Análisis
La Argentina de Milei: cuando lo que está en juego es “el exterminio del otro”
No todos pierden.
Por Emilia Trabucco*
La reciente ratificación del veto presidencial a la Ley de Movilidad Jubilatoria por parte de la Cámara de Diputados, en un clima marcado por represión y violencia, ha encendido una vez más el debate sobre el rumbo económico y social que está tomando la Argentina bajo la administración de Javier Milei.
La decisión del gobierno se impuso con 153 votos a favor, 87 en contra y 8 abstenciones, asegurando un ajuste que afecta directamente a les jubilades y pensionades, uno de los sectores más vulnerados del país.
La jornada del miércoles estuvo marcada por el despliegue represivo de las fuerzas de seguridad, que dispersaron con gases lacrimógenos a manifestantes, incluyendo infancias y adultos mayores, en las afueras del Congreso de la Nación.
El veto de Milei se inscribe en un contexto de ajuste fiscal que el propio presidente ha defendido públicamente como necesario para evitar un colapso económico. Sin embargo, este argumento parece colisionar con la decisión del Ejecutivo de avanzar con políticas que benefician a los sectores más concentrados de la economía, como la eliminación de las retenciones y otros impuestos al agro, anunciada durante su discurso en la inauguración de la Sociedad Rural en Palermo. No todos pierden.
En contraste, los sectores populares, y especialmente les jubilades, se ven empujados a soportar el costo de las políticas de ajuste, lo que profundiza aún más la desigualdad social en un país donde más del 60% de les trabajadores están en condiciones de informalidad y el índice de pobreza ha alcanzado el 52%.
El apoyo decisivo de algunos diputados de la Unión Cívica Radical (UCR) resultó crucial para asegurar la victoria del oficialismo en esta votación: en la previa, un grupo de cinco diputados radicales -Martín Arjol, Luis Picat, José Federico Tournier, Mariano Campero y Pablo Cervi- se fotografió junto al presidente en la Casa Rosada, dejando en claro que votarían en contra del proyecto que ellos mismos habían presentado y aprobado en junio. Esta jugada política refleja no solo la fragmentación interna dentro de la oposición, sino también la precariedad del consenso político frente a una agenda que promueve el ajuste de los sectores más desfavorecidos, mientras reduce la carga fiscal sobre los grandes capitales.
Tras la victoria legislativa, Javier Milei anunció que agasajará con un asado a los diputados que fueron claves para la aprobación del veto, calificándolos públicamente como “héroes” por contribuir a salvar al país del colapso fiscal. Cristina lo expresó claramente en su discurso en la Universidad Nacional del Oeste: “a esos 5 radicales les compraron el voto. La casta de la que Milei hablaba es la casta con la que pudo joder a los jubilados”. Los legisladores fueron celebrados por su obediencia a un proyecto económico antipopular, traicionando el mandato por el cual llegaron a ocupar las bancas y poniendo en evidencia cómo el poder ejecutivo busca consolidar una mayoría parlamentaria a través de la cooptación y el elogio de quienes renuncian a sus compromisos con las mayorías, que quedan así expulsadas del escenario legislativo, con la organización y la calle como única herramienta de defensa de sus intereses.
Las manifestaciones de repudio frente al Congreso fueron una expresión del creciente descontento social frente a un gobierno que ha mostrado el uso de la represión como herramienta política. La escena de jubilades y manifestantes, periodistas y dos menores reprimidos con gases lacrimógenos y bastonazos evoca las peores imágenes de la historia reciente del país, y no es casual que la propia Cristina Fernández de Kirchner haya señalado este hecho como un síntoma de lo que considera la deriva autoritaria del gobierno.
«¿De qué equilibrio fiscal hablamos cuando se reducen los impuestos a los más ricos y se ajusta a los jubilados?», fue una de las preguntas retóricas que lanzó Cristina en su discurso. La ex presidenta subrayó las contradicciones de un modelo que excluye a las mayorías trabajadoras mientras favorece a una minoría privilegiada.
En su análisis, no sólo denunció el ajuste fiscal, sino que también advirtió sobre las graves consecuencias sociales de un país donde el 60% de les trabajadores se encuentran en la informalidad y les trabajadores formales apenas logran cubrir sus necesidades básicas, expresión de una crisis estructural que se agrava con cada medida de ajuste que toma el Ejecutivo.
Cristina también planteó la necesidad de repensar el mundo del trabajo en un contexto de transformación global: «¿Qué fue el peronismo? Hacerse cargo de las nuevas demandas que había ya por el ’45. No podemos quedar atados a esas demandas, el mundo cambió y tenemos nuevas demandas. Y nadie se tiene que sentir ofendido, al contrario, hay que sentarse en la mesa a cranear cómo hacemos para volver a representar al conjunto de los trabajadores de la República Argentina».
Destacó así la importancia de poder realizar un análisis de fondo y llamó a la unidad de las fuerzas populares para volver a representar a las mayorías trabajadoras y resistir lo que ella considera un embate neoliberal que busca «el exterminio del otro», es decir, la anulación de cualquier forma de oposición al proyecto político en posición de gobierno.
La apología de la violencia que Milei ha manifestado en diversas ocasiones no es un detalle menor en este análisis. Desde sus publicaciones en redes sociales hasta sus declaraciones en medios, el presidente ha dejado claro que considera la represión y el uso de la fuerza como herramientas válidas para imponer el orden. Esto se ha visto reflejado en la creciente militarización de las protestas sociales y en la violenta respuesta del Estado frente a cualquier intento de movilización popular. No es casual que las fuerzas de seguridad conducidas por Patricia Bullrich, hayan actuado con tal violencia contra manifestantes que reclamaban por derechos básicos, como un aumento de miseria en las jubilaciones (8,1% que equivalía aproximadamente a $13000).
En conclusión, el veto a la Ley de Movilidad Jubilatoria, sumado a la inminente negativa del presidente a promulgar la Ley de Financiamiento Universitario, aprobado el pasado jueves en el Senado de la Nación (un aumento que supone el 0,16% del PBI, equivalente a la quita de impuestos a Bienes Personales), se inscribe en un proyecto económico que dice priorizar el equilibrio fiscal por sobre los derechos sociales, y que solo favorece a los sectores más concentrados de la economía.
El discurso de Milei en la Sociedad Rural -donde reafirmó su compromiso de eliminar las retenciones al agro-, y las expresiones de Cristina Fernández de Kirchner -donde denunció la inviabilidad de este modelo-, marcan dos visiones opuestas sobre el futuro del país. Lo que está en juego no es solo el ajuste fiscal, sino una visión de sociedad: una donde las mayorías trabajadoras sean protagonistas o una donde el poder económico siga concentrado en manos de unos pocos.
A pesar del clima represivo, las organizaciones sociales y políticas continúan movilizándose. La reciente concentración frente al Congreso en defensa del financiamiento universitario, y las manifestaciones contra el veto a la ley jubilatoria, son ejemplos de la voluntad popular de resistir. Aunque Milei busque eliminar cualquier expresión de oposición, la calle sigue siendo un espacio de lucha y resistencia para quienes ven en las políticas del gobierno una amenaza directa a su subsistencia.
En definitiva, la contradicción entre el ajuste contra las mayorías y los privilegios para los sectores concentrados de la economía es la que determina el escenario político argentino. Las movilizaciones populares son una respuesta clara a un gobierno que está profundizando la brecha entre ricos y pobres. El futuro de las mayorías trabajadores depende de su capacidad de organización frente a un modelo que, como advierte Cristina, busca la anulación de cualquier oposición y el exterminio del otro.
*Trabucco es psicóloga, Magíster en Seguridad de la Nación. Analista de la Agencia NODAL y de CLAE Argentina. Directora del Área de Universidad, Género y Trabajo del IEC-CONADU.
Elecciones
¿Qué significa ser leales?: el pueblo vuelve a salir a buscar su propia historia
A 81 años de la jornada que parió al peronismo, el Día de la Lealtad llega con Cristina presa, un Gobierno que desprecia al Congreso y a la Justicia, y un feminismo que eligió la Ciudad de Buenos Aires para su Encuentro de 2027. La lealtad hoy tiene un nombre: organizarse para que Milei pierda.
El 17 de octubre de 1945, miles de trabajadores y trabajadoras cruzaron el Riachuelo, se lavaron los pies en las fuentes de la Plaza de Mayo y torcieron el rumbo de un país que hasta entonces decidía sin ellos.
No esperaron que nadie les concediera nada. Ese día el pueblo dejó de esperar y salió a buscar su propia historia. Ochenta y un años después, la fecha vuelve a interpelarnos con una pregunta urgente: qué significa ser leales cuando la democracia, los derechos y la propia identidad popular están bajo ataque.

Este Día de la Lealtad no es uno más. Llega con Cristina Fernández de Kirchner, dos veces presidenta de la Nación, cumpliendo prisión domiciliaria tras una condena que representa el fruto más acabado del lawfare de Comodoro Py; con un Gobierno nacional que gobierna por decreto y desprecia la división de poderes; y a menos de un año de unas elecciones presidenciales que definirán si la Argentina sigue por el camino del ajuste, el odio y la crueldad, o si recupera un horizonte de justicia social.
Una lealtad que se conjuga en presente
Este sábado, en el Polideportivo Juan Domingo Perón de González Catán, en La Matanza, el gobernador bonaerense Axel Kicillof encabezó el acto central del PJ provincial junto a la vicegobernadora Verónica Magario y el intendente Fernando Espinoza. “Acá estamos, querían callarnos y acá estamos, recordando a Evita y Perón en La Matanza, que es la capital del peronismo”, dijo ante la multitud.
El gobernador recordó que aquella gesta “le dio voz a los que no tenían voz, les dio derechos y participación política a los que estaban marginados y excluidos”, sostuvo que Cristina “está injustamente presa por defender nuestras banderas” y planteó el desafío que atraviesa a todo el campo popular: “La lealtad con el pueblo es construir una alternativa que el año que viene termine con esta pesadilla que nos gobierna”. También dejó una definición que debería ordenar el debate de los próximos meses: “Sin justicia social no hay libertad verdadera: hay privilegios, hay explotación y desigualdad. Eso no es libertad”.
Un Gobierno que no respeta la democracia
Desde el primer día, Javier Milei eligió gobernar contra las instituciones. Inauguró su gestión con el DNU 70/2023, un megadecreto que pretendió derogar y modificar centenares de normas sin pasar por el Congreso.

Intentó designar por decreto a dos jueces de la Corte Suprema, Ariel Lijo y Manuel García Mansilla, salteando el acuerdo del Senado, que finalmente rechazó ambos pliegos en abril de 2025.
Vetó la ley de financiamiento universitario y la emergencia en discapacidad, y obligó al Poder Legislativo a insistir con dos tercios para defender lo que la sociedad ya había defendido en las calles.
Llamó al Congreso “nido de ratas” y llegó a decir que “no odiamos lo suficiente a los periodistas”.
No se trata de exabruptos aislados, sino de un método: degradar a los otros poderes para concentrar el poder en uno solo. Cuando un presidente trata al Parlamento como un estorbo, a la Justicia como una herramienta y a la prensa crítica como un enemigo, lo que está en juego no es una gestión de gobierno, sino la propia arquitectura republicana que tanto dicen defender quienes lo votaron por odio al peronismo.


El odio como herramienta, el antiperonismo como tradición
El antiperonismo no nació con Milei. Tiene una genealogía sangrienta: el bombardeo a la Plaza de Mayo en junio de 1955, el golpe de septiembre de ese año, el decreto 4161 de 1956 que prohibió siquiera pronunciar el nombre de Perón y dieciocho años de proscripción del movimiento mayoritario del país. Cada vez que las élites no pudieron derrotar al peronismo en las urnas, intentaron borrarlo por la fuerza, por decreto o por los tribunales.
Lo nuevo es la escala y el tono. El discurso libertario convirtió el odio en política de Estado: contra los “kukas”, contra los “zurdos”, contra las feministas, contra la diversidad, contra los trabajadores estatales y los jubilados que reclaman. Ese clima no es inocuo. En septiembre de 2022, Cristina sobrevivió a un intento de asesinato frente a su casa, porque el arma no se disparó. Las palabras que deshumanizan preparan el terreno para la violencia que mata, y una democracia que naturaliza el odio termina pagando ese precio.
Las mujeres y disidencias van al centro del poder
Hace apenas cinco días, el 12 de octubre, terminó en Córdoba el 39° Encuentro Plurinacional de Mujeres, Lesbianas, Travestis, Trans, Bisexuales, Intersexuales y No Binaries, con más de 150.000 participantes y un centenar de talleres. En el acto de cierre, por decisión unánime, la Ciudad Autónoma de Buenos Aires fue elegida como sede del 40° Encuentro en 2027. No es un dato menor: el primer Encuentro Nacional de Mujeres se realizó en esa misma ciudad en 1986. Cuatro décadas después, el feminismo vuelve al lugar donde nació, en pleno año electoral, para hacerse oír frente a la Casa Rosada.
La ministra de Mujeres bonaerense, Estela Díaz, lo resumió así: “Es una demostración de que se puede convivir en un espacio con sectores con los que se tienen muchísimas diferencias, construyendo una fuerza para confrontar electoralmente en el 2027”. Esa es exactamente la lección que el campo popular necesita aprender: la unidad en la diversidad no es una consigna, es una condición para ganar.
Las razones para movilizarse sobran. Este Gobierno desmanteló el Ministerio de las Mujeres, Géneros y Diversidad, su ministro de Justicia anunció la intención de eliminar la figura de femicidio del Código Penal y el propio Presidente utilizó el escenario de Davos para atacar al feminismo y a la diversidad, lo que provocó la masiva Marcha Federal Antifascista y Antirracista de febrero de 2025. Para nosotras, el ajuste no es una abstracción macroeconómica: es menos asistencia a víctimas de violencia, menos políticas de cuidado y más trabajo no remunerado sobre las mismas espaldas.
Evita lo entendió antes que nadie. Fue ella quien impulsó el voto femenino en 1947 y organizó a las mujeres como sujeto político con voz propia. El feminismo popular argentino, del Ni Una Menos a la Marea Verde, es heredero de esa tradición. No hay 17 de Octubre sin las mujeres en la Plaza.
2027: la lealtad es organizarse
Decirlo con claridad no es una provocación, es una responsabilidad democrática: Milei tiene que perder en 2027. No por revancha, sino porque un proyecto que desprecia la división de poderes, persigue a opositores, insulta a periodistas, ajusta sobre jubilados, universidades y personas con discapacidad, y convierte el odio en programa de gobierno es incompatible con la Argentina que soñaron quienes se movilizaron aquel 17 de octubre.
Pero la derrota del proyecto libertario no vendrá sola. Exige un peronismo que deje atrás sus internas, que escuche a los movimientos sociales, a los sindicatos, a las juventudes y al feminismo, y que vuelva a ofrecer un horizonte de futuro y no solo una defensa del pasado. La lealtad no es nostalgia: es la decisión colectiva de no volver a esperar que otros escriban nuestra historia. Como en 1945, el pueblo tendrá que salir a buscarla.
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