” entre sus alumnos; y en septiembre de 1976, en La Plata, un grupo de estudiantes secundarios que habían reclamado por el boleto estudiantil fue secuestrado en lo que se conoce como la Noche de los Lápices.

La escalada porteña

El protocolo actual no nació de la nada. El 28 de marzo de 2018, durante la gestión de Horacio Rodríguez Larreta, el Ministerio de Seguridad porteño aprobó mediante la Resolución 86/2018 un “Protocolo de Ingreso a los Establecimientos Educativos de la Ciudad de Buenos Aires”, que nunca se publicó en el Boletín Oficial.

Según el texto filtrado por UTE, su primer artículo establecía que “el personal policial podrá ingresar a los edificios o inmuebles escolares cuando sea requerida su presencia por alguno de los miembros del equipo de conducción del establecimiento”.

Llegó apenas 40 días después del protocolo antitomas impulsado por la entonces ministra de Educación, Soledad Acuña, y el entonces secretario de Seguridad, Marcelo D’Alessandro, se negó a hacer público su anexo con el argumento de que solo servía a los efectos “de la comunicación interna” de la fuerza.

Ese mismo año, Ademys denunció que, el día previo al tratamiento del aborto legal en Diputados, la policía entró a una escuela secundaria tomada para desalojar a los estudiantes. En 2022, frente a nuevas intervenciones, el secretario adjunto de UTE, Eduardo López, lo resumió en una frase: “La escuela no es un lugar para la Policía”.

El paso siguiente llegó en abril de este año. Tras la ola de amenazas de tiroteos que se multiplicó en todo el país después del ataque en una escuela de San Cristóbal, Santa Fe, el 30 de marzo, el gobierno porteño activó un protocolo que dispuso que, ante una denuncia realizada por la escuela o por un tercero, el equipo directivo deberá permitir el ingreso de la Policía al establecimiento. La ministra de Educación porteña, Mercedes Miguel, lo justificó así: “La respuesta tiene que ser, al mismo tiempo, seguridad y formación. Protocolo y acompañamiento. Consecuencia y reparación”. Estudiantes, familias y docentes respondieron entonces con una consigna que hoy vuelve a circular: “No a la policía en las escuelas”.

Qué cambia ahora

La diferencia con los antecedentes es de escala y de lógica. El ingreso policial ya no aparece como una excepción ante un arma o una amenaza puntual, sino como una pieza dentro de un circuito que empieza con la obligación de denunciar a adolescentes de 14 años.

El nuevo texto exige que los efectivos se identifiquen, actúen “respetando los derechos” de niñas, niños y adolescentes y procuren “cesar el riesgo”; también prohíbe a las escuelas interrogar a los alumnos.

Las salvaguardas contrastan con los estándares que organismos de derechos humanos promovieron durante años. El CELS recomendó atender a la policía en la puerta mientras se evalúa la situación, sobre todo si los efectivos están armados y hay chicos en el edificio.

Y recordó una pauta de la guía elaborada por la provincia de Buenos Aires junto a UNICEF: no deben brindarse nombres de estudiantes a ninguna autoridad policial sin un oficio judicial, y la policía no puede tomar contacto con ningún menor de edad, aun cuando se presuma que tiene un arma, hasta que llegue un familiar o adulto responsable.

“Una antesala de las cárceles”

Puy advirtió que el protocolo “obliga a las directoras a denunciar a estudiantes que ‘podrían estar cometiendo un delito’”, sostuvo que “constituye una clara persecución a los jóvenes” y alertó que busca convertir a las escuelas en una “antesala de las cárceles”. UTE, por su parte, rechazó “que las escuelas se conviertan en puertas de entrada al sistema penal” y advirtió “sobre el riesgo de estigmatización y criminalización de niñas, niños y adolescentes”; el gremio reclamó equipos especializados, formación y recursos para abordar los conflictos sin judicializarlos.

Ninguna ley impedía que un patrullero estacionara frente a una escuela y sus agentes cruzaran el portón; lo impedía una idea de la democracia sobre qué lugar ocupan los chicos en la sociedad. Con este protocolo, el gobierno porteño elige reemplazar gabinetes, psicopedagogos y equipos de orientación por el 911, y deja la resolución de los conflictos adolescentes en manos de quienes están entrenados para otra cosa.

Lo que tenés que saber del Protocolo

  • La Resolución Conjunta N.º 1/MEDGC/26 habilita el ingreso policial a las escuelas porteñas a pedido del colegio, por orden judicial o por fuerza mayor.
  • No existe una ley que prohíba el ingreso policial a escuelas; la única prohibición expresa rige para las universidades nacionales, por el artículo 31 de la Ley de Educación Superior.
  • En 2018, la Resolución 86/2018 del Ministerio de Seguridad porteño aprobó un protocolo de ingreso a escuelas que nunca se publicó en el Boletín Oficial.
  • En abril de 2026, tras las amenazas de tiroteos, la Ciudad ya había dispuesto que los directivos permitieran el ingreso policial ante una denuncia.
  • Ademys y UTE rechazaron el nuevo protocolo por criminalizar a las adolescencias.

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