Cultura
Un libro reúne textos y recuerdos de las presas políticas durante la dictadura
El registro íntimo de esos días de encierro está condensado en esos tesoros que se leen o salen de entre las páginas de este libro.
Hay dibujos en tinta y lápiz, libritos de cuentos atados con rústicos hilos de colores y figuras troqueladas en papel, pero también poemas, narraciones de momentos cotidianos: todos esos tesoros que se leen o salen de entre las páginas de “Impresas políticas”, primer título de Capitana Editora, un flamante sello editorial de Rosario que recupera las expresiones artísticas desarrolladas por ex presas políticas en los años 60 y 70.
La anhelada visita de los hijos, la «guerra» contra las chinches que invaden celdas y colchones, la gratitud con las mujeres, madres, hermanas, amigas, que reemplazan, contienen, cuidan y visitan. El registro íntimo de esos días de encierro está condensado en esos tesoros que se leen o salen de entre las páginas de este libro.
El volumen, que tiene una tapa lisa en color ocre, con alguna reminiscencia de los tradicionales Cuadernos Rivadavia es el primero en recuperar las expresiones artísticas desarrolladas por ex presas políticas de los años 60 y 70 en contexto de encierro. Se editó en 2022 y tuvo su segunda impresión en marzo de 2023 que es la que ahora llega a Buenos Aires y se venderá tanto en Céspedes ( Av. Álvarez Thomas 853, CABA) como en Futurock (Av. Medrano 707, CABA).
“La idea del libro surgió en el taller de impresión que se llama precisamente Capitana, donde se realizaban tareas de impresión, y, por otra parte de mi preocupación como politóloga por los pocos escritos que encontraba de mujeres militantes de los 60 y los 70”, cuenta Luciana Bertolaccini, que editó el texto junto a Victoria Gómez Herrera y Cristina Rosemberg quien luego dejó el proyecto y fue reemplazada por Magalí Roviglione. Luego argumenta: “Encontraba muchos textos de Francisco Urondo, Juan Gelman y Rodolfo Walsh, entre otros pero no había voces de mujeres. Lo descubrí cuando me invitaron a participar de un acto del 24 de Marzo en el cual podía leer algo mío y algo de otro autor y me costó encontrar algo de Ana María Ponce, desaparecida que estuvo en la ESMA o Alicia Eguren, pareja de John William Cooke. Pero eran poemas sueltos”.
Su obsesión la llevó a recorrer archivos documentales y bibliotecas en busca de un nombre o un texto, hasta que, como “aquel fusilado que vive” que significó para Rodolfo Walsh el comienzo de la investigación que dio origen a “Operación Masacre” a Bertolaccini le llegó el dato de “una ex presa que escribía”. Luego descubrió que las redes que se tendieron en la cárcel todavía funcionaban así, que una la llevó a la otra y pronto fueron varias las militantes que las recibieron en su casa en busca de la literatura de aquellos años de encierro: “Tenían que tomar confianza, y entender lo que queríamos hacer, que íbamos en busca de sus voces. Entonces, en determinado momento, aparecía la caja de sus recuerdos, donde tenían dibujos, cartas, escritos, cuadernos que habían logrado sacar o que habían guardado sus familiares cuando se los mandaron”.
Las editoras decidieron centrarse en expresiones literarias y no testimoniales, y de ex detenidas de Rosario o sus proximidades. Se quedaron con nueve mujeres: Alicia Kozameh, Ana Esther Koldorf, Élida Deheza, Irma Antognazzi, Laura Ojeda, Liliana Arrastia, Margarita Drago, María del Carmen Sillato y Marta Ronga. Luego seleccionaron con ellas las producciones para convertirlas en un libro que comenzó antes de la pandemia y demoró cuatro años. Pero durante las lecturas y la revisión de aquellas cajas surgían explicaciones o anécdotas que decidieron incluir en el libro como inserts en papel azul que le aportan al lector datos de contexto.
“Quisimos recuperar cierta simbología, la letra chiquita, los dibujos en tinta o los cuentitos escritos para los hijos, decorados con hilos de colores que sacaban de las toallas que usaba. Fue un desafío materializar esos documentos”, apunta la editora.
Las nueve mujeres que incluyeron sus textos en “Impresas políticas” estuvieron presas en la Alcaldía o la Jefatura de Policía de Rosario y la cárcel de Devoto en Buenos Aires. Algunas se conocieron durante su reclusión, y otras en las lecturas y charlas para el libro. Algunas se dedicaron a la lectura y otras, a otras profesiones. Hay quienes viven en la Argentina y quienes emigraron a Estados Unidos y Canadá. “Compartieron la necesidad de expresar su subjetividad. Para encontrar un resquicio donde disfrutar de algo y donde resistir”, analiza Bertolaccini, quien cuenta que su editorial también seguirá resistiendo y editará más materiales de Memoria, Verdad y Justicia, y, quizás, también otras colecciones para dar cabida a otros materiales.
“Reconozco// en la ternura de tu letra// a la mano compañera// a la claridad de la idea// a la fuerza que en nuestras vidas// debe mantenernos // hermanas, unidas”, le escribe Laura Ojeda a su hermana Ofelia, en uno de los poemas que recopila el libro. “Son textos que logré sacar cuando salí en libertad y otros que le mandé a mi hermana y ella guardó- avisa la autora- Hay uno en el que hablo con humor de las chinches que solían aparecer. Era un modo de no preocupar a la familia, de resistir y no permitirnos quebrarnos”.
Por su parte, Irma Antognazzi sumó al volumen el recuerdo de la primera visita en la que le permitieron recibir por 15 minutos a su hijo de cinco años. Cuenta que los chicos llegaban traídos por madres, hermanas o amigas amorosas y que tenían que entrar solos, así que muchos se quedaban llorando en la puerta antes de ver a sus mamás. “También hay un poema que escribí en el calabozo de castigo, de memoria, porque no te dejaban tener papel y lápiz. Fui escribiendo y borrando en mi cabeza. El calabozo te hacía poeta”, reflexiona y recuerda que tanto los textos que entraban como los que salían de la cárcel eran revisados cuidadosamente por las autoridades y a veces sufrían tachaduras o sellos que anunciaban “censurado”. “Por eso nos volvimos expertas en el arte de decir las cosas de modo metafórico o críptico para que no se entendiesen fácilmente”, explica Irma de 82 años, que fue docente y experta en historia viva, y es ella misma parte de esa historia viva.
Las presentaciones del libro en Buenos Aires
“Impresas políticas” se presentará en Buenos Aires con la presencia de las editoras y de algunas de sus autoras, quienes contarán su realización y leerán algunos de los textos. Será hoy a las 18.30 en la Librería Céspedes (Av. Álvarez Thomas 853, CABA).
La siguiente presentación será mañana a las 18 en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA (Aula B201, José Bonifacio 1337, 2° piso, CABA.
La última fecha de la “gira” será el sábado a las 17 en el Centro de Arte de la UNLP (Calle 48 nº 575 e/ 6 y 7. La Plata).
A partir de esta semana el libro se venderá tanto en Céspedes ( Av. Álvarez Thomas 853, CABA) como en Futurock (Av. Medrano 707, CABA).
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Cultura
Murió Carlos Alonso, el pintor que hizo de la memoria una herida abierta
Tenía 97 años y falleció en Unquillo, Córdoba, donde vivió durante décadas. Con una obra que atravesó el expresionismo, la denuncia política y el dolor de la dictadura que desapareció a su hija, Alonso construyó uno de los legados más poderosos del arte argentino del siglo XX.
Una hija desaparecida, el exilio, los cuerpos como metáfora de la violencia de Estado y más de setenta años de producción ininterrumpida: Carlos Alonso no fue solo un pintor, sino uno de los registros más lúcidos y dolorosos que el arte argentino dejó sobre sus propios traumas.
El artista plástico Carlos Alonso, nacido el 4 de febrero de 1929 en Tunuyán, Mendoza, murió este lunes 21 de septiembre de 2026 en su casa de Unquillo, Córdoba, a los 97 años. Su obra, que abarcó la pintura, el dibujo y el grabado, atravesó más de siete décadas marcadas por el expresionismo y por una mirada profundamente crítica sobre la Argentina y sus heridas.
De Cuyo a Europa: una formación entre maestros
Su trayectoria comenzó en 1944 en la Academia de Bellas Artes de la Universidad Nacional de Cuyo, donde tuvo como maestros a Sergio Sergi, Lorenzo Domínguez y Francisco Bernareggi. En 1950 se trasladó a Tucumán para sumarse al grupo encabezado por Lino Enea Spilimbergo, experiencia que resultó decisiva en su desarrollo artístico. Tres años después viajó a Europa y tomó contacto directo con la obra de Diego Velázquez y Vincent van Gogh, influencias que reaparecerían de manera recurrente en sus trabajos.
En 1957 obtuvo el primer premio en un concurso para ilustrar la segunda parte del Quijote de la Mancha y en 1968 se instaló en Florencia para trabajar sobre La Divina Comedia de Dante Alighieri. Esas incursiones en la gran literatura occidental no fueron ejercicios académicos; fueron el laboratorio donde Alonso afiló una mirada sobre el poder, el castigo y el cuerpo que luego trasladaría a la realidad argentina.
El cuerpo como territorio político
A fines de los años 60 comenzó su serie Lección de anatomía, inspirada en Rembrandt, en la que la disección del cuerpo se convirtió en metáfora de la violencia que el poder ejerce sobre los sujetos. Esa misma línea lo llevó a su trabajo sobre El matadero de Esteban Echeverría, donde la carne animal y el cuerpo humano se fusionan bajo el mismo signo del sacrificio y la dominación. En esas obras, Alonso demostró que la tradición pictórica europea y la historia argentina podían dialogar sobre el mismo territorio: el de los cuerpos que el poder destruye.
La dictadura, el exilio y Paloma
La última dictadura militar marcó su vida de manera irreversible. Alonso debió exiliarse y vivió primero en Italia y luego en España. En 1977, su hija Paloma Alonso, de 21 años, fue secuestrada por el terrorismo de Estado y permanece desaparecida. Esa ausencia que no cierra se convirtió en el eje alrededor del cual giró su producción posterior.
Su regreso a la Argentina en 1980 y su instalación definitiva en Unquillo no significaron un cierre, sino una profundización. La serie Manos anónimas, en la que abordó el terrorismo de Estado y la violencia política, es quizás la síntesis más descarnada de esa experiencia: manos que no tienen cara, cuerpos sin nombre, la brutalidad como sistema. La desaparición de Paloma no fue solo una tragedia personal; fue la herida que le dio a su obra una dimensión que ninguna técnica podría haber construido artificialmente.
Reconocimientos y una última exposición
Su trayectoria recibió los premios Konex de Platino en 1982 y 1992. En 2019, el Museo Nacional de Bellas Artes le dedicó una gran exposición retrospectiva que revisó su producción y su diálogo con la tradición pictórica occidental. Sus obras integran las colecciones del Museo Nacional de Bellas Artes, el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires y el Museo Carlos Alonso-Mansión Stoppel de Mendoza.
En 2025, Alonso realizó en el Museo de Arte Contemporáneo de Unquillo, institución que contribuyó a fundar, su última exposición pública. Fue una muestra dedicada a una faceta menos difundida de su obra: su relación con el paisaje de las sierras cordobesas, el territorio que eligió para vivir y donde finalmente murió. Hasta el final, el paisaje y la memoria coexistieron en su pintura como dos formas de habitar el tiempo.
Lo que tenés que saber
- Carlos Alonso murió el 21 de septiembre de 2026 en Unquillo, Córdoba, a los 97 años.
- Fue uno de los artistas plásticos más importantes del siglo XX argentino, con una obra que abarcó pintura, dibujo y grabado durante más de siete décadas.
- Su hija Paloma fue secuestrada y desaparecida por la última dictadura militar en 1977, hecho que transformó de manera definitiva su producción artística.
- En 2019, el Museo Nacional de Bellas Artes le dedicó una gran retrospectiva; en 2025 realizó su última exposición en Unquillo.
- Su obra integra las colecciones del Museo Nacional de Bellas Artes, el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires y el Museo Carlos Alonso-Mansión Stoppel de Mendoza.
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